Un asesinato muy espumoso Capítulo dieciséis #2
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Capítulo dieciséis #2

—Qué mierda, de verdad. ¿Por qué son así?

—¿Que por qué? Porque no se lo toman en serio. Los tíos no valen nada. Lo llevan en el ADN …

Las chicas bajaron la escalera juntas, cada una con un cubo lleno de productos de limpieza. Al verme sentada tan tranquila en el sofá, se detuvieron en seco y me miraron boquiabiertas.

—Perdone —dijo la primera, una rubia con una coletita y una ligera capa de pecas sobre la nariz—. No sabíamos que el señor Monroe ya había alquilado este yate.

—No lo ha alquilado —les respondí con calma.

La rubia cruzó una mirada nerviosa con su compañera, una morena con las mejillas coloradas y el pelo recogido en una larga trenza de raíz.

—Bueno… —dijo despacio la morena—. Entonces usted no debería estar aquí, ¿no?

—No, no debería. Pero no he podido evitarlo. Veréis, estoy aquí por amor.

Las chicas pusieron los ojos como platos. Volvieron a cruzar la mirada, aunque sin la expresión nerviosa de antes. Estaba claro que ahora sentían emoción y curiosidad.

—Os cuento. Ayer estaba tomando una copa en el Bay Bar, el sitio ese de Southampton, ¿sabéis cuál os digo? Ese donde los barcos pueden atracar…

Las chicas asintieron con entusiasmo. Sin duda habían oído hablar de ese bar. No me extrañaría que incluso se hubieran colado dentro alguna vez usando carnés de identidad falsos.

—Bueno, pues allí estaba yo —continué—, a lo mío, cuando un hombre mandó a mi mesa una botella de champán.

Volvieron a abrir mucho los ojos.

—¿Una botella entera? —preguntó la rubia.

Asentí.

—Champán Cristal. Costaría unos quinientos dólares.

—¿Sin conocerla de nada? —preguntó la morena.

—Creo que fue amor a primera vista —dije—. Al menos, para mí. En cuanto lo vi y cruzamos la mirada… Lo supe.

La rubia estaba anonadada.

—¿Supo qué?

Volví a asentir.

—Supe que era él.

Las dos se miraron una vez más y suspiraron.

—Estaba a punto de pedirle que se sentara conmigo cuando lo vi contestar el teléfono. Tuvo que ser una urgencia, porque dejó algo de dinero en la mesa y salió pitando hacia su barco. Y esa fue la última vez que lo vi.

—¿Ni siquiera llegó a saber cómo se llamaba? —preguntó la morena. Ambas parecían horrorizadas.

—Lo seguí hasta el muelle, pero, cuando llegué, su barco ya se alejaba. La única pista que tengo es el nombre de este barco.

Hice todo lo que pude para parecer destrozada y las chicas se quedaron mirándome en silencio durante un buen rato.

—No sé cómo decírselo, señora —me explicó la rubia—, pero estos barcos son de alquiler. No sabemos quién es el hombre de anoche. Fuera quien fuera, alquiló el barco a última hora. Y nosotras solo trabajamos por las mañanas.

—Podría hablar con el señor Monroe —le dijo la morena a la rubia.

Pero la rubia sacudió la cabeza.

—Monroe jamás le dará esa información. Siempre dice que los datos de los clientes son confidenciales.

La morena se encogió de hombros.

—Entonces creo que no ha habido suerte, señora.

—Chicas —dije en voz baja—, si me hicierais el favor de buscar el nombre del hombre que alquiló este barco anoche, estaría muy agradecida. —Coloqué los dos billetes de veinte dólares sobre la mesita de centro situada delante del sofá.

Las chicas miraron el dinero y luego se miraron entre ellas.

—Sería muy fácil buscarlo, Janice, y lo sabes —le susurró la rubia a la morena—. Monroe siempre está charlando fuera con los propietarios de otros barcos.

—No sé, Pam…

—Venga, Jan. Ya has oído a la señora. ¡Es por amor!

En apenas un minuto, las chicas concluyeron su debate y aceptaron la oferta.

Janice subió a cubierta y volvió con noticias sobre el paradero de su jefe.

Tal y como predijeron, Monroe ya había salido de la oficina y se encontraba en la otra punta del puerto deportivo charlando con un joven en la cubierta de un yate.

Con la excusa de necesitar más productos de limpieza, Pam se marchó a la oficina. Volvió en un tiempo récord, pero con cara de fracaso.

—He pillado la única anotación de ayer sobre el Corre Conejo. No había ni dirección ni nombre, solo un número de teléfono. Qué raro.

Me pasó un pósit amarillo con un número de teléfono garabateado.

—Lo siento —dijo Janice—. Creo que es lo único que podemos hacer por usted. ¿Quiere que le devolvamos el dinero?

—Ni pensarlo —contesté—. Está perfecto. No necesito más.

Me marché del Corre Conejo… sin correr. Aunque ganas no me faltaban, me fui caminando, como si nada, hacia el coche. Vi al propietario corpulento al final del puerto deportivo, que seguía charlando con el chico del yate. Lo único que no quería en ese momento era llamar la atención.

Me senté detrás del volante y arranqué. Al llegar a la autopista, busqué un sitio donde pararme para llamar por teléfono. El teléfono sonó una vez, dos veces, tres veces…

—¿Diga?

La voz era grave y ronca. Había dormido al lado de ese hombre las suficientes veces como para saber que acababa de despertarlo.

—Perdona, Matt.

Me respondió con un bostezo.

—Hum… ¿Qué hora es?

—¿Quién es, cariño?

La columna se me tensó en contra de mi voluntad. A lo largo de los años había oído tantas voces femeninas de fondo en las llamadas a mi exmarido que había desarrollado una reacción automática.

—Nadie, Bree —dijo Matt mientras se apartaba del auricular—. Un asunto de trabajo.

—Ah, o sea, que no soy nadie —bromeé.

—Espera un segundo —me dijo Matt con voz cortante.

Acto seguido se produjo una conversación amortiguada de fondo que concluyó con las palabras «Contestaré en el baño». Una puerta se cerró. Entonces Matt volvió a hablar con un susurro:

—¿Qué pasa, Clare? Espero que sea algo grave para que me llames tan temprano. Tú sabes mejor que nadie lo tarde que me acosté.

—Matt, solo sé que te acostaste. Que hayas dormido o no es cosa tuya.

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Según lo que me dijiste anoche, Bree y tú solo sois amigos.

—Exacto.

—Ah, entonces solo estas durmiendo con tu «solo amiga».

—Bueno, al grano. ¿Para qué me llamas?

—Necesito tu ayuda.

—¿Otra vez?

—Te deberé otro favor.

—Ya me debes varios.

—Matt, por favor. Teniendo en cuenta todo lo que hiciste cuando estábamos casados, yo diría que es al revés. Porque, vamos a ver, no sé si te acuerdas de la vez en que…

—¡Vale! Tú ganas. ¿Qué quieres que haga? ¿Que te lleve a Nueva Escocia a por un poco de salmón? O a lo mejor a David se le ha antojado nata de huevo auténtica… Calculo que podría ir a Brooklyn y volver en unas seis horas. O a lo mejor…

—No hace falta, pero gracias por ofrecerte. Lo que necesito es que busques un dato en tu agenda electrónica. —Emitió un suspiro de frustración—. ¿Qué pasa ahora? —pregunté—. ¿La has perdido?

—Está en mi chaqueta. En el dormitorio.

—¿Y dónde estás tú?

—En el baño. No quería molestar a Bree.

—Lo que quieres decir es que no querías que Bree se enterara de que estás hablando con tu exmujer.

—Lo que quiero decir es lo que he dicho.

—Ya, lo pillo. Porque a Bree le molesta que hables conmigo.

—Exacto.

—Bueno, no puedo hacer otra cosa, Matt. Necesito que teclees un dato en tu agenda.

—La agenda, como te decía, se encuentra en la habitación donde ahora mismo está Bree.

Tendría que haberme mordido la lengua, pero no soportaba oír a Matteo Allegro, el intrépido comerciante de café del tercer mundo y adicto a los deportes de riesgo, asustado como un corderito frente a esa pitón vestida de diseño.

—¿Qué te pasa? —le pregunté con la esperanza de darle al menos un golpe de realidad—. ¿Acaso le tienes miedo?

—Clare, por favor… Espera un minuto, ¿quieres?

Tamborileé el salpicadero con los dedos mientras observaba una gaviota que volaba tierra adentro. Por fin, mi exmarido se puso de nuevo al teléfono.

—De acuerdo. Aquí la tengo.

—¿Has vuelto al baño?

—Sí, claro que he vuelto. ¿Por?

—Nada, porque me parece muy gracioso. Esa mujer te obliga a ocuparte de tus negocios en el mismo sitio donde…

—Sí, graciosísimo. Bueno, ¿quieres que te ayude o prefieres que te cuelgue?

—Quiero que me ayudes.

—Vale —contestó—. Pues dispara.

—Espero que no lo digas literalmente…

—Clare…

—Necesito que te conectes a internet para usar el listín telefónico inverso —le dije—. Te daré un prefijo y un número de teléfono. Tecléalos y dime qué dirección aparece.

—Por Dios, Clare…

—¿Qué?

—Dime que no estás jugando a los detectives una vez más.

—No estoy jugando a los detectives una vez más.

—Entonces, ¿por qué quieres que busque eso?

—Estoy siguiendo una pista.

—¡Sí que estás jugando a los detectives!

—Baja la voz, Matt. Vas a molestar a Bree.

—No pienso ayudarte, Clare.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero incitarte al vicio.

—¡¿Incitarme al vicio?!

Hasta ese momento había estado de un humor relativamente ufano. Había usado mi ingenio, a pesar del riesgo, me había salido bien la jugada y había encontrado una pista sólida. Pero la frase de Matt no solo me tocó las narices, sino que también me sacó por completo de mis casillas.

—¡Por Dios, que no soy una drogadicta! —Prácticamente le estaba gritando al móvil—. Ya te lo dije anoche, intento ayudar a David. ¿Tengo que recordarte lo que aguanté yo cuando tú sí que eras drogadicto? ¡Incitarme al vicio, dice! ¡Hay que tener huevos para venirme con tu jerga de toxicómano!

—¡Joder, Clare, cálmate! Vale, te ayudaré, pero tranquilízate un poco.

Me tranquilicé. Y, a continuación, le di el número de teléfono. Lo introdujo en el sitio web del listín telefónico inverso. Pan comido, ahí tenía la respuesta. Matt me dio la dirección asociada al número.

—Eso se encuentra muy cerca de donde yo estoy ahora —dije—. ¿Aparece algún nombre?

—Solo la inicial y el apellido… Alguien llamado S. Barnes.

—Gracias, Matt. Un último favor…

Gruñó.

—Qué.

—Dado que aún estás en los Hamptons, me gustaría que fueras al hospital a ver cómo está David. Dijiste que querías hablar con él de todos modos, ¿no? Para ponerle al día de las instalaciones de los kioscos en la Costa Oeste y todo lo demás.

—Sí.

—Ve a visitarlo y quédate por allí un rato. Echa un ojo por si hay algo sospechoso.

—¿Algo sospechoso? Clare…

—Por favor, Matt. —Sobrevino un largo silencio—. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, Clare. Tú ganas. De acuerdo.