Capítulo quince
CAPÍTULO QUINCE
E l doctor Richard de Prima, un treintañero vehemente con bata blanca, canas incipientes y bronceado de golfista, pasó unas hojas de su carpeta. Examinó los papeles y se detuvo en un párrafo largo. Por fin, levantó la vista.
—Menos mal que lo han traído.
—¿Es grave? —pregunté.
Matt y yo hablábamos con el médico en la puerta de una consulta de urgencias.
—El señor Mintzer se quejaba de una sensación de quemazón en el pecho, los hombros, el abdomen, los antebrazos y la nuca.
Sufría episodios de entumecimiento en la cara junto con dolores abdominales casi constantes que aún persisten.
Tiene palpitaciones cardiacas y cuando llegó al hospital presentaba sibilancia, lo cual indica dificultad respiratoria…
y que ha estado muy cerca del choque anafiláctico.
—Madre mía. —Miré a Matt.
Él me apretó el hombro.
—Entonces hemos hecho lo correcto al traerlo, ¿verdad, doctor?
—Por supuesto —contestó De Prima—. ¿Dice el paciente que vomitó cuando venía de camino al hospital?
Matt suspiró.
—Unas cuantas veces.
—En realidad, eso le ha venido muy bien —apuntó De Prima—. En caso contrario, habríamos tenido que hacerle un lavado de estómago.
—¿Qué le pasa? —pregunté.
—Le he administrado un antihistamínico, una precaución rutinaria frente reacciones alérgicas tan fuertes y peligrosas como la suya…
Matt parpadeó.
—¿Ha estado a punto de morir por una reacción alérgica?
—Una sensibilidad bastante común al GMS , es decir, glutamato monosódico…
—Sí, sí, sé lo que es —dije—. Lo sabemos. Pero hasta esta noche no sabíamos que David presentaba esa reacción adversa al GMS . Según parece, él sí lo sabe desde hace mucho tiempo. Por eso intentaba evitar ese aditivo.
El doctor De Prima me dedicó una sonrisa indulgente.
—Señora Cosi, el GMS es tan habitual en nuestra dieta moderna que resulta difícil evitarlo por completo.
Existen más de cuarenta nombres distintos para el glutamato monosódico en las etiquetas de los alimentos.
Lo llaman con todo tipo de denominaciones, desde el eufemístico «proteínas hidrolizadas» hasta «aromas naturales», tal vez el más engañoso de todos.
Matt carraspeó.
—En resumidas cuentas, doctor, ¿va a recuperarse?
El médico asintió.
—Lo mantendremos ingresado esta noche, más que nada para observarlo. El peligro ha pasado.
—¿Está seguro? —insistió Matt.
—Los efectos duran entre una y cuatro horas, pero en una dosis tan alta como la que ha ingerido el señor Mintzer, podrían durar más.
Los antihistamínicos deberían ayudar. Cuando desaparezcan sus efectos, el señor Mintzer se sentirá débil y cansado durante un día, más o menos, una sensación parecida a la resaca, pero en cuarenta y ocho horas, setenta y dos como máximo, debería estar completamente reestablecido.
—¿Podemos verlo? —pregunté.
—Lo siento, pero no deben —aconsejó el médico—. Necesita descansar. El trayecto hasta aquí lo ha exprimido.
—No lo sabe usted bien —ironizó Matt.
—Doctor, ha dicho que David consumió una gran cantidad de glutamato monosódico. ¿Cómo lo sabe? —pregunté.
—Tuvo que ser una cantidad grande para provocarle una reacción tan fuerte. La intensidad de la crisis alérgica es directamente proporcional a la cantidad de GMS absorbida.
Sacudí la cabeza.
—Pero David dijo que comió muy poco en la fiesta de esta noche.
—A juzgar por su reacción, consumió bastante —insistió el médico—. De hecho, menos mal que lo trajeron aquí. Consumió tanto glutamato monosódico en tan poco tiempo que, dada su sensibilidad a esta sustancia, podría haber muerto.
Matt y yo hablamos muy poco después de volver al aparcamiento. Esperé fuera del Mercedes de Breanne mientras él limpiaba el asiento de atrás con montones de toallas de papel que había cogido del servicio de caballeros del hospital.
Le ofrecí ayuda, pero la rechazó con un gesto.
De manera que, mientras él se tapaba la nariz y limpiaba, yo observaba las polillas que revoloteaban alrededor de las farolas del aparcamiento.
Eran cerca de las tres de la mañana y solo se percibían los chirridos constantes de los grillos y el susurro del viento entre los árboles.
Matt me colocó su chaqueta sobre los hombros para que no tuviera frío mientras él bajaba la capota del coche con la intención, según sus palabras, de que se fuera el tufo.
Al cabo de un momento nos dirigíamos a la mansión de David con el viento contra mi melena llena de sal.
Mientras continuábamos en silencio, intenté procesar los acontecimientos de esa noche de locos.
Para mí, era evidente que habían intentado acabar con la vida de David Mintzer por segunda vez; no podía demostrarlo, claro, pero a mí me parecía obvio. También daba la impresión, al menos a primera vista, de que no cabía duda acerca de la identidad del culpable.
Las rencillas entre David Mintzer y Bom Felloes ya se prolongaban durante años, una simple batalla de egos hinchados, pero batalla al fin y al cabo.
Y mientras el elegante y joven restaurador afirmaba en público que había invitado a David a su fiesta con la voluntad de «enterrar el hacha de guerra», pudo haber aprovechado la oportunidad para suministrarle una dosis de GMS tan elevada como para provocarle un choque anafiláctico.
En forma de polvo blanco, el glutamato monosódico apenas tenía sabor. Podrían haber añadido una buena cantidad de esa sustancia a cualquier cosa que David hubiera tomado en la fiesta de Bom, desde los martinis hasta la salsa de cacahuete que aderezaba el satay de marisco.
Aunque mi teoría sonaba bien, contaba con una importante falla. El asesino tenía que conocer la altísima sensibilidad de David al GMS . ¿Cómo lo sabía Bom?
Yo misma conocía a David desde hacía un año y lo consideraba un buen amigo, y sin embargo no sabía nada de su alergia.
Por supuesto, en El Cafetín nunca utilizábamos GMS ; era una política sobre alimentos y bebidas con la que estaba de acuerdo, pero nunca pensé que tuviera algo que ver con la sensibilidad de David a esa sustancia.
Aunque Alberta…, era probable que ella sí lo supiera.
Después de todo, el ama de llaves sabía muchas cosas de David, había recopilado mucha información sobre él a lo largo de los años.
Conocía sus gustos y sus fobias, los detalles de su salud y sus debilidades.
Y Alberta era una de las beneficiarias de su testamento.
Si David Mintzer moría, ella sacaría provecho.
Aunque David solo le dejara una fracción de su patrimonio, las participaciones empresariales de Mintzer eran tan amplias que el valor de la herencia seguiría siendo inmenso.
Pero ¿era una gran suma de dinero motivo suficiente para que Alberta asesinara a su patrón? Tal vez sí.
Aunque Alberta me parecía una persona agradable y simpática, también me inquietaba la acumulación creciente de pruebas circunstanciales en su contra.
Por ejemplo, me había mencionado a un sobrino suyo llamado Thomas, por el que sentía mucho aprecio, a quien David conoció y ayudó.
David había llegado incluso a incluirlo en su testamento.
Ese tal Tommy era, según admitía la propia Alberta, un chico problemático que había pagado su deuda con la sociedad, que había rehecho su vida y que había estado en el ejército, donde sin duda habría aprendido a manejar armas.
Eso explicaría la presencia de los cartuchos.
Así pues, ¿habían planeado Alberta y su sobrino un asesinato a sangre fría?
¿Había sido Tommy el francotirador del Cuatro de Julio?
Y, después, cuando el sobrino erró y mató a Treat Mazzelli, ¿había acometido Alberta un nuevo intento esa noche?
Era fácil añadir un poco de glutamato monosódico en su «espumoso amable» contra la resaca.
Ahora que lo pensaba, la mujer estaba sorprendida y nerviosa cuando Matt y yo nos encontramos con ella en la cocina.
De hecho, estaba en el fregadero lavando el vaso que después se le cayó al suelo.
¿Estaba destruyendo pruebas, limpiando el vaso con el que le había servido la bebida envenenada a David?
Retrocedí hasta la noche del disparo. Recordé que David había tenido migraña antes de los fuegos artificiales y que le dijo a Madame que no recordaba haber ingerido ninguno de los alimentos que le provocaban ese malestar.
¿Añadiría alguien glutamato monosódico a lo que David tomó esa noche?
¿Quizá alguien en quien él confiaba? ¿Alguien como Alberta Gurt?
Y había otra cosa que no dejaba de preocuparme. ¿Por qué estaba Alberta tan peripuesta la noche de los fuegos? Iba maquillada y enjoyada, pero no había asistido a la fiesta. Según parecía, había pasado la velada sola en su habitación.
Repasé la escena. Ahora que lo pensaba, el televisor estaba apagado cuando abrió la puerta de su habitación.
Antes que la abriera, sin embargo, oí voces dentro.
¿Serían las voces de Alberta y su sobrino?
¿Tal vez lo escondía en ese momento? ¿O simplemente apagó el televisor antes de abrirme la puerta?
Justo cuando creí haberlo encajado todo, recordé las huellas de aletas en la arena.
Todavía no tenía ninguna explicación para eso…
ni para la presencia del misterioso merodeador.
¿Quién era el hombre rana que vi en la playa de Bom al que después seguí hasta el barco?
¿Y por qué demonios nadaba de un lado a otro de un barco con las luces de navegación apagadas?
Ese asunto me trajo a la mente uno de los dichos de mi querido padre: «Cielito, lo más probable es que, si alguien opera en la oscuridad, tenga malas intenciones».
Y luego estaba Jacques Papas y su sospechoso acuerdo del diez por ciento.
¿Conocía Papas la alergia de David? Estuvo en la fiesta del Cuatro de Julio.
Y al día siguiente llevó a David a casa.
Y tampoco me olvidaba de Marjorie Bright, al acecho entre los árboles y, más tarde, también presente en la fiesta de Bom.
Aún recordaba su tono poco amigable. Si alguien deseaba la muerte de David, esa era la mordaz señora Bright.
Pero ¿conocía ella la alergia de David? Mientras la cabeza empezaba a darme vueltas, comprendí que Mike Quinn tenía razón.
No cabía duda de que los ricos tenían más enemigos que los camareros.
Suspiré. Bueno , pensé para mí, al menos estoy segura de una cosa…
—Alguien ha intentado matar esta noche a David.
—¡¿Qué?! —dijo Matt.
Cerré fuerte los ojos. Era tarde y estaba cansada.
Había bajado la guardia y se me había escapado el último pensamiento.
O… tal vez fue algo freudiano. Tal vez me sentía agotada y sola, y quería que Matt me ayudara.
En cualquier caso, no había escapatoria.
O eso me dije. Tenía que contárselo todo a Matteo, de manera que le hablé del disparo a Treat Mazzelli, de las huellas del buzo, de la imagen de un hombre rana real en las inmediaciones de la casa de Bom esa misma noche, de mis sospechas hacia Alberta Gurt y su sobrino, hacia Jacques Papas y hacia Marjorie Bright.
La respuesta inicial de Matt fue comprensible:
—¡Y dejaste que mi hija y mi madre siguieran en esa casa!
—¡Intenta tú que se vayan! —grité levantando las manos, con lo que estuve a punto de tirar la chaqueta de Matt, que seguía sobre mis hombros—. Las dos, juntas y por separado, ¡son casi tan testarudas, obstinadas y aparentemente amorales como tú!
—No te pases, Clare.
—No te pases tú. Vale, a lo mejor me he pasado con lo de amoral, pero solo en el caso de ellas. En fin, que soy la única que considera que David está en peligro. Bueno, y tu madre. Madame ve el peligro también…
—¿Has metido a mi madre en tu chute de adrenalina?
—No es un chute de adrenalina, Matt.
—¿Seguro que no? Estás hablando con alguien que se pasó años enganchado a la cocaína. Clare, la droga te nubla el entendimiento. Y es obvio que este jueguito de los detectives se te va de las manos. Es un chute en toda regla. Estás enganchada y empiezo a pensar que también obsesionada.
—No es una droga. No es un chute de adrenalina. Y, desde luego, ¡no es una obsesión! ¡Es una cuestión de vida o muerte, ni más ni menos! Yo no quería que esto pasara, pero ha pasado. Estamos hablando de la vida de David. Tú mismo has visto lo que le ha ocurrido esta noche.
Matt sacudió la cabeza.
—Y me parece increíble que hayas metido a mi madre una vez más.
—Tu madre se aloja en casa de David. Estaba en medio de todo el jaleo. —Me encogí de hombros—. Es imposible detenerla. Ya sabes cómo se pone.
Matteo no podía decir nada de su madre porque la conocía mejor que yo. Sin embargo, dio en el clavo en otro aspecto:
—Pero supongo que David no ve las cosas como tú, ¿verdad?
—Nadie ve las cosas como yo —contesté—. Ni la policía ni, por supuesto, David, que es el peor de todos. David se niega a aceptarlo, aunque quizá no pueda permitirse ese lujo durante mucho más tiempo, después de haber escapado por los pelos esta noche.
Matt condujo en silencio pensando en mi dilema mientras el zumbido de la carretera llenaba el vacío. Ya casi veíamos la mansión de David cuando volvió a hablar.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
Me sorprendió. Por una vez, la voz de mi exmarido carecía de su habitual tono acusatorio.
—Me quedaré por aquí y haré lo que pueda para proteger a David —respondí con franqueza—. Por no hablar de proteger a tu hija y tu madre, que son demasiado cabezotas para abandonar la casa. Y, si es posible, averiguaré quién intenta matarlo y revelaré su identidad a la policía.
Matt viró hacia el camino de entrada de la propiedad de David y llevó el Mercedes hasta la casa. El guardia nos hizo un gesto, saludándonos con la cabeza, para que avanzáramos. Matt aparcó detrás de mi Honda y se volvió hacia mí.
—¿Qué quieres que haga? —me preguntó.
Abrí la boca para contestar, pero el canto del teléfono de Matt inundó el coche.
Me di cuenta, pasado un momento, de que estaba guardado en la chaqueta que yo aún llevaba sobre los hombros.
Busqué en los bolsillos hasta que lo encontré y se lo pasé a Matt.
El teléfono dejó de sonar en cuanto lo agarró.
Matteo lo introdujo en el bolsillo de su camisa y esperó mi respuesta. El teléfono volvió a emitir tres sonidos cortos. Tres mensajes, los tres de la señora Summour, no cabía duda.
Me quité la chaqueta y empujé la puerta.
—Gracias por dar la cara por mí en la fiesta de Bom y por ayudarme a llevar a David al hospital… Te debo una, Matt.
—¡Clare!
—Será mejor que vuelvas ya. Date prisa, Bree te estará esperando.