Capítulo diecisiete #2
—Tienes la sartén por el mango —dije con toda la calma de la que fui capaz, dadas las circunstancias.
Estaba asustadísima, pero sabía que, si quería mantener el control de la situación, tendría que empezar por controlar mis emociones—.
Puedes llamar a la policía. Me esposarán y me meterán en la cárcel.
O puedes apartar esa pistola y dejar que hablemos como personas civilizadas.
No apartó el arma, ni siquiera la bajó.
—Siéntate —me ordenó, señalando hacia la cama, que estaba detrás de mí.
Me senté en el borde.
—Estupendo. Sigue mis instrucciones y nos llevaremos bien. Ahora vas a hablar y yo te voy a escuchar. ¿Lo entiendes?
Asentí.
—¿Quién eres?
No le vi sentido a mentir.
—Clare Cosi. ¿Y tú?
Su mirada se enfrió.
—Qué rápido olvidamos. Esto va así, Clare: tú hablas y yo escucho. ¿Recuerdas? Bueno, ¿y para quién trabajas?
—Soy barista jefe y, técnicamente, también sumiller de café en El Cafetín…, que es un restaurante… de East Hampton.
Parpadeó. Estaba claro que esa no era la respuesta que esperaba oír.
—Espera, espera. Ese es el sitio nuevo de Mintzer, ¿verdad? Ese que acapara todas las reseñas esta temporada…
Asentí y él torció el gesto.
—Entonces, ¿trabajas para David Mintzer?
No contesté.
—Oye, preciosa, acepta un consejo: cuando un tío te está apuntando con un arma, es mejor que contestes sus preguntas.
Me crucé de brazos intentando por todos los medios ocultar mi miedo con un falso coraje.
—Cuando un tío me apunta con un arma y todavía no me ha disparado, sospecho que no va a disparar.
El hombre abrió los ojos de una forma casi imperceptible.
—¿Estás dispuesta a correr ese riesgo?
—Señor Barnes —continué en un tono razonable—. Confío en mi criterio. Si fueras a dispararme, ya lo habrías hecho.
—Conque señor Barnes, ¿eh? —sonrió con aire de superioridad—. ¿Cómo mierda me has localizado?
—Te vi en la playa anoche, en las inmediaciones de El Castillo de Arena. Desde la orilla no distinguí el nombre de tu barco, de manera que me di un chapuzón nocturno.
—¿Fuiste nadando hasta mi barco?
—Sí.
—¿Anoche?
—Exacto, señor Barnes.
—Joder, estaba a más de cincuenta metros de la orilla. Me sorprende que no te diera una hipotermia.
—No digo que fuera fácil. Ni lo más inteligente, todo sea dicho. Pero conseguí el nombre del yate que habías alquilado. Encontré el puerto deportivo donde estaba atracado y soborné a un par de bonackers encantadoras.
—¿Y de dónde sacas el valor, Clare Cosi?
—Tomo entre ocho y diez tazas de café al día. Como mínimo.
El hombre se echó a reír. Entonces, para mi alivio, bajó el arma, puso el seguro y se la guardó detrás, supuse que en una funda enganchada al cinturón, el mismo sitio donde mi exmarido la llevaba cuando iba en busca de café por África.
—Así está mejor —dije mientras me levantaba de la cama—. Las pistolas me ponen nerviosa…, sobre todo cuando apuntan en mi dirección.
El hombre cruzó los brazos musculosos y me miró desde arriba, a unos treinta centímetros por encima de mí.
—Yo en tu lugar, Clare, no bajaría la guardia en una situación como esta. —Arqueó una ceja oscura—. ¿Qué te hace pensar que no te voy a sacar la verdad a golpes?
—¡Venga yaaa! —Levanté las manos—. Estamos en los Hamptons. ¿Qué vas a hacer? ¿Darme una paliza con un maletín de Louis Vuitton? De todos modos, señor Barnes, mi socio sabe dónde estoy y si me pasara algo…
—Ahórrate ese rollo. No tienes ningún socio. Esa jugada está muy vista, me extraña que la uses. Además, vi que me observabas desde tu Honda al otro lado de la calle y estabas sola.
—¿Me viste?
—Y si vamos a hablar como personas civilizadas, deja de llamarme Barnes, porque no hay ningún señor Barnes…
—¿Cómo?
—Sally Barnes es la dueña de esta casa. La alquila todos los veranos. Por un pastizal, todo sea dicho.
—Aaah, con razón —murmuré.
—Con razón qué.
—El salón rosa Barbie y el dormitorio macho rebelde. Las botellas de cerveza y los envoltorios de Twinkies, la cocina impecable y la cafetera italiana. Ahora entiendo que no lo preparas tú.
—Que no preparo qué.
—El café —dije—. ¿Quieres uno? Me vendría muy bien. A no ser que sepas prepararlo tú, claro, en cuyo caso podrías hacer de anfitrión.
—Clare, intento seguirte, pero voy a tener que recurrir de nuevo a las armas.
—Mira, deja que prepare café, ¿te parece? Entonces sí que podremos hablar como personas civilizadas.
Antes de que pusiera alguna pega, lo eché a un lado para pasar. Me siguió hasta la cocina. Busqué en los armarios y encontré un pequeño paquete al vacío de café en grano procedente de una tienda gourmet local.
—Estupendo. Es arábica. No soporto el robusta. El arábica le da mil vueltas: si el cultivo es elevado, la calidad también.
—¿Cómo dices?
—Estoy hablando sola. Un hábito nervioso.
Rebusqué un poco más y encontré un molinillo. Molí los granos, llené la parte inferior de la cafetera de agua y apreté el café molido en el embudo antes de insertarlo en su sitio.
El Hombre Motorizado lo observaba todo con intensa fascinación, con los brazos cruzados y una cadera apoyada contra la encimera.
—Es como si prepararas una bomba.
—Algo parecido. Es una explosión italiana.
—¿Te queda mucho?
—Solo tengo que enroscar la parte de arriba. —Procedí tal como dije. Noté que me miraba y levanté la vista.
Estaba sonriendo.
—Enroscas muy bien, Clare.
Entrecerré los ojos.
—Íbamos a ser civilizados, ¿te acuerdas?
El hombre resopló. Apartó las delgadas caderas de la encimera y se sentó a la mesa de la cocina. No me quitó ojo mientras yo buscaba dos tacitas y un azucarero.
La cocina se impregnó del aroma celestial del grano terroso que recordaba a frutos secos y llené las tazas con el expreso caliente recién hecho. Le pasé una. No me pidió nata ni leche y tampoco tocó el azúcar.
—Está bueno —dijo después de tomar un sorbo, y luego otro—. Muy bueno.
Señalé el envoltorio vacío de un Twinkie.
—Es una pena que no me dé tiempo a prepararte mis brownies de chocolate, nueces y café. Acompañarían este café mucho mejor que tu habitual postre, señor…
Suspiró como si se rindiera.
—Jim. Jim Rand. —Extendió la mano desde el otro lado de la mesa—. Encantado, Clare.
Dudé, pero finalmente se la estreché. El tacto de su piel era rugoso. Hice ademán de apartar la mano, pero él apretó más. Su agarre era fuerte.
—¿Qué haces en mi casa?
Tragué saliva mientras caía en la cuenta de lo pequeña que se veía mi mano al lado de la suya.
—Dijiste que esta no era tu casa.
—Contéstame.
—Estaba fisgando. Ya lo has visto.
—¿Por qué? ¿Para quién trabajas en realidad?
—Ya te lo he dicho. Para David Mintzer. —Tiré de la mano con fuerza. Me soltó.
—Clare, no me estás diciendo nada. Nada que tenga sentido, quiero decir. ¿Qué estabas buscando?
Me senté y tragué un poco de cafeína para armarme de valor.
—Yo también tengo algunas preguntas, Jim. Eres fotógrafo profesional, ¿verdad? ¿O debería decir paparazzi ?
—No tengo nada que decir al respecto.
—Por tu tatuaje, también intuyo que estuviste en el ejército.
Echó un vistazo al diseño que llevaba en el brazo, un águila aferrada a un ancla.
—Fui miembro del cuerpo de operaciones especiales de la Marina, muñeca. La noche antes de que me licenciaran, los compañeros de mi unidad me llevaron de juerga. Empezamos en San Diego y acabamos en Tijuana, que fue donde me hicieron este tatuaje. No recuerdo casi nada de esa noche.
—Ya veo.
—Y entiendo que tú eres una detective privada que preparas café y que trabajas para David Mintzer. —Se reclinó en la silla, con la taza en la mano, a la espera de mi respuesta.
—¿Por qué crees que soy detective?
—Porque mi socio en esto, Kenny Darnell, me advirtió de que a veces sacaríamos fotos que los famosos no querrían que vieran la luz.
—¿Eso significa que los detectives privados te dan mucho la lata?
Rand se encogió de hombros.
—Nunca me había pasado, pero solo llevo dos veranos dedicándome a esto.
—Ah, ¿sí?
—En la Marina mi especialidad era la fotografía de reconocimiento.
Ahora gano el sueldo de un año en unos cuantos meses.
Hago fotos exclusivas de famosos en playas privadas y casas de vacaciones para la prensa amarilla, la prensa rosa y los periódicos.
El resto del año me lo paso en el Caribe buceando, surfeando y viviendo la vida.
—¿Y ese es tu plan de jubilación?
—El plan no fue mío —contestó Jim—. Fue de mi compañero, Kenny Darnell. Estuvimos juntos en la Marina.
—¿Él también estaba en el cuerpo de operaciones especiales?
Rand sacudió la cabeza greñuda.
—Kenny acabó muy quemado tras la formación y se marchó poco tiempo después.
Sin embargo, es un gran paparazzi . En cuanto se salió de la Marina empezó a venderle fotos a la prensa.
Luego quiso expandirse, pero para eso necesitaba un socio que lo ayudara con el capital, el equipamiento, el alquiler del barco y de la casa…
No sé si te has fijado, pero esta parte de la isla es un poquito cara.
—Ya me he dado cuenta. ¿Y dónde está tu socio?
—Kenny volvió a Queens. Han operado a su madre, así que se ha tomado dos semanas de permiso para echarle una mano.
Nos terminamos el café mientras Jim Rand me contaba más cosas sobre su negocio.
—Me gustaría ver alguna muestra de tu trabajo —dije.
—¿Como qué? —preguntó receloso.
—¿Las fotos que tomaste en la casa de David Mintzer durante el Cuatro de Julio?
Me di cuenta de que Jim no quería enseñármelas. Pero también era consciente de que habíamos conectado. Parecía que empezaba a confiar en mí. ¿Era eso o solo estaba jugando conmigo?
—¿Seguro que no eres detective privado? —preguntó con escepticismo—. Eres demasiado guapa para eso, pero nunca se sabe.
Insistí en que no y él se marchó al dormitorio para traerme unas fotos, las que yo había visto y algunas más. Empecé a pasarlas sin saber muy bien qué buscaba. Más pruebas, quizá.
A mitad del montón, Rand me tocó el brazo desde el otro lado de la mesa.
—Muy bien —dijo—. Ya he respondido tus preguntas. Ahora dime por qué estás aquí, Clare. En serio.