Un asesinato muy espumoso Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

—Todos lo éramos. Cientos de artistas se trasladaron aquí después de que llegara Pollock, durante los años cincuenta y sesenta.

Los terrenos eran baratísimos por entonces.

Y todos éramos rivales de Pollock, nos moríamos de envidia al ver su éxito y su fama.

Pero después de que, con cuarenta y cuatro años, volcara su coche en Fireplace Road a ciento cincuenta kilómetros por hora, descubrí que seguía amando el arte y perdí el gusto por la competición.

—Edward se hizo profesor —me informó Madame.

—Antes empecé a escribir —corrigió Edward—.

Luego me puse a enseñar: arte, historia, crítica.

Por supuesto, los demás continuaron. Un viejo chiste dice que Kooning miraba por su ventana todas las mañanas hacia el cementerio Green River para asegurarse de que Pollock seguía debajo de la piedra de cincuenta toneladas.

—Como ves, Clare, Edward lleva aquí toda la vida —dijo Madame.

—Casi —convino Edward, entrelazando los dedos con los de Madame y llevándose su mano a los labios.

—Por eso pensé que podría ayudarnos con el… ¿Cómo podríamos llamarlo? —Madame miró hacia las mesas ocupadas que se encontraban tanto a su derecha como a su izquierda—. Con el problemilla de David.

Problemilla , pensé. Sí, sin duda es un «problemilla» que un francotirador intente convertirte en su blanco durante la fiesta que has organizado .

Madame se volvió hacia Edward.

—Cuéntale a Clare lo que me explicaste… Eso de la ejecución de la hipoteca y los administradores municipales.

Edward asintió, se inclinó hacia mí y me hizo una seña para que me acercara.

—La venta de este sitio no se llevó a cabo de la forma habitual.

—¿A qué se refiere? —pregunté.

—Edward se refiere a que el anterior propietario cerró el local el verano pasado durante un proceso de divorcio complicado —me informó Madame en voz baja—. Por un asunto de morosidad en el pago de impuestos, esta propiedad acabó en manos del Ayuntamiento.

—Ajá —dije despacio—. ¿Y eso qué más da?

—¿Cuánto me dijiste que se ganaba con cada silla en un restaurante de los Hamptons por temporada? —preguntó Madame.

—De media, unos ciento ochenta mil dólares por silla.

Edward emitió un leve silbido.

—Vale —continuó Madame—. ¿Y no te parece que es razón suficiente para estar muy enfadado si tu sueño de abrir un restaurante aquí se viera frustrado?

—Ya, pero David sí que abrió su restaurante —apunté.

—No, Clare, no me sigues —dijo Madame—. Edward me contó que este local también lo quería otra persona.

—Salió este invierno en la prensa local —intervino Edward—. Tuvo lugar una guerra, una lucha encarnizada por este sitio. Al final se redujo a dos propuestas y los administradores locales eligieron la de David.

—¿Y eso qué importa? —repuse—. El otro postor perdió. Es algo que ocurre a diario en Manhattan. ¿Por qué no pasó página y compró otro local?

—Edward, explícaselo —pidió Madame.

Él se encogió de hombros.

—Aquí, en East Hampton, no se compra un local para abrir un restaurante así como así.

Esta es la tierra del no, querida. Se rige por normas muy estrictas para frenar el crecimiento comercial.

Si aspiras a ser restaurador, debes esperar a que cierre uno de los restaurantes existentes en la zona y presentar una oferta mejor que las de los demás para conseguir la propiedad y contar con la aprobación de las innumerables comisiones de planificación, zonificación y diseño del Ayuntamiento.

—Ah —respondí—. Pues David nunca ha mencionado nada de eso.

—Claro que no —dijo Madame—. Al parecer, las cosas se pusieron bastante feas durante la batalla por la propiedad. Y a David no le gustan las cosas feas.

—Bueno, ¿y quién era el otro aspirante? —pregunté.

—Bom Felloes —respondió Edward.

—¿El famoso chef de la tele? —dije—. ¿El de la cadena de restaurantes Good Felloes que están por todo el país?

—El mismísimo —dijo Madame—. Según parece, estaba ansioso por abrir un Good Felloes en East Hampton.

—Pero a los administradores locales casi les da un patatús al enterarse de que existía la posibilidad de que una cadena de restaurantes abriera un local en esta zona tan exclusiva —dijo Edward—. Y, la verdad sea dicha, el nombre del restaurante tampoco ayudó.

Comprendí lo que quería decir. Good Felloes era un juego de palabras con el apellido del chef, algo así como «el bueno de Felloes». Sin embargo, tal y como una vez me contó mi padre, los goodfellows («la buena gente») era uno de los nombres con los que se autodenominaban los mafiosos.

—Cielos —dijo Madame—. Imagino que los funcionarios se quedarían lívidos al enterarse.

—Es absurdo que se pueda demoler un edificio histórico como la casa estudio de Motherwell, pero no se pueda construir un nuevo restaurante —se lamentó Edward con otro suspiro—.

En cualquier caso, rechazaron la propuesta de Bom y aprobaron la de David.

Y ya veo por qué se quedaron tan impresionados.

No hay más que mirar alrededor. Está claro que Mintzer gastó mucho tiempo y esfuerzo en el diseño y la decoración.

—Por no hablar del dineral que le ha debido de costar —añadí.

—Para ganar dinero hay que gastarlo antes —señaló Madame.

—Bueno, ¿y qué más sabe de Felloes? —le pregunté a Edward.

—Poco más. Solo que está soltero, que es joven y guapo, y que compró la mansión El Castillo de Arena hace unos tres años.

Fruncí el ceño con disgusto.

—¿El Castillo de Arena? Eso está justo al lado de la casa de David. Y parece que ambos compraron las propiedades en la misma época.

Edward asintió.

—Los terrenos originales eran enormes. Cuando pasaron a manos de la siguiente generación, se dividieron en dos. Bom compró el terreno que incluía la mansión, mientras que David Mintzer adquirió la parcela adyacente y construyó su casa desde cero.

Nunca había visto El Castillo de Arena. Estaba rodeado por un muro de setos verdes y la recargada ornamentación de la verja delantera impedía ver nada al otro lado.

Sabía que El Castillo de Arena colindaba con la propiedad de David, pero no sabía que Bom Felloes era su dueño.

Y David nunca me había mencionado a Bom, porque, de haberlo hecho, me habría acordado.

Me di un golpecito en la barbilla con el lápiz de las comandas.

—Está claro que David tiene un serio rival, aunque no me cabe duda de que los tendrá en todos sus negocios.

—¿Crees que a Bom no le importaría ver a David bajo una lápida de cincuenta toneladas? —preguntó Edward.

—Espero que Bom no sea quién intentó mandarlo a la tumba —contesté—. Pero necesitaría saber más sobre él. Mucho más.

—Bueno, querida, no temas —trinó Madame con un brillo cafeínico en la mirada que me puso bastante nerviosa…, y con razón—. ¡Edward y yo nos ocupamos!