Capítulo doce #2
El joven que estaba a su lado apartó la vista y me ofreció su rostro de perfil: era guapo pero infantil, con unas patillas tan largas que me recordaron a otros tiempos, a los años setenta. Me dio la impresión de que esperaba que lo reconociera, pero no tenía ni idea de quién era.
—Por cierto, ¿has visto a David Mintzer?
La mujer abrió todavía más los ojos y sacudió la cabeza.
—No lo conozco, pero aquí hay mucha gente a la que no había visto nunca. —Parpadeó y, de repente, puso cara de sorpresa, como si le hubiera brotado una idea en su bonita y cuidada cabeza—. ¡Espera! Ah, ya. He visto a ese tal Mintzer en la tele. Trabaja para Oprah, ¿no?
—Eh… Sí. No pasa nada, ya lo encontraré.
Dejé el césped y llegué al patio de piedra, donde seguí avanzando entre los sorprendidos asistentes a la fiesta, famosos y personalidades del mundo del espectáculo, que se apartaban a mi paso como si llevara una bandeja de aperitivos de gripe aviar.
Reconocí al magnate inmobiliario más famoso de Nueva York, que aparecía en un reality show con su característico tupé.
Vi a un joven cantante, a un famoso director de cine que ahora hacía anuncios para una marca de películas fotográficas y a ese actor tan guapo, Keith Judd, que le había dado a Joy su número de móvil. El muy sabandija.
Divisé incluso a la querellante vecina de David Mintzer, la señora Marjorie Bright.
La rica heredera charlaba con un grupo de hombres y mujeres bien vestidos.
Mientras la observaba, tiró al suelo una colilla y la aplastó con su elegante sandalia antes de encender un nuevo cigarrillo con un mechero de oro grabado.
En realidad, las únicas personas a las que no reconocí eran unos señores canosos, calvos y barrigones sentados en círculo en butacas con copas y puros. Su conversación parecía tranquila y sobria en comparación con la algarabía de su alrededor.
A principios de verano, David me había hablado de esos hombres en una reunión similar donde El Cafetín servía el catering . Me dijo que, aunque parecieran anónimos e intercambiables, en realidad movían los hilos del mundo empresarial.
—Su aspecto no impresiona, pero, créeme, esos hombrecillos tan discretos y poco glamurosos compran y venden el talento con millones de dólares como si fuera un artículo de consumo más. Como panceta de cerdo o un contrato de futuros de petróleo. Terrorífico, ¿verdad?
Pero en ese momento lo que me resultaba terrorífico era otra cosa.
Acababa de arriesgar la vida para seguir una pista que tal vez condujese al enemigo mortal de David y ahora no era capaz de encontrarlo para avisarlo.
Y, lo que era aún peor, mi aspecto zarrapastroso no dejaba de acaparar la atención, por más que yo tratara de disimular.
Pasé por delante de una mesa ocupada por un senador local que aparecía, puntual como un reloj, en los informativos dominicales intelectualoides.
Por desgracia, no pude evitar mirarlo durante unos segundos.
Él se percató y me sostuvo la mirada. Los dos nos quedamos inmóviles y, aunque enseguida aparté la vista, fue demasiado tarde y el hombre corpulento que estaba a su lado también se fijó en mí.
Al acercarme a un grupo reunido en torno a una barra para preguntar por David, el guardaespaldas del senador vino por detrás y me agarró del codo izquierdo sin excesiva suavidad.
—¡Oye! —grité—. Suéltame. Soy una vecina. Me llamo Clare Cosi…
—Venga conmigo sin montar escándalo.
El guardaespaldas me sacaba una cabeza y era tan ancho como un todoterreno de los Hamptons.
Tenía el cuello embutido en una camisa demasiado apretada y vi que en la oreja llevaba un pequeño receptor de radio.
El cable le salía de la cabeza ovalada y se introducía bajo el cuello de su traje a medida de tal modo que me sentí abordada por un monstruo de Frankenstein vestido de Arman i.
Intenté zafarme de él, pero solo conseguí que me agarrara por el otro brazo un segundo hombre, otro guardaespaldas con traje negro, aunque este era un pelirrojo de pelo al cepillo.
—Usted no figura en la lista de invitados —dijo don Cepillín—. Eso significa que ha entrado en una propiedad privada sin permiso. Déjese de numeritos. Ya se lo explicará todo a la policía.
Frankie y Cepillín me arrastraron para sacarme de allí. La gente volvió la cabeza y las conversaciones cesaron mientras yo me resistía.
—¡Un momento! ¡Oídme! —supliqué—. Quiero que llaméis a la policía. He visto a alguien que sí ha cometido allanamiento. Y me preocupa la seguridad de uno de los invitados a esta fiesta: David Mintzer. Tiene que estar aquí. Soy su huésped, pueden preguntárselo a él.
—El señor Mintzer se marchó de la fiesta —contestó Cepillín—. Su encargado, el señor Papas, lo llevó a casa en coche hará un cuarto de hora.
—Entonces, ¿está bien? —insistí—. ¿David se encuentra bien?
Cepillín respondió con voz monótona.
—El señor Mintzer estaba perfectamente cuando salió de aquí.
—Estupendo —dije, con gran alivio—. Es todo lo que quería saber. Podéis soltarme para que me vaya.
Toda ingenua, creí que la crisis había terminado. Al menos para mí, en lo concerniente a David. Pero al sacudir los brazos para que me soltaran, Frankie se negó y Cepillín me apretó más fuerte.
—¡Ay! ¡Me vais a hacer moratones!
La respuesta de Cepillín fue apretar aún más. Con la mano libre, sacó un teléfono móvil para llamar a la policía. Estaba a punto de llevarse el teléfono a la oreja cuando otra mano, la mano fuerte de otra persona, lo agarró por la muñeca.
—Soltadla —dijo el hombre al que pertenecía esa mano—. Dice la verdad. Es huésped de David.
Cepillín miró con desdén al metomentodo, un hombre alto, guapo y fuerte que vestía un magnífico traje de verano de Helmut Lang. Al hombre lo había visto muchas otras veces, aunque no con ese traje.
Cepillín sacudió la muñeca para librarse del intruso.
—¿Y usted? ¿Está en la lista de invitados? —preguntó.
Con una sonrisa petulante, mi defensor asintió.
—Estoy en la lista, vengo con Breanne Summour. A ella seguro que la conoce.
—Sí, claro —balbució Cepillín mientras me soltaba del brazo—. Y usted es…
Miré a mi defensor de traje impecable, rasgos cincelados y corte de pelo a lo César, y vi un destello de diversión en sus oscuros ojos marrones.
—Soy Matteo Allegro —dijo con rotundidad—. El exmarido de esta señora.