Un asesinato muy espumoso Capítulo once
52%

Capítulo once

CAPÍTULO ONCE

— P rin —dije mientras me sentaba junto a la gran mesa—, gracias por devolverme la llamada.

—Al otro lado del teléfono, oí un traqueteo, el típico ruido de platos que entrechocan en la cocina de un restaurante en plena faena—.

Hasta hoy no me había enterado de lo que te había pasado —le dije—. Jacques me informó. Lo siento mucho…

Hubo una pausa seguida de una risa cortante.

—¿El cabronazo ese quiere que vuelva? Demasiado tarde, he recuperado mi antiguo empleo y me han subido el sueldo. Dile a ese cerdo pretencioso que me quedo en la ciudad.

Vale , pensé, así que Prin y David no se soportan. ¿O se refiere a Jacques?

—Prin, siento meterme donde no me llaman, pero… ¿por qué te despidieron? —pregunté con tacto—. No sé si Jacques no lo sabe o no me lo ha querido decir.

—A la mierda el puñetero decoro. ¿Qué más me da? Mira, te lo voy a contar. Me despidieron porque molesté a uno de los queridísimos invitados de David.

—No te entiendo.

—Hace dos años que intento abrirme paso como cantante. Hasta he grabado una maqueta, pero no he tenido mucho éxito con ella. Entonces, la semana pasada, Big D vino a El Cafetín.

—Perdona, pero no sé quién es ese.

Prin suspiró.

—Big D. Devon Conroy, ¿no te suena? Entre otras cosas, es el presentador y productor de Estrella americana…

—Ah, sí, ya sé. Un programa parecido al Star Search de los años ochenta que presentaba Ed McMahon.

—¿Ed qué? —Casi noté como Prin ponía cara de resignación al otro lado del teléfono.

—Da igual —dije, consciente de mi edad (y, por un momento, agradecida por no tener que remontarme hasta Ed Sullivan para hacer la comparación)—. Sigue.

—Bueno, resulta que Big D estaba almorzando con más gente del mundillo de la tele. Lo vi sentado en una de las mesas de Graydon Faas, así que le pedí que me cambiara la mesa para atenderlos yo. ¿Sabes que el capullo de Faas me pidió cien pavos por el cambio?

Sentí oír eso último. Estaba claro que Graydon no era el único joven que intentaba rascar un dólar (o cien) de donde fuera. Pero que le cobrara un favor a una compañera no lo dejaba en muy buen lugar.

—Entonces, ¿atendiste tú la mesa de Big D? —inquirí.

—Sí. Y, junto con la cuenta, le pasé a Devon el CD de mi maqueta.

—Aaah… —Por fin entendía por qué David había echado a Prin. La chica se había saltado el primer mandamiento de los trabajadores de El Cafetín.

«Recordad que los famosos están aquí de vacaciones», —les dijo David al principio de temporada—.

«Mis clientes no quieren que los acosen, que los fotografíen ni que los persigan.

Y, mientras estén bajo mi techo, nadie lo hará.

No está permitido nada que no sea atenderlos.

Ni tratarlos amistosamente, ni hacerles preguntas, ni pedirles autógrafos.

Jamás. Hacerlo será motivo de despido inmediato».

—Lo reconozco, sabía que con ello incumplía las normas —continuó Prin—. Pero las reglas siempre son flexibles. Y a Big D no le importó en absoluto. No se quejó. Y David ni siquiera estaba allí.

—¿Quieres decir que alguien se chivó?

—No hizo falta. Jacques me pilló in fraganti y me despidió en el acto.

—¡¿Qué?! ¿Fue Jacques quien te despidió?

—Sí. ¿Quién si no?

—Jacques me dijo que había sido David.

Prin se echó a reír.

—Mintzer no estaba. Jacques se cabreó conmigo y me largó. También te digo que quería deshacerse de mí desde antes, así que no se lo pensó dos veces.

No estaba segura de que Prin me estuviera contando la verdad.

—Pero David te contrató —discutí—. Y él es el dueño del restaurante…

—Estoy segura de que Jacques le contó a David su versión. Teniendo en cuenta lo que hice, tampoco le costaría mucho convencerlo. De todos modos, da igual. Me alegro de haber vuelto a Manhattan. Pensaba que la gente del Upper West Side era grosera, pero ¡madre mía, menudos aires se dan los de allí!

—Prin, rebobina un momento. Has dicho que Jacques buscaba una razón para despedirte. —De pronto se me vino a la cabeza una razón concreta—. ¿Tiene algo que ver con los proveedores?

Prin se echó de nuevo a reír.

—Te refieres al acuerdo del diez por ciento de Jacques, ¿a que sí? Al enterarme, pensé que tramaba algo chungo. No dije una palabra, pero él sabía que yo lo sabía y por eso quería echarme, el muy gilipollas. No sé qué pasa en realidad, pero será mejor que tengas cuidado, Clare.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que Papas es un cabrón. Pero tú siempre me has caído bien.

Antes de conocerte, pensaba que lo único que hacía falta para preparar café era un abrelatas.

En fin, Clare…, lo que quiero decir es que agradezco todo lo que me has enseñado, siempre has sido paciente y amable conmigo, ¿sabes?

—Ay, Prin, nada que agradecer… Estuve a punto de preguntarle a Prin por su relación con Treat Mazzelli, pero no tuve oportunidad. Alguien le dijo que tenía que volver al trabajo. Le deseé suerte y me despedí de ella.

Me quedé un rato en la cocina mirando la pantalla iluminada del teléfono móvil y pensando en la única persona con la que podía hablar en ese momento, el único hombre que entendería mi dilema…

, y no solo porque se dedicara a eso. Sin dudar, marqué el cuarto número que aparecía en mi lista de contactos y pulsé el botón de llamada.

Los días buenos, me gustaba pensar que la atracción que el detective Mike Quinn parecía sentir por mí era auténtica y se basaba tanto en mi capacidad de escucha como en mis grandes ojos verdes y mi sentido del humor (créeme, un policía de Nueva York cansado y con cara de pocos amigos es un público duro de roer en lo relativo a la comedia).

Los días malos, sin embargo, atribuía sus apariciones frecuentes en el Blend a una simple adicción a mis dotes de barista.

Cuando lo conocí, yo solita conseguí que, de ser un consumidor de café rancio de tienda de barrio, se convirtiera en un aficionado a los arábica intensos recién hechos con notas de nuez.

Y, claro, una vez que te enganchas al café perfecto, eres capaz de matar por él (de manera figurada, se entiende).

Fuera cual fuera la razón por la que Mike se mostraba tan cordial conmigo, me alegró oír que respondía al primer tono.

—Clare, ¿has vuelto a la ciudad?

La voz de Mike era tan difícil de interpretar como sus gestos.

A esas alturas, sin embargo, ya estaba entrenada para captar sus sutiles cambios de modulación…

, algo que no difería mucho de mi capacidad para percibir los leves matices de fruta exótica en un café difícil de cultivar.

En este caso, la subida casi imperceptible de su tono inexpresivo me indicó que el detective del Departamento de Policía de Nueva York estaba, en efecto, encantado de oírme.

—No, Mike, todavía no he vuelto —contesté—. Siento decirte que sigo atrapada en las balsámicas playas de los Hamptons.

—Ay, pobrecita…

—Espero no haberte despertado.

Resolló (siempre era capaz de hacerle reír).

—Estoy de guardia —me informó.

—¿Y qué haces? Ahora mismo, quiero decir.

—¿Por qué? Esta no será una llamada sexual, ¿no?

Una voz masculina se echó a reír al otro lado.

—Lo digo en serio, Mike. Dime.

—Estoy en un coche camuflado aparcado en Hudson Street esperando a que alguien robe al policía de paisano que está sacando dinero del cajero automático situado en la acera de enfrente.

—No me lo creo.

—Pues créetelo. Tres atracos en dos semanas en el mismo cajero, uno de ellos con apuñalamiento. En fin, cuéntame qué pasa.

—¿Por qué tiene que pasar algo?

—Porque llevo dos semanas sin saber de ti, es más de medianoche y esa sabandija de exmarido tuyo ha vuelto a la ciudad.

—Mike, ¿cómo puñetas lo sabes? ¿Me espías o qué?

—Tranquila, ha sido pura casualidad. Me pasé por el Blend para tomar un café con leche doble y vi que Allegro salía de un taxi.

—Espero que te tomaras el café.

—Me lo tomé. Tucker lo prepara bien. —Hubo una pausa más o menos prolongada—. Aunque tú lo preparas mejor.

El tono bajó ligeramente. El tono del placer. Un tono que me hacía evocar imágenes del policía larguirucho tomándose un café con leche doble en mi cama.

Carraspeé.

—Gracias.

—No hay de qué. Bueno, ¿qué problema hay, Clare?

Desembuché y le conté lo del disparo. Describí el escenario del crimen, cómo encontré a Treat y el hallazgo de los casquillos en la playa.

Me pidió que describiera los casquillos.

También hice referencia a las huellas en la arena, las de aletas de buzo, y le informé del nombre del agente encargado de la investigación.

—No conozco a ese tal O’Rourke, pero preguntaré.

—Gracias, Mike.

—Mira, Clare. Yo veo dos posibilidades. La primera, que el asesino sea un aficionado, no un verdadero profesional…

—¿Por los casquillos que se dejó y que yo encontré después?

—Porque encontraste tres casquillos. ¿Viste más agujeros de bala? En la ventana, en las paredes…

—No, nada, pero intentaré averiguar si la policía ha encontrado algo.

—Si no hay disparos cerca de la ventana, eso significa que era un pésimo tirador, lo cual me lleva a la segunda posibilidad.

—Que es…

—Que el disparo fuera un accidente.

—¡¿Cómo?! Eso es absurdo.

—Piénsalo, Clare. Era la fiesta del Cuatro de Julio, había fuegos artificiales por todas partes.

Un chaval, puede que un adolescente, incluso un adulto sin dos dedos de frente pero con demasiado dinero, dispara un rifle porque sí.

La mayoría de los disparos van al aire, pero uno se desvía y mata a una persona. No sería la primera vez.

No me convenció y así se lo hice ver.

—De acuerdo —dijo—. Entonces hay una tercera posibilidad. Que dejara los casquillos a propósito. Si es ese el caso, el arma estará en un lugar donde la policía pueda encontrarla con facilidad.

—¿Porque el asesino intentará inculpar a otra persona?

—Exacto —contestó Mike.

—He pensado en esa posibilidad. Pero ninguna de tus teorías contesta la pregunta principal: ¿a quién iba dirigido el disparo? Estoy convencida de que David era el objetivo, pero él jura no tener enemigos. Está segurísimo de que era a Treat a quien querían matar.

—Para descartar como verdadera víctima a ese chico, a Mazzelli, necesitas saber más sobre él —dijo Mike—.

A qué se dedicaba cuando estaba fuera del trabajo, quiénes conformaban su entorno.

En otras palabras, con quién se juntaba.

Y dicho esto, si tuviera que optar por una de las posibilidades con arreglo a la información que me has dado, te diría que tu amigo David está en peligro.

—¿Por qué?

—Muy sencillo. Los ricos suelen tener más enemigos que los camareros.