Capítulo trece
CAPÍTULO TRECE
— C lare, estás empapada —me dijo Matt después de que los increíbles Hulks se marcharan—. Y tienes algas en el pelo.
Suspiré mientras me buscaba a tientas el mechón vegetal empapado.
—Oye, cada una se arregla como quiere. —Me quité de la cabeza aquella cosa viscosa y la tiré.
Matt levantó una ceja oscura mientras inspeccionaba mi polo ceñido y detuvo la mirada en el contorno mojado de mi pecho.
—Nunca he dicho lo contrario.
Sentí que se me sonrojaban las mejillas heladas mientras él sonreía y se disponía a añadir algo (alguna cosa de la que después se arrepentiría, posiblemente) cuando Breanne Summour se acercó a nosotros.
Alta y delgada como una modelo de pasarela, llevaba un traje pantalón suelto de seda blanco con sandalias plateadas y el pelo castaño recogido en un moño apretado que dejaba apreciar los pedruscos facetados que lucía en las orejas.
Su largo cuello de cisne aún parecía tan molesto como recordaba y su frente, tan ancha como una pantalla de televisión de alta definición.
Sin embargo, ahora tenía los labios mucho más protuberantes, por lo que concluí que se los había rellenado con colágeno para la fiesta.
—Clare, ¿verdad? —preguntó mientras se interponía entre Matteo y yo.
Asentí y reprimí el impulso de taparme los ojos para protegerme del resplandor que emanaban sus pendientes.
Ahora le tocaba a ella pasarme revista. Sin embargo, su reacción no se pareció en nada a la de Matt. Ni de lejos.
—Dios mío —dijo sin ocultar su repugnancia—. No sabía que estuviera de moda parecer una rata mojada.
Bueno, Breanne , pensé, eso deberías saberlo tú .
Como editora jefa de la revista Trend , Breanne estaba al tanto de todo lo que se llevaba y de lo que no, en parte porque pertenecía al poderoso círculo de periodistas que contribuían a ello.
En ese momento, todo lo relacionado con el café gozaba de una gran aceptación, o al menos eso decía su revista.
¿Sería solo por el apogeo de las cafeterías, iniciado por Starbucks y otras empresas recién llegadas?
¿Sería por la famosísima colección Joyas con Café de Lottie Harmon?
¿Sería por el restaurante de su amigo David, El Cafetín, recién inaugurado en los Hamptons?
¿O tendría algo que ver con mi exmarido, el comprador de café y socio de esa institución neoyorquina llamada Village Blend?
No sabía si Breanne se había interesado primero por el café y luego por Matt o si había sido a la inversa, pero había dos cosas claras: la primera, que Matt estaba dirigiendo la expansión del Village Blend mediante la creación de unos modernísimos kioscos de café en boutiques de lujo y grandes almacenes repartidos por todo el mundo, y la segunda, que Breanne no se cansaba de él.
Aunque de manera intermitente, ya hacía ocho meses que salían juntos.
No es que yo llevara la cuenta, lo sabía porque Esther Best, una de mis baristas a tiempo parcial en el Blend, tenía la molesta costumbre de enseñarme fotos de Matt y Breanne, las típicas instantáneas tomadas en actos benéficos de etiqueta, exposiciones en galerías de arte e inauguraciones de restaurantes que de vez en cuando aparecían en columnas de cotilleos como la famosa «Página Seis», del New York Post .
Aun así, (casi) perdoné a la pobre Breanne por su comentario desagradable. A cualquiera le daría vergüenza que su pareja participara en la terrible escena que acababa de desarrollarse. Por eso, en vez de devolverle el golpe, que era lo que me moría por hacer, me limité a decir:
—Me alegro de verte, Breanne.
Aunque mi comentario fue cortés, no pude resistir el impulso de escurrirme la melena, castaña y larga hasta los hombros, justo delante de ella.
El agua formó un satisfactorio charquito sobre el suelo de piedra.
Una mujer que estaba cerca me lanzó una mirada de asco y Breanne se puso más blanca que su traje pantalón.
Claro que, como la capacidad de atención de la señora Summour —a diferencia de los artículos ostentosos y superficiales que ella escribía— siempre era tan breve como la vida de un mosquito, me di cuenta de que ya estaba pendiente de otra cosa.
En cualquier caso, al saber que estaba allí Breanne, deseé que mi exmarido no hubiera intervenido.
Por supuesto, agradecía que hubiera acudido en mi defensa.
Sin embargo, pasar la noche en el calabozo de los Hamptons con universitarios borrachos habría sido mucho menos incómodo que soportar la autosuficiencia de Breanne en esas circunstancias.
La señora Summour saludó con una cuidadísima mano cargada de anillos a un grupo de invitados a los que al parecer no había visto hasta ese momento y, sin una sola palabra de despedida, ella y sus diamantes desaparecieron por el patio de piedra para repartir una ráfaga de besos al aire.
Una vez que hubo salido de nuestro espacio aéreo, Matt se volvió hacia mí. Su mirada guasona y sexual se había esfumado y, en su lugar, había aparecido algo mucho menos divertido y propio de él.
—Clare, ¿qué pasa? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué estás aquí hecha una sopa?
Estaba claro que en ese momento seguía las señales emocionales de Breanne, al menos en lo relativo a qué pensaría la gente de su exmujer en una fiesta como esa.
—Esa misma pregunta podría hacértela yo —contesté señalando la espalda de Breanne—. Bueno, menos la parte de la sopa.
—¿Por qué?
—Porque justo esta mañana me dijiste que tenías un jet lag del copón y que te ibas a casa a dormir.
—A dormir unas horas.
—¡Qué más da! No me dijiste que venías a los Hamptons… con ella.
—Como Bree sabía que acababa de volver de la Costa Oeste, me invitó a coger un vuelo chárter hasta el aeropuerto de East Hampton para pasar el fin de semana con ella. Y acepté.
—Veo que no es lo único que aceptaste de «Bree».
—¿Cómo?
Señalé su traje de diseño, el tipo de indumentaria que cuesta más de lo que yo ganaba en una semana… y más de lo que ganaba él, porque había revisado los libros de cuentas.
Cuando estábamos casados, la adicción a la cocaína de Matt no solo dilapidó nuestros ahorros, sino que también acabó con su fondo fiduciario y nos dejó con una deuda terrible.
Ahora ya no consumía y se había convertido en un hombre trabajador, pero la expansión del Village Blend era un riesgo financiero y aún teníamos una hija universitaria.
A ninguno de los dos nos sobraba el dinero.
Ni mucho menos. Por eso Matt no había renunciado a su derecho de ocupar el dúplex que se encontraba justo encima del Village Blend durante sus esporádicas estancias en Nueva York.
Su madre, Madame, aún era propietaria de la casa adosada en el Greenwich Village que albergaba la cafetería centenaria Village Blend y, justo encima, el dúplex.
Cuando nos convenció a ambos por separado para firmar un contrato según el cual pasaríamos a codirigir el negocio y, algún día, a poseer la casa entera, olvidó informarnos de que no era con ella con quien nos asociábamos, sino entre nosotros.
Ahora Matt y yo estábamos atados. A menos que uno de los dos decidiera salir de este lucrativo negocio, tendríamos que aprender a llevarnos bien.
Hasta entonces lo habíamos conseguido y manteníamos una cordial relación de socios.
Y, como alojarse en un hotel en Manhattan durante una semana o más al mes entre viaje y viaje era demasiado gasto para él, habíamos vuelto a ser compañeros de piso después de una década de separación.
En cualquier caso, esa era una de las razones de que conociera al dedillo el fondo de armario de mi exmarido, ya que lo había visto de principio a fin.
—¿Y qué pasa si tengo un traje nuevo? —preguntó, a la defensiva—. Es un regalo.
—¿De Bree?
La expresión amarga de Matt contestó mi pregunta. Apartó la mirada.
—Se relaciona con los mejores diseñadores, Clare —dijo en voz baja—. Por la revista. No es para tanto, ¿sabes?
—Lo único que sé es que, cuando una mujer empieza a vestir a un hombre, es por algo.
Matt me miró, por un momento sin habla, y me dieron ganas de retirar mis palabras nada más escupirlas.
Había querido pensar que Breanne solo era la última conquista de Matt, un nuevo ligue excitante, a pesar de que no se parecía en nada a las típicas jovencitas monas con la cabeza hueca que a él le gustaban (y sí, me planteé si eso era lo que más me molestaba de Breanne).
Pero saltaba a la vista que la relación que mantuvieran no era asunto mío.
Y Matt tenía todo el derecho del mundo a mandarme a la mierda.
Pero no lo hizo. Solo pareció incómodo al oír mi comentario.
—Clare, yo no… —dijo vacilante—. Bree y yo… Es solo un tema de contactos. —Se encogió de hombros y apartó la mirada—. Ella necesita un acompañante que sepa qué tenedor usar en cada momento, alguien que le abra la puerta, que le sujete el abrigo, que le dé…, ya sabes…
—No te esfuerces en buscar un eufemismo, sé perfectamente lo que le das.
—No es eso. Solo somos un par de amigos que quedamos de vez en cuando.
Estaba segura de que eso era un cuento, pero me mordí la lengua y me sentí estúpida por haber dejado que nuestra conversación se fuera por esos derroteros.
Había vuelto a adoptar el papel de esposa traicionada cuando ya no era su esposa.
Era humillante. Y Matt estaba siendo más que paciente conmigo.
Estaba a punto de disculparme cuando llegó una brisa marina que sacudió los farolillos de papel japoneses y me hizo tiritar. Crucé los brazos, temblorosa, y Matt sacudió la cabeza. Se quitó la chaqueta Helmut Langy me la puso sobre los hombros.
—Escúchame, Clare, que no callas ni debajo del agua, porque esta vez lo del agua es literal.
—Levantó de nuevo una ceja y su expresión retomó una pizca de la guasa anterior.
A continuación, sonrió—. En fin, que aún quiero que me expliques qué pasa aquí.
Pero antes voy a pedirle el coche a Breanne para llevarte a casa.
—Matt, no hace falta. No tienes que…