Un asesinato muy espumoso Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

CAPÍTULO VEINTIUNO

A la mañana siguiente, salí de la cama a rastras con un regusto a gas aún en el paladar.

Me puse una bata encima del pijama y bajé las escaleras con desgana hacia la cocina.

Por el camino, pasé por delante de David, que, también en bata, hablaba por teléfono en el salón de Otium cum Dignitate .

Estaba tan absorto en la conversación que apenas se fijó en mí.

Al igual que yo, David había pasado casi toda la noche levantado.

Después de la fuga de gas, lo llamaron para que cerrara el local y los bomberos prohibieron el acceso hasta que la empresa de servicios públicos realizara las reparaciones pertinentes.

Di por hecho que David se estaría ocupando de esas gestiones telefónicas.

Decidí que la falta colectiva de sueño requería medidas urgentes, así que agarré el bote de nuestra mezcla de desayuno cargada de cafeína.

Cuando el aroma terroso y almendrado empezó a impregnar la cocina soleada, David entró y se desplomó en una de las sillas, junto a la gran mesa, con un suspiro largo y dramático.

—Va a ser un infierno encontrar un nuevo gerente a mitad de temporada.

—Mejor estar sin gerente antes que tener a Jacques Papas —contesté.

David sacudió la cabeza.

—Y eso que me dieron muy buenas referencias de él.

—Lógico. Era eficiente, exigente y puntual. Era un buen gerente…, salvo en el detalle de que robaba dinero. ¿Por qué crees que lo hizo?

David suspiró.

—No lo ayudé. Supongo que tendría que haberlo hecho. Él quería volver a Grecia para abrir su propio restaurante. Me pidió que le prestara el dinero necesario al final del verano, pero no me interesaba financiar un restaurante en el extranjero.

—Y entonces decidió que, si no conseguía tu dinero de un modo, lo conseguiría de otro.

—Supongo. Ay, Clare, no quiero molestarte, sobre todo después de todo lo que has hecho por mí, pero, hasta que encuentre un nuevo gerente, me temo que voy a necesitar tu ayuda.

Asentí.

—Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Me gustaría que te hicieras cargo del negocio y que regentaras El Cafetín a tiempo completo durante las próximas dos semanas, puede que un poco más, hasta que encuentre a alguien.

Eso implicará muchas horas de trabajo y la renegociación de los acuerdos que estableció Papas con los proveedores.

Pero te pagaré bien, Clare, tenlo por seguro.

—Por mí encantada, David. Estoy convencida de que Matt accederá a posponer su siguiente viaje y a ocuparse del Village Blend durante ese tiempo. Pero ¿y el chef Vogel? ¿Por qué no te planteas la posibilidad de que él se ocupe de la gestión antes de que yo asuma esa función?

David suspiró.

—El chef Vogel disfruta con la elaboración de los menús y, además, se le da muy bien.

Sin embargo, detesta, y siempre me lo ha dejado bien claro, todo lo relacionado con nóminas, horarios de empleados, problemas de personal y servicio al cliente.

Sería un pésimo gerente y, además, no se sentiría a gusto.

—De acuerdo. Entonces creo que acepto.

David juntó las manos en un aplauso silencioso.

—Menos mal. Venga, ¡vamos a tomar ese delicioso café!

Lo serví y nos sentamos juntos a la mesa para disfrutar de la cálida y necesaria cafeína.

—Dios mío, no puedo dejar de pensar en esa pobre chica —dijo David mientras sacudía la cabeza—.

Colleen ha estado a punto de morir en mi restaurante.

De verdad… De verdad te lo digo: no sé cómo agradecerte que le salvaras la vida.

Y que salvaras el restaurante, por descontado.

Pero lo cierto es que, si esa pobre chica hubiera muerto, ¡no me lo habría perdonado jamás!

—¿Y Treat? —repuse con serenidad—. Él también ha muerto.

—Sí —dijo Madame mientras entraba en la cocina—. El señor Mazzelli también era hijo de alguien, ¿sabes?

David asintió.

—Sí que lo era. Hijo de alguien y un confidente de la policía antidroga. Nada como dejar caer una bomba en el desayuno.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Cómo lo sabes?

—Acabo de hablar por teléfono con el detective O’Rourke —dijo David—. Me ha dicho que la policía ha encontrado el arma homicida.

Se me revolvieron las tripas.

—¿Dónde?

—En el maletero del coche de un chico procedente de Manhattan.

Lo arrestaron por tráfico de drogas en la madrugada del seis de julio.

Las autoridades llevaron a cabo las pruebas de balística pertinentes y revisaron los antecedentes de Treat.

El detective O’Rourke no me ha llamado hasta estar seguro.

—¿Seguro de qué? —pregunté.

—O’Rourke ha averiguado que Treat era un antiguo traficante de cocaína a quien detuvieron y juzgaron, aunque no se le llegó a imponer condena.

Colaboraba con la Administración de Control de Drogas como confidente a cambio de inmunidad.

—La noticia me dejó de piedra. No encajaba con ninguna de mis teorías—.

El detective O’Rourke dice que los forenses han relacionado los casquillos encontrados en la playa y la bala de la cabeza de Treat con ese rifle.

Y, dado que el arma apareció en el coche de un conocido traficante, O’Rourke ha llegado a la conclusión de que Treat era el único objetivo del asesino.

—Porque Treat proporcionaba información sobre traficantes a la Administración de Control de Drogas.

—Exacto. Ahora que O’Rourke tiene el arma homicida, el caso está cerrado. Esa prueba es irrefutable.

—Pero también circunstancial.

David puso cara de extrañeza.

—No veo la razón.

—Para empezar, ¿por qué iba un francotirador a esconderse en plena fiesta para disparar a Treat? ¿No habría sido más fácil esperar a que Treat se marchara de la mansión y abatirlo en la carretera o delante de su casa, en cualquier lugar que no fuera la mayor reunión social de la temporada?

—Eso es discutible, Clare —replicó David.

Sacudí la cabeza.

—¿No ves que podrían haber colocado el arma homicida en el maletero a propósito? A lo mejor por eso dejaron los casquillos en la playa de ese modo, como quien no quiere la cosa. Ningún sicario profesional cometería un error así…

—Nadie dice que el detenido fuera un sicario profesional —discutió David—. Lo más seguro es que solo fuera un delincuente de tres al cuarto.

—Y me apuesto lo que sea a que tampoco hay huellas en el rifle —añadí—. Seguro que el asesino quería que la policía encontrara el arma, puede que hasta diera el aviso él mismo para inculpar a otra persona.

—Ya está bien, Clare —advirtió David con voz enfadada—. Si O’Rourke dice que el caso está cerrado, está cerrado.

—Una última pregunta y ya lo dejo. —David suspiró—. ¿Dónde encontraron el arma y detuvieron al responsable? —pregunté.

—En el lado chungo de la autopista —contestó David—.

Creo que en Hampton Bays, no sé el lugar exacto.

En cualquier caso, me alivia saber que han atrapado al asesino de Treat.

Ya puedo liquidar el contrato con la empresa de seguridad y quitarme de en medio a esos tíos uniformados que se pasean por mi casa a todas horas.

Me alarmé.

—¿Por qué quieres deshacerte de la empresa de seguridad?

—Ya no me hace falta.

—Por favor. Ha habido un crimen en esta mansión. El gerente de tu restaurante quería hacer volar tu negocio. ¿No puedes mantener la vigilancia durante unas semanas más? Aunque sea por mí…

Madame levantó una ceja.

—A ver, David, Clare tiene razón. Después de lo que ha pasado y de lo equivocado que estabas con Jacques Papas, ¿no crees que deberías escuchar a mi nuera?

Exnuera , pensé. Y, viendo la relación de Matteo con Breanne Summour, cada día que pasa todo parece más ex .

La mirada de David se posó en Madame y luego en mí otra vez. Por fin, se dio por vencido.

—¡Ya veo que estoy en minoría! —Soltó la taza vacía sobre la mesa y se levantó—.

Ahora voy a vestirme —anunció—. Tengo que hacer una ronda de visitas de cortesía y convencer a la empresa del gas y al cristalero para que me envíen a alguien de inmediato, porque en caso contrario El Cafetín no podrá abrir esta noche.

Por suerte para todos los interesados, El Cafetín abrió el domingo, aunque no a tiempo para su famoso almuerzo.

Sin embargo, hacia las cuatro de esa soleada tarde, el cristalero ya se había marchado, la empresa de servicios públicos había efectuado las reparaciones necesarias y el jefe de bomberos municipal había certificado la seguridad de las instalaciones.

Mientras el chef Vogel se encargaba de los preparativos en la cocina y Suzi Tuttle montaba el comedor para la cena, yo me quedé en el sofá de la sala de descanso repasando la lista de los distribuidores.

Me preguntaba a cuáles de esas empresas tendría que engatusar el lunes para que nos suministraran sus productos sin el diez por ciento extra que había negociado Jacques Papas, que en ese momento estaría esperando en el calabozo del condado de Suffolk a que fijaran la fianza.

No había avanzado mucho cuando Suzi me interrumpió con otra crisis.

—Creo que la cafetera se ha roto.

Seguí a Suzi hasta el mostrador de los cafés y enseguida identifiqué el problema.

Aunque la cafetera estaba enchufada, la toma de corriente se había fundido.

Un cable alargador de alto voltaje desde la cocina hasta el mostrador de los cafés resolvería el problema de manera temporal hasta que acudiera un electricista por la mañana para revisar el enchufe.

Una vez resuelta la crisis, volví para seguir analizando mis notas en la sala de descanso.

Acababa de llegar a la puerta cuando oí la voz de Graydon Faas. Estaba solo y hablaba con alguien por el móvil.

Por regla general, no pego la oreja en las conversaciones privadas (a menos, claro, que esté investigando un crimen).

Pero Graydon Faas salía con mi hija, lo cual me concedía cierta laxitud como madre.

Además, el descubrimiento de Madame de que Graydon pertenecía a una familia con una fortuna farmacéutica me había picado la curiosidad.

Teníamos a un chico que valía, literalmente, millones de dólares, y sin embargo servía mesas en un restaurante de los Hamptons en lugar de pasar el verano rodeado de lujo como los demás jóvenes de su clase.

Resulta irónico que, después de estar tan preocupada por la seguridad y el bienestar de David Mintzer, fuera la preocupación por mi hija lo que me llevara a oír a hurtadillas esa conversación.

—Yo he cumplido con mi parte del trato, Bom —lo oí decir.

¿Bom? ¿Bom Felloes? Me acerqué un poco más a la puerta con cuidado de que no me viera.

—Claro que podría aumentar la cantidad —dijo Graydon—. Ya lo sabes, tío. Pero no sé… Lo que pasó la última vez me acojonó.

Un vaso se cayó al suelo en el comedor y me sobresaltó. Graydon hizo caso omiso y prosiguió con su conversación.

—Vale, como quieras… ¿A qué hora? Vale, tío, once y media. Eres la bomba, Bom. Nos vemos.

Me di media vuelta y eché a correr hacia la otra punta de la cocina. Al cabo de un momento, Graydon salió de la sala de descanso y comenzó a ayudar a Suzi Tuttle con los cubiertos.

No sabía en qué andaba metido Graydon Faas con Bom Felloes, pero sospeché que era algo turbio. O peor, que tenía que ver con las tentativas fallidas de acabar con la vida de David Mintzer.

Cuando todo el mundo estaba ocupado, abordé al chef Vogel en la cocina.

—Esta noche necesito salir antes, ¿vale? ¿Puedes cubrirme?

—Claro.

—Gracias, te debo una. Pero no le digas a nadie que me he ido, ¿de acuerdo?

El chef me guiñó el ojo con complicidad.

—Pásalo bien —susurró—. Después del tute de trabajar que te estás dando este verano, te mereces un poco de diversión.

Sonreí y le di las gracias. Luego me dirigí a toda prisa a la sala de descanso para recuperar mis notas y hacer una llamada desde mi móvil… Una llamada a la única persona que sabía que no cuestionaría mis métodos «al margen de la ley».