Un asesinato muy espumoso Capítulo siete
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Capítulo siete

CAPÍTULO SIETE

M i abuela creció en un mundo sin dobleces donde las cosas se definían tal y como eran.

Decías lo que querías decir y querías decir lo que decías.

Pero eso fue hace mucho tiempo, antes de que existieran los programas Saturday Night Uve y The Daily Show , antes de la MTV , de la metaficción y de la sobreabundancia de ironía en casi todas las facetas de la cultura contemporánea.

Sí, El Cafetín sonaba a local informal y modesto, unos adjetivos que poco tenían que ver con el elegante café restaurante de David en East Hampton.

Por supuesto, él no había sido el primero en utilizar un nombre paradójico ni mucho menos.

El restaurante del chef Thomas Keller, French Laundry, «Lavandería Francesa», era el restaurante de alta cocina más aclamado de Napa Valley y puede que el más prestigioso del país.

Y el Brooklyn Dinner, a pocas calles del Carnegie Hall de Manhattan, era, pese a la campechanía de su nombre, un restaurante de cuatro estrellas con manteles de lino y una carta de vinos de quitar el hipo.

El Cafetín ofrecía una cocina ecléctica y sofisticada, en cuyos platos se percibía, con bastante frecuencia, el sabor del café (en algunas recetas de carne se obtienen muy buenos resultados usando café a la hora de condimentar, ablandar o marinar).

El restaurante servía vino y cócteles, pero la joya de la corona era su amplia variedad de cafés de lujo y postres para la sobremesa.

En consecuencia, esa temporada nos habíamos convertido en el lugar ideal donde reservar una mesa después de cenar y antes de ir de fiesta.

Mientras la mayoría de los restaurantes se vaciaban a eso de las diez de la noche, el nuestro seguía lleno y con bastantes reservas hasta medianoche.

Hacía un año, el local de dos plantas, con su fachada de ladrillo rojo, era un restaurante chino que embargaron por impago.

La primavera anterior, David reacondicionó el terreno circundante con setos, macizos de flores y árboles de sombra.

Limpió los ladrillos, repintó de blanco las molduras descascarilladas y sustituyó las ventanas de la planta de abajo por unas puertas francesas blancas.

Crucé el aparcamiento para clientes, rodeado de celosías cubiertas de hiedra, y rodeé el restaurante hasta llegar a la parte trasera, que era donde aparcábamos los empleados.

Era poco más del mediodía cuando entré por la puerta de la cocina.

Los camareros llegarían al cabo de unas horas para organizar el servicio de la cena, desde las cuatro de la tarde a las doce de la noche, y esperaba ver por fin a Joy, de la cual llevaba todo el día sin saber nada.

Era obvio que había pasado olímpicamente de los cinco mensajes que le había dejado en el buzón de voz de su móvil.

—Hola, Carlos. —Saludé con la mano al cumplidor segundo cocinero del restaurante, Carlos Comacho. Estaba ocupado cortando cebollas y zanahorias mientras esperaba la llegada de Victor Vogel, el chef ejecutivo. Me dedicó una sonrisa rápida y continuó con su tarea.

La siguiente persona a la que vi fue Jacques Papas, que asomó la cabeza por la puerta de su despacho al oír mi voz.

Papas hacía las veces de gerente, jefe de sala y sumiller.

Mitad francés y mitad griego, Papas tenía cuarenta y pocos años y era moreno, con los ojos oscuros y el pelo negro azabache (supuse que se teñía, ya que lo único en la naturaleza con un tono tan oscuro eran los agujeros negros del espacio).

Éramos casi igual de altos, pero lo que le faltaba de estatura lo compensaba con su energía beligerante.

Todavía no lo había visto sonreír. Su actitud habitual era una combinación de desprecio sutil y desinterés. Eso o poner cara de asco.

—Buenas tardes —dije.

El gerente me lanzó una mirada amarga, se volvió sin más y desapareció en el despacho.

Al vivir en Manhattan, ya estaba acostumbrada a todo tipo de divas y divos en el mundillo de los restaurantes de alta cocina.

Pero la actitud de Papas se escapaba a todo lo razonable.

Al menos es coherente , pensé mientras me encogía de hombros ante su desdén.

Trata por igual, con el mismo desprecio, tanto a los empleados como a los clientes .

Después de cruzar la impoluta cocina de acero inoxidable, pasé por delante de la sala de descanso del personal y empujé la doble puerta de cuero burdeos que daba al comedor de dos plantas.

Así como el exterior de El Cafetín era tan modesto como su nombre, el interior no tenía nada que ver.

David se había esforzado en imitar la decoración de dos famosos cafés parisinos: el tradicional Café Marly, diseñado en la década de 1990 por Olivier Gagnère e Yves Taralon; y el más moderno Le Café Costes, diseñado en 1985 por Philippe Starck.

La influencia del Marly era evidente en cuanto ponías un pie en el impresionante salón.

Las paredes burdeos estaban decoradas con motivos dorados de estilo art déco y revestidas con una madera de cerezo que combinaban a la perfección con las sesenta y dos mesas de la cafetería.

Los sofás de terciopelo verde oscuro y las butacas de respaldo bajo en color marfil se mezclaban con las lámparas de pie antiguas (un sustituto bastante práctico de los quemadores de incienso metálicos del Marly).

En el lado sur del comedor, flanqueada por dos cenotafios, había una escalera de mármol esmeralda, con la barandilla de latón, cuyos escalones conducían a una especie de galería superior con las mismas barandillas.

En lo alto de la escalera había un enorme reloj mosaico elaborado con láminas de cuarzo translúcido y piedras de colores como homenaje al motivo central del ya desaparecido Café Costes. Se parecía incluso en el movimiento de sus agujas, que daban veinticuatro vueltas cada hora.

David daba por hecho que esa extraña característica propia de Alicia en el país de las maravillas era un guiño a los surrealistas. Sin embargo, a mí me parecía una declaración bastante obvia sobre la naturaleza de la cafeína.

La estrecha galería superior rodeaba el restaurante entero.

Además de asientos adicionales, la planta de arriba contaba con una barra de madera de cerezo, una panorámica espectacular del salón principal y la imagen, a la altura de los ojos, de la enorme lámpara de araña metálica con cristales que pendía del elevado techo.

Crucé el salón en dirección al mostrador de los cafés situado en la planta baja.

A lo largo de los años había visto cometer auténticos crímenes contra el café en los restaurantes de lujo.

Cafeteras olvidadas en el fuego hasta que el líquido adquiría la consistencia del alquitrán, expresos servidos en tazas frías, capuchinos preparados con varillas espumadoras que no se habían limpiado en condiciones, filtros de papel llenos de café premolido que permanecían al aire durante horas antes de ser utilizados (en el momento en que se muele el grano, el café empieza a perder frescura).

Como jefa de baristas y sargento instructor, había coaccionado a todos los camareros y camareras para que cumplieran los sagrados rituales del café de calidad.

Con la carpeta en la mano, me alegró ver que los empleados del turno anterior lo habían dejado todo impecable.

Habían limpiado la cafetera como es debido y habían apilado las tacitas encima.

Los recipientes del café estaban cerrados al vacío y las prensas francesas, alineadas como soldaditos de cristal sobre los estantes de madera de cerezo.

Revisé el contenido de los recipientes. Había veinte en total, cada uno con una de las mezclas o de los cafés de origen único que ofrecíamos en la carta.

En la ciudad tostábamos café a diario en pequeñas tandas.

En mis viajes semanales al Village Blend, por tanto, efectuaba los tuestes necesarios para llevar luego a El Cafetín el grano entero envasado en bolsas al vacío.

Tomé cuidadosa nota del nivel de cada bote. ¿Cuáles había que rellenar? ¿Cuáles seguían intactos? Más tarde, introduciría esos datos en el programa informático que había creado para analizar las preferencias de los clientes.

—Señora Cosi, ¿le queda mucho?

Se me escapó un grito de sorpresa. Papas me había abordado sigilosamente. No se podía describir de otra marera. Estaba sola y, al segundo siguiente, ahí lo tenía, justo al lado.

Los demás siempre bromeaban con este fenómeno.

Colleen O’Brien, por ejemplo, lo relacionaba con el fantasma de Squire Malone, un legendario cazador irlandés de su región.

Graydon Faas, fanático del anime, afirmaba que la capacidad del gerente para asaltar a un empleado en el preciso instante en que este cometía un error se debía, por fuerza, al aparato de teletransportación secreto que sin duda guardaba en ese despacho suyo donde casi nunca dejaba entrar a nadie. Me parecía verosímil.

—Ya casi estoy —le dije a Papas—. Nos queda muy poco moca java.

Al ser un tueste oscuro, lo emparejé con el suflé de chocolate y con la tarta de chocolate y Kahlúa sin harina, y resulta que el chocolate es el postre más popular e infalible.

Me queda algo de moca java en el sótano, pero con eso no llegamos al almuerzo del domingo.

Creo que voy a llamar al Blend para que Tucker me envíe otra remesa por servicio de mensajería.

Pensar en voz alta era habitual en mí cuando me ponía nerviosa y Papas tenía la capacidad de atacarme los nervios. Se quedó un rato callado mirándome, una molesta costumbre muy suya: tú hablabas, él te miraba fijamente y, cuando le venía en gana, te contestaba.

—Me parece muy bien, llame a su gente —respondió por fin. Luego miró el reloj—. Tengo que salir a hacer un recado. Estaré fuera una hora como mucho.

—De acuerdo. Cuando lleguen los camareros, los pondré a montar las mesas. Por cierto, ¿sabe algo de Prin y de su asunto familiar urgente? ¿Cree que hay alguna posibilidad de que vuelva antes del lunes?

Papas frunció el ceño aún más.

—No.

Pobrecilla , me temí lo peor.