Capítulo diecisiete #3
Por fin le hablé del asesinato de Treat Mazzelli y observé su cara y sus ojos mientras le daba los detalles.
La noticia aún no había aparecido en la prensa, aunque era posible que los habitantes de la zona ya estuvieran enterados.
Le expliqué que creía que el objetivo era David y que estaba investigando el asesinato.
Jim Rand no mostró ninguna reacción tras mi relato. Su rostro sobrio permaneció impasible. Se limitó a escucharme y a mirarme fijamente.
—Espera —dijo por fin cuando acabé—. Me estás diciendo que no eres una investigadora profesional, ¿verdad?
—Eso es.
—Y tampoco eres poli.
—Por supuesto que no.
—Entonces, ¿por qué te has implicado en este asunto?
—Treat trabajaba para mí. Yo era su encargada. Y David es mi jefe y mi amigo. Me preocupa su seguridad. Siento que es mi obligación implicarme.
Jim resopló otra vez y sacudió la cabeza.
—Suenas tan flipada como mi instructor militar. Como uno de mis comandantes decía: «Tienes un sentido de la justicia desmesurado». La verdad me parece… —Levantó entonces la cabeza y me miró a los ojos—. Me parece irresistible. No estarás casada, ¿verdad?
Aparté la mirada, volví a centrarme en las fotos y cambié de tema al tiempo que intentaba reprimir una reacción primaria bastante molesta frente a sus insinuaciones.
Era tosco y atractivo, estaba claro que también inteligente, y la cercanía de su masculinidad, en esa casita tan acogedora, ponía a prueba mis nervios.
Sin embargo, teniendo en cuenta lo que había descubierto en el baño, todavía albergaba dudas sobre Jim Rand.
Dudas importantes. Mi principal sospecha era la posibilidad de que tuviera escondido un rifle de caza en algún lugar de la casa.
—¿De verdad que no sabías nada del asesinato ocurrido en la propiedad de David Mintzer? —volví a preguntar, y lo observé para detectar cualquier indicio de subterfugio, culpa o tensión.
—No, joder —contestó Jim, en apariencia relajado—.
La verdad, si me hubiera enterado, me habría quedado por allí para sacar alguna foto de la policía llevándose el cadáver.
Siento lo de ese chico, no es por nada. Pero habrían sido unas fotos fabulosas y las habría vendido junto con la exclusiva.
Por desgracia, me fui mucho antes de que empezaran los fuegos artificiales.
—¿Puedo quedármelas? —pregunté.
Jim dudó.
—¿De verdad eres barista?
—Barista jefe, sí. ¿De verdad eres paparazzi buceador?
Jim me miró con sus intensos ojos marrones.
—¿Por qué no me acompañas esta noche y lo compruebas tú misma?
—¿Acompañarte dónde?
—A trabajar. Al agua. Echo de menos tener compañía.
Además, Kenny ha estado muy tocapelotas esta temporada, no paraba de quejarse.
Será divertido, tú y yo. Te enseñaré lo que hago.
Cuando veas con tus propios ojos que te digo la verdad, me borrarás de tu lista de sospechosos y te daré las fotos que quieras.
—O me lanzarás por la borda —contesté.
—Supongo que tendrás que correr ese riesgo. Pero ya sabes que vivir al límite es emocionante. —Sonrió y le brillaron los ojos—. Seguro que lo sabes, porque en caso contrario no te habrías arriesgado a entrar en mi casa.
Empujé las fotos por encima de la mesa y me levanté.
—Eres igualito que mi exmarido. Y llego tarde al trabajo.
Jim recogió las fotos y me acompañó a la puerta principal.
—Puerto deportivo de Monroe, en Hampton Bays. Esta noche a las doce —insistió—. Ven conmigo.
—Tengo que trabajar —repetí—. Adiós, señor Rand.
Crucé la calle con brío hasta mi coche y me senté al volante. Cuando levanté la vista después de arrancar el motor, él había apoyado un brazo en el techo de mi Honda. Casi me dio un infarto al verlo. Me había seguido sin que me diera cuenta, sin hacer el más mínimo ruido.
—Quédate con las copias, anda —dijo mientras me pasaba las fotos por la ventanilla abierta del coche—. Tengo las originales en formato digital.
No le di las gracias. No dije nada. Agarré las fotos y me alejé sin mirar atrás. Pero cuando hube avanzado media manzana, no pude resistirme a echar un vistazo rápido por el retrovisor.
Estaba en mitad de la carretera, con las piernas firmes y los musculosos brazos cruzados, observándome. Al verlo así, no pude evitar compararlo con el otro hombre que me había observado alejarme menos de veinticuatro horas antes: Bom Felloes.
A pesar de su refinamiento, su fortuna y su absoluta caballerosidad, Bom me había dejado indiferente. En consecuencia, había resultado la mar de fácil mantenerlo en la lista de sospechosos. Sin embargo, lo del señor Rand era otro cantar.
Por grande que fuera mi determinación para mantener las distancias, no podía negar, al menos para mis adentros, que Jim Rand, con su masculinidad desaliñada y su sentido del humor irónico, era mucho más mi tipo. Y precisamente por eso me resultaba peligrosísimo estar cerca de él.
Rand era sin duda quien más posibilidades tenía de ser el asesino y me sentía en la obligación de informar al detective O’Rourke de mi descubrimiento.
Por esa razón, con esa última mirada apesadumbrada por el espejo retrovisor de mi coche, maldije, una vez más, mi incapacidad para redirigir mis gustos en materia de hombres.