Un asesinato muy espumoso Capítulo veinte
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Capítulo veinte

CAPÍTULO VEINTE

C onduje de vuelta a El Cafetín en mi coche sin perder de vista las luces de la Harley de Jim por el espejo retrovisor.

Cuando llegamos al restaurante eran casi las tres de la mañana.

El local estaba a oscuras y no había un alma, y el aparcamiento estaba desierto.

Mientras me bajaba del coche, Jim se acercó a mi lado y apagó el motor de la moto.

Juntos, recorrimos el camino oscuro que llevaba al restaurante. Por el cristal de la puerta delantera, vi la lucecita roja del panel de control de la alarma, que advertía a los intrusos de que el sistema estaba activado.

Jim, con las manos en los vaqueros, se apoyó en el marco de la puerta.

—Entonces, ¿quieres que fuerce esta cerradura?

Sacudí la cabeza.

—Tengo la llave. La cerradura que quiero que fuerces está dentro. De todos modos, hay un sistema de alarma. Aunque cruzaras la puerta, necesitarías teclear una clave que no conoces.

—Las alarmas nunca han sido un problema para mí.

—Qué fanfarrón.

Introduje la llave en la cerradura y la giré. Después de abrir la puerta, tenía diez segundos para teclear el código de seguridad antes de que saltara la alarma, tanto allí como en la comisaría de policía. Tecleé el código. Un solo pitido y la lucecita pasó del rojo al verde.

—Todo despejado —dije mientras volvía la cabeza.

Nada más entrar en el comedor, comprendí que pasaba algo raro. Al principio el aire parecía denso y pesado, pero después detecté un olor familiar. Jim venía detrás de mí y me agarró del hombro. Él también lo había olido.

—Gas —dijimos a la vez.

—¡Las llamas piloto de la caldera han debido de apagarse! —chillé—. Tenemos que arreglarlo…

Quise avanzar deprisa, pero no di más de dos pasos cuando Jim, que aún tenía la mano sobre mi hombro, tiró de mí.

—Clare, no. Tenemos que largarnos de aquí.

—No, espera.

Traté de forcejear, pero en apenas unos segundos me sentí aturdida y mareada.

Parpadeé, pero vi estrellas y noté que me fallaban las rodillas.

Jim me levantó en brazos y me sacó del restaurante.

Jadeante, me tumbó sobre el capó de mi coche, y noté el calor del motor en la espalda.

Tosí y traté de respirar, no sin dificultad.

—¡No podemos dejar que este sitio vuele por los aires! —grité con la voz entrecortada—. No podemos.

Jim se apartó del capó y se volvió hacia el restaurante. Reparé en que la puerta se había quedado abierta. Y entonces, antes de que me diera tiempo a reaccionar, se quitó la camisa.

—Jim, ¿qué…?

Se metió la mano en el bolsillo y me puso un móvil en la mano.

—Llama a emergencias.

Se colocó la camisa sobre la nariz y la boca, y se la ató detrás. Con la cabeza agachada, corrió hacia el restaurante.

Tecleé el número de teléfono y la llamada entró al instante. Informé de la fuga de gas, de la dirección y de que había alguien dentro del local.

Oí un ruido proveniente del interior del restaurante, las puertas francesas que se abrían y el sonido de un cristal al romperse. Aún temblorosa, me levanté del capó y corrí hacia la entrada. La cabeza me palpitaba y los pies tardaban en cumplir las órdenes de mi cerebro.

Justo al llegar, vi que Jim salía de la cocina. Aún llevaba la camisa alrededor de la cara y sus andares parecían firmes. Entré para ayudarlo, pero se precipitó hacia mí.

—Sal de aquí, Clare. He cortado la fuga. —Aunque con la voz amortiguada por la tela, sus palabras eran claras.

—¿Estás bien?

—Joder, Clare, ¿se te olvida que estuve en operaciones especiales? Cualquier marine que se precie es capaz de aguantar la respiración durante tres minutos.

—¿Qué has visto? Se supone que la caldera tiene un sistema de seguridad. Si alguna de las llamas piloto se apaga, el gas se detiene de manera automática…

—El problema no ha sido ese. Los tubos estaban cortados.

—¡¿Qué?!

—Los tubos que van desde la llave principal hasta la caldera estaban sueltos y me ha dado la impresión de que los habían cortado.

He tenido que cerrar la llave principal.

De camino, he abierto las puertas francesas…

Lo siento, pero he tenido que romper algunas.

¿Hay otras ventanas que den al exterior?

—Hay una ventana grande en la sala de descanso de los empleados.

—¿Qué puerta es?

—El gas ya se está disipando, Jim. Deja que yo me ocupe.

—De acuerdo, voy a fijar las puertas cortafuegos para dejarlas también abiertas.

Tomé una bocanada de aire fresco, corrí hacia la sala de descanso y abrí la puerta. Allí no olía tanto a gas; tal vez la puerta cerrada lo hubiera evitado, al menos en parte. Me dirigí hacia la ventana… y entonces grité.

Había un cuerpo sobre el sofá, una mujer vestida con vaqueros y blusa de flores.

En el suelo había un par de sandalias. Sobre el cojín, unos rizos castaños colgaban de una coleta medio deshecha.

Agarré a la mujer por el hombro y le di la vuelta.

La piel de Colleen O’Brien tenía un ligero tono azulado y las pecas de su naricilla se veían tan oscuras como la sangre contra una piel blanca y cadavérica.

Sacudí a la chica frenéticamente.

—¡Despierta! ¡Despierta!

Jim apareció a mi lado, me apartó y se inclinó sobre ella para pegar la oreja a su pecho.

—Respira…, aunque con dificultad. Tenemos que llevarla fuera.

Jim la levantó del sofá y se la echó al hombro. Solo necesitó un momento para cruzar el comedor y salir del restaurante. Tumbó a Colleen sobre el capó de mi coche, que esa noche tenía más rotación que una camilla de hospital.

—¿La conoces?

—¡Sí! Trabaja para David.

—¿Crees que pretendía suicidarse?

Puse cara de sorpresa.

—No… No lo sé.

Recordé lo angustiada que estaba la noche en que dispararon a Treat y caí en la cuenta de que cabía esa posibilidad.

Jim le revisó la boca y la garganta en busca de objetos extraños y, a continuación, comenzó a practicarle la reanimación cardiopulmonar. No había pasado ni un minuto cuando Colleen abrió los ojos. Nada más incorporarse, comenzó a tener arcadas.

Jim me miró.

—Se pondrá bien cuando se le vacíe el estómago.

Le sujeté el pelo mientras vomitaba sobre mi coche… Justicia divina, después de lo sucedido en el asiento de atrás del Mercedes de Breanne. Pero no me importó. Era todo un alivio que estuviera viva.

—Jim, ¿por qué me has preguntado lo del suicidio? —susurré.

—Alguien cortó los tubos del gas, Clare. O ha sido un intento de suicidio o ha sido un acto vandálico.

Colleen levantó la cabeza.

—¿Qué ha pasado?

—Ha habido una fuga de gas —mentí—. ¿Por qué estabas en el restaurante?

—Bueno, la verdad es que… hace días que duermo allí —respondió Colleen—. Pero no se lo digáis a nadie.

Jim resopló.

—Creo ya es demasiado tarde.

Lo hice callar de un codazo.

—Colleen, ¿por qué hace días que duermes ahí?

Intentó levantarse. Le puse la mano en el hombro.

—Quédate quieta —ordené mientras me preguntaba dónde narices estarían los bomberos. Aún no se oían sirenas—. Cuéntame por qué duermes en el restaurante, Colleen.

—Los cabrones que gestionan la casa compartida donde me alojaba subieron la tarifa a mitad de temporada sin avisar —confesó—.

Me enfadé. No quería darles hasta el último centavo de mi sueldo, pero tampoco quería perder el trabajo, así que decidí terminar el verano durmiendo en el sofá de la sala de descanso.

La miré sin terminar de comprender.

—¿Y cómo te las has apañado?

—Ah, ha sido fácil. Me escondía en el baño hasta que Jacques o quien fuera cerrara el local por la noche y luego, por la mañana, me volvía a esconder antes de que llegara el chef para que nadie me viera.

Jacques estuvo a punto de pillarme un par de veces.

Por ejemplo, la otra noche, cuando fue a la fiesta de Bom Felloes. En esas ocasiones tenía que largarme.

Oí un único pitido en la autopista. Unas luces color escarlata iluminaron los árboles.

Los bomberos estaban en camino, sin sirenas.

Solo entonces comprendí que venían en silencio para no molestar a los adinerados residentes de esa comunidad tan exclusiva.

Jim miró hacia la carretera y se puso la camisa mientras esperaba la llegada de las autoridades.

—Colleen, escúchame —dije—. Esto es importante. ¿Quién cerró anoche?

—Jacques. Pensé que no se iba. Se quedó en su despacho hasta muy tarde, pero por fin oí que echaba la llave. Por la ventana de la sala de descanso vi que se alejaba en su coche, serían las dos y media o así. A esa hora, me fui a dormir.

El camión de bomberos entró en el aparcamiento con las luces parpadeantes encendidas. Un coche de policía y una ambulancia aparecieron detrás. Se abrieron las puertas y salieron dos médicos que se acercaron a nosotros corriendo.

El jefe de brigada y algunos bomberos provistos de oxígeno acordonaron la zona y entraron en el restaurante. Mientras conducían a Colleen a la ambulancia, me acerqué al sargento de la policía para presentarme.

—No ha sido un accidente —le expliqué—. Los tubos del gas parecían estar cortados de forma deliberada y la última persona que tuvo acceso a ellos, según dice la chica a la que están atendiendo, fue el gerente del restaurante, Jacques Papas.

Creo que intentaba sabotear el negocio para ocultar que le desfalcaba dinero al propietario, David Mintzer, y a algunos proveedores.

El sargento se movió con gesto incómodo.

—Esa es una acusación muy grave, señora.

—Lo sé —contesté—. Pero Colleen, la chica, dormía dentro del restaurante.

Puede confirmar que Jacques fue el último en marcharse.

Y yo he venido porque quería revisar el contenido de su libro de cuentas.

Creo que los acuerdos a los que llegó con los proveedores no recibieron la aprobación del propietario y que, como resultado de dichos acuerdos, ha desfalcado dinero.

—Tendremos que tomarle declaración al respecto.

—Se la daré encantada —dije antes de dejar caer la bomba—. También creo que Jacques Papas ha tratado de matar a David. Creo que Papas pudo tener algo que ver con el asesinato que se produjo en casa de David Mintzer durante la fiesta del Cuatro de Julio.

El sargento tragó saliva. Era posible que el esclarecimiento de los delitos que yo acababa de detallarle sobrepasara el alcance de su sueldo.

—Espere aquí, señora Cosi —dijo el sargento—. Voy a llamar a la policía del condado de Suffolk. El detective Roy O’Rourke es quien se ocupa del caso.

Jim apareció a mi lado.

—¿Has resuelto el misterio? —preguntó.

—Eso espero.

—¿Crees que Jacques intentó hacer estallar el restaurante para ocultar su delito?

Asentí.

—Piénsalo bien. Al final de verano, un montón de proveedores esperan cobrar el resto de sus facturas junto con el diez por ciento adicional que Jacques les ha prometido.

Si el restaurante hubiera volado por los aires, se habría generado suficiente caos como para que Papas escapara incólume, tomara un avión y volviera a Europa con la mitad de los pagos.

A lo mejor esperaba que, llegado ese punto, David tirase la toalla y se declarara en bancarrota.

Jim se frotó el mentón mientras meditaba acerca de mis palabras.

—Pero ¿por qué preferiría hacerlo estallar ahora en vez de seguir con la estafa durante el resto de julio y agosto?

—Creo que yo tengo parte de culpa.

—¿Por qué?

—Cuando Prin se enteró del acuerdo fraudulento, Papas la despidió sin el conocimiento de David y yo empecé a sospechar.

Papas era consciente de que yo tenía un contrato y no me podía echar con la misma facilidad que a Prin.

Y también sabía que estuve husmeando con mucho interés el otro día en su despacho.

Además, esta misma tarde me ha pillado hablando por teléfono mientras miraba las fotos de la fiesta de David que me diste.

He tenido que admitir que estaba llevando a cabo una investigación.

Papas se puso verde cuando se lo dije. Y hablando de verde… No me siento muy bien…

El mundo empezó a volverse borroso y me tambaleé.

—Uy, cuidado, Clare. —Jim me puso las manos en los hombros—. Siéntate.

Me agaché junto al parachoques delantero de mi coche y me llevé una mano a la frente.

—Supongo que Jacques se asustó. Hice que se preocupara y que temiese que lo descubrieran. Y, por culpa de eso, una chica inocente ha estado a punto de morir.

—Ven aquí. —Jim tiró de mí y me quedé agarrada a él con la cabeza en su pecho y las manos aferradas a sus brazos musculosos.

—Me encuentro mal —murmuré—. El gas…

—No es el gas, Clare —dijo Jim—. Es la adrenalina, que al disiparse te provoca inestabilidad y desorientación. Mi antiguo jefe de los marines tenía un dicho que se cumple en el combate, y supongo que también en la vida.

—¿Qué dicho es? —pregunté sin fuerzas.

Jim se encogió de hombros.

—Después del subidón viene el bajón.