Un asesinato muy espumoso Capítulo diecinueve #3
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Capítulo diecinueve #3

—¿Por qué no te limitas a hacer fotos como las del Bay Bar? ¿Por qué no haces solo cosas legales?

—Hago cosas legales. Y Kenny, mi compañero, también. Incluso toma fotos de accidentes para la policía. Te sorprendería ver cuántas colisiones se producen a lo largo de la temporada.

—Después de haber conducido durante todo el verano por esta zona junto a la élite desplazada e impaciente de Manhattan, no, no me sorprende en absoluto.

—Bueno, pues esos trabajos están muy mal remunerados.

Y quiero tener un barco propio cuando acabe el verano.

Quiero ganar dinero suficiente para jubilarme antes de ser demasiado viejo y estar demasiado cansado para bucear.

La vida es corta, Clare. Lo he vivido en mis carnes, te lo aseguro.

—Se encogió de hombros—. Hay que aprovechar al máximo mientras se pueda.

—Ya te he dicho que es asunto tuyo. Lo único…, que me parece espantoso invadir la intimidad de la gente.

—Ah, ¿sí? O sea, como cuando invadiste mi intimidad esta mañana, ¿no?

No se equivocaba. Yo justificaba ese allanamiento de morada porque se debía a una buena causa, pero no dejaba de ser una invasión de su privacidad. Y un delito.

Jim se levantó y, al estirarse, casi rozó el techo del camarote con la cabeza.

—Clare, no sabes los sitios donde he estado, las cosas que he visto, la pobreza, el sufrimiento… Joder. Si lo peor que les puede pasar a esos ricachones es que aparezca una foto robada suya en una revista, diría que aun así son los más afortunados en la lotería global. ¿Quieres beber algo?

Asentí, para mi propia sorpresa. De pronto necesitaba algo que me calmara los nervios y que atenuara la sensación de culpa por ser una fisgona. Y, a juzgar por la cara de Jim Rand, él también lo necesitaba.

Se acercó al frigorífico de la cocina, sacó dos botellas de cerveza y las abrió.

Me pasó una, volvimos arriba y se sentó en un banco acolchado cerca de la popa.

Yo me quedé de pie junto a la barandilla.

Ambos bebimos en silencio durante unos minutos mientras las olas golpeaban el casco y el barco se mecía sobre el agua oscura.

—¿Y por qué dejaste el cuerpo de operaciones especiales de la Marina? —pregunté—. ¿Por edad?

—Una lesión. Sucedió durante… un ejercicio de entrenamiento.

—Uf, vaya, qué mala suerte. Y encima ni siquiera fue durante una misión secreta o algo por el estilo. —Jim se echó a reír—. ¿Dónde está la gracia?

—Clare, no nos permiten decir que nos hemos lesionado en nada que no sea un «ejercicio de entrenamiento».

—Ah, ¿no? ¡Ah! Ya entiendo. Perdona… ¿Y cuál fue la lesión exactamente?

—Enfermedad por descompresión. Lo que llaman el mal del buzo. Me dañé el oído interno y las articulaciones. Si desciendo a más profundidad de la del buceo recreativo, o sea, unos treinta metros, es probable que sufra daños graves en los huesos.

—Y en este trabajo de ahora, no bajas a más de…

—Seis metros como mucho. En el Caribe, en invierno, bajo algo más. Quince metros, lo máximo.

—Ajá.

Me senté junto a él en el banco acolchado.

Tenía el pelo oscuro y alborotado, como siempre, pero ahora lo llevaba mojado y peinado hacia atrás, y le había humedecido el cuello de la camisa verde.

La piel aún le oía a cítricos y a jabón, que se mezclaban con el ligero aroma salino del mar abierto.

Me gustaba. No quería que me gustara, pero me gustaba.

Seguimos bebiendo nuestras cervezas mientras observábamos el reflejo de la luna en el agua. Al menos, eso es lo que pensé que él hacía. Sin embargo, cuando levanté la vista, a quien miraba era a mí.

Una ráfaga repentina de viento me revolvió el pelo sobre la cara. Los ojos marrones de Jim parecían líquidos. Durante unos minutos largos y silenciosos, no se movió.

Fue entonces cuando me di cuenta de que estar tan cerca de Jim Rand era como estar al lado de un relámpago.

Casi sentía su energía acumulada, el fuego que ardía bajo la superficie.

En ese momento no se molestaba en ocultar nada.

Vi lo que deseaba y, si en ese momento me hubiera rozado, habría sido el fin.

Me habría derretido como chocolate en un horno a doscientos sesenta grados.

Por eso me levanté antes de que él tuviera oportunidad de…

—Jim, necesito que me ayudes.

—¿Necesitas que te ayude?

—David está en peligro y tengo que averiguar quién quiere hacerle daño.

Jim apartó la mirada y tomó un largo trago de cerveza.

—¿Necesitas que te ayude?

—Eso he dicho.

Se volvió hacia mí y me miró a los ojos.

—¿Me lo agradecerás?

—Sí.

Arqueó una ceja.

—¿Cómo?

—Depende.

—¿De qué depende?

—De si pillamos al asesino.

Lentamente, se formó una sonrisa en su cara.

—Cuenta con ello.

Con silenciosa paciencia, Jim oyó todas mis teorías y sospechas.

Sugirió que bajáramos para echar un ojo a su ordenador, por si obteníamos alguna información adicional al ampliar las fotos.

Su idea era localizar a David en todas las instantáneas y analizar lo que ocurría a su alrededor en cada momento.

En la carpeta había unas setenta imágenes. En las veintidós primeras no encontramos nada sospechoso. Sin embargo, en la vigésimo tercera, vi algo que me puso la carne de gallina.

En primer plano aparecía riendo una actriz de cine joven y guapa. Pero, en segundo plano, algo me llamó la atención.

—¿Puedes ampliar a David en esta foto para que se vea más grande?

—Claro. —Jim movió el puntero y pulsó—. ¿Qué has visto, Clare?

—David está hablando con el gerente de su restaurante, Jacques Papas. Y mira lo que hace Jacques.

—Parece que le está ofreciendo a David su copa para que la pruebe.

—Pasa a la siguiente foto. —Había otra imagen de la actriz varios segundos más tarde—. Vuelve a ampliar a David. ¡Ostras! David le está devolviendo la bebida. Jacques le dio a probar su copa a David y luego la recuperó.

—¿Y qué?

—Pues que alguien le suministró a David una pequeña dosis de glutamato monosódico sin que él se diera cuenta. Y creo que justo eso es lo que estamos contemplando en las fotos.

—¿Crees que Papas intentó matar a David?

—Creo que Papas tenía motivos para matarlo. Y creo que lo que vemos aquí es la trampa que le tienden a David para provocarle el dolor de cabeza que lo mandó a su habitación, donde se suponía que recibiría el disparo.

—Te sigo. Pero ¿qué motivos tiene Papas?

—Desfalco. Y creo que puedo demostrarlo.

Aunque el detective O’Rourke no se crea lo del glutamato en la bebida, sé que aceptará un libro de cuentas donde se demuestra que tiene un plan para robar dinero de El Cafetín y de David Mintzer.

Y sé que Papas guarda ese libro con llave en el cajón de su despacho.

Jim Rand se apoyó en el respaldo y me clavó la mirada.

—¿Y cómo vas a conseguir ese libro?

Me crucé de brazos y me di un golpecito en la barbilla mientras pensaba.

—Cuando estabas en el cuerpo de operaciones especiales de la Marina, ¿tenías que colarte en sitios sin que nadie te viera?

—Sí, Clare.

—¿Y sabes forzar cerraduras?

—Sí, Clare.

—Entonces, señor Rand, la pregunta no es cómo voy a conseguir el libro, sino cómo vamos a conseguirlo.

—Estás empeñada en meterme en tus rollos ilegales, ¿verdad, Cosi?

—Tiene guasa que seas tú quien lo diga.

Jim se echó a reír.

—Pero acuérdate de una cosa.

—¿De qué?

—Me has prometido que, si te ayudaba a atrapar al asesino, me lo agradecerías.

—Vayamos por partes, Rand. Vayamos por partes.