Capítulo diez
CAPÍTULO DIEZ
E ra cerca de la medianoche cuando por fin volví a la mansión frente al mar de David Mintzer, reventada tras muchas horas de pie y exhausta emocionalmente después de mi última y desagradable confrontación con Joy.
No había tenido suerte al tratar de convencer a Madame de que se marchara de la casa de David después del asesinato, pero esperaba ser capaz de imponerme sobre mi hija.
Por eso, cuando cerramos el restaurante, le hice una señal a Joy para que me acompañara a la sala de descanso e intenté persuadirla para que se marchara de East Hampton y volviera a la ciudad.
Ella se negó en redondo.
—Mira, mamá —me dijo—. Estaba decidida a irme a una casa compartida, pero no me dejaste.
Necesito este trabajo y necesito el dinero.
No sabes cuánto lamento que dispararan a Treat, pero está clarísimo que esa bala iba dirigida a él.
Ya está muerto, asunto zanjado. Si me obligas a irme de casa de David, no volveré a la ciudad.
En estas fechas ya están completas todas las casas compartidas, pero me puedo ir con Graydon.
Y si me echas de El Cafetín, encontraré otro trabajo en la zona.
He oído que las camareras ganan mucho más sirviendo copas con menos ropa.
Me dejó atónita. Estaba frente a ella, incapaz de articular palabra.
Si bien antes había salido yo victoriosa, ahora mi hija me había vapuleado y, con ese último comentario, había terminado de rematarme.
Me había hecho quedar como una mojigata al retratarse como una pelandrusca y había ganado la partida.
No era justo para ninguna de las dos. Pero ese es el problema con los hijos, que saben cómo darte donde más duele.
Joy suspiró.
—Tengo veintiún años, mamá. Deja de tratarme como a una niña.
—Sabes muy bien por qué estoy preocupada —le recordé con serenidad—. Aparte de lo del disparo, irte con Graydon no sería la solución. Es aún más turbio que Treat. ¿Qué sabes de él realmente?
—Sé lo importante. Que es tierno. Es divertido. Le gusto y me hace sentir preciosa.
Me recorrió un escalofrío. Sonaba tan ingenua como yo cuando conocí a Matt.
Por aquel entonces, yo tenía más o menos la edad de Joy y estudiaba historia del arte durante unas vacaciones de verano en Italia.
Cuando nos vimos por primera vez en una soleada playa del Mediterráneo, me pilló con la guardia baja.
Él era cálido, generoso y guapo como un demonio.
Estaba bronceado y musculoso por sus habituales actividades deportivas, y era tan escultural como las estatuas renacentistas que yo estudiaba.
El pelo negro azabache le llegaba hasta los hombros y se le escapaba continuamente de la coleta.
En aquel entorno tan paradisiaco y exótico, resultaba demasiado fácil acostarme con él una y otra vez, era como un sueño. Pero volví a Estados Unidos, ya más despierta pero embarazada de Joy, y accedí a casarme con el hombre equivocado.
—Eres muy ingenua —le dije a mi hija con un tono más duro de lo que pretendía—. Si quieres que te trate como a una adulta, deberías empezar a ser más responsable.
La respuesta de Joy fue marcharse enfadada de nuevo. Esta vez, cuando entró en la cocina del restaurante, continuó hasta salir por la puerta trasera. Graydon la estaba esperando en el aparcamiento y se marcharon juntos en el Mini Cooper del camarero.
En ese momento me encontraba totalmente agotada.
Sin embargo, a pesar de mi falta de ánimo, me negué a dar por concluida la noche.
Ahora que mi hija y mi exsuegra se oponían a irse de casa de David, estaba aún más decidida a llegar hasta el fondo del asesinato de Treat.
Así que, en cuanto llegara a la mansión, estaba dispuesta a preguntarle a David por Bom Felloes y por el misterioso «diez por ciento» que Jacques Papas había cocinado (nunca mejor dicho) con los proveedores locales.
Acelerando más de lo necesario, dejé atrás la oscura carretera para entrar en el largo camino de acceso a la mansión.
Enseguida reparé en que había algo distinto, una llamita dorada que titilaba en una lámpara de gas recién instalada.
Desprendía una ligera luz sobre la senda de piedra que conducía a la puerta principal.
Seguí adelante un tanto incrédula… y cada vez más enfadada.
La lámpara era una auténtica reliquia de cristal emplomado con el pie de hierro fundido ennegrecido.
Su diseño encajaba a la perfección con la casa de verano estilo shingle , pero una débil lámpara de gas junto al sendero de la entrada no era lo que tenía en mente cuando le dije a David que su casa necesitaba luces de seguridad.
Era obvio que no se había tomado en serio mis palabras.
De acuerdo, admito que yo tampoco me había tomado en serio las suyas. Aunque David me había pedido que abandonara la idea de que él era el objetivo del asesino, estaba claro que yo no le había hecho caso. Y no se lo pensaba hacer.
El camino de acceso para los coches formaba un círculo del tamaño de un circuito de carreras delante de la mansión.
Aparqué cerca de la puerta principal, justo detrás de su pequeño deportivo descapotable, y aprecié con incomodidad que la escasa iluminación de su pintoresca lámpara ni siquiera alcanzaba la zona de la puerta.
Por suerte para mí, la luna estaba casi llena y las estrellas proporcionaban bastante más luz que la patética llama de la lámpara de gas.
Aun así, me costaba encontrar la llave dentro de mi amplio bolso, algo a lo que no estaba acostumbrada, ya que solía ser Kenneth, el mayordomo, quien me abría la puerta, pero ese fin de semana estaba fuera.
Como no daba con la llave, decidí entrar por la cocina. Esa llave la tenía más a mano, con las del coche, ya que la usaba a menudo para salir a pasear por la playa. Con resignación, empecé a rodear la casa a oscuras.
Al llegar a la zona de la piscina y la terraza, ya me había acostumbrado a la luz de los astros y distinguía las siluetas de las sillas Adirondack sobre el césped y la espuma de la marea creciente a lo largo del litoral desierto.
Mientras cruzaba la terraza de cedro, oí que alguien se acercaba a mí con fuertes pisadas. Me di cuenta de que, de haber sido David, me habría llamado por mi nombre. Corrí hacia la puerta trasera y estaba a punto de gritar cuando una voz ronca me preguntó:
—¿Quién es usted?
Sin pensarlo, levanté la mano y entorné los ojos frente al deslumbrante haz de luz con el que me apuntó la cara. También sin pensarlo, me puse a dar voces con mi tono neoyorquino más agresivo y enfadado:
—No, ¿quién mierda es usted? ¡No tiene derecho a estar aquí! ¡Esto es una propiedad privada! ¡Quíteme esa linterna de los ojos ahora mismo!
La luz apuntó entonces hacia el cielo y vislumbré una silueta entre las sombras. Distinguí un uniforme y una placa metálica.
—Disculpe, señora —dijo el hombre—. ¿Su nombre, por favor?
—Cosi. Clare Cosi.
—De acuerdo. Su nombre está en la lista.
—¿Qué lista?
—La lista que me ha dado el señor Mintzer con los nombres de las personas que pueden acceder a la casa.
—¿Y usted quién es?
—Soy el guarda de seguridad de la empresa Shield Security. Estoy haciendo mi ronda.
No sería mayor de veinticinco años, era corpulento y tenía una gran cabeza redonda con el pelo rubio rapado. Su media sonrisa me indicó que estaba tan nervioso como yo con aquel encuentro inesperado.
—Está bien —contesté, con gran alivio—. Me alegro de que David haya contratado seguridad. Más vale prevenir.
—Sí, señora. Siempre habrá alguien de Shield por aquí, las veinticuatro horas del día.
—Es bueno saberlo. —Abrí la puerta con la llave—. Buenas noches.
El joven se tocó la visera de la gorra.
—Buenas noches, señora Cosi.
Esperó hasta que estuve dentro, a salvo y con la llave echada, y se marchó, supuse que para continuar con su ronda.
Con la boca más seca que un zapato, solté el bolso en la encimera y me acerqué al frigorífico.
Desenrosqué el tapón de una botellita de Perrier fría y me la bebí de un trago con las manos ligeramente temblorosas.
Agarré una segunda y me llevé a la frente el cristal helado.
A continuación, registré la casa, empezando por las habitaciones del ala de invitados, y descubrí que estaba sola.
Madame seguía fuera con su caballeroso amigo, y Joy también.
Ni que decir tiene que Graydon no la había traído directamente a casa.
Me sorprendió que David hubiera salido, sobre todo porque acababa de ver su coche aparcado en la entrada.
Entonces caí en la cuenta de que tal vez se hubiera trasladado de vuelta a su habitación, de manera que volví a bajar los escalones hasta la planta baja y me dirigí hacia el ala de David, en el lado sur de la mansión.
Al acercarme para llamar a la puerta de su dormitorio en la segunda planta, me detuve frente al baño.
El precinto del escenario del crimen había desaparecido y la puerta estaba entreabierta.
No pude resistir la tentación de empujarla un poco más y encender la luz.
La última vez había encontrado allí un cadáver ensangrentado, pero en ese momento no quedaba un solo indicio de que se hubiera cometido un crimen.
El mármol, antes manchado de sangre, estaba de nuevo impoluto, y habían reemplazado el cristal roto por uno nuevo.
De pronto, se abrió la otra puerta del baño, que daba al dormitorio de David, y preparé mis disculpas por invadir su espacio personal sin avisar. Pero no era David. Unos ojos azul claro me miraron fijamente. La expresión alarmada de Alberta Gurt. Llevaba un montón de ropa sucia en los brazos.
—¡Ay! —gritamos las dos a la vez. Entonces nos echamos a reír con nerviosismo.