Capítulo ocho
CAPÍTULO OCHO
D espués de haber estado a punto de ahogarme por culpa de un megáfono de la policía del condado y de haber descubierto una posible trama de desfalco por parte de un compañero de trabajo, pensé que nada más me sorprendería ese día, pero esa noche hubo algo —o, mejor dicho, alguien— que lo consiguió.
Madame entró en El Cafetín con un elegante vestido de verano color lima, agarrada del brazo de un señor al que no había visto en mi vida.
La barba gris y la chaqueta de tweed le daban una apariencia de profesor, aunque la pequeña coleta blanca, la boina francesa, los vaqueros gastados y las modernas gafas rectangulares lo hacían parecer más bien el patriarca de los artistas pop del West Village.
—Clare, pareces estresada —me dijo Madame mientras los acompañaba a su mesa—. Tal vez deberías marcharte a casa.
La sugerencia de Madame era amable, pero me resultó poco realista.
El restaurante estaba hasta los topes de gente desde las cinco de la tarde.
Eran las diez de la noche y la mayoría de los clientes querían tomar café y postres.
Eso quizá implicara menos trabajo para Victor y Carlos en la cocina, pero no para mí en el salón.
Y como andábamos escasos de personal, mi tarea era doble: dirigir y servir mesas a la vez.
—Tenemos demasiado lío como para irme antes —le dije a mi exsuegra con una sonrisa paciente—. Además, tampoco estoy tan cansada.
Desde uno de los sofás de terciopelo verde de la planta baja, Madame levantó una ceja plateada.
—No he dicho cansada, querida. He dicho estresada.
A su lado, sentado cómodamente, el señor de aspecto bohemio se acarició la barba bien recortada y comentó:
—Tal vez tu nuera haya pasado demasiado tiempo en el lado «moderno» de la carretera.
De no ser por sus ojos de color azul intenso, que brillaban con humor y un atractivo especial, tanta familiaridad me habría molestado.
—Y usted es…
El acompañante de Madame se levantó, unió los talones y extendió la mano.
—Edward Myers Wilson.
Le estreché la mano.
—Encantada. Soy Clare…
—Allegro —completó el hombre—. Lo sé. Blanche me ha hablado mucho de usted y de su…, no sé si definirlo como «interesante verano».
Ambos comentarios me enfurecieron. En primer lugar, mi apellido ya no era Allegro, ya que después del divorcio había vuelto a ser Cosi. Y Madame lo sabía, faltaría más. Solo que no le gustaba y, como era evidente, había informado mal al señor Wilson a propósito.
—Clare, me parece increíble que renuncies a tu apellido de casada —me dijo años antes, cuando le di la noticia—. El apellido de tu hija es Allegro, eso no cambiará jamás. ¿Por qué no te planteas mantenerlo?
—Porque no —contesté—. Porque tu hijo no va a cambiar jamás.
Desde entonces, de vez en cuando Madame olvidaba, en un acto que se me antojaba totalmente pasivo-agresivo, que mi apellido volvía a ser Cosi.
Aunque, a decir verdad, ¿qué otra cosa podía esperar de la abuela de Joy?
Al igual que mi hija, era tan cabezota como chispeante, tan insensata como aventurera, tan beligerante como comprensiva.
Además, y también como Joy, Madame deseaba que Matt y yo volviéramos a estar juntos.
En el pasado había trazado planes descabellados para conseguirlo y mi mayor miedo era que algún día lo consiguiera.
De momento, hice caso omiso del error en mi apellido.
Nunca había visto a ese tal Wilson y tampoco esperaba volverlo a ver, ¿qué más me daba que no supiera cómo me llamaba en realidad?
Sin embargo, no iba a dejar pasar el hecho de que Madame le hubiera hablado a ese desconocido del asesinato en la fiesta de David.
Con la esperanza de haber malinterpretado su mordaz insinuación, me hice la loca.
—Sí —le respondí al señor Wilson—. Trabajar aquí está siendo interesante.
—No me cabe duda —dijo él, y se sentó de nuevo en el sillón de terciopelo verde junto a Madame—. Aunque no tan interesante como intentar encontrar a un asesino, ¿eh?
Le lancé a mi exsuegra una mirada de pánico que ella respondió con una sacudida de mano.
—No te preocupes, Clare —dijo con alegría—. Edward ha venido a ayudar.
—¿Cómo que a ayudar? —susurré mirando a mi alrededor para cerciorarme de que nadie nos oía en aquel concurrido salón—. ¿Cómo nos va a ayudar un perfecto desconocido?
A Edward Wilson pareció hacerle mucha gracia eso último. Se volvió hacia Madame.
—Blanche, puede que tengas razón. Clare parece bastante estresada.
Madame se echó a reír.
Con dos dedos, me masajeé el puente de la nariz mientras notaba que el dolor de cabeza era inminente. Como si no bastara con que mi hija y yo hubiéramos dejado de hablarnos, ahora tenía que aguantar a los Misteriosos Mami y Papi.
—Edward no es un perfecto desconocido —me informó Madame.
—Aunque algunos de mis colegas dicen que es mejor no conocerme —bromeó.
—Solo cuando hay luna llena —replicó Madame.
—O cuando me quedo sin whisky escocés de malta. O sin tubos de 538.
—Bueno, eso es verdad —dijo Madame—. ¡Qué obsesión tienes con el azul de Prusia!
—Con el color no, amor. Con el cielo. Encontrar aquí esa paleta de colores ha sido siempre una obsesión. —Rodeó los hombros de Madame con el brazo—. Bueno, una de ellas.
Levanté las cejas ante el hábil movimiento del señor Wilson y me pregunté si ignoraba (o si le traía sin cuidado) que Madame mantenía una relación en la ciudad con el doctor Gary McTavish.
—Entonces, ¿sois viejos amigos? —insistí, para ver si me daban alguna explicación.
—Bueno, somos amigos, sin más —dijo Edward acariciando el hombro descubierto de Madame—. Y también somos viejos. Verdad ¿Blanche?
—Eso lo dirás por ti.
Me parecía increíble que tanto Joy como su abuela me estuvieran poniendo a prueba de esa forma.
Mi hija ya lo había logrado un rato antes, cuando llegó tarde a trabajar acompañada de Graydon Faas.
La abordé en cuanto entró por la puerta de la cocina.
Entablamos una acalorada discusión sobre dónde había estado y qué había hecho durante todo el día, pero se negó a contestar ninguna de mis preguntas y a disculparse por hacer caso omiso de mis numerosos mensajes de preocupación.
Durante toda la noche, no pude evitar fijarme en que Joy y Graydon se rozaban ligeramente al interactuar e intercambiaban caricias sutiles.
Alarmada, me di cuenta de lo poco que sabía sobre su «amigo» surfero-camarero.
Graydon era un buen empleado y aprendía rápido las técnicas de barista, pero también habría dicho eso de Treat Mazzelli, que resultó ser un donjuán empedernido.
(Él no tenía culpa de haber recibido una bala en los sesos; es más, yo tampoco lo consideraba el verdadero objetivo del disparo.
Sin embargo, en lo concerniente a la felicidad de mi hija, sí, era un mujeriego, ¡lo siento!).
En ese momento no pude discutir mis cientos de preocupaciones con Joy, pero teniendo en cuenta cómo había acabado Treat, me creí con el derecho a meterme donde nadie me había llamado y preguntarle por su relación con Graydon.
Cuando por fin nos quedamos un momento a solas, fue lo que hice.
Y también me propuse interrogar a la abuela de Joy, que ahí estaba, coqueteando descaradamente con un hombre del que sabía aún menos.
—¿Tomo nota? —sugerí mientras miraba atrás para asegurarme de que los demás clientes no se impacientaban—. Podemos seguir charlando después, cuando haya traído la comanda.
—Muy bien —convino Edward con una sonrisa.
—Solo vamos a tomar café y postre —dijo Madame. Sacó del bolso un delicado par de gafas de lectura color bermellón, se las colocó en la punta de la nariz y miró por encima de la carta de maridaje.
—Una selección formidable, querida —dijo al cabo de un minuto.
—Gracias —contesté tratando de no sonrojarme.
El adjetivo «formidable» en boca de Madame para referirse al café equivalía al título de doctorado para un estudiante de posgrado.
Ella sabía más de granos, mezclas, microclimas, cosechas, procesamiento, tostado, elaboración y presentación que cualquier profesional a quien hubiera conocido jamás en el ámbito de la alimentación y las bebidas.
Edward echó también un vistazo a la selección de cafés de El Cafetín.
—Java Estate, Tres Ríos costarricense, Kona, Harrar etíope, Kenia AA , Sumatra… —Recitó—. Madre mía, ¿cómo vamos a elegir?
Madame y yo cruzamos la mirada.
—Bueno, por suerte para ti, mi nuera, aquí donde la ves, es la sumiller de café de El Cafetín.
—¿He oído bien? —preguntó Edward—. ¿Ha dicho sumiller de café?
—Eso he dicho. Clare tiene la sabia convicción de que todos los restaurantes deberían contar con alguien en plantilla que sepa comprar, almacenar y servir una amplia variedad de cafés, alguien que tenga conocimientos suficientes para recomendárselos a sus clientes.
—Aaah, ya entiendo —dijo Edward—. Como con los vinos.
Madame asintió.
—Mira la carta y verás los maridajes que sugiere con la selección de postres de esta noche.
Edward pasó la página.
—¡Ah! Sí, sí… Y ofrecen una pequeña descripción del sabor de cada café…
—El perfil de sabor —le informó Madame antes de guiñarme el ojo.
Edward se acarició la barba gris.
—He de decir que, aun así, es difícil decidir.
—¿Le gusta el chocolate? —le pregunté para ayudar.
—No mucho —respondió Edward.
—¿Por qué no nos decantamos por algo más sutil? —sugirió Madame—. Edward, ¿te siguen gustando los higos y las almendras?
Sin apartar la vista de la carta, Edward sonrió.
—Oh, sí, Blanche —contestó al tiempo que colocaba su mano sobre la de madame—. ¿Recuerdas aquella tarde en mi porche? Claro, me siguen encantando.
Madame levantó la vista hacia mí, pero yo ya sabía qué querían.
—Pan de higo español —dije—. Y torta de almendra. Ambos van genial con el Sul de Minas.
Los clientes que sabían algo de café a veces ponían cara de extrañeza cuando veían un café brasileño en la carta. Pero, en ocasiones, un conocimiento superficial equivale a no saber nada.
Sí, Brasil es el mayor productor de café del mundo y una gran parte de su cosecha procede de enormes plantaciones de arábica y robusta de baja calidad.
Y sí, esos cafés son planos y mediocres, y muchos de ellos acaban en mezclas de consumo a gran escala, las típicas marcas de café envasado que se encuentran en las estanterías de los supermercados.
Sin embargo, Brasil es un país inmenso con un amplio espectro de condiciones y calidades.
En los últimos años han proliferado distintas asociaciones que fomentan una nueva imagen de los cafés brasileños.
Pequeñas haciendas agrícolas, como la que Matteo encontró en el sur de Minas Gerais, utilizan métodos de cosecha y de procesamiento de alta calidad para producir unos cafés de especialidad que funcionan realmente bien con tuestes ligeros y medios.
Me sorprendió ver que Madame, precisamente ella, levantaba una ceja al oír mi recomendación. Pero luego sonrió y añadió:
—El café brasileño es la elección ideal para la pasión, ¿no es así?
—Pasión —repitió Edward al ver la sonrisilla de Madame—. A ver si lo adivino, ¿te recuerda a un antiguo novio brasileño?
—Bueno, me recuerda a un brasileño, aunque no fue novio mío —respondió Madame—. Fue el amante de la esposa de un gobernador francés.
La mirada de curiosidad de Edward dio paso a un gesto de confusión. Madame se echó a reír.
—Hace muchos años de aquella historia.
—Cuéntala —rogó Edward.
—Bueno, verás, hace muchísimo tiempo, cuando llegaron las primeras plantas de café al Nuevo Mundo, solo se cultivaban en ciertas regiones.
Tanto en la Guayana Francesa como en la Guayana Holandesa existían cafetales, pero evitaban celosamente la exportación de las semillas.
Entonces, se produjo una disputa fronteriza entre ambas colonias y Brasil envió a un diplomático para resolverla… ¿Cómo se llamaba? Clare, ¿cómo era?
—Francisco de Melo Palheta.
—¡Eso! Exacto. Resulta que Francisco era un brasileño tan apuesto que la mujer del gobernador francés se enamoró de él.
Tuvieron un romance apasionado y él volvió a Brasil con un ramo de flores que ella le regaló.
Dentro del ramo iba escondido el verdadero regalo: unos esquejes de cafeto provistos de cerezas de café fértiles.
Y… voilà! Así fue como nació la industria cafetera brasileña.
A los brasileños que se dedicaban al comercio del café les encantaba contar esa historia, según la cual toda la industria cafetera multimillonaria había surgido gracias a una historia de amor.
Yo sabía que la leyenda tenía muy poca credibilidad.
Y aunque Madame también lo sabía, estaba claro que esa noche se lo estaba pasando fenomenal viendo el mundo a través de sus gafas de color rosa.
—¿Traigo prensas individuales? —pregunté con poco énfasis—. ¿O preferís una sola para los dos?
—Mejor una para los dos, querida. La compartiremos.
Claro, la compartirán , pensé mientras me dirigía al mostrador de los cafés para preparar su comanda. ¡Con lo cerca que están el uno del otro, van a compartir medio cuerpo!
Huelga decir que no me hacía mucha gracia ver a Madame con un hombre nuevo.
El doctor McTavish era su pareja desde hacía más de un año y ya me había acostumbrado a él; es más, me sentía cómoda con esa relación.
Estaba segura de que Madame no había roto con el doctor, aunque esa noche parecía obnubilada con Edward.
Por una parte, era consciente de que estaba siendo demasiado dura con ella. A su edad, Madame tenía derecho a disfrutar de la felicidad, sin importar dónde, cuándo ni con quién. Pero, por otra parte, sentía que traicionaba la relación que mantenía en la ciudad.
Mientras me convencía de que eso no era asunto mío (o, al menos, lo intentaba), me puse a preparar la comanda.
—¿Quién es ese que está con la abuela? —me susurró Joy.
Era la primera vez que me hablaba en seis horas, desde que discutimos al principio del turno.
—Es su acompañante —contesté—. Se llama Edward Myers Wilson. No sé más.
—¿Cómo que no sabes más? —dijo Joy entre dientes—. Están muy juntitos. ¿Dónde lo ha conocido? ¿Vive por aquí? ¿No tienes más información?
Me llevé las manos a las caderas y me quedé mirando a mi hija.
—No, no tengo más información —contesté—. De hecho, tengo la misma cantidad de información del señor Wilson que de Graydon Faas.
—No me parece justo que digas eso —soltó Joy—. Trabajas con Graydon desde hace más de un mes…
—Habría dicho lo mismo de Treat.
—Graydon no es como Treat. Y, de todos modos, es asunto mío con quién salgo.
Me crucé de brazos.
—Igual que es asunto de tu abuela con quién sale ella.
Joy abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. A sabiendas de que había perdido, frunció el ceño, dio media vuelta y empujó con fuerza la doble puerta acolchada de piel para entrar en la cocina.