Un asesinato muy espumoso Capítulo diez #2
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Capítulo diez #2

—No has podido resistir la tentación de echarle un vistazo al mármol, ¿eh?

—dijo Alberta mientras metía la ropa de David en un cesto de mimbre.

Llevaba el uniforme de empleada doméstica y el pelo castaño veteado de canas, recogido.

No había rastro del maquillaje y las joyas que llevaba la noche anterior, cuando la interrogué.

—Ya… ya te digo… —tartamudeé—. El mármol está impoluto.

—El marmolista ha hecho un buen trabajo al restaurarlo —dijo Alberta—. David hizo que lo trajeran desde Hoboken y el hombre ha estado varias horas limpiándolo. Ha quedado como nuevo.

Ojalá pudiéramos decir lo mismo de Treat.

—Pensé que serías David —continuó Alberta con un suspiro—. Lleva dos días muy estresado, entre la fiesta del Cuatro de Julio y todo lo que pasó después, la empresa de seguridad, el marmolista y la instalación de la lámpara…

—Ya imagino.

Alberta sacudió la cabeza.

—Y ahora se ha vuelto a ir de parranda. Ese chico necesita descansar. Esta semana ya ha tenido un episodio de migraña y, como no se ande con ojo, tendrá el segundo.

—¿Y adónde ha ido, por cierto? —pregunté—. Su coche sigue aparcado fuera.

—Ha ido a otra fiesta, al final de la playa. Se marchó dando un paseo al atardecer.

—¿A pie? ¿Él solo?

Alberta asintió.

Ahora sí que estaba enfadada con David. Como si la falta de iluminación exterior no fuera suficiente… ¡Y encima le había contado que había visto huellas de aletas en la arena! ¿Acaso no se daba cuenta de que de ese modo se convertía en un blanco facilísimo?

—¿Cuándo han llegado los empleados de la empresa de seguridad? —pregunté.

—En cuanto los detectives se marcharon. David lo organizó todo con unas cuantas llamadas de teléfono.

Alberta salió al pasillo con el cesto de mimbre. La seguí escaleras abajo, hasta el lavadero, donde empezó a separar por colores la ropa de forma sistemática.

—Conoces a David desde hace mucho tiempo —dije.

—Demasiado, según David. Siempre dice que lo trato más como a un hijo que como a un jefe. Supongo que tiene razón. Cuando ves a una persona a diario durante quince años, se convierte en alguien de la familia.

Intenté imaginar cómo sería David Mintzer quince años antes. Sabía que debía de rondar la treintena, pero no podía formarme una imagen de él distinta a la actual.

—Y no me quejo —continuó Alberta—. David también me trata como si fuera de la familia.

—Ah, ¿sí? —indagué al recordar el repentino despido de Prin—. A veces es un jefe bastante exigente. No le gusta que lo cuestionen.

Alberta me lanzó una mirada extraña.

—Bueno, a mí me ha tratado bien. Me ha incluido en su testamento, de manera que, si alguna vez le pasara algo, no me quedaría sin nada. Y ha incluido también a mi sobrino. ¿Cuánta gente es capaz de hacer eso por sus empleados?

Era la primera vez que oía a Alberta mencionar a otro miembro de su familia.

—¿Tu sobrino? —pregunté.

Alberta asintió.

—Sí, el hijo de mi hermana. Hace diez años, en Buffalo, Thomas se metió en líos con una banda cuando aún era menor de edad.

Después de que el sistema judicial se hiciera cargo de él, se vino a vivir conmigo para salir de aquel ambiente.

David lo ayudó a que terminara el bachillerato.

Después, Tommy se alistó en el ejército.

—¿Es soldado?

—Ya no. Terminó el año pasado, obtuvo una mención honorífica y consiguió un buen trabajo en una empresa de seguridad en Hampton Bays. Nada de eso habría pasado sin la ayuda de David.

Por supuesto, me pregunté si ese trabajo de seguridad implicaba llevar un arma.

No cabía duda de que en el ejército habría entrenado el tiro al blanco.

También me pregunté si sabría que David lo había incluido en el testamento…

y si merecía la pena matar por la cantidad que heredaría. Se me erizaron los pelos de la nuca.

Me alegré de que Alberta Gurt estuviera tan locuaz.

Quizá se debiera al aislamiento de trabajar en una propiedad como esa.

Aunque la actividad social en los Hamptons era frenética, las personas como Alberta no formaban parte de ese estilo de vida.

Para ellos, los Hamptons eran un lugar muy diferente.

—David parece un hombre muy complicado —dije después de una pausa—. A lo largo de los años, lo has visto llegar a la cima de su carrera. Tiene que haber sido interesante presenciar todo eso.

Alberta asintió.

—Recuerdo cuando David vendió su línea de moda a la cadena de grandes almacenes Unity, y también cuando asistió por primera vez al programa de Oprah. Ese día yo estaba entre el público. Después de la grabación, me presentó a la mismísima Oprah Winfrey.

—Qué emocionante.

—David conoce a gente de todo tipo. A lo largo de todos estos años ha hecho muchísimos amigos.

—Y sospecho que también algunos enemigos, ¿no?

—Eso es lo curioso de David. Por aquí se pasan incluso sus rivales en los negocios. David siempre encuentra el modo de que todo funcione, sobre todo cuando despliega su encanto.

Pensé en que había despedido a Prin y le había ordenado a Jacques que nos mintiera al respecto. Y luego pensé en la vecina de enfrente, la rica heredera vestida de negro que fumaba oculta entre los árboles.

—Bueno, su encanto no ha funcionado muy bien con Marjorie Bright —señalé—. Cuando la vi, me dijo que había denunciado a David.

Alberta frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Esa mujer es más mala que un dolor, te lo digo. Tanta amenaza y tanta furia solo por unos árboles que le tapan parte de las vistas desde una ventana. Pero, chica, la gente aquí se enfada enseguida. El ego y el dinero no son buena combinación.

Después de eso, Alberta no reveló mucho más, solo miró el reloj y dijo que tenía que terminar su trabajo. La seguí hasta la planta baja y le di las buenas noches antes de entrar de nuevo en la cocina para recoger mi bolso. Fue entonces cuando oí que sonaba mi móvil.

—Hola, Clare. ¿Querías hablar conmigo? —La voz era femenina, conocida y contundente como un mazo de cocina.

Prin López me estaba devolviendo la llamada.