Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Nikki agarró a Isabel del brazo por encima de la barra cuando las risotadas de la prometida de Kristof Waltman hicieron que medio restaurante volteara a mirar.

Susan Jennings, delgadísima y de piernas larguísimas, entró pavoneándose en el nuevo local del pueblo, pintoresco pero elegante.

Sus ondas de un rubio pálido se mecían a cada paso.

La amiga que iba a su lado se paseaba por el salón con ella, repartiendo sonrisas.

Las dos mujeres tenían una piel de marfil perfecta.

Eso sí, la futura novia era la rubia pálida de ojos verde hielo, mientras que su amiga lucía una melena morena ondulada y ojos castaños.

—Es casi tan bueno como ver entrar a Paris Hilton y a Nicole Richie contoneándose —dijo Nikki—. Bueno, eso si todavía se contonearan juntas.

Los clientes que almorzaban en Grapes, en Yountville, no podían quitarle los ojos de encima a lo que solo podía calificarse como el espectáculo de Susan Jennings, pronto Susan Waltman, y de su contraparte, Pamela Leiland, exmodelo de Victoria's Secret.

Nikki había pasado a almorzar y, más importante aún, a ver cómo estaba Isabel, sabiendo que andaría con los preparativos de último minuto para el gran evento del día siguiente.

Por lo visto, había tomado una sabia decisión.

Isabel necesitaba todo el apoyo moral posible porque, tal como Nikki sospechaba, su amiga estaba hecha un manojo de nervios.

Momentos antes de que llegaran las gemelas pechugonas, Isabel había entrado a la cocina a pedir para Nikki una hamburguesa de pavo con salsa de jalapeño dulce y picante.

Para reforzar el equipo de apoyo, Nikki se tomó la libertad de llamar a Andrés e insistirle en que fuera al restaurante a consolar a su hermana menor.

Todavía no había llegado cuando aparecieron Susan y Pamela.

La anfitriona sentó a las dos mujeres en una mesa del patio. Susan Jennings no tardó nada en pedir que Isabel fuera a hablar con ella.

Nikki le guiñó un ojo. —No dejes que nada de esto te afecte, y ella menos. Kristof Waltman no se merece a alguien tan dulce como tú. No bajes la guardia allá afuera con ella. Es una barracuda.

Isabel asintió, irguió su menuda figura hasta alcanzar toda su estatura de un metro cincuenta y siete y se encaminó al patio.

Nikki vio una mesa libre cerca, entre la mampara de vidrio abierta y el patio.

Podía cambiarse de mesa sin problema y seguramente alcanzar a oír la conversación sin que ellas se dieran cuenta.

La invadió un impulso protector hacia su amiga.

Si Isabel necesitaba ayuda, tendría que intervenir.

Quizá sacarle los ojos a Susan. Esto podía ponerse peligroso.

Nikki tomó su Coca-Cola Light y se cambió a esa mesa. Y, tal como esperaba, los labios perfectamente delineados y pintados de Susan ya iban a mil por hora antes de que Nikki siquiera se sentara.

—El problema que no estás entendiendo, Isabel, es este: a Marty, el papá de Kristof, no le gustan los hongos.

Así que, aunque sé que los dumplings de hongos que probé son absolutamente divinos, como toda tu comida, sencillamente no podemos servirlos.

—Susan sacudió la cabeza con vehemencia—.

No podemos, no podemos servirlos. ¿De acuerdo? A ver si nos entendemos.

—Señorita Jennings, son únicamente una de las diversas opciones de aperitivos. No a todas las personas les agradan los hongos; por esa razón fue que le sugerí el plato de degustación que usted eligió.

Nikki sabía que, cuando Isabel se ponía nerviosa, el inglés le costaba más de lo normal, y se daba cuenta de que a su amiga le estaba costando trabajo.

—Eso lo entiendo , pero mira, mi futuro suegro puso generosamente una buena cantidad de dinero para este evento, y es importante que hagamos lo correcto por él.

Nikki se removió en la silla. Había conocido a Marty Waltman y no le había dado la impresión de ser del tipo pomposo y quisquilloso.

¿Sabría Susan lo de Isabel y Kristof? ¿Se trataba de un juego de poder?

¿O simplemente era su manera de ser, cruel y abusiva con la gente que obviamente consideraba inferior?

Nikki se encogió por dentro, porque sabía exactamente lo que se sentía estar en el lugar de Isabel en ese momento.

Susan siguió con lo suyo mientras el mesero dejaba la hamburguesa de Nikki en la mesa. —Me gustaría algún tipo de ostiones. Creo que serían un complemento precioso, considerando que es una boda, y ya sabes que dicen que los ostiones son afrodisíacos.

Nikki se atragantó con la hamburguesa y le dio un buen trago a su refresco.

Isabel cambió visiblemente el peso de un pie al otro. —Señorita Jennings, resultaría imposible conseguir semejante cantidad de ostiones para una recepción de boda de quinientas personas con tan poca anticipación. —Le sonrió con dulzura.

Nikki la compadecía, pero estaba lidiando bastante bien con la arpía.

—No disponemos de más de un día —continuó Isabel—.

No creo que, aunque llamara a todos mis contactos en San Francisco, pudieran hacerlo.

Debe usted comprender. Alguien tendría que empacarlos y manejar los casi cien kilómetros hasta acá, y luego yo todavía tendría que prepararlos.

Sería una tarea sumamente difícil. —Isabel se cruzó de brazos.

—Susan, tiene razón. Trata de ser razonable —la interrumpió Pamela.

—Está bien. Está bien. Entonces nada de ostiones.

Pero tampoco hongos. —La amenazó con el dedo—.

Isabel, tienes que buscar una alternativa.

Cobra más, o lo que tengas que hacer. ¿Por qué no me preparas algo y me das la diferencia de precio mientras almorzamos?

Preséntamelo antes de que nos vayamos. Y tenemos algo de prisa.

Todavía tengo que pasar a ver a la florista, y luego arreglarme las uñas y el cabello para la cena de ensayo y los festejos.

Qué bueno que solo te encargas de la recepción y no de la cena de esta noche.

No estoy segura de que pudieras con las dos.

Isabel se mantuvo serena y paciente, sin borrar la sonrisa de la cara en ningún momento. Nikki sabía que su amiga tenía que estar hirviendo por dentro, porque ella misma estaba a punto de levantarse y agarrarse a golpes con Susan Jennings como una boxeadora profesional.

Isabel se volvió para entrar al restaurante y, como si estuviera ensayado, Susan la llamó.

—Por cierto, Isabel, por si quieres tomarnos el pedido, necesito que nos traigas una botella de tu mejor champaña.

De esto se trata, de celebrar, ¿no? Empezaremos con la ensalada de Gorgonzola y endivias.

La de la vinagreta balsámica de fresa. Pero sin nada de ajo.

No quiero mal aliento. Tengo un novio al que besar.

Isabel se volvió hacia la mesa y asintió. —Enseguida vuelvo.

Nikki vio que Isabel se mordía la comisura del labio mientras entraba de nuevo al restaurante y se dirigía a la cocina sin siquiera mirarla.

Y, oh sorpresa, con una puntualidad impecable, Nikki también notó que un Andrés desaliñado pero guapísimo entraba al restaurante en ese momento.

Su camiseta gris con una mancha de tierra en el frente lo hacía todavía más entrañable.

Por su aspecto, lo había localizado cuando andaba en el viñedo.

Él vio primero a Nikki, se acercó a su mesa y se sentó frente a ella.

—¿Cuál es el problema? —Ella señaló con la cabeza en dirección a Susan—.

Ay, no. ¿Esa mujer ha vuelto a molestar a mi hermana?

—Podría decirse —respondió Nikki.

—No la entiendo. Isabel ha trabajado muchísimo para sacarle adelante esta boda, y ella sigue viniendo con más y más cambios. Es una arpía.

—Secundo la moción.

—Lo que de verdad no entiendo es por qué Isabel deja que la afecte tanto.

No es su manera de ser. Mi hermana nunca ha dejado que nadie la mangonee, ni siquiera nuestra madre.

—Andrés se persignó—. Mi hermanita es una luchadora.

Tú la has visto sacar adelante este restaurante y hacerse un nombre con su negocio en poco tiempo, aunque no sea de aquí.

No me cabe en la cabeza que Isabel permita que esa mujer tan desagradable la afecte así. No es nada propio de ella.

Andrés no sabía nada de la aventura de Isabel con Kristof.

Nikki se lo leyó en los ojos y lo notó en sus palabras.

De haber sabido lo de Kristof e Isabel, habría entendido perfectamente por qué su hermana reaccionaba así ante Susan.

Es más, Nikki se descubrió convencida de que Susan Jennings sí sabía lo que había ocurrido entre su prometido e Isabel.

—Yo tampoco lo sé, Andrés. —No le correspondía a ella contarle al hermano de Isabel sobre las relaciones de su hermana—. Lo que sí sé es que Susan Jennings afecta a tu hermana, o al menos la afectan sus expectativas poco realistas y su hostigamiento, y que ahora mismo necesita tu apoyo.

—¿Dónde está?

—Atrás, buscándoles una botella de champaña.

Él se puso de pie. —Gracias. —Tomó la mano de Nikki y se la besó.

Labios suaves, firmes. Guau. Qué rico. Pero qué rico.

A Nikki sí que le gustaban el romanticismo y las galanterías que venían incluidas con Andrés Fernandez.

Era su manera de ser. Cuando él se sentó frente a ella momentos antes, ya sabía que en algún momento haría exactamente el gesto que acababa de hacer.

Lo había anticipado porque cada vez que se veían era lo mismo.

Era, en efecto, un seductor nato, aunque sin la menor intención.

A Andrés le salía natural. Lo vio caminar de regreso a la cocina y luego salir con la champaña para las damas del patio.

—Señoras —dijo con su acento español—. Creo que esto es para ustedes. Soy Andrés Fernandez, y he oído hablar mucho de sus próximas nupcias, señorita Jennings. Quería venir a felicitarla personalmente.