Capítulo veintidós
CAPÍTULO VEINTIDÓS
L a noche era bastante apacible, incluso en el agua.
El barco de alquiler de esa noche, El Regreso de Conejo, tenía la rueda de cabillas al descubierto, un camarote cerrado debajo, las barandillas cromadas y una cubierta de madera que parecía de mejor calidad que el parqué de mi dúplex en el Village.
Estábamos anclados y nos mecíamos suavemente sobre la plácida marea.
La embarcación fondeaba a unos cincuenta metros de la costa a la altura de El Castillo de Arena, la finca multimillonaria de falso estilo medieval de Bom Felloes.
El salón a dos alturas de la mansión daba al mar y su interior se veía a través del enorme muro de cristal que relucía en la oscuridad en forma de rectángulo.
Miré mi reloj bajo la tenue luz del timón. Eran las once y veinte.
—Casi es la hora —le susurré a Jim, que observaba la propiedad por unos prismáticos de aspecto caro. Tenía la mandíbula apretada y el cuerpo tenso bajo el neopreno negro.
—¿Qué buscamos exactamente? —preguntó él, sin apartar la vista de nuestro objetivo.
—Algo sospechoso —contesté, sin mucha convicción.
Bajó los prismáticos entre risas.
—El mundo entero es sospechoso, Clare. Todas las personas son culpables de algo.
—No me has entendido. Bom Felloes lleva mucho tiempo enemistado con David.
David se hizo con el restaurante que Bom deseaba abrir aquí, en los Hamptons, y para Bom eso ha supuesto una pérdida de ingresos millonaria.
Pero el verdadero daño se lo ha causado a su ego, que es lo peor que se le puede hacer a un hombre como él.
—Pero eso no lo convierte en asesino —dijo Jim, sin dejar de mirar por los prismáticos—. Aunque sí lo convierte en… Vaya, vaya, vaya…
—¿Qué?
—En consumidor de droga.
Me envaré.
—Deja que adivine. ¿Cocaína?
—O se está metiendo rayas o está limpiando la mesa de centro con la nariz y una pajita. Ah, mírala. Tiene una buena bolsa de polvo blanco. Vale, ahora ha echado un poco sobre la mesa y la está cortando con algo…
—¿La está cortando? Quieres decir…
—Que la está mezclando con alguna sustancia neutra. Algo parecido a polvos de talco para bebés, por ejemplo, cualquier cosa que aumente la cantidad y disminuya la calidad.
—¿Por qué lo hace? Si está montado en el dólar…
—Por qué, buena pregunta —dijo Jim—. No tiene sentido después de haber esnifado un par de rayas sin adulterar, a menos que pretenda engañar a alguien o…
—¿Qué?
—Está metiendo la coca cortada en otra bolsa. Ha cerrado esa bolsa y la ha puesto aparte. Lo demás lo ha guardado todo, excepto un par de tubos para esnifar.
Jim movió los prismáticos. A simple vista, divisé unos faros que se detenían en la entrada de la casa, junto a la torre de piedra situada en uno de los extremos. No distinguí el tipo de automóvil, pero Jim me leyó la mente.
—Es un Mini Cooper…
—Graydon.
Jim asintió.
—Un chico desgarbado de unos veintitantos años, ¿no? Veo que sale del coche, pero no está solo…
—¿Qué? ¿Quién va con él?
—Una chica guapa. Pelo castaño oscuro por el hombro, más o menos como el tuyo. Y con curvas, como tú…
—Déjame ver —grité mientras le arrebataba los prismáticos. Enfoqué y se me cortó la respiración—. Dios mío, no. ¡Es mi hija!
Jim Rand me quitó los prismáticos y miró hacia el salón de Bom.
—Felloes se dirige a abrir la puerta, lo que significa que no hay nadie del servicio. O sea, quiere que la reunión sea privada.
Jim me miró.
—Llama a tu hija. Ahora mismo. Tiene móvil, ¿verdad?
Asentí y busqué el teléfono a tientas. No necesité teclear su número, ya que era el primero en mi lista de marcación rápida.
—¿Qué le digo?
—Joder, Clare, eres su madre. Si tú no sabes cómo sacarla de allí, a mí no me preguntes.
¡Claro! Apreté el botón. El móvil sonó una, dos, tres veces… Contuve la respiración temiendo que lo tuviera apagado en contra de mi petición expresa. Cuando hube perdido la esperanza, oí la voz de mi hija.
—¿Qué pasa, mamá? —contestó, claramente molesta.
—Cómo que qué pasa, jovencita —contesté, y mi enfado frenó su irritación—. Estás en la casa de Bom Felloes con Graydon. ¡Habéis ido a recoger una bolsa de cocaína que consumirás después con tu amiguito surfero!
—Mamá… Yo… Yo…
—Si me vas a mentir, mejor no digas nada. Sé dónde estás ahora mismo. Acabas de llegar a El Castillo de Arena en el Mini Cooper de Graydon y sé lo que estáis haciendo…
—Dios mío, mamá, cómo…
—Óyeme. Sal de ahí ahora mismo y vete a casa de David o llamo a la policía. ¡Prefiero sacar a mi hija de la cárcel antes que permitir que destruya su vida con la misma droga que arruinó la vida de su padre!
Jim me observaba y parecía impresionado. Bajo la luz cambiante, vi que asentía y me hacía gestos con los pulgares levantados. Pero aún no había acabado: me faltaba el golpe de gracia.
—Joy… Sabes que tengo el número del detective O’Rourke, del cuerpo de policía del condado de Suffolk. ¡No me obligues a llamarlo!
Antes de que Joy tartamudeara una respuesta, colgué. Tuvo que pensar que estaba llamando al detective.
—¿Y ahora qué? —le pregunté a Jim; la adrenalina corría por mis venas.
Observó la mansión.
—Diría que tu hija va a salir en… —Sonrió—. Exacto, ahí están.
A simple vista, distinguí que los faros del Mini Cooper volvían a encenderse. Jim me pasó los prismáticos y encendió el motor del barco. Al cabo de un momento surcábamos las olas hacia la sección de playa de David Mintzer.
—¡Mira allí! —grité.
Jim siguió mi dedo, que señalaba hacia una lancha motora que se balanceaba delante de la mansión de David.
No se veían luces de navegación, ni siquiera un leve reflejo en el agua.
Yo la había detectado porque su silueta se recortaba contra las brillantes luces de la piscina de David.
Por lo general, la casa estaba a oscuras a esas horas de la noche.
—Sea quien sea, no quiere que lo vean —dijo Jim.
—Lo sé. Ese suele ser tu modus operandi , ¿no?
Jim entrecerró los ojos y miró en mi dirección.
—Sí, Clare. Me parece muy raro.
Apagó el motor y desvió el rumbo. La inercia del barco nos acercó en silencio a la orilla.
—Agárrate —me advirtió en voz baja antes de encallar con una sacudida.
Jim bajó al camarote y oí que trasteaba con algo. Cuando volvió a subir, traía una pistola, en cuya recámara estaba introduciendo una bala.
—Por Dios, Jim…
—Clare, ve abajo y no te muevas de allí. —Tenía la voz tranquila, pero su tono se había vuelto duro y seco.
—Pero…
—¡Baja!
Descendí el corto tramo de escalones y esperé hasta oírlo saltar al agua poco profunda. Entonces volví a cubierta, me acuclillé y agaché la cabeza. Jim estaba en la orilla e iluminaba la arena con su linterna. Luego la apagó y desapareció entre las sombras.
Temerosa por no verlo, me arrastré hacia el lateral del barco y me dejé caer. Mis zapatillas se sumergieron en el agua fría.
Avancé hasta el lugar donde acababa de ver a Jim antes de que desapareciera. A pesar de la luz de la piscina a lo lejos, no se veía nada. Deseé tener una linterna también yo, pero entonces recordé el leve brillo azul que desprendía la pantalla de mi móvil. Lo saqué y lo abrí.
Gracias a esa suave iluminación, distinguí unas huellas sobre la arena.
Huellas palmeadas. De aletas. Hasta donde alcanzaba a distinguir en la oscuridad, conducían hacia las dunas que se levantaban frente a la mansión de David.
Las seguí torpemente con la esperanza de que Jim hubiera tomado esa misma dirección.
Entre las dunas, miré hacia la piscina y entendí que estuviera iluminada.
David descansaba en el jacuzzi con una copa en la mano.
Pensé en gritar para avisarlo, pero se encontraba demasiado lejos y casi seguro que el rítmico oleaje acallaría mi voz.
Lo único que podía hacer en ese momento era advertir de mi presencia a la persona que lo acechaba.
Crucé un tramo de arena y llegué a otra zona de dunas, donde me detuve en seco. Contra las luces de la terraza, distinguí una silueta que se levantaba y llevaba un rifle con mirilla. Horrorizada, vi que la figura apuntaba a David.
—¡No! —grité a pleno pulmón.
El agresor se volvió hacia mí. Pero antes de que le diera tiempo a apuntarme con el arma, Jim apareció en la duna y se abalanzó sobre el desconocido. Un fuerte disparo al aire, acompañado de un destello, rompió el silencio.
Jim tiró el rifle al suelo, agarró al intruso por los hombros y le dio la vuelta. Cuando le vio la cara, gritó:
—¡Kenny! ¿Qué mierda haces?
¿Kenny? ¿Kenny Darnell? El paparazzi y compañero de Jim le asestó un puñetazo y ambos se enzarzaron en una pelea.
Pedí ayuda a gritos, pero un guarda de seguridad uniformado que había oído el altercado ya se encontraba en la duna y apuntaba con su linterna a los dos hombres.
—¡Quietos! —gritó el guarda mientras sacaba el arma.
Kenny, presa del pánico, se zafó de Jim y huyó por la arena.
—¡Quieto o disparo! —gritó el guardia.
—¡Por Dios, Kenny! —gritó Jim a su vez—. ¡Para! ¡Se ha acabado! Te van a disparar por la espalda, ¡déjalo ya!
Pero Kenny siguió corriendo hacia el agua. Vi que el guarda adoptaba una posición de tiro y lo apuntaba con el arma.
—¡No! —gritó Jim mientras se interponía en la línea de tiro.
Maldiciendo, el guarda levantó la pistola y Jim echó a correr. Por la playa, a mitad de camino, alcanzó a su compañero y lo derribó.
El guarda también acudió corriendo mientras chillaba:
—¡Todos al suelo! ¡Todos al suelo o disparo!
Al cabo de un momento, el guarda de seguridad se arrodilló junto a Jim y esposó a Kenny. Yo llegué poco después. A Jim le costaba respirar y me lanzó una mirada seria, casi de enfado.
Me crucé de brazos y levanté una ceja.
¿Así es como me lo agradeces?
Sacudió la cabeza.
—Te dije que te quedaras en el barco.
—También me dijiste que era adicta a las emociones fuertes. ¿Cómo me iba a perder esta dosis?
—Vamos, arriba —dijo el guarda mientras levantaba a Kenny de la arena.
Abrí y cerré los ojos, sorprendida al reconocer por fin a aquel guarda de rostro aniñado.
—¿Thomas Gurt? ¿Eres tú?