Un asesinato muy espumoso Capítulo trece #3
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Capítulo trece #3

Reprimí una carcajada. Ahora ya sabía por qué estaba siendo tan solícito.

Era probable que le aterrorizara la posibilidad de que lo desplumara si lo denunciaba.

Y me di cuenta de que, sin plumas, tendría un aspecto muy poco atractivo.

Al verlo tan de cerca, adquirí una nueva perspectiva de su maldad.

¿Podía alguien tan encantador ser un asesino a sueldo?

—Sí, yo estaba delante. Su guarda de seguridad fue bastante bruto con ella… —comenzó a contestar Matt con brusquedad, pero enseguida lo interrumpí.

—No se preocupe, soy yo quien siente la irrupción en su fiesta. Y más con esta pinta…

—¡Pero si está encantadora, incluso calada hasta los huesos! —declaró—. Una adorable criatura marina, una venus deliciosa.

—Sí, bueno… —balbucí avergonzada—. He visto su escultura de hielo al entrar. Creo que ella lleva todavía menos ropa que yo.

Bom se echó a reír y le brillaron los ojos intensos y oscuros.

—Así que es usted mi vecina…

—Sí, me alojo en casa de David. Ha pasado… una cosa y he venido a buscarlo por la playa. Estaba muy oscuro, ya imaginará, y como venía caminando demasiado cerca del agua, fui tan tonta que una ola enorme me pilló por sorpresa.

Bom frunció el ceño.

—Bueno, es una pena que no haya coincidido con David, se ha ido hace poco.

El gerente de su restaurante, Jacques Papas, llegó tarde, pero accedió a perderse la fiesta para llevar a David a casa.

Por desgracia, David dijo que no se encontraba bien.

—Bom hizo una pausa y se rio entre dientes—. Espero que no fuera por la compañía.

—Estoy segura de que se lo habrá pasado estupendamente —dije con educación.

—Seguro que usted ya lo sabe… Tuvimos nuestras rivalidades empresariales en el pasado, pero invité a David para enterrar el hacha de guerra, como dicen ustedes, los americanos.

Bueno, y cuénteme, ¿de qué conoce a David?

¿Son ustedes…? —Dejó que las palabras quedaran suspendidas en el aire para dar a entender algo.

—Solo somos amigos —contesté con rapidez para eliminar cualquier malentendido—. Soy la barista jefa de El Cafetín este verano. Superviso el servicio del café, me ocupo del grano y lo marido con distintos postres, ese tipo de cosas.

A Bom se le iluminó la cara con un entusiasmo infantil.

—¡Así que usted es la sumiller de café de la que todo el mundo habla!

Es un gran placer conocerla. Por eso El Cafetín está tan en boga en los Hamptons esta temporada.

Confieso que una de las razones por las que he invitado a David esta noche ha sido para que me invite a un maridaje de postres a cambio.

—Eso está hecho… Me encantaría saber qué le parece nuestra variedad.

Matteo carraspeó.

—Ya está aquí el coche.

—¡Oh, no! —exclamó Bom. Acortó la distancia entre nosotros, me agarró la mano y la entrelazó con la suya—. Por favor, quédese. Estoy cautivado por su encanto y su indiscutible experiencia, todo ello bajo un envoltorio tan pequeño y fascinante.

La cara de Matteo era un cuadro. No le presté atención.

—Lo siento, pero me tengo que ir, de verdad. Matt me va a llevar en coche —le dije a Bom—. Pero es muy amable.

—Al contrario, lo que soy es muy egoísta. —Le lanzó una mirada a Matteo—. Pero entenderé que tenga que irse…

—Tenemos que irnos, sí —dijo Matt, agarrándome del codo una vez más en dirección a la puerta. Me dieron ganas de zafarme de él, pero no quise montar una escena.

—Ay —grité mientras me paraba en seco—. El albornoz y las zapatillas.

—Quédeselos —contestó Bom con una sacudida de mano—. O, mejor, venga otro día a devolvérmelos… cuando podamos charlar tranquilos… —Le lanzó otra miradita a Matt—. En privado.

Asentí.

—Buenas noches, señor Felloes.

—Bom, Clare. Creo que podemos tutearnos.

—Buenas noches entonces, Bom.

Apenas pronuncié esas palabras, Matt me empujó por las enormes puertas de la mansión. Solté un suave suspiro al salir. Bom Felloes era exitoso, guapo, muy rico y parecía estar interesado en mí. Estaba loca al mantenerlo en mi lista de sospechosos, pero no tenía ninguna intención de eliminarlo.

Aunque me halagaba su coqueteo, sabía que Felloes tenía motivos para hacerle daño a David.

Y, a fin de cuentas, los hombres ricos, elegantísimos, perfectísimos y diez años más jóvenes que yo nunca habían sido mi tipo (de verdad).

A mí me iban más los hombres duros e irónicos con la ropa arrugada, maltratados por la vida que, en cierto modo, eran un poco brutos.

Se me vinieron a la mente Mike Quinn y sus patas de gallo.

Incluso Matt…, antes de que Breanne se apoderara de él.

Fuera, la noche era aún más fresca que antes. La iluminación exterior había convertido el castillesco entorno ajardinado en un país de las maravillas resplandeciente.

Matt abrió la puerta del lustroso Mercedes plateado descapotable que esperaba al fondo de la escalinata. Me hundí en el asiento de cuero color crema y miré de nuevo hacia El Castillo de Arena.

Bom Felloes seguía allí. Al ver que lo miraba, sonrió y saludó con la mano, tan apuesto y refinado como un lord inglés.

Correspondí con un gesto semejante sin saber muy bien qué me fastidiaba más: su presencia en mi lista de sospechosos o mi incapacidad absoluta para redirigir mis gustos en materia de hombres.