Capítulo diecinueve #2
Por fin subimos a bordo del barco de esa noche, el Conejo Es Rico, y partimos.
Este también tenía unos diez metros de eslora, pero, a diferencia del Corre Conejo, la rueda de cabillas quedaba al descubierto.
Hacía una noche agradable, cálida y despejada, y se percibía un intenso olor a mar mientras salíamos despacio del puerto deportivo y aumentábamos la velocidad al llegar a aguas abiertas.
—Qué noche tan buena. —Tuve que decirlo en voz alta, por encima del sonido del fuerte viento, pero sabía que era importante entablar una conversación. La que fuera. Como Quinn me dijo una vez: «La mejor manera de que un sospechoso hable es hacerlo hablar».
Por desgracia, Rand no respondió a mi apasionante boletín meteorológico. Lo intenté con otro tema.
—¿Sabes que Corre, Conejo y Conejo es rico son títulos de novelas?
—Sí, lo sé —dijo Rand—. De Updike.
—¿Has leído las novelas de Conejo de John Updike?
—¿Te parezco el tipo de tío que lee novelas sobre la angustia suburbana?
—Pues…
—No te esfuerces. Leo ensayo. Sobre todo de historia geopolítica.
—¿Y quién es el fan de Updike?
—Byron Baxter Monroe, el propietario del puerto deportivo, que fue profesor universitario. Todos sus barcos de alquiler tienen nombres de novelas o relatos de Updike.
—¿Lo conoces mucho?
—Es bipolar y sufre depresión leve, pero lo remedia con lo que él denomina «automedicación», por lo general a base de alcohol.
Le gusta sentarse en la barra y pontificar sobre la vacuidad de la existencia suburbana de la clase media-alta convencional, en general, y sobre Updike, en particular.
¿Por qué lo sé? Porque, mientras él paga, yo lo escucho.
—¿Tú también te automedicas? ¿Con alcohol?
—Me tomo una cerveza de vez en cuando, pero lo que me impulsa es el riesgo. Soy adicto a la adrenalina. Como tú.
—¿Como yo?
—¿No te acuerdas de lo que me dijiste esta mañana? Sacas el valor tomando entre ocho y diez cafés al día. Tu droga es la cafeína, ¿no?
Me puse tensa.
—Una droga legal.
—Y lo que hacías esta mañana en mi casa de alquiler, ¿también era legal?
Mierda.
—¿Sabes, Clare? Podría habérselo contado a la policía.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque… —Sonrió—. Sabía que, si te detenían, no acudirías a nuestra cita.
Cita. Dios. ¿Eso ha sido un comentario sarcástico? ¿O me toma el pelo otra vez?
Lo observé durante unos minutos mientras conducía el barco.
Navegábamos en paralelo a la orilla. Las luces tenues de las mansiones de los Hamptons se veían a la izquierda, lo cual significaba que nos alejábamos de Manhattan hacia el extremo de Long Island.
A poco que avanzáramos, dejaríamos atrás la tierra firme para adentrarnos en mar abierto.
—Vamos hacia el este, ¿no? —pregunté tratando de no mostrar nerviosismo en la voz.
—Al nordeste. —Le dio un golpecito a la brújula, uno de los numerosos instrumentos del abrumador despliegue que teníamos delante. Había un sonar, un GPS y un montón de aparatos más que supuse que tendrían que ver con las comunicaciones y la meteorología.
—Al nordeste —repetí—. Y el depósito de gasolina va lleno. Es lo único que identifico en el cuadro de mandos, además de la rueda del timón.
Jim sonrió con satisfacción.
—Tú eres más de navegar en punto muerto, ¿no? O, a juzgar por dónde te metes, más de muertos, a secas.
No sabía si era un chiste malo o una amenaza, pero me decanté por lo segundo.
—No me amenaces, Rand. Hay diez personas que saben que estoy contigo ahora mismo.
No dijo nada. Siguió navegando durante varios minutos y de pronto paró el motor. Se redujo la velocidad; notaba las olas que, al golpear el barco, lo balanceaban con suavidad.
¿Ya está? Me planteé si Rand me tiraría por la borda en ese momento.
—No tengo intención de amenazarte —dijo en voz baja.
Entonces el exmarine miró al frente, hacia las aguas oscuras, como si reflexionara sobre algo.
Se frotó el mentón recién afeitado. Desprendía un leve aroma a cítricos y jabón.
En ese momento, sin la barba incipiente, reparé en que tenía un mentón espléndido, anguloso, como esculpido en mármol.
Veinte años antes, me habría muerto por dibujarlo.
De repente se volvió hacia mí y me pilló mirándolo.
—¿Estás lista para verme trabajar? —preguntó.
—¿Tiene que ver con armas de fuego?
—Habrá disparos, Clare, pero no de armas.
En el camarote de abajo, Rand se cambió los vaqueros y la camisa por un neopreno negro.
Llevaba un equipo fotográfico impresionante, resistente al agua y provisto de un objetivo increíble.
Me dolía reconocerlo, pero su cuerpo resultaba aún más impresionante: el traje de neopreno le quedaba como un guante y destacaba cada uno de sus músculos.
Es oficial: este hombre es una estatua griega.
—Toma. Esto es para ti —dijo mientras me pasaba el periódico del día anterior. Era una publicación popular que se leía profusamente en esa parte de Long Island.
—¿Qué es esto?
—Primera página. Lee el crédito de la foto.
En la portada aparecía una imagen espectacular de unos fuegos artificiales por encima del Bay Bar, en Southampton.
Recogía todas las cosas maravillosas del Cuatro de Julio en los Hamptons: yates preciosos atracados junto al famoso antro y varias parejas atractivas abrazadas viendo la explosión de color por encima de ellas.
Debajo, se leía el nombre del fotógrafo: Jim Rand.
—Menuda foto. ¿Cómo la sacaste?
—Desde el mar. Desde dentro del agua, para ser exactos. Pero la pregunta que deberías hacerme, detective, es cuándo la saqué. Mira la fecha del periódico.
—Ya veo. Hiciste la foto durante el Cuatro de Julio. Y la publicaron el día 5.
—Como ves, estaba en Southampton a la hora de los fuegos artificiales, justo enfrente del Bay Bar. ¿Me sigues?
Asentí mientras comprendía lo que me estaba mostrando.
—Es tu coartada. La policía sabe la hora de la muerte de Treat Mazzelli y a esa hora no estabas cerca de la mansión de David Mintzer.
—Exacto, Clare. Ya te lo dije. Todas las fotos de casa de Mintzer son de antes de la puesta de sol.
Por eso te las di. ¿Me crees ahora? ¿O quieres ver la totalidad de las imágenes digitales que tomé en Southampton?
Solo son unas cien imágenes, desde el principio hasta el final, las que me sitúan allí.
—Tienes que entender que alguien intenta hacerle daño a mi amigo.
—Y lo entiendo. Pero yo no soy tu hombre… —Sonrió y arqueó una ceja—. Al menos, en lo que respecta a tu investigación criminal.
Era difícil no darse cuenta del coqueteo. Mi reacción fue instintiva, pero la desdeñé.
—¿Te preguntó la policía si viste algo sospechoso esa noche, mientras estabas en la playa de David?
—Sí, claro. Y siento decirte que no vi nada. Oye… Seguiremos hablando cuando vuelva, ¿te parece? No quería marcharme del barco y descubrir más tarde que te habías acojonado, te habías largado navegando y me habías dejado tirado en mitad del Atlántico.
No pude evitar echarme a reír.
—¿Sabes?, me había imaginado la misma escena, solo que al revés. Estaba casi convencida de que me ibas a lanzar por la borda.
—Qué bonita es la confianza, ¿verdad?
Jolín, Rand, no hagas que me gustes.
El exmarine reunió el resto del equipo, una bombona de oxígeno y las gafas de bucear. Se puso un reloj de buceo alucinante y a continuación me pasó un par de prismáticos y señaló hacia el litoral.
Examiné la orilla. Había cinco mansiones iluminadas. En una de ellas se celebraba una gran fiesta junto a la playa.
—Supongo que tu destino es esa fiesta…
—Supones bien.
Lo vi saltar por la popa y me recorrió un escalofrío al verlo desaparecer entre las lóbregas olas. Aunque la luz de la luna derramaba un matiz plateado sobre la superficie del mar, Jim Rand había desaparecido por completo bajo aquel cristal negro.
Observé con paciencia a través de los prismáticos a la espera de que volviera a emerger. Por fin, lo divisé en la playa. Ni siquiera lo había visto salir del agua.
Las sombras lo tornaban invisible. Después, se camufló entre los setos y matorrales.
Permaneció allí más de cuarenta minutos.
Los invitados de la fiesta salían y entraban a la mansión sin verlo en ningún momento, sin sospechar nada.
Las parejas y los grupos de gente entraban en su encuadre sin darse cuenta y volvían a salir.
Por fin, se movió. Con mucho sigilo, regresó al agua.
Al cabo de un momento, ya estaba en el barco otra vez.
—Veo que sigues aquí —bromeó después de quitarse las gafas y la boquilla del oxígeno.
—Sigo aquí porque no me queda otra.
—¿Ya confías en mí?
—No sé encender el motor de este trasto.
Jim sonrió.
—Deja que me cambie y te daré una clase.
Diez minutos más tarde, estaba de nuevo arriba.
—¿Quieres ver mis fotos? Han salido fantásticas.
—¿Ya las tienes?
—Es un equipo digital. Baja conmigo.
En el camarote, Jim había instalado un ordenador portátil y una impresora sobre una mesa atornillada al suelo.
En la pantalla había miniaturas de las imágenes que acababa de tomar.
Hizo que me sentara en una tumbona plegable y acto seguido se inclinó sobre mi hombro para mostrarme algunos de los resultados.
Sacudí la cabeza con estupor. Jim se dio cuenta.
—¿La tecnología te supera o qué?
—No, lo que me supera es ver la cantidad de fiestas a las que asiste Keith Judd en una franja de tierra tan pequeñita.
—¿Keith Judd? Ah, sí, aparece aquí en segundo plano, rodeado de jóvenes guapas con pinta de menores de edad, como siempre.
En esa foto mi objetivo no era él. Mira…
Este es Radio Brenner, la estrella de béisbol.
Y la chica a la que abraza es Gina Sánchez, la diva del pop.
Comenzaron su relación en marzo, pero este verano nadie ha conseguido una foto de los dos juntos. Ahora, mi cliente sí.
—Entiendo.
Rand notó frialdad en mi voz y apartó la vista de la pantalla del ordenador para mirarme a mí.
—Lo entiendes, pero no lo apruebas.
—No soy quién para aprobarlo o desaprobarlo. Es tu trabajo…
—¿Pero?