Un asesinato muy espumoso Capítulo siete #2
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Capítulo siete #2

—¿Ha fallecido algún familiar suyo? ¿Es eso? Porque entonces tal vez debería llamarla para preguntarle si…

Papas me interrumpió.

—No hace falta. Prin no va a volver.

Puse cara de incredulidad.

—¿En serio? ¿Qué ha pasado?

Jacques Papas apartó la vista.

—David Mintzer, eso ha pasado. Él mismo la despidió hace unos días. Le dio una patada en el culo sin ofrecerle siquiera una carta de recomendación. Y a mí me ha dejado con una mano delante y otra detrás, como comprenderá. Para colmo, en plena temporada.

—Pero hace dos días usted mismo le comunicó al personal que Prin se había marchado a causa de un asunto familiar grave. Dimos por hecho que volvería.

Papas sacudió la cabeza.

—David me pidió que mintiera porque no quería que nadie se enterara de que la había despedido. A David le encanta gustar, como usted bien sabe. Pero a veces es un cabrón sin miramientos con nadie.

Ahora me tocó a mí quedarme callada con los ojos como platos.

—¿Y sabe la razón de su despido? —pregunté por fin.

El gerente sacudió la cabeza.

—No. A David no le gusta que le hagan preguntas, señora Cosi…

Seguramente usted ya conoce esa faceta suya.

—Eso era innegable—. Llevo trabajando dos décadas como gerente de restaurante —continuó Papas—.

En mi opinión, la mano dura da mucho mejor resultado que las recompensas, pero yo nunca habría echado a Prin.

Y menos cuando andamos tan faltos de personal.

Asentí sin saber muy bien qué decir.

—Le agradecería que mantuviera la discreción respecto a este asunto —añadió Papas sin rodeos—. Solo se lo he contado para que no pierda el tiempo detrás de la señorita López. Ahora ya sabe que no hay razón alguna para llamarla. —Papas miró su reloj—. Tengo que irme.

Después de que el gerente se marchara, respiré hondo e hice uso de la cafetera que tenía delante. Lo que más necesitaba en ese momento era un buen café y, por suerte, lo tenía a tiro (perdón).

La noche anterior me había enterado de que Treat Mazzelli se acostaba en secreto con todas las camareras jóvenes de El Cafetín.

Prin López había sido una de las primeras a las que había abandonado después.

Me acababa de enterar de que David Mintzer también la había dejado tirada en plena temporada alta.

No se me ocurría qué más podía pasar para tocarle las narices a esa chica. Pero ¿hasta qué punto estaba cabreada? Consideré esa pregunta mientras molía el grano entero de nuestra mezcla para expreso, lo apretaba, encajaba bien el cacillo y extraía la esencia en un vasito.

Prin siempre me había parecido una profesional como la copa de un pino.

Sin embargo, Suzi aseguraba que, fuera del trabajo, tenía un carácter terrible.

Recuerdo una animada historia que Suzi nos contó una vez en la sala de descanso: Prin «había montado un pollo monumental» en una discoteca de los Hamptons.

Al parecer, una camarera muy mona que trabajaba en un restaurante de Southampton la había insultado en medio del bar.

La discusión llegó a las manos y Prin acabó tirándole del pelo.

Tuvieron que llamar al portero para que las separara y las echara a la calle.

Me costaba mucho creer que Prin hubiera montado otro pollo monumental acechando y disparando a Treat Mazzelli, o que hubiera tratado de vengarse de Treat, de David o de los dos a la vez.

Y me resultaba igual de increíble que hubiera convencido a algún pandillero amigo suyo del sur del Bronx para que lo hiciera.

Pero el despido de Prin era algo inesperado y quería hablar con ella.

Apuré el expreso de un solo sorbo y absorbí la esencia del arábica del tueste oscuro, intensa, cálida y con sabor a nuez.

A continuación, me sequé las manos y volví a la sala de descanso.

En la pared de al lado de la puerta estaba el calendario de los empleados.

Junto al nombre de Prin aparecía un número de teléfono. Lo marqué y me saltó el buzón de voz.

—¿Prin? Soy Clare Cosi, de El Cafetín. ¿Podrías llamarme, por favor? Es por un asunto importantísimo.

Le dejé el número de mi móvil y colgué con la duda de si me devolvería la llamada.

Aprovechando que me encontraba en la cocina, decidí reponer la leche, la nata y la nata baja en calorías del mostrador de los cafés.

Revisé el frigorífico vertical junto a la zona de elaboración de postres y vi que había tres garrafas de leche y dos de nata, pero ninguna de nata baja en calorías.

Me dirigí entonces a la cámara frigorífica de acero inoxidable.

Abrí la gruesa puerta aislante y entré en la fría caja de acero, que era casi tan grande como uno de los dormitorios de mi dúplex de Manhattan, encima del Village Blend.

Una única bombilla pelada iluminaba el interior, que olía como a carnicería, una mezcla de queso y carne curada no del todo desagradable.

Del techo pendían varias patas de ternera maduradas en seco y algunos quesos, tanto nacionales como importados, en ruedas y en cuñas.

En un rincón había unas cajas con verdura, toda de origen local, junto a unas bolsas de cebollas, chalotas y distintas variedades de patatas.

En la pared, colgados de ganchos, había manojos de ajos junto a unos trozos de tocino, jamón serrano y chorizo.

En la esquina había varias pilas de recipientes de plástico, todos vacíos.

Era obvio que la fiesta del Cuatro de Julio había arrasado con las existencias del restaurante.

A menos que recibiéramos un pedido urgente de productos lácteos, esa noche no podríamos ofrecer la enorme variedad de bebidas con leche que teníamos en nuestra carta.

En vez de esperar a que Papas volviera, opté por entrar en su despacho. El santuario interior del gerente estaba desordenado, pero la lista de proveedores se encontraba en el mismo sitio que la semana anterior, cuando Papas me convocó para una reunión de microgestión.

Encontré el número de la empresa de lácteos La Crème de la Crème y utilicé el teléfono de Jacques Papas para llamar.

—La Crème. Habla con distribución, dígame —dijo un hombre con voz ronca.

—Hola. Le llamo de El Cafetín, en East Hampton, situado en…

—Sí, sí. Lo conozco. Dígame —dijo el distribuidor, de pronto simpático.

—Quería saber si ya nos han entregado el pedido de hoy.

—Déjeme ver… Aquí está. Sí, el repartidor estuvo allí a las nueve. El señor Papas pidió tres garrafas de leche, dos de nata y dieciséis docenas de huevos.

Maravilloso.

—Verá, es que creo que ha habido un error. No nos quedan existencias de lácteos para el fin de semana y necesitamos más. Como mínimo, veinte garrafas más de leche, diez de nata y diez de nata baja en calorías.

—Claro, señora. Las tendrá allí dentro de una hora.

—Muchas gracias.

—De nada. Se las apunto también con el plan cincuenta-diez, ¿verdad?

—¿Cómo dice?

—Con el diez por ciento extra. Cobramos el cincuenta por ciento por adelantado y el otro cincuenta por ciento, más un diez por ciento extra, al final de la temporada.

—Pues… A ver, supongo que sí —contesté, sin saber qué más decir.

—Estupendo. De todos modos, si tiene alguna duda, pregúntele a Jacques —añadió al percibir mi confusión—. Fue él quien lo decidió así.

Colgué, aún más confundida.

Me pregunté por qué David Mintzer habría firmado un acuerdo tan terrible. Tenía capital de sobra para pagar a los proveedores en el momento. Y si quería aplazar el pago mediante algún sistema, no cabía duda de que habría encontrado tipos de interés inferiores al diez por ciento.

Estaba claro que Papas estaba metido en algo… Pero ¿en qué? ¿Un desfalco?

Miré mi reloj. Como Papas llevaba fuera solo media hora, pensé que me daría tiempo a husmear un poco.

Empecé a buscar entre el caos de su escritorio con la esperanza de encontrar el libro azul que siempre llevaba consigo. Hurgué, sin éxito, entre una semana entera de periódicos apilados. Entonces decidí mirar en los cajones.

El primero que abrí contenía objetos personales: un cepillo y pasta de dientes, varias botellas de una colonia carísima, un peine y tantos productos masculinos para el cuidado del cabello que casi esperé toparme con un peluquero diminuto tijeras en mano.

El segundo cajón contenía material de oficina, sobres, bolígrafos, lápices y una grapadora. El tercero estaba cerrado con llave.

Antes de que me diera tiempo a algo más, la voz enfadada de Papas rompió el silencio.

—¿Se puede saber qué está haciendo usted ahí?

—Ah, hola, Jaques. Yo…, eh…

—¿Quién le ha dado permiso para entrar?

—Tenía que llamar a la empresa de lácteos.

No nos queda nata baja en calorías y andamos escasos de los demás lácteos.

—Las fosas nasales se le inflaron mientras me miraba con una furia evidente—.

Como usted no estaba y necesitamos que nos suministren esos productos, he buscado el número de la empresa y he hecho el pedido yo misma —continué—.

El encargado de la distribución ha sido muy amable. El camión llegará dentro de una hora.

Mis palabras parecieron calmarlo. Asintió.

—Debería haberme dicho que necesitaba más existencias antes de que me marchara. Habría hecho yo el pedido.

—Es que no lo sabía hasta que he revisado la cámara frigorífica. Y no quería molestarle.

Jacques asintió de nuevo.

—De acuerdo. Yo atenderé al repartidor cuando venga.

—Estupendo —dije. Pasé junto a él y salí de su despacho.