Capítulo nueve
CAPÍTULO NUEVE
D espués de pasarme por las otras mesas, volví a la de Madame y descubrí que la feliz pareja había cambiado de tema: de las románticas leyendas del café habían pasado a la decoración del restaurante.
—Menuda preciosidad —dijo Edward señalando el reloj mosaico que presidía la escalera—. Fíjate en esa pieza surrealista. Da la sensación de ser un reloj normal, pero sus manecillas giran y giran tan rápido que parece funcionar bajo el influjo de la cafeína. ¡Es perfecto!
De acuerdo , pensé, impresionada a mi pesar. Ahí acaba de ganar varios puntos .
Trasladé el contenido de mi bandeja de plata a la mesa de centro de mármol: la presa francesa de cuatro tazas, el reloj de arena de cristal Waterford para calcular el tiempo de reposo y los trozos de pan de higo y torta de almendra en sendos platos pintados a mano.
Edward sacudió la cabeza y continuó:
—Ya no se ven por aquí muchos caprichos artísticos como ese reloj.
Todo se ha vuelto vago y previsible. Están acabando con nuestra historia arquitectónica, tan brillante y fuera de lo común, como fue el caso de la cabaña Quonset de Motherwell, y la están sustituyendo por casitas que imitan el estilo shingle . Tiene bemoles la cosa.
A pesar de mi empeño en encontrarle fallos al señor Wilson, no pude pasar por alto su observación. La cabaña Quonset que acababa de mencionar era una de las construcciones que recordaba de mis clases de Historia de la Arquitectura.
—¿La vio alguna vez? —le pregunté a Edward, incapaz de contener la curiosidad—. La cabaña Quonset, quiero decir.
Madame se echó a reír entre dientes.
—Sí, querida —contestó Edward—. Sí que la vi.
La cabaña Quonset representaba una etapa importante en la historia de los Hamptons. Si ese tipo se había tomado la molestia de visitarla, significaba que, como mínimo, esa historia le interesaba.
Aquella estructura vanguardista se construyó en 1940 como casa y estudio en East Hampton del artista Robert Motherwell, que acababa de llegar a la zona con la oleada de artistas que seguían al famoso pintor expresionista abstracto Jackson Pollock.
Motherwell necesitaba un sitio donde vivir y trabajar, así que contrató al arquitecto modernista Pierre Chareau, que había sido un consumado arquitecto en Francia hasta que los ejércitos de Hitler invadieron el país y se vio obligado a huir a Estados Unidos.
Al igual que Madame, que huyó con su familia de un París ocupado cuando era solo una niña, Chareau se marchó a toda prisa, con lo puesto y casi sin dinero.
Motherwell tampoco nadaba en la abundancia y necesitaba materiales de construcción baratos, de manera que compraron dos barracas Quonset excedentes de la guerra y, para completar la estructura, recogieron otros materiales, los adaptaron e inventaron elementos.
Aún recuerdo las fotos de la fachada que aparecían en mi libro de texto de la universidad: el largo techo curvado del edificio semicilíndrico, la pared con ventanas.
—Siempre me he preguntado cómo sería vivir en una casa así —reflexioné.
Edward se lo tomó como una pregunta.
—Era un espacio abierto y sin obstáculos —me informó mientras se le animaban los brillantes ojos azules—.
Era futurista, un desafío subversivo a los planos convencionales.
En uno de los extremos del salón había una maravillosa chimenea independiente de ladrillo y, en el otro, una cocinita abierta.
Arriba, las vigas del edificio quedaban a la vista, unas maravillosas vigas que sostenían el tejado y que Motherwell había pintado con barniz rojo, de manera que sentías que un móvil gigante colgaba por encima de ti.
La luz natural era espléndida. Diez metros de ventanas recuperadas de un invernadero.
En pleno invierno, el calor del sol bastaba para caldear el espacio; sin pretenderlo, habían creado un sistema de calefacción solar.
Y cuando llovía, el agua caía por los paneles superpuestos de cristal y formaba una cascada hipnótica.
Por la forma en que Edward hablaba, con esa pasión tan profunda, me di cuenta de que era fácil que las mujeres cayeran rendidas a sus pies. En ese momento, Madame lo miraba con una pasión también profunda que, según intuí, no tenía mucho que ver con la cabaña Quonset de Motherwell.
—Me parece alucinante —le dije a Edward con total sinceridad—. Quise verla con mis propios ojos cuando llegué, pero pregunté y…
—Y te dijeron que la habían echado abajo en 1985 —Edward concluyó la frase por mí—. ¿Y sabes por qué? El nuevo propietario, un hombre adinerado, quería una estructura más convencional para pasar los fines de semana de verano.
—Es rarísimo lo que pasa en este sitio —dije, pensando en lo que mi querido padre, corredor de apuestas, habría dicho en mi lugar—. Es lavado de dinero, pero a la inversa. El dinero nuevo pretende parecer viejo.
—Es la quiebra del diseño creativo, ni más ni menos —añadió Edward con cara de repugnancia—.
La mayoría de los arquitectos están hasta las narices, pero quieren tener éxito.
Y esos ricachones carecen del espíritu aventurero que tenían los modernistas, solo desean encajar.
«Constrúyame algo que parezca llevar aquí cien años. Y que sea muy muy grande».
—Esta generación lo agranda todo, querido —contestó Madame con un gesto de desdén—. Ve acostumbrándote.
—Ah, pero esa es la belleza de la vejez —replicó Edward—. Ya no tengo que acostumbrarme a nada. Más pronto que tarde me largaré al otro barrio.
—No seas macabro —le reprendió Madame, y me sonrió—. Clare, creo que mi amigo necesita cafeína. ¿Qué te parece?
Asentí y comprobé el reloj de arena. Los últimos granos terminaban de caer. Con suavidad, presioné el émbolo de la cafetera de prensa francesa para empujar el Sul de Minas de molienda gruesa hasta el fondo del cilindro de vidrio.
—Como ves, las muertes absurdas están en todas partes —dijo Edward y señaló la prensa francesa con un suspirito grave mientras su cuerpo anciano se combaba un poco, como si la arena que se agotaba en el reloj hubiera acabado con todo lo que él apreciaba—.
Ese café ha seguido el mismo camino que la cabaña Quonset de Motherwell.
—Al contrario —contesté mientras les servía el café, un chorrito en una taza, un chorrito en la otra, hasta que ambas estuvieron llenas por igual—.
Esos granos de café brasileños han pasado la última fracción de su vida infundiendo su esencia al agua caliente que las rodea, un estallido de sabor memorable que aportará alegría y energía a quienes la beban.
Desde una perspectiva más amplia, diría que no es una muerte absurda.
El rostro de Edward se iluminó despacio. Se volvió hacia Madame.
—Cielos, no me comentaste que la filosofía iba incluida con el café.
—Nuestro objetivo es complacer a nuestros clientes —dije.
—Pues lo has conseguido, querida. —Edward aplaudió—. Muy bien.
—¿No te dije que mi nuera era especial? —dijo Madame dedicándome un guiño—. Pues todavía no ha terminado, así que ponte cómodo, Edward.
Mientras ambos agarraban sus respectivas tazas y daban el primer sorbo, continué:
—Este Sul de Minas proviene de una hacienda familiar.
En este tueste medio, tienen el perfil de sabor de un café suave de baja intensidad con características secas pero dulces, casi azucaradas, como las de un higo.
El final es dulce, intenso y largo, con un toque de cacao y notas de fruta deshidratada.
Edward sonrió mientras bebía.
—Ese es el final que me gustaría, ahora que lo pienso: dulce, intenso y largo.
Madame se echó a reír. Cortó un poco del pan de higo español y le ofreció el tenedor a Edward.
—Prueba un poco de esto y luego vuelve a beber.
Edward abrió mucho los ojos mientras obedecía.
—¡Higo! Noto su sabor en el postre, por supuesto, pero ahora lo noto también en el café.
Anuncié con cortesía lo que era obvio.
—Por eso están emparejados.
—Pero, Clare —intervino Madame—, también has maridado este café con la torta de almendra, ¿verdad?
—Sí —respondí despacio, preocupada por que no estuviera conforme con esa combinación—. ¿Y? ¿Adónde quieres ir a parar?
—Simplemente, a que un mismo café puede maridarse de una manera bastante natural con dos dulces diferentes dependiendo de la situación.
Miró a Edward y luego me miró a mí, como si mi torpeza requiriera que alguien me explicara esa analogía.
Tranquila, que lo pillo. Está más claro que el agua.
Después de excusarme, fui a atender a los demás clientes y a continuación volví a la mesa de Madame para comprobar si necesitaban algo más.
—Clare, ¿no te he contado cómo nos conocimos Edward y yo? —preguntó Madame—. Seguro que sí.
Sacudí la cabeza.
—No.
—Nos conocimos en Greenwich Village, en el Village Blend… Hace mucho tiempo.
Edward suspiró.
—Muchísimo tiempo.
—Edward solía venir con varios amigos suyos —continuó Madame—. Estaban Alfonso Ossorio, Willem de Kooning, Lee Krasner, Truman Capote, Jasper Johns, Robert Motherwell y, por supuesto, Jackson Pollock.
Me quedé de piedra. Vaya tela, ¡con razón conocía el interior de la cabaña Quonset de Motherwell!
—Entonces, señor Wilson… —dije después de aclararme la garganta y recuperar el equilibrio—, ¿usted también es pintor?
—No como Pollock, no estoy a su altura —contestó Edward—.
Pollock era un genio. También era un borracho degenerado.
Luego Lee… Lee Krasner, que acabó casándose con él, lo trajo aquí, a East Hampton, para alejarlo de los demonios de la ciudad.
Esto le hizo serenarse. Por supuesto, por aquel entonces East Hampton era muy diferente: inmune al paso del tiempo, tranquilo, bucólico…
, cuerdo. Pollock está ahora enterrado en el cementerio de Green River, en Springs.
Es fácil identificar su tumba porque está marcada con una piedra de cincuenta toneladas.
—¿Y sigue usted pintando? —pregunté.
—Solo para mí. Lo disfruto mucho. En aquella época estaba completamente absorbido por la pintura. Y, bueno, me creía lo más de lo más.
Madame se rio.
—Y lo eras.