Un asesinato muy espumoso Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

CAPÍTULO DIECISIETE

S. Barnes vivía en Gate Street, una travesía situada en Bridgehampton, una pequeña localidad de unos mil cuatrocientos habitantes.

En sus buenos tiempos, la mayoría de las familias de Bridgehampton estaban relacionadas con la industria ballenera. Hoy, en cambio, el pueblo es conocido por las majestuosas casas tradicionales situadas en una zona elevada de la apreciada Bridge Hill Lane.

El pueblo también era conocido por la pintoresca calle comercial de Main Street, que durante el fin de semana del Cuatro de Julio tenía, sin lugar a duda, un tráfico infernal.

Hice todo lo posible por evitar esa zona y tomé caminos alternativos por calles donde predominaban las casas de ladrillo que parecían de juguete con sus jardines discretos.

Gate Street se situaba en el lado menos chic de la autopista.

Era un pequeño camino apartado bordeado de setos y cercados.

Junto a la carretera serpenteaba un arroyo borboteante que emanaba de un hoyo glaciar y que se perdía entre un espeso laberinto de árboles centenarios con las raíces parcialmente expuestas.

La dirección que Matt me había proporcionado correspondía a un pequeño rancho, la típica construcción en serie de los años sesenta que los agentes inmobiliarios más avispados denominaban ahora «viviendas mid century ».

Rodeado de árboles, el rancho se situaba en un terreno bonito que descendía con suavidad hasta la orilla del arroyo.

Pasé por delante de la casa primero y luego volví a rodear la manzana para echar un segundo vistazo.

Otro golpe de suerte, porque llegué justo en el momento en que un hombre salía por la puerta principal.

Antes de que le diera tiempo a percatarse de mi presencia, giré hacia una zona donde se podía aparcar y me coloqué entre dos todoterrenos, apagué el motor y me deslicé por el asiento delantero para verlo mejor.

Cerró la puerta, revisó el buzón y se pasó los dedos por una maraña de pelo cobrizo.

Alto y con unas piernas largas enfundadas en unos vaqueros gastados, tenía una constitución fuerte de hombros anchos bajo una camiseta de buceo azul eléctrico.

Distinguí una mancha colorida en uno de los antebrazos musculosos, ¿un tatuaje? , que de lejos solo se intuía.

El hombre cruzó el césped y el puentecito sobre el arroyo y se subió a una motocicleta aparcada en el bordillo.

Al instante, desapareció. Vi que se dirigía hacia Main Street.

Un momento antes, al pasar por allí, vi que había un kiosco de prensa, una panadería y una cafetería.

¿Habría ido a comprar el periódico? ¿A por un dulce, tal vez? ¿O a desayunar algo?

Esperé diez minutos hasta estar segura de que no volvía.

Bajé del coche, crucé la calle y el puentecito y me acerqué a la casa.

La puerta delantera estaba cerrada con llave, claro, pero se había quedado abierta una gran ventana mirador, cuyas cortinas de encaje se sacudían con la brisa marina.

Escudriñé el vecindario, pero no vi absolutamente a nadie, ni por la calle ni en ningún porche o jardín, así que me acerqué a la ventana para echar un vistazo dentro.

No se veía demasiado, ya que el interior estaba oscuro.

Agucé el oído, pero tampoco percibí sonido alguno, ni radio, ni televisión, ni pisadas o voces.

Lo único que oía eran las abejas que zumbaban alrededor de los arbustos de rosas rojas y rosas del jardín.

Estaba casi segura de que la casa estaba vacía.

Con cautela, seguí un camino de cemento, por delante de una manguera enrollada y una barbacoa de ladrillo, que conducía hasta la puerta trasera.

Aunque la mosquitera estaba cerrada, la puerta de madera estaba abierta de par en par.

Llamé, sin saber muy bien qué decir si alguien contestaba.

Por suerte, no hubo respuesta, así que intenté abrir la mosquitera. No tenía pestillo y entré.

Sabía que me estaba arriesgando mucho. Muchísimo.

Eso no era un barco de alquiler en un puerto deportivo abierto al público, sino una vivienda privada.

Y el hombre musculoso que acababa de salir no tenía pinta de ser ningún blandengue capaz de enternecerse con historias patéticas sobre champán Cristal y amor verdadero.

Si me pillaba, haría que me detuvieran por allanamiento de morada, y eso si no me rompía la cabeza antes.

Sin embargo, en caso de que volviera, oiría el ruido de la motocicleta, ya que las ventanas estaban abiertas, y me daría tiempo a escabullirme antes de que me descubriera.

La puerta trasera daba a una ordenada cocinita con armarios de cerezo de estilo provenzal francés, paredes blancas inmaculadas, un hornillo y un frigorífico. Detuve la mirada en la silueta plateada y octogonal de una cafetera italiana sobre el quemador de atrás.

—Vale —me tranquilicé a mí misma—. Se prepara el café. No puede ser tan malo.

El sol entraba a raudales por la enorme ventana de encima del fregadero, sobre la cual colgaba una cinta verde y lozana.

En un escurridor se secaban tres vasos y dos platos alineados.

La única señal de desorden era un cubo rebosante de basura.

Me di cuenta de que estaba lleno de recipientes de comida rápida, bolsas de Doritos arrugadas y papeles de Twinkies.

Al lado, se alineaban varias botellas vacías de cerveza Samuel Adams, sin duda a la espera de que alguien las llevara a reciclar.

Bueno, ahora ya sé cómo se alimenta este tío.

Y también sabía que la dirección era correcta.

Sin embargo…, algo no encajaba. El tipo duro y desaliñado de la motocicleta que dejaba por ahí papeles de Twinkies, bolsas de Doritos y botellas de cerveza vacías no me parecía la clase de hombre que tiene la cocina inmaculada y que se prepara el café.

—¿Hola? —grité, aún con la preocupación de que me descubrieran. Mi voz retumbó en la casa vacía, de manera que continué hacia la siguiente estancia.

Si la cocina parecía pertenecer a otro propietario, el salón parecía pertenecer a otra casa.

El espacio era adorable y muy femenino, con distintos tonos rosas como esquema de color dominante y volantes por todas partes.

La butaca, el sofá, el papel pintado de flores, la moqueta, los manteles y las cortinas presentaban una elegante combinación de tonos rosados, salmón, fucsias y rojos apagados.

Por toda la sala había velas perfumadas, funditas, colchas de colores y jarrones vacíos listos para llenarse con flores recién cortadas.

Empecé a preguntarme si debería presentarle al Hombre Motorizado a mi barista jefe Tucker Burton, porque o bien el chico buscaba hacerse un hueco en Queer Eye for the Straight Guy —el célebre programa televisivo donde cinco homosexuales dan consejos sobre moda, higiene, decoración y otros temas a personas heterosexuales—, o bien estaba casado con Barbie Ama de Casa.

A continuación encontré el dormitorio, que tenía la puerta entreabierta. Una vez más, no cuadraba. El impecable orden del resto de la casa allí brillaba por su ausencia. ¿Era posible que un huracán hubiera azotado solo una habitación?

La cama de matrimonio estaba arrugada y deshecha, y había ropa colgada en dos de sus cuatro postes y sobre las sillas.

Por el suelo se desperdigaban dos pares de calcetines y de zapatillas junto con un par de zapatos náuticos sucios y otros objetos.

Había pilas de revistas apoyadas contra la pared con mancuernas a modo de sujetapapeles: Teen People, Celebrity, Diva, Star Watch, Guns and Ammo y Soldier of Fortune .

¿Qué tipo de persona se suscribiría a una mezcla tan loca?

En un rincón habían colocado unas sillas y una mesa plegables.

Sobre la mesa había varias cámaras digitales, un ordenador portátil y una impresora de fotos.

Junto a la impresora encontré dos montones de fotografías.

El primero consistía en imágenes de la fiesta del Cuatro de Julio de David Mintzer, sobre todo de famosos, aunque también había algunas del propio David.

Las fotos del segundo montón eran del día siguiente, de la fiesta de Bom Felloes, incluidas varias de Keith Judd.

Dejé las fotos y continué examinando la habitación.

Una segunda puerta conducía a un baño con una gran ducha con mampara. Dentro vi una maraña de mangueras de goma, tres tanques de oxígeno, dos pares de aletas y varios pares de gafas de buceo. Lo habían limpiado todo con esmero. En el desagüe de la ducha había sal y algas incrustadas.

Por segunda vez en varias horas pensé:

Te pillé.

No pude evitar sentir un subidón de adrenalina. Sonreí mientras salía del baño, convencida de que acaba de encontrar la guarida del monstruo de la Laguna Negra. De momento, ya había visto bastante. Sin embargo y por desgracia, estaba a punto de ver más de lo que quería.

Con el característico ¡clic clac! de un arma al amartillarse, me di la vuelta y me encontré delante de una pistola muy grande. El Hombre Motorizado me apuntaba directamente al corazón.

—Lo normal es que un hombre como yo no se oponga a encontrar en su habitación un paquetito como tú. —Su voz era grave, monótona e inesperadamente despreocupada—. Pero como estás aquí sin invitación, entenderás que me sienta un poco inquieto.

No sabía cómo había sucedido. No había oído su moto. No había oído la puerta delantera al abrirse. Pero allí estaba, apuntándome con un arma sin que yo me lo esperara.

—Por favor, baja la pistola. Vengo desarmada.

Me estudió y en sus ojos marrones percibí más curiosidad que enfado.

Su rostro cuarentón estaba curtido, tenía el mentón fuerte y cubierto de una barbita incipiente un tono más oscuro que su pelo cobrizo y alborotado.

Me fijé en que llevaba un pendiente pequeño en la oreja izquierda, una daga con una piedra en la empuñadura.

—El allanamiento de morada es delito, ¿lo sabes?