Un asesinato muy espumoso Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

CAPÍTULO DIECINUEVE

L a noche del sábado siempre era la más ajetreada en El Cafetín.

El local se llenaba de gente menor de cuarenta años que se atiborraba de cafeína antes de seguir de fiesta hasta altas horas de la madrugada.

Papas aún tenía que contratar a alguien que sustituyera a Prin y yo seguía hasta arriba sirviendo mesas y ocupándome de los cafés.

Cuando llegó mi siguiente descanso, a eso de las ocho, no quise correr el riesgo de que Papas me montara otra escena. Crucé la cocina y salí por la puerta trasera, me monté en el coche, que estaba en el aparcamiento, y cerré el pestillo. Solo entonces llamé por teléfono.

—Al habla O’Rourke.

—Hola, detective, soy Clare Cosi otra vez.

Su suspiro de descontento fue difícil de obviar.

—Sí, señora Cosi. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Siento molestarlo, detective, pero tengo más información. ¿Sabía que Marjorie Bright es una gran tiradora? Es campeona de tiro al plato.

—No, no lo sabía. Pero ahora lo sé.

—Entiende por qué se lo digo, ¿verdad? Esa mujer sabe disparar rifles y dar en el blanco.

También tengo una prueba fotográfica de que esa noche no solo cruzó la propiedad de David, sino que también estuvo merodeando por allí durante la fiesta, escondiéndose no sé por qué para que nadie la viera.

¿No cree que esos dos detalles la convierten en una posible sospechosa?

—¿Tenía algún motivo para matar a Treat Mazzelli?

—No, pero sí para matar a David Mintzer.

—Señora, David Mintzer no fue quien murió asesinado la noche del Cuatro de Julio, como bien sabe, ya que el cuerpo lo encontró usted. Ahora, le agradezco su información, pero tenemos algunas pistas sólidas en nuestra investigación que no tienen nada que ver con la señora Bright.

—Se trata de Jim Rand, ¿verdad? ¿Lo han detenido?

Se produjo una pausa y sonó otro suspiro cansado.

—Señora Cosi, interrogamos al señor Rand, pero tiene una coartada. No pudo disparar a Treat Mazzelli la noche del Cuatro de Julio, de manera que ni lo tenemos detenido ni es sospechoso.

—¿Qué coartada le ha ofrecido Rand?

—No puedo decir nada más, señora.

—Espere, pero…

—Señora Cosi, tendré en cuenta la información que me ha facilitado sobre la señora Bright, pero debo pedirle que deje de investigar este crimen por su cuenta. Y si infringe alguna ley por no hacerme caso, me aseguraré de que caiga sobre usted todo el peso de la justicia. Creo que me ha entendido.

—Lo he entendido —apreté los dientes, ofuscada—. Buenas noches, detective.

—Sin resentimientos, señora Cosi. Buenas noches.

Colgué y de repente me sentí enfadada y estúpida a la vez. Yo solo quería detener a un asesino… ¡y me acusaban de saltarme la ley!

—Joy, ¿puedo hablar un momento contigo? —pregunté después de volver del aparcamiento.

Mi hija estaba hablando con Graydon Faas y Colleen O’Brien junto a la zona de preparación de postres. Le hice una señal para que viniera conmigo a la puerta de atrás.

—Salgo a las once —le dije—, pero sé que tú te quedas hasta el cierre.

—Sí. ¿Y?

—Pensaba volver directamente a casa de David, pero tengo que ocuparme antes de unos asuntos.

—¿A las once de la noche? ¿Qué asuntos son esos?

—Nada del otro mundo, cariño. Solo quiero que estés disponible si necesito llamarte por teléfono, así que mantenlo encendido. Y dime qué vas a hacer y dónde vas a estar, ¿vale?

—Graydon y yo vamos a salir un rato, pero queremos ir a hacer surf por la mañana, así que no volveré muy tarde. Si cambio de planes, te aviso.

—¿Tienes anticonceptivos? —susurré.

Joy puso los ojos en blanco.

—Sí, mamá. Si los necesito, los usaré. ¡No te preocupes tanto!

Unas horas más tarde, a las doce menos cuarto de la noche, estaba sentada detrás del volante de mi Honda en el aparcamiento del puerto deportivo Monroe.

La llamada a O’Rourke no había frustrado mis planes, más bien me había enfurecido.

Y, de acuerdo, puede que esa rabia me hubiera nublado un poco el entendimiento.

Seguro que Matt lo habría definido así. Pero, en ese momento, no actuaba por impulso.

Estaba calmada, serena e intentaba pensar con toda la lógica de la que era capaz.

Para el detective O’Rourke, Rand tenía una coartada sólida para la noche del asesinato de Treat. Pero mi fe en la capacidad de O’Rourke para atrapar al asesino era tan elevada como mi confianza en Rand, es decir, nula. En consecuencia, no podía quitarme de la cabeza la invitación de Jim Rand.

«Esta noche a las doce… Ven conmigo… Cuando veas con tus propios ojos que te digo la verdad, me borrarás de tu lista de sospechosos y te daré las fotos que quieras».

—O me tirarás por la borda —murmuré al recordar mi primera reacción a su propuesta.

Salí del coche y cerré de un portazo. Con los nervios de punta, recorrí uno de los muchos muelles del puerto deportivo en dirección al Corre Conejo. El barco seguía en su sitio y estaba completamente a oscuras. No había ni rastro de Jim Rand. De hecho, no había ni rastro de nadie.

—Me cago en ti, Rand —murmuré.

Era obvio que me había tomado el pelo con su invitación.

Qué tonta soy. Me ha engañado.

—Disculpe, señora, ¿puedo ayudarla en algo?

Me di la vuelta y vi que un joven se acercaba a mí por el muelle.

Tenía el pelo corto y castaño, el rostro aniñado y una expresión muy seria, y llevaba una cazadora azul con las palabras Seguridad Puerto Deportivo Monroe bordadas en la parte delantera.

Como la cazadora estaba abierta, distinguí una tarjeta identificativa enganchada en el bolsillo de su camisa. Debajo de su foto, aparecía un nombre.

—T. Gurt —leí en voz alta.

—Así me llamo, señora. ¿Qué hace aquí?

—Ah, se supone que había quedado con una persona, pero está claro que me ha dejado plantada.

—Vaya, lo siento. ¿Puedo ayudarla a pedir un taxi?

—No, no. Tengo el coche en el aparcamiento. Ya me iba.

—De acuerdo, señora, buenas noches —me dijo antes de empezar a volver por el muelle.

—¡Espera! —grité.

El joven se dio la vuelta.

—¿Sí, señora?

—Por casualidad no serás el sobrino de Alberta, ¿verdad?

El chico asintió.

—Sí, señora, Alberta Gurt.

—La conozco. Es una mujer muy agradable. Entonces tú debes de ser Thomas.

—Exacto.

—Me dijo que trabajabas en una empresa de seguridad aquí, en Hampton Bays.

—Así es, estoy aquí durante el día. —Miró el reloj—. A medianoche me marcho a otro trabajo. Siento cortarla, señora, pero es el cambio de turno.

—Claro. Encantada de conocerte.

—Lo mismo digo.

Mientras el chico volvía a la oficina, recordé lo que Alberta me había contado sobre los problemas de juventud de Thomas, que luego se resolvieron cuando se alistó en el ejército. Con todos esos «Sí, señora», le pegaba mucho haber sido soldado.

No se me olvidaban las sospechas que recaían sobre Alberta. Tenía motivos para matar a David y estaba claro que Thomas se sentía cómodo con las armas de fuego. Aun así…, aquel rostro tan infantil me había resultado demasiado sincero.

«Hay asesinos de todo tipo, Clare. De todas las formas y tamaños».

Recordé las palabras de Mike Quinn. Sabía que una buena impresión momentánea no debía convencerme de nada. A fin de cuentas, no podía descartar a nadie como sospechoso. Lo cual me llevó de nuevo a la razón por la que había acudido a ese puerto deportivo.

Mientras volvía por el muelle hacia el aparcamiento, miré el reloj.

Eran las doce en punto. Si Jim Rand me había engañado, supuse que también habría engañado a las autoridades y se habría inventado alguna coartada falsa para despistar a la policía.

Pero no pensaba darme por vencida con la misma facilidad que O’Rourke.

Resolví que yo misma lo interrogaría. Si decía la verdad, quería oírla en persona, quería decidir si lo creía o no. Pero si lo que pretendía era proteger a quien lo había contratado, averiguaría el nombre de esa persona.

Decidí acercarme a la casa de Rand en Bridgehampton y, si no lo encontraba allí, esperar hasta que apareciera. Pero lo único que no haré , me dije mientras abría la puerta del coche, es perder la oportunidad de atraparlo .

—¿Tan pronto te das por vencida?

Me di la vuelta y vi a Jim Rand a menos de un metro de distancia, con los brazos cruzados en actitud despreocupada y con una seguridad en sí mismo, palpable en su postura y su expresión, que rozaba la arrogancia.

Se había arreglado para nuestro encuentro.

Venía afeitado y había cambiado la camiseta de buceo por una camisa verde claro. Sus vaqueros azules parecían nuevos.

Por un momento, pensé que no me saldría la voz. Se había acercado a mí por detrás como una sombra silenciosa en el oscuro aparcamiento. No sé cómo conseguí mantener el tipo para decir:

—Claro, es verdad, fuiste miembro del cuerpo de operaciones especiales de la Marina.

—No te habré asustado…

—¿Es lo que pretendías?

—No. Pero no habría estado mal pagarte con la misma moneda. Porque tú si pretendías asustarme a mí, ¿verdad?

—¿Cuándo?

—¿Cuándo crees tú, Clare? Cuando mandaste a la policía del condado de Suffolk a mi casa.

Tragué saliva con inquietud. No esperaba tener que ponerme a la defensiva.

—No me quedaba más remedio. Tendrías que haberlo supuesto.

—Por eso me sorprende tanto verte aquí. Ya estaba convencido de que me habías engañado.

—Qué gracia, porque yo estaba convencida de que eras tú quien me había engañado a mí.

Sonrió.

—Supongo que pensamos de forma parecida, tú y yo.

—Entonces, ¿vas a llevarme por ahí?

Me hizo un gesto para que lo siguiera. Nos acercamos a la hilera de muelles, pero no enfilamos el que yo pensaba, sino que señaló un barco iluminado al otro lado del puerto.

—Ese no es el Corre Conejo —comenté mientras nos acercábamos al amarradero.

—Nunca alquilo el mismo barco dos noches seguidas.

—¿Y eso?

Se encogió de hombros.

—Para desviar la atención.