Un asesinato muy espumoso Capítulo catorce
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Capítulo catorce

CAPÍTULO CATORCE

S in volver la vista hacia Bom Felloes, Matt se subió al volante.

—Ponte el cinturón —soltó con un humor de perros.

No había terminado de abrochármelo cuando el motor del Mercedes plateado arrancó con un ronroneo de alta gama.

La radio también cobró vida y por los altavoces sonó una balada sentimental, La música del amor .

La canción me gustaba, pero Matt la quitó con un brusco giro de muñeca, metió primera y pisó el acelerador tan fuerte que los neumáticos chirriaron contra los adoquines.

El Mercedes dio una sacudida y me estampé contra el respaldo. Matt tomó la curva con tanta brusquedad que hizo derrapar el coche y pensé que acabaríamos volcados sobre un parterre.

—No has sido muy educado que digamos —le recriminé. Matt sacudió la cabeza mientras nos alejábamos de la puerta principal y enfilábamos la carretera.

—Menudo personaje… Hay tíos como ese hasta debajo de las piedras, Clare. Los hay en todas partes del mundo. Aspirantes a aristócratas. No te fíes ni un pelo de él.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes a qué me refiero. ¿Quién se cree que es con esa pantomima de «deja que te ponga las zapatillas»? ¿El tío de Cenicienta?

—¿A Cenicienta le ponía el zapato su tío? Primera noticia.

—¡Me refiero al príncipe! Pero te diré una cosa, a medianoche todo el encanto se convierte en calabaza.

Y ese acento británico es tan auténtico como las macetas de un concesionario de coches.

Además, ¿qué clase de nombre es ese? ¿Bond?

¿Cómo te puedes fiar de alguien que se hace llamar como un espía de ficción?

—Es Bom, Matt. Be, o, eme. Significa «bueno» en portugués, y lo sabes. Por eso sus restaurantes se llaman Good Felloes. Y eso también lo sabes. No seas petardo, anda. Y, por favor, ¡ve más despacio!

Matt frunció el ceño, suspiró y se hundió un poco en el asiento como si se rindiera.

Al fin levantó el pie del acelerador y pensé que en ese momento debía de sentirse como yo un rato antes, cuando me encontré con él y con Breanne en la fiesta: celosa, primero, y luego, confusa y avergonzada.

¿Les pasará lo mismo a todas las parejas divorciadas?

¿Experimentarán ese instinto de posesión por alguien de quien se separaron hace mucho tiempo?

—Bueno, ¿y qué hacías en la fiesta? —preguntó Matt, ya más calmado y razonable.

—Ya te lo he dicho, estaba…

—Buscando a David. Ya he oído lo que le decías a don Buenazo. Pero no me lo creo. De hecho, lo que creo es que estabas buscando a don Estupendo.

—¿Cómo?

—Eres una mujer lista, Clare. Listísima. Creo que planeaste todo ese rollo de la aparición en camiseta mojada para impresionar al chef famoso. Bueno, pues supongo que lo has conseguido. La farsa ha funcionado, porque el hombre, interés, tiene.

Me puso furiosa, en una palabra.

—Estaba buscando a David. Ha pasado algo y tenía que encontrarlo. ¿De verdad crees que me arriesgaría a pillar una neumonía para conocer a ese hombre? —Sacudí ligeramente el pelo aún mojado para dar énfasis a mis palabras.

—Ten cuidado —me advirtió Matt con voz malhumorada—. Estos asientos de cuero se los han hecho a Bree por encargo.

—Ah, ¿sí? —Entorné los ojos y volví a sacudir la cabeza, esta vez con el vigor de un caniche recién lavado. Las gotas salpicaron el interior del Mercedes de Breanne y unas cuantas rociaron la chaqueta Helmut Lang de Matteo.

Matt esbozó una sonrisita de satisfacción.

—Qué inmadura.

—Mira quién fue a hablar.

Por suerte, el trayecto hasta la finca de David era demasiado corto para seguir con nuestra lamentable guerrita.

—Gira ahí —dije mientras señalaba.

Al tomar el camino de acceso, el guarda uniformado que había conocido un rato antes nos bloqueó el paso.

—¿Quién es ese? —preguntó Matt.

—David ha contratado una empresa de seguridad —le expliqué.

Matteo levantó una ceja con curiosidad, pero no preguntó por qué.

Saludé al guarda con la mano.

—Soy yo —dije mientras el joven se acercaba apuntándonos a uno y otro con la linterna.

—No sabía que hubiera salido de la propiedad, señora Cosi.

—Fui a dar un paseo… Y, bueno, me he mojado un poco.

El guarda miró a Matt.

—Es Matteo Allegro —expliqué con rapidez—. Es socio de David. Le gustaría entrar a saludarlo e informarle de unos negocios que tienen juntos. David ya ha vuelto, ¿verdad?

El guarda asintió.

—El señor Papas lo trajo hará una hora. Lo dejó aquí y se fue.

—Muy bien —contesté, aliviada de no tener que lidiar con el gerente de David, tan condescendiente y posiblemente poco honrado—.

Entraremos un momento. El señor Allegro no tardará mucho en marcharse.

—El guarda se detuvo, era obvio que dudaba si permitir o no la entrada del Mercedes—. Vamos —insistí—. Yo respondo por Matt.

Por fin el hombre se apartó y nos hizo un gesto para que avanzáramos.

Matt aparcó detrás de mi Honda, que a su vez estaba al lado del pequeño deportivo de David. El guarda nos acompañó y nos abrió la puerta con una llave maestra. Dentro, la luz era tenue y el vestíbulo estaba desierto. Tampoco había nadie en el salón.

—Quizá David ya se haya acostado —dijo Matt.

Poco después, en la cocina, nos encontramos con Alberta Gurt. De hecho, debimos de asustarla mucho al entrar, porque se le cayó un vaso de cristal al suelo. Una hora antes Alberta estaba bien, pero en ese momento parecía nerviosa.

—¡Dios mío! ¡Qué susto me habéis dado! —gritó y, tras agarrar un paño de cocina, se agachó a recoger los cristales rotos—. ¡No deberíais acercaros a la gente con tanto sigilo!

—Lo siento —dije, aunque en realidad no habíamos sido tan sigilosos y tendría que habernos oído entrar.

Di por hecho que estaba completamente distraída, pero no quise discutir, porque eso empeoraría las cosas—.

Alberta, este es Matt Allegro, uno de los socios de David.

Ha venido a saludar. ¿David se ha retirado ya?

—Se ha acostado y no está en condiciones de hablar con nadie —dijo la mujer mientras tiraba a la basura el trapo de cocina con los cristales—. Demasiados martinis, diría yo. Le he preparado uno de mis «espumosos amables»…

—¿Uno de tus qué? —pregunté.

—Es una bebida para la resaca que David siempre me pide cuando se pasa de rosca en las fiestas, como él dice.

Por lo general, le alivia las náuseas y el dolor de cabeza, y se duerme como un tronco.

Pero esta noche no le ha hecho ningún efecto.

No paraba de quejarse de dolor… Hasta ha dicho que cree que le han envenenado…

—¡Envenenado! —chillé.

—Se encuentra fatal —continuó Alberta—. No sé qué hacer. Y está de un humor de perros. Dice que quiere estar solo. Yo pretendía llamar al doctor Ramah, su médico, pero…

—Espera. Conozco al doctor Ramah. ¿No está Manhattan? Lo conocí en una cena benéfica relacionada con el hospital St. Vincent del Village. Fue el doctor McTavish, el amigo de Madame, quien nos presentó.

Alberta se encogió de hombros.

—No sé a quién llamar si no. No conozco a ningún médico aquí, en los Hamptons.

—Voy ahora mismo a ver cómo está David. —Salí de la cocina con Matt pisándome los talones.

Alberta se apresuró a seguirnos.

—Está de muy mal humor —advirtió con voz tensa.

Continué.

—Ya nos lo has dicho, Alberta, pero no te preocupes. Me da igual que me despida en un arrebato de ira. Tengo otro trabajo.

Cuando llegué a la puerta del dormitorio, oí los gemidos de David al otro lado. Llamé con suavidad y entreabrí la puerta. Un fortísimo aire acondicionado me envolvió.

—¿Por qué hace tanto frío aquí? —pregunté, alarmada.

Alberta me contó que ella misma había bajado la temperatura porque David siempre decía que los síntomas de la migraña se le aliviaban tumbándose en una habitación oscura y fría. Aún mojada y con el albornoz, empecé a tiritar.

—David —lo llamé con poco más que un susurro—. Soy yo, Clare.

—Vete —contestó él con voz temblorosa—. Estoy enfermo.

Con la escasa luz que se colaba por la puerta entreabierta, vi que David yacía bajo una maraña de mantas. Estaba tumbado de lado, de espaldas a mí, con la almohada sobre la cabeza.

—Ya sé que estás enfermo, David… Alberta nos lo ha contado.

—¿Os lo ha contado? ¿A quiénes?

—Matteo está aquí. Ha venido a saludar. Aunque si estás enfermo…

David gimió.

—Joder, Clare, no estoy para visitas. Me estoy muriendo… Creo que me han envenenado.

—¿Que te han envenenado? ¿Quién?

Volvió a gemir.

—El cabrón de Felloes. Ya sabía yo que era mejor no comer nada en esa fiesta.

—¿Crees que Bom Felloes ha intentado envenenarte?

Ay, Dios. Ay, Dios , pensé. Yo tenía razón. Felloes tenía un móvil para el asesinato y la oportunidad para cometerlo. Pudo contratar al asesino a sueldo que se equivocó al disparar a Treat .

—Tenemos que llamar a la policía —continué—. O’Rourke debería saber que es tu vecino quien intenta matarte…

—¡Matarme! Por Dios, ¡qué barbaridad! Ciare, no me vengas otra vez con esa historia, te lo pido.

No he dicho que me haya envenenado literalmente…

, ni a propósito. Ese tío usa lo que yo llamo «veneno» en esa casa grasienta que él denomina restaurante gourmet , pero jamás habría imaginado que tuviera el cuajo de darles a sus invitados semejante porquería…

—¿Qué porquería? —pregunté.

— GMS , glutamato monosódico. Creo que tengo SRC …

—¿ SRC ? Por Dios, ¿eso qué es? —preguntó Matteo—. Suena fatal.

—Síndrome del restaurante chino —le informó David, que gemía de nuevo.

—¿En serio? —preguntó Matt, y me lanzó una mirada de escepticismo—. Eso no puede ser un síndrome real…

—Te aseguro que es el término que usan los médicos, aunque lo puedes pillar en cualquier restaurante que use ese aditivo y en mucha comida procesada. Calambres, dolor de cabeza…

David pareció atragantarse y se sacudió en la cama como un pez fuera del agua. Al cabo de un momento, se reacomodó y soltó un suspiro de dolor.

—Marchaos —gimió.

Llevé a Matt y Alberta de vuelta al pasillo y cerré la puerta.

—¿Dónde está el hospital más cercano? Creo que David necesita atención médica.

—La única sala de urgencias que conozco está en el hospital de Southampton, a veinticinco kilómetros de aquí —dijo Alberta.

Aunque David Mintzer no era mucho más grande que yo, tampoco sería fácil sacarlo de la cama y bajarlo al coche. Dios, cómo me alegraba que Matt estuviera conmigo para echarme una mano. Habría sido más lógico llamar a una ambulancia, pero David se negó en redondo.

—O se hace de manera discreta o no se hace —dijo, con la cara pálida por el dolor y unas marcadas ojeras—. O voy al hospital por mis propios medios o me muero en esta cama.

Cerré los ojos.

Otra vez esa palabra tan fea… Morir.

—Será mejor que usemos el Mercedes —le dije a Matt—. Es más rápido y fiable que mi viejo Honda chatarrilla, y en el deportivo de David apenas cabremos los tres.

—Un momento, el Mercedes no es mío…

—No seas mezquino, Matt. Podría estar en juego la vida de una persona. Venga, ayúdame.

Sin embargo, en vez de acompañarme hasta la cama de Bom, Matt sacó el móvil.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Llamar a Breanne. Voy a contarle lo sucedido para no dejarla tirada en la fiesta de Bom.

Agarré el teléfono y lo cerré.

—No puedes contarle nada a Breanne, porque se lo largará todo a sus amigos y a la gente de la fiesta. A David no le hará ninguna gracia.

—Clare, no seas ridícula. Bree nunca haría eso.

—Matt, es redactora en una revista. Su negocio son los cotilleos. Chismes sobre las últimas tendencias. Habladurías sobre gente rica y famosa. Traicionaría a su mejor amiga por un aumento del diez por ciento en las ventas. ¡Así que guarda ese teléfono y échame una mano!

Matt puso cara de fastidio, se guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta y me ayudó a levantar a David, que gimió y se agarró la cabeza, mareado de pronto. Llevaba un amplio pijama de seda rojo que le hacía parecer pequeño, frágil y muy pálido. Tenía la piel fría y húmeda.

—Hay que darse prisa —dije.

Alberta fue por delante abriendo puertas y apartando obstáculos mientras Matteo y yo llevábamos medio a rastras al hombre, escaleras abajo y a través del salón, hacia la puerta principal.

Cuando el guarda acudió a ayudarnos, aproveché la oportunidad para ir deprisa a mi habitación.

En cuestión de dos minutos, me quité el albornoz de Bom, me despojé de la ropa mojada y me puse un chándal de felpa.

Como me había dejado las deportivas en la playa y no me daba tiempo a buscar otros zapatos, eché a correr hacia la puerta de la mansión con las pantuflas azul marino de Bom.

Fuera, el guarda había abierto la puerta del coche para que Matt colocara a David en el asiento de atrás. Alberta trajo una manta y envolvió con ella a su tembloroso jefe.

—Te llamaré si hay novedades —le dije al ama de llaves.

Alberta se mordió el labio y asintió.

Matt encendió el motor y aceleró.

—Ay, mierda —gimió David—. ¡Creo que voy a vomitar!

—¡En la tapicería de cuero de Breanne no! —gritó Matt mientras pisaba el freno.

Por desgracia, su advertencia llegó demasiado tarde.