Capítulo dieciséis
CAPÍTULO DIECISÉIS
O tro día en el paraíso .
La mañana siguiente llegó demasiado pronto. El sol irrumpió por mis ventanas con más claridad de la que podía soportar y mi lienzo de olvido en blanco, esa inocencia momentánea de nada más despertar, se salpicó rápidamente con los recuerdos negros de los días anteriores.
Me levanté y, sin mi habitual baño matutino en el mar, me duché a toda prisa y decidí que lo único bueno del horrible día anterior era que, cuando por fin llegué a la planta de arriba, había encontrado a mi hija sana y salva.
Después de echar un vistazo en su habitación y hallarla dormida y en paz, me sentí capaz de hacer lo mismo.
Lo de mi suegra, en cambio, fue muy distinto. Había desaparecido. Encontré su habitación vacía y su cama intacta, pero el susto me duró solo unos minutos. Un mensaje en mi móvil, que había dejado en mi bolso, lo explicaba todo:
«Clare, querida, solo para que lo sepas, voy a pasar la noche en casa de… —Bajó la voz— de un amigo. Recibí tu mensaje, el mensaje en que me hablabas de Graydon Faas. Preguntaré por él y también por Bom Felloes, a ver qué averiguo. Nos vemos mañana, querida. ¡Buenas noches!».
Mientras me secaba el pelo, volví a darle vueltas al mensaje de Madame.
Iba a pasar la noche en casa de… ¿un amigo?
Su esfuerzo por ser discreta resultaba casi ridículo, pensé mientras me ponía unos vaqueros y una camiseta amarilla con cuello de pico.
A ver, en serio. Para resolver ese misterio no necesito ninguna ayuda .
Después de calzarme un par de sandalias de cuero y de coger mi bolso, me dirigí hacia la cocina, que estaba en silencio.
Por inercia, preparé un expreso doble y me lo bebí saboreando la crema, esa rica capa de color caramelo que define un expreso bien preparado.
Tonificada para afrontar el día que tenía por delante, me subí a mi coche, que seguía en el camino de acceso frente a la casa.
Saludé con la mano al guarda de seguridad, distinto al anterior, y abandoné la finca por el camino rural hasta la carretera principal.
Me dirigí hacia el oeste de Southampton, en la autopista de Montauk…
Hampton Bays, N. Y.
Esas palabras se me habían quedado grabadas a fuego en la cabeza.
Eran las mismas que aparecían en la proa del Corre Conejo, el barco que vi cerca de la mansión de Bom Felloes.
El nombre y la ubicación de esa nave eran las únicas pistas que tenía para encontrar al buzo y, antes de presentarme en el trabajo ese día, esperaba localizarlos a ambos.
En el listín telefónico del condado de Suffolk que estaba en casa de David aparecían ocho puertos deportivos situados en Hampton Bays. Arranqué la página y la llevé conmigo, determinada a visitar todos los que me diera tiempo.
La suerte estaba de mi parte, porque acerté a la segunda.
El puerto deportivo de Monroe contaba con unos sesenta barcos atracados.
Dejé el coche en un pequeño aparcamiento y caminé a lo largo de los diez o doce muelles mientras leía los nombres de los barcos.
Al cabo de unos diez minutos de búsqueda, divisé el Corre Conejo, una embarcación de fibra de vidrio blanca de diez metros de eslora.
Te pillé.
A plena luz del día, me di cuenta de que el «barco» en cuestión era en realidad un yate a motor. El timón estaba protegido por una cubierta rígida y debajo parecía haber un salón y una cocina, puede que incluso un camarote.
Desde el muelle, busqué indicios de actividad humana a bordo, alguien con quien hablar, pero el yate parecía vacío, tanto como el puerto deportivo.
Entrecerré los ojos para protegerme del sol matutino y divisé a una pareja de mediana edad en un velero situado en un extremo del puerto y a un joven que salía de un yate mediano en el otro extremo. No había más indicios de personas.
A las siete de la mañana, en una zona turística como esa, la mayoría de la gente estaría durmiendo la mona de la noche anterior.
Los pescadores serios habrían salido al amanecer.
Y, a juzgar por el aspecto caro de los yates atracados en ese puerto, allí nadie parecía tomarse algo en serio, salvo quizá el placer.
Volví a mirar el reloj y suspiré. Si hubiera sido una investigadora privada profesional, me habría quedado todo el día por allí a la espera de que alguien subiera a bordo del Corre Conejo.
Pero de momento solo me pagan por mis dotes de gerente barista, no por mi habilidad detectivesca, así que solo contaba con unas pocas horas antes de comenzar mi turno del sábado a mediodía, uno de los más ajetreados de la semana en el restaurante.
Tendría que hacer de tripas corazón y hablar con la gente que dirigía el puerto.
Seguro que sabrían a quién pertenecía el barco.
La única cuestión era: ¿me lo dirían? Debía inventar una buena excusa para que me facilitaran una información que a buen seguro considerarían privada.
Pero si lograba convencerlos, contaría con un nombre y con una pista sólida.
Me acerqué a la oficina portuaria, un edificio bajo y gris situado entre el aparcamiento y el mar. Giré la manecilla de la puerta delantera, pero estaba cerrada. No había ningún cartel, ni horario a la vista. Miré por la ventana y llamé.
No hubo respuesta. Ni rastro de nadie.
Con la cafeína de la mañana estimulando mis moléculas, decidí lanzarme al agua, nunca mejor dicho.
Volví al amarradero del Corre Conejo. Tras un nuevo vistazo cauteloso, subí a bordo.
Si la racha de suerte continuaba, tal vez encontraría algún tipo de pista sobre la identidad del buzo (y, por supuesto, si hallaba unas aletas y un rifle de caza con huellas frescas tampoco me vendría mal).
Recorrí la cubierta de madera pulida de la popa, pero no vi ningún objeto personal. Tampoco había nada reseñable en la cabina, solo dos asientos de cuero, el timón y un montón de aparatos técnicos.
Bajé para revisar el salón y la cocina. Había unos restos de líquido secos en la mesita de centro atornillada al suelo y varios envoltorios de plástico.
Los recogí: ¿Twinkies? En la diminuta cocina había media bolsa de Doritos (según decían, el aperitivo favorito de Sadam Husein, aunque dudaba mucho que el dictador iraquí derrocado fuera el buzo que yo buscaba).
También encontré seis botellas de cerveza Samuel Adams vacías y unas cuantas latas de Coca-Cola.
Había más basura en un pequeño cubo debajo del fregadero, aunque nada relevante, solo unos cuantos envoltorios de Twinkies más, papel de celofán grueso del que se usa en las tiendas de alimentación para envolver sándwiches y varios periódicos: las ediciones del día anterior de Newsday y la sección deportiva del New York Times .
Nada. No encontré nada que indicara la identidad del propietario del barco, ni la razón por la que podría haber estado en las inmediaciones de la casa de Bom con un equipo de buceo.
Avancé por debajo de la cubierta y abrí la puerta del camarote.
Tenía una cama doble de aspecto cómodo y un ojo de buey, pero no había ningún objeto personal.
Estaba a punto de inspeccionar el pequeño cuarto de baño cuando oí unas voces procedentes del exterior.
Parecían dos chicas jóvenes que hablaban y reían.
—¡Chicas!
Sonó una tercera voz grave, masculina y más lejana.
Aunque sabía que debía quedarme allí abajo, quería ver quiénes eran esas personas. Volví al camarote y miré por el ojo de buey.
Dos chicas esbeltas de unos dieciséis o diecisiete años vestidas con vaqueros rotos y camiseta esperaban en el muelle contiguo. Un hombre corpulento y canoso vestido con pantalones caqui y chaqueta azul se acercó a ellas. Pegué la oreja para oír lo que les decía.
—… la semana más ajetreada del año, así que no hay tiempo que perder. Aquí están los barcos que llegaron anoche. Limpiadlos por este orden y daos prisa.
Cuando el hombre corpulento se dio la vuelta y se marchó con paso airado, una de las chicas hizo un exagerado saludo militar a sus espaldas y la otra puso cara de resignación. Consultaron la lista durante un momento y ambas miraron hacia el Corre Conejo.
—Huy, mierda —susurré mientras me apartaba instantáneamente del ojo de buey. Por supuesto, mi suerte se había agotado. Venían directas hacia mí y no precisamente despacio.
Me di cuenta de que no podía volver al muelle.
Si lo hacía, me verían salir del yate. Ese hecho en sí tal vez no tuviera consecuencias graves.
Las chicas eran muy jóvenes, solo un par de chavalas de la zona contratadas para limpiar los barcos de alquiler.
Lo más probable era que no le dieran importancia a mi salida, que me montara en el coche y que me largara de allí sin que nadie me acusara de allanamiento.
Pero en ese caso me iría con las manos vacías.
Vamos, Clare, ¡piensa algo!
No podía. Y las chicas cada vez estaban más cerca…
—… me dijo que quería mi número y se lo di. De verdad, creí que me llamaría, ¿sabes?
—No se puede esperar nada de ellos. Algunos tíos se dedican a coleccionar números de teléfono, como si fueran trofeos o algo así. Para presumir con los pringados de sus amigos, tía.
La imaginación me estaba jugando una mala pasada, pero sabía que Madame habría encontrado la manera de salir airosa. Y mi querido padre también, todo hay que decirlo.
¡Eso es!
Casi solté una carcajada al darme cuenta de que ambos, tanto el corredor de apuestas como la señorona de Manhattan, habrían recurrido al mismo recurso si se hubieran visto envueltos en una situación como la mía.
El soborno.
Hurgué en mi bolso y encontré dos billetes de veinte dólares que me habían dado de propina la noche anterior en el restaurante.
Me los metí en el bolsillo delantero de los vaqueros y me dirigí a toda prisa al salón, en cuyo sofá me senté con las piernas cruzadas, como si desde el principio tuviera planeado esperar allí a las chicas.
De hecho, la inspiración me había venido gracias a la última parte de su conversación…