Un asesinato muy espumoso Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

CAPÍTULO DIECIOCHO

— L o interrogaremos, señora Cosi. Gracias por el aviso.

—De nada.

La llamada al detective O’Rourke había ido bien, ahora que por fin habíamos hablado. Le había dejado un mensaje mucho antes del turno de mediodía en el restaurante y estábamos a punto de prepararnos para la cena cuando me devolvió la llamada.

Durante nuestra conversación O’Rourke se había mostrado impreciso y distante. Pero también parecía intrigado después de saber que me había topado «por casualidad» con un buzo que admitía haber estado en los alrededores de la mansión de David Mintzer la noche en que dispararon a Treat.

Por desgracia, O’Rourke no reveló gran cosa acerca de los avances en la investigación.

Me había dado a entender que, como yo no era familiar directo de Treat, no estaba obligado a contarme nada.

Le recordé que había sido yo quien había encontrado el cadáver y que era una testigo clave de algunos hechos fundamentales, incluido el hallazgo de los casquillos.

Al detective del condado de Suffolk no le hizo mucha gracia que lo presionara, pero, con mucha educación, me invitó a volver a llamar «cuando hiciera falta». Y mi intención era justo esa, volverlo a llamar, sobre todo para averiguar si el interrogatorio a Jim Rand les había servido de algo.

—Hola, mamá… ¿Mamá? ¿Estás bien?

Después de la llamada de O’Rourke, me había quedado sentada y con la mirada perdida en el sofá de la sala de descanso de El Cafetín.

Delante de mí, sobre la mesa de centro, estaban las fotos que Jim Rand me había dado, las imágenes tomadas durante la noche en que asesinaron a Treat.

Al percatarme de la presencia de Joy, miré el reloj.

Mi hija había llegado media hora antes al turno de la cena.

—Hola, cariño —murmuré—. Has llegado muy pronto.

—Quería compensar el retraso de ayer. —Arrastró los pies, cruzó los brazos y luego los descruzó—. Oye, siento haber discutido contigo ayer. No quiero que nos peleemos.

—Ay, cariño… Yo también lo siento. —Abrí los brazos.

Ella se sentó a mi lado en el sofá y nos abrazamos.

—Quiero que entiendas cómo me siento… Graydon me gusta de verdad —dijo en voz baja—.

Y me gusta mucho estar aquí, es todo tan bonito…

Me parece horrible lo que le pasó a Treat, pero la idea de venir a los Hamptons fue mía en un principio.

No me pidas que vuelva a la ciudad antes de que acabe el verano.

Le aparté de los ojos verdes el flequillo castaño cada vez más largo.

—Estoy preocupada por ti.

—Mamá, ¿te enseño mi carné de conducir? Tengo más de dieciocho años.

Si quiero pasar la noche con Graydon, con Keith Judd o con cualquier otro, la pasaré.

Anoche no lo hice porque no me pareció bien.

No quería hacerte daño. Si duermo con un chico, será porque quiero, no porque pretenda demostrar nada.

Sonreí.

—Cuando duermas con un chico, espero que sea porque lo quieres. Pero, si no, Joy, acuérdate de lo que te digo siempre: cuando tomas una decisión, luego tienes que vivir con las consecuencias.

—Ya lo sé, ya lo sé. Como te pasó a ti, ¿no?

—¿A qué te refieres?

—A ver, la otra noche, la noche que mataron a Treat… La abuela me contó por qué os casasteis papá y tú.

Torcí el gesto.

—No te lo tendría que haber contado.

—Bueno, es que yo estaba muy enfadada contigo porque habías destrozado el número de Keith Judd delante de todo el mundo.

Estaba enfadadísima… Pero la abuela habló conmigo, me contó que te quedaste embarazada sin querer y me dijo que por eso te comportabas así.

Por lo que te pasó cuando tenías más o menos mi edad… Bueno, eras un poco más joven, ¿no?

—La abuela no tendría que haberte contado lo que hice o dejé de hacer con tu edad.

—¿Por qué no? ¿Sientes haberme tenido?

—No, Joy. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Entonces, ese «error» no fue tan malo, ¿a que no?

—Mi error fue casarme con tu padre, pero en esa época jamás me habría dado cuenta de eso.

De todos modos, no estamos hablando de mí.

Esa historia ya es agua pasada, por eso nunca te la conté.

No quiero que lo que yo hice te dé carta blanca para hacer lo que te venga en gana.

Y tampoco quiero que te veas obligada a tomar las decisiones difíciles que yo me vi obligada a tomar y que acabes metida en un matrimonio infeliz o en una relación infeliz. No quiero que nadie te haga daño, Joy.

—Pero me lo harán, mamá. A todo el mundo le hacen daño alguna vez.

—Hay daños y daños.

Joy sacudió la cabeza.

—Venga, mamá, relájate. Eres muuuuy rígida. ¿No sabes lo que es un rollo de verano? ¡Hasta la abuela tiene uno!

—No me lo recuerdes. A diferencia de ti, la abuela no vino a dormir anoche a casa.

—¡¿Cómo?! —Joy gritó indignada y se puso de pie de un salto—. ¿Dónde ha estado? ¿Con quién? ¿Con el tío ese que estaba tan plasta con ella anoche en el comedor, el vejestorio de la coletita y la boina?

—Venga, Joy, relájate —dije, sin poder contener una sonrisa—. Eres muuuuy rígida.

—Uf, para —me soltó mientras se llevaba las manos a las caderas—. Bueno, voy a empezar a reponer. Y tú deberías llamar a la abuela. —Se dio media vuelta y salió de la sala de descanso como un pequeño y enérgico general.

Jolín , pensé mientras la veía alejarse, ¿cuándo se ha vuelto mi hija tan marimandona, tan metomentodo y tan sabelotodo?

Justo en ese momento sonó el móvil en mi mano. Miré el número en la pantalla antes de contestar.

—Tienes que ser adivina —le dije a Madame—. Porque iba a llamarte justo ahora.

—Hola, querida. ¿Qué tal el día?

Suspiré.

—Todavía no ha terminado. Pregúntame cuando acabe. ¿Qué tal tu noche?

—¡Divina!

—¿Sigues con el divino señor Wilson?

Se produjo un largo silencio. Madame bajó la voz.

—¿Cómo sabes que he pasado la noche con Edward?

—¿Me lo preguntas en serio?

—Bueno, es que intento ser discreta.

—Ya, me lo imagino —contesté—. ¿Y qué diría el doctor McTavish?

—Querida mía, el doctor y yo no estamos prometidos. Y, la última vez que miré mi carné de conducir, ya era mayor de edad. ¿Has oído hablar de los rollos de verano?

—Tienes muchísimas cosas en común con tu nieta, ¿sabes?

La respuesta fue una risotada.

—A ver si te enteras, Clare. Joy es mandona, listísima y le encanta estar metida en todos los ajos. Es calcada a ti. No sé de qué te extrañas.

Como seguía sola en la sala de descanso de El Cafetín, el servicio del mediodía había terminado y aún quedaban veinte minutos para el turno de la cena, me levanté y cerré la puerta para tener privacidad. Le puse al día a Madame acerca de mi encuentro con Rand.

—Y acabo de hablar con O’Rourke —terminé de explicarle en voz baja—. La policía del condado de Suffolk va a interrogar a Rand.

—Oh, cielos. ¿Y crees que este tal Rand es el asesino?

—Que yo sepa, Rand no tenía motivo alguno.

Pero es un mercenario en lo referente a la fotografía.

No me extrañaría que hubiera cambiado la cámara por el rifle.

La pregunta importante, por la seguridad de David, es: ¿quién pagó a Rand para que cambiara una cosa por la otra?

Si hay suerte, los detectives lo presionarán para que confiese quién lo contrató.

Pero si no lo hace, estaremos de nuevo en la casilla de salida.

—¿Quieres decir que seguiremos sin saber quién es la persona que quiere ver muerto a David?

—Exacto. Y mientras no lo sepamos, estoy convencida de que David corre más peligro que nunca.

—Sí, sí, está claro. Entonces, sigues necesitando nuestra información, ¿verdad?

—¿Qué información?

—Edward y yo hemos estado muy ocupados hoy recopilando información sobre el señor Felloes. Y, entretanto, nos hemos topado con un descubrimiento muy revelador acerca de Marjorie Bright. Practica el tiro al plato.

—¿Marjorie Bright? ¿Tiro al plato? ¿Estás segura?

—Segurísima. La vi disparando platos de arcilla, uno tras otro, y te diré que estallaban en el aire como los fuegos artificiales de casa de David durante el Cuatro de Julio.

Se me vino una idea a la cabeza. Mientras Madame seguía hablando, cogí las fotos de Rand, que estaban sobre la mesa de centro, y empecé a revisarlas, esta vez en busca de algo muy concreto.

Había varias panorámicas de la fiesta, incluidos los alrededores de la mansión.

Las fotos estaban tomadas mucho antes de la puesta de sol, de manera que había luz suficiente para identificar a la mujer que fumaba entre los altos y viejos árboles.

—Marjorie Bright —susurré.

—¡Sí! —dijo Madame—. Es una excelente tiradora, Clare. Edward y yo decidimos ir a echar un vistazo a la vitrina de trofeos del club. La heredera del detergente ha ganado el torneo anual de tiro al plato tres veces en los últimos cinco años.

—Oye, Madame. Ahora mismo tengo delante una prueba fotográfica de que Marjorie estuvo esa noche merodeando por la propiedad de David.

La foto demuestra que no pasó por allí sin más después de la fiesta, como O’Rourke y David dan por hecho.

No cruzó para ir a la playa, sino que estuvo ocultándose de los asistentes a la fiesta que en ese momento se encontraban en la terraza trasera. Pero ¿por qué? ¿Para qué?

—¡Esperando la oportunidad para disparar a David! —chilló Madame—. En la foto, ¿se le ve algún arma?

—No —contesté—, pero pudo enterrar el rifle en la duna mucho antes de necesitarlo…, si es que fue ella quien disparó, claro.

—Bueno, ahora ya sabes que no necesitaba contratar al señor Rand —dijo Madame—. Además, ¿para qué te iba a pasar él unas fotos que podrían utilizarse en contra de la mujer que lo contrató?

—A no ser que ahora quiera asestarle una puñalada trapera. O tal vez sea verdad que Jim Rand es quien dice ser, lo cual significaría que pudo disparar otra persona distinta…

—Pero si Marjorie contrató a otra persona, ¿por qué se arriesgó a deambular por la propiedad de David? Eso solo le habría servido para llamar la atención.

—A menos que… —Añadí—, como cualquier cliente rico y exigente, estuviera ansiosa por ver si lo que había pagado estaba a la altura de sus expectativas.