Capítulo veintidós #2
—Sí, señora —respondió. Tenía la piel clara empapada en sudor—. Mi tía me pidió que hiciera este turno. Ella sospechaba que sucedía algo raro. Me contó que David estaba en peligro.
—¿Eso te dijo Alberta?
—Sí, señora. Estaba muy preocupada por el señor Mintzer.
Menos mal que estábamos a oscuras y nadie me vio ruborizada.
Y yo que pensaba que Alberta era sospechosa. Menuda detective de pacotilla que estoy hecha.
Acudí al lado de Jim, que miraba fijamente al hombre esposado. Thomas lo condujo hacia la casa. Jim y yo los seguimos.
Miré al asesino y luego miré a Jim.
—Entonces, este hombre es…
—Te presento a mi compañero, Kenny Darnell. Parece que su madre se ha recuperado milagrosamente y que ahora dispara balas en vez de fotos.
Alberta y David nos esperaban en el límite del césped de la mansión.
—He llamado a la policía —nos dijo Alberta—. Llegarán dentro de unos minutos.
David siguió a Jim, al guarda y al hombre esposado hacia el interior de la casa. Yo me quedé rezagada para hablar con Alberta.
—Siempre sospechaste que David estaba en peligro, ¿verdad? —susurré.
Alberta asintió.
—Sí, desde que dispararon a ese pobre chico en el baño. Luego, cuando David enfermó, sabía que alguien intentaba hacerle daño. —El ama de llaves se acercó a mí y susurró—: David es débil, pero no tanto. Estaba segura de que alguien intentaba envenenarlo.
—¿Y por qué no me lo dijiste? ¿O por qué no se lo dijiste a él?
—Bueno, siento decirte, Clare, que sospechaba de ti.
—¿De mí? ¡Ostras!
—Y respecto a decírselo a David… Bueno, tú no lo conoces como yo.
Es un cabezota de mucho cuidado. Si quieres ayudarlo, tienes que hacerlo sin que se dé cuenta.
David odia el sentimentalismo, supongo que porque es el más sentimental de todos nosotros.
Durante todo este tiempo me sentía culpable, Clare.
David es como un hijo para mí y sentía que le había fallado…
—¿Por qué?
—Porque no me quedé a la fiesta del Cuatro de Julio. No estuve con él. Verás, resulta que tenía una cita…
—¿Una cita?
—Chisss —chistó Alberta—. No quiero que David se entere. Nunca permitiría que metiera a un hombre en la mansión por la noche. En realidad, no es nada serio, solo un rollo de verano.
—¿Por eso estabas tan arreglada, maquillada y con joyas? ¿Por eso oí voces en tu habitación?
—Por favor, no se lo cuentes, Clare.
—Alberta, seré una tumba.
Oí un altercado en el interior de la casa y a continuación la voz de Kenny.
—¡Que me sueltes, gilipollas!
Entré en la cocina, que estaba más concurrida de lo que esperaba. Joy y Graydon Faas acababan de unirse, sin duda alertados por el alboroto.
—¿Por qué lo has hecho? —le preguntó Jim a su compañero.
Antes de que me diera tiempo a entrar, Jim Rand le largó un bofetón en la cara. Kenny Darnell se tambaleó. Acto seguido, se enderezó, escupió sangre y espetó:
—Que te jodan, Rand.
—Ya está bien, ya está bien —se inquietó David, que en ese momento se retorcía las manos.
Thomas Gurt, con rostro impasible, seguía agarrando al prisionero por los brazos.
Jim vio mi expresión de sorpresa. Durante un instante fugaz, pareció avergonzado.
—No va a hablar.
Me adelanté para mirar a los ojos a Kenny Darnell. Era un hombre guapo con el pelo oscuro y rizado, el rostro cuadrado y un bronceado uniforme. Su mirada azul desafiante se cruzó con la mía.
—Jim —dije sin apartar la vista de Darnell—, no hace falta que hable. Me hago una idea de lo sucedido y voy a contárselo todo al detective O’Rourke.
—Tú no sabes una mierda, zorra —contestó Kenny.
Jim se adelantó y levantó de nuevo la mano. Me interpuse entre los dos.
—Ay, Dios —gimió David mientras se frotaba las sienes.
—Oye, Kenny. Sé que le mentiste a Jim al decirle que tu madre estaba enferma en Queens.
Esa sería la coartada que te exculparía de estar en los Hamptons cuando se produjeran los disparos.
Sabías que tu madre mentiría por ti. Pero también necesitabas culpar a alguien del asesinato.
Y quién mejor que tú, Jim Rand, su compañero.
Si utilizaba tu modus operandi , el neopreno, las aletas…
, la culpa recaería sobre ti. Lo más probable es que tuviera planeado ocultar el rifle entre tus objetos personales. Menudo amigo, ¿eh?
—Cierra la boca… —empezó a decir Kenny.
—Ciérrala tú, Darnell —le advirtió Jim—. O te juro por Dios…
—Pero surgieron dos problemas —me apresuré a interrumpir—.
Primero, Kenny mató a quien no era. Además, la noche del asesinato estalló una tormenta que borró las huellas de las aletas.
La policía no encontró más pruebas que los casquillos que Kenny dejó de manera deliberada en el escenario del crimen.
Así pues, Kenny estaba en apuros, porque aún tenía que matar a David y cargarte a ti con el muerto, Jim.
Además, necesitaba un plan B para culpar a alguien del asesinato de Treat.
—¿Quieres decir que este hombre le tendió una trampa al traficante a quien ha detenido la policía? —preguntó David.
—Sí —contesté, y me volví hacia Rand—. Jim, ¿no me dijiste que Kenny trabajaba sacando fotos de accidentes para la policía?
—Sí, así es, Clare.
—Kenny sabe cómo trabaja la policía de esta zona —dije—.
Es probable que tenga amigos en el cuerpo y que estuviera al tanto de las novedades en la investigación del asesinato de Treat.
Era consciente de que querían resolver el crimen lo antes posible y echarle la culpa a un sicario.
También sabía, gracias a sus amigos policías, que Treat tenía conexiones con el mundo de la droga.
Supongo que fue el propio Darnell quien alertó a la policía acerca del rifle escondido en el maletero del traficante, el tipo que encontraron en Hampton Bays.
Fuiste tú quien los avisó, ¿no, Kenny? ¿Cómo lo hiciste?
¿Mediante una llamada telefónica anónima?
Kenny se mofó:
—Te crees muy lista.
Asentí.
—Más lista que tú, según parece, ya que jamás me creí que el asesinato de Treat estuviera resuelto. La policía sí. Bajó la guardia. Y también David. Aún podías intentarlo de nuevo y terminar el trabajo.
Volví a mirar a Jim Rand.
—Esta noche, Kenny ha usado tu modus operandi como la última vez, solo que para esta ocasión se aseguró de que no hubiera tormenta. Y, como dije antes, lo más seguro es que pensara en esconder el rifle después entre tus pertenencias.
Jim sacudió la cabeza.
—¿Por qué, Kenny? Teníamos un buen negocio.
Kenny torció el gesto.
—No teníamos nada. Desde el principio todo fue idea mía. Te incluí en el negocio, pero siempre fuiste prescindible.
—Pero si eras un desastre, idiota. Dentro y fuera de los marines. Te endeudaste con las apuestas deportivas y el banco no te prestaba dinero, ¿no te acuerdas? Fui yo quien aportó el capital para el equipo y para alquilar los barcos.
—Sí, bueno, pero el negocio se me ocurrió a mí y decidí que no quería repartir las ganancias.
—Desgraciado, has vuelto a endeudarte con las apuestas, ¿verdad? —preguntó Jim mientras se acercaba a él—. Estabas desesperado por conseguir dinero. Tan desesperado como para hacer algo así.
Darnell apartó la vista.
—No sabía cómo demonios deshacerme de ti sin que te convirtieras en un competidor. Por eso quise matar dos pájaros de un tiro: ganar algo de dinero extra y alejarte durante una temporadita. Puse un anuncio en Soldier of Fortune y conseguí un encargo: matar a David Mintzer.
—Dios mío de mi vida —gimió David.
A pesar de la angustia de David, notaba que el interrogatorio iba viento en popa. Ya solo necesitaba, solo necesitábamos, que Kenny confesara quién lo había contratado. Me crucé de brazos, sacudí la cabeza y comencé a pasear de un lado para otro.
—Kenny, lo único que no logro entender —dije— es por qué el primer intento tuvo lugar durante una fiesta tan multitudinaria. Podrías haber matado a David en la playa, por la calle, en cualquier sitio…
—Dios mío de mi vida —volvió a gemir David.
Kenny me lanzó una sonrisa burlona.
—Veo que no eres tan lista.
—No sé, Kenny. Intentarlo en una gran fiesta como esa, con tanto espacio para el error… y tantas posibilidades de que te pillaran… —Me volví hacia Jim—. A lo mejor tu compañero lo largaron de los marines por algo. A lo mejor es que es estúpido.
—No tienes ni idea, zorra —soltó Kenny—. Es lo que quería mi cliente.
—Entonces, ¿el estúpido fue Bom Felloes?