Capítulo doce
CAPÍTULO DOCE
L as palabras de Mike Quinn siguieron resonando en mí después de colgar.
«Te diría que tu amigo David está en peligro».
Miré por la ventana de la cocina y, en la penumbra, vi el césped, las dunas blancas y, más allá, la gran extensión de mar color ébano.
Cualquiera podía estar acechando en la orilla, a la espera de que David volviera a casa por la playa. Sería, de nuevo, un blanco fácil.
Abrí la puerta de atrás y salí. En Long Island siempre hacía más fresco que en Manhattan.
Era una noche casi fría para principios de julio, con una temperatura de unos veinte grados centígrados, una humedad elevada y un viento cargado de agua procedente del océano.
Una noche fresca y revitalizante después de tantas horas de calor en el restaurante abarrotado.
Con el monótono rugido de las olas, crucé la terraza de cedro y examiné el terreno por si veía al guarda de seguridad que me había sobresaltado un rato antes.
El joven debía de estar en la parte delantera de la mansión, porque allí no se veía ni un alma.
Tomé el sendero de piedra que surcaba la playa hasta llegar a la orilla.
Como las zapatillas se me habían llenado de arena, me las quité y, atadas por los cordones, me las colgué del hombro.
Mientras avanzaba por el litoral, vislumbré unas luces a lo lejos, en la playa.
Habían colgado unos farolillos de papel cuadrados, del color de la sangre, a lo largo de un gran patio de piedra.
Las luces se extendían hasta la orilla y le otorgaban a la arena blanca un tono rojizo.
Bajo aquella luz escarlata, vi grupos de gente con aspecto relajado.
La brisa veraniega me trajo el olor del carbón de mezquite, que se dispersaba con el frío aire marino.
Al acercarme un poco más, oí risas y el tintineo de un piano.
Me di la vuelta para inspeccionar la playa en dirección contraria, pero todo seguía oscuro y tranquilo. Aquella era la única fiesta que alcanzaba a ver, por lo que concluí que sería la misma a la que había acudido David.
Sin embargo, a primera vista, no tenía mucho sentido.
A menos que estuviera equivocada, esa fiesta ocupaba los terrenos de El Castillo de Arena.
Pero Edward Myers Wilson me había contado que David y Bom Felloes habían mantenido una guerra despiadada por el local del restaurante.
Y dado que David nunca me había mencionado a Bom, daba por hecho que la relación entre ellos aún era distante.
Entonces, ¿por qué asistía David a una fiesta en casa de Bom? ¿Y si Bom trataba de arreglar las cosas con él? ¿O había algo más siniestro en aquella invitación?
Como seguía bastante lejos del bullicio, apreté el paso para ver mejor. Sin embargo, por lo visto yo no era la única curiosa, ya que, un poco más adelante, oí un sonido completamente fuera de lugar. El chasquido de algo metálico, como el de un rifle al amartillarse.
Me detuve en seco y agucé el oído.
Durante un buen rato, no se oyó nada más que el ruido de las olas y el sonido del piano.
Estaba dispuesta a creer que había sido una alucinación auditiva cuando una silueta oscura salió de entre unos matorrales.
A pesar de la luz incierta, estaba segura de que la figura llevaba un traje de neopreno tan negro que parecía absorber la noche.
El hombre transportaba algo contra el pecho.
No le veía la cara, porque miraba hacia la fiesta.
No me cabía duda de que aquel desconocido no me veía con semejante oscuridad, pero estaba demasiado asustada para moverme, ya que corría el riesgo de captar su atención.
Sabía que sujetaba algo, pero, como estaba de espaldas a mí, no pude ver qué era.
Durante un largo rato, el hombre permaneció así, de espaldas.
Por fin se volvió, dejó atrás las luces brillantes y se dirigió al agua.
Se sumergió entre el oleaje y desapareció rápido bajo la superficie oscura y agitada del mar.
Corrí hacia la orilla. Sobre la arena húmeda destacaban unas grandes huellas de aletas.
El monstruo de la Laguna Negra había vuelto.
Escudriñé el mar mientras me preguntaba adonde iría aquel misterioso nadador.
A unos cincuenta metros de la costa, distinguí el leve reflejo blanco y oscilante de una embarcación de recreo.
No había luces a bordo, ni siquiera las de navegación, lo cual contravenía todo el derecho marítimo, de eso estaba segura.
En cualquier caso, el barco no era más que un borrón en el horizonte y empecé a dudar de la distancia a la que se encontraba.
Pero como llevaba varias semanas nadando en esas mismas aguas, no me lo pensé dos veces.
Dejé caer las zapatillas sobre la arena y me adentré en el mar embravecido hasta que el agua me llegó hasta la cintura. Entonces me zambullí en mitad de una ola y eché a nadar. El agua estaba helada, pero entré en calor dando fuertes brazadas contra la suave pero pertinaz corriente.
Como nunca pierdo la oportunidad de tener pensamientos morbosos que no vienen a cuento, empecé a rememorar el inicio de Tiburón , la escena en la que a una joven la devoran viva durante su baño nocturno en bolas, y comenzó a preocuparme la idea de que hubiera tiburones peligrosos por allí.
Por otra parte, teniendo en cuenta que perseguía a un posible asesino a sueldo profesional con experiencia en la materia, caí en la cuenta de que la vida marina no tenía por qué ser mi principal preocupación.
Aunque tardé varios minutos, enseguida llegué al barco, que estaba anclado y parecía vacío. Entonces emergió del agua, junto a la escalerilla de popa, una cabeza oculta tras unas enormes gafas.
Resoplando contra las olas que estallaban contra mi cara, vi que el desconocido se agarraba a la escalera para salir del agua.
Sí, sin duda era un hombre, que bajo el neopreno parecía delgado y musculoso.
Con una mano agarraba la barandilla metálica mientras con la otra sujetaba algo que seguía sin identificar.
Una vez a bordo, dejó caer lo que fuera que llevaba consigo y se trasladó a la superestructura.
Luego oí la apertura de una escotilla y, al cabo de un momento, el sonido del motor al arrancar.
Por fin, las luces de navegación se encendieron y una lamparita iluminó la embarcación.
En la proa, con una letra negra y nítida, leí: Corre Conejo, Hampton Bays, N. Y.
El ruido sordo del motor se convirtió en un rugido y el barco empezó a avanzar dando tumbos.
Las olas crispadas me salpicaron mientras se alejaba.
En cuestión de pocos segundos, aceleró hasta ponerse a saltar sobre las olas en dirección sur.
Flotando como un corcho tras su estela, observé cómo sus luces se desvanecían a lo lejos.
Antes de que el barco desapareciera, comencé a temblar.
Estaba en aguas bastante profundas y la corriente submarina era casi glacial.
De acuerdo , pensé, ahora sí es momento de preocuparse por los tiburones…
y por la hipotermia . De repente comprendí por qué el intruso llevaba traje de neopreno (además de por su evidente capacidad para el camuflaje) y deseé llevarlo yo también.
Mientras trataba de mantenerme a flote, me volví para mirar la orilla.
Por suerte para mí, la fiesta de la playa seguía en pleno apogeo, porque en caso contrario habría sido bastante difícil determinar a qué distancia estaba.
La única luz cercana era el brillo escarlata de los farolillos japoneses, que desde tan lejos me resultaban alarmantemente pequeños.
Empecé a nadar con brío a la par que las olas durante lo que se me antojó una eternidad.
Por fin, sentí la suavidad de la arena. En contra de la fuerza de las olas espumosas, que tiraban de mí hacia dentro, salí descalza, con la falda caqui pegada a las piernas y el polo de El Cafetín adherido a la piel fría y mojada.
Me castañeaban los dientes y estaba segura de que tenía los labios del color del cielo estival en los Hamptons.
Alrededor de una decena de asistentes a la fiesta me vieron emerger del mar como una especie de sirena desaliñada.
Tuve la ligera sensación de que esas personas me resultaban familiares; aunque ellos no me conocían, yo los había visto antes.
Varios habían estado en la fiesta de David.
Había deportistas, estrellas de la televisión y alguna modelo famosa.
Cuando dejé atrás la arena y alcancé la vasta alfombra verde de césped, oí unas risillas masculinas y unas carcajadas femeninas de confusión.
Alguien había hecho una broma señalando hacia una mesa de jardín de hierro forjado.
En ella, un montón de ostras crudas y de piezas de sushi rodeaban el elemento central, una representación a tamaño real de El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli, el icónico cuadro del siglo XV donde una mujer desnuda emerge de una concha a orillas del Mediterráneo.
Solo que, en ese caso, la gracia y la delicadeza de aquella obra maestra renacentista estaba representada en hielo.
No, yo no estaba desnuda como una venus, ni era tan guapa. Pero lo de estar tallada en hielo…, en eso sí me parecía a ella.
Tirité de nuevo y, para recuperar un poco de dignidad, me alisé la ropa tirando de la falda de lona y crucé los brazos sobre el polo mojado.
Seguía avanzando entre la multitud congregada en el césped cuando una mujer me tocó el brazo.
Era joven y muy guapa, con unos ojos grandes en un rostro demasiado perfecto (posiblemente tan esculpido como aquella estatua de la venus congelada, aunque con un bisturí en lugar de con un punzón).
El cabello rubio peinado hacia atrás revelaba una nariz respingona, unos pómulos altos, unos labios carnosos y una frente lisa del color del marfil.
—¿Qué te ha pasado? —me preguntó.
Me encogí de hombros.
—Estaba aburrida y me he ido a nadar.
La mujer parpadeó boquiabierta.