Un asesinato muy espumoso Capítulo trece #2
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Capítulo trece #2

—De todos modos, quería hablar con David para contarle cómo va la instalación de los kioscos en la Costa Oeste. He intentado explicárselo esta noche, pero había mucha gente a su alrededor. Solo necesito decírselo antes a Bree. Vuelvo en un minuto.

No pude discutir, más que nada porque estaba congelada.

Vi que Matteo cruzaba el patio y le daba un ligero toque a Breanne en el hombro.

Ella se volvió con una sonrisa (forzada, diría yo) y le dio la espalda al pequeño grupo con el que estaba.

Hablaron un momento y su sonrisa desapareció.

Levantó las cejas en su frente de alta definición y miró hacia donde yo estaba.

Aparté la vista y observé a los demás asistentes para hacer tiempo. Antes de que me diera cuenta, Matt volvió junto a mi hombro. Me agarró del codo de una forma no mucho más delicada que la empleada por el guarda de seguridad un rato antes. No pude evitar el comentario:

—Alucino con el efecto estimulante que Breanne ejerce sobre ti.

—Venga, vámonos.

—¿Bree está de mala leche?

—El que está de mala leche soy yo —gruñó mientras me empujaba entre la multitud—. Dejémoslo ahí.

—¿Hay problemas en el paraíso o qué?

Entramos en la planta baja de la mansión, que estaba llena de gente, y me quedé boquiabierta con la decoración.

El Castillo de Arena era la casa más lujosa y excéntrica que había visto en mi vida.

De estilo gótico, el interior estaba diseñado como un castillo medieval, con una torre de piedra y todo.

Las estancias, construidas con granito, cristal, hierro forjado y madera maciza (al menos las que alcancé a ver) eran enormes.

Matteo me condujo por un salón a dos alturas.

Habían transformado la zona más baja en una pista de baile con luces de discoteca.

Acto seguido, enfilamos un largo pasillo decorado con tapices de estilo medieval e impresionantes reproducciones de piezas de museo.

En una antesala había una armadura auténtica y, en el pasillo siguiente, retratos de caballeros medievales, hasta que por fin llegamos a la gran entrada.

El recibidor se encontraba justo debajo de la torre del castillo.

Tenía el techo abovedado con unos refinados arcos de piedra tallada que se encontraban en el centro.

La sala estaba iluminada con unos braseros altos de hierro (en realidad, eran lámparas de gas detrás de un cristal, sin llamas).

De las paredes de piedra colgaban varios escudos de armas.

Una amplia escalera curva descendía desde una galería de roble oscurecido por el paso del tiempo. En el lado opuesto, la enorme puerta principal estaba custodiada por un grupo de criados.

La misma puerta parecía sacada de Ivanhoe y pensé para mis adentros que lo único que le faltaba a ese sitio era un rastrillo, una de esas puertas enrejadas que caen desde el techo. Eso y varios caballeros de verdad con espadas, por supuesto.

Matteo se acercó a uno de los criados y le pasó un recibo de aparcamiento. Mientras esperábamos a que nos trajeran el coche de Breanne, oí un alboroto procedente de la galería. Entonces, una voz agradable gritó:

—¡No se vaya! ¡La fiesta acaba de empezar!

Un hombre apuesto bajó por la escalera a toda prisa.

Lo reconocí de inmediato. Dos mujeres con uniforme de sirvienta lo siguieron.

Una de ellas llevaba en la mano un albornoz azul marino, y la otra, un par de pantuflas a juego.

El hombre, vestido con un elegante traje de lino color beis, prácticamente empujó a un lado a Matteo para alcanzarme, algo que no le resultó difícil, ya que era tan alto como mi exmarido y tenía los hombros tan anchos como Mike Quinn.

Con no más de treinta años, la tez morena, la mandíbula cuadrada y bien afeitada y el pelo negro cuidadosamente peinado, el anfitrión de la fiesta me observó a través de sus ojos de ónice negro. Durante unos instantes, se limitó a escrutarme con una intensidad que casi me avergonzó.

Con timidez, me arrebujé en la chaqueta de Matt, preocupada, no por primera vez en la noche, por lo mucho que dejaba a la vista mi ropa húmeda.

—Por favor —dijo por fin—. Está usted empapada, permítame…

Agarró el albornoz que llevaba la sirvienta y lo abrió.

—Nos tenemos que ir, de verdad —murmuró Matt.

Me quité la chaqueta de los hombros y se la pasé a Matt. A continuación, introduje los brazos en el suave, cálido y grueso albornoz de algodón egipcio.

—Así mejor, ¿verdad? Y ahora, las zapatillas. —El hombre hincó una rodilla en el suelo y me puso las zapatillas en los pies descalzos.

—Gra… gracias —tartamudeé atónita—. La última vez que alguien se arrodilló para calzarme había sido a los diez años, cuando me probaron unos zapatos de charol para la primera comunión.

—Soy Bom Felloes —me informó con su característico acento británico y una sonrisa cálida y franca—. Bienvenida a mi hogar.

Su nombre no me sorprendió, como es lógico.

Ya había visto antes a ese hombre en su programa del Gourmet Channel, El comedor elegante .

Con una carismática mezcla de antepasados portugueses y británicos, Felloes se había hecho rico gracias a ese programa, a la cadena de restaurantes que llevaba su nombre y a algún que otro negocio más.

—Yo soy Clare. Clare Cosi —dije.

—Sí, lo sé. Mi guarda de seguridad me ha informado. Le pido disculpas si la han tratado mal. No le habrán hecho daño, ¿verdad, preciosa?