Capítulo seis
CAPÍTULO SEIS
E l Cafetín estaba a poca distancia en coche de la casa en la playa de David Mintzer, pero, como cualquier otro día soleado de verano, el tráfico era espantoso. Y democrático.
Los últimos modelos de BMW , Ferrari, Mercedes y Jaguar marchaban con la misma e igualitaria lentitud que mi humilde Honda. Un trayecto de diez minutos se convirtió en cuarenta minutos de frustración y avance a trompicones.
Cuando por fin salí de Ocio con Dignidad, sobre las once y cuarto, la policía del condado de Suffolk seguía revisando los detalles del disparo en la oscuridad.
Me di cuenta de que David estaba harto de hablar sobre los pormenores de la fiesta, sobre la trayectoria profesional de Treat y sobre la relación que tenía con sus empleados y con los invitados de la lista.
A pesar de que su semblante era tan encantador como siempre, lo conocía ya lo bastante bien como para saber que estaba perdiendo la paciencia.
Aunque le había prometido mantenerme al margen, ¿cómo iba a cumplir mi promesa? Mientras intentaba convencerme a mí misma de que era suficiente con que la policía se ocupara del caso, el instinto me decía que estaban investigando el caso equivocado. ¿Y eso en qué beneficiaba a David?
Metida en pleno atasco, me planteé cuál sería el siguiente paso de O’Rourke y Melchior.
Era probable que quisieran conocer los resultados de la autopsia y comprobar si la bala encontrada en el cráneo de Treat era compatible con los casquillos que yo les había proporcionado.
Me aposté un saco de veinte kilos de Jamaica Blue Mountain a que lo sería.
También iban a interrogar a algunas personas que conocían a Treat para determinar si existía algún tipo de rencor o deseo de venganza hacia él. Sin embargo, desde mi punto de vista, era el entorno de David el que había que investigar.
Bueno , pensé, al menos van a hablar con Marjorie Bright .
Sin duda, ella ocupaba el primer puesto de mi lista de sospechosos.
Pero mientras avanzaba por la carretera a paso de tortuga, me replanteé la teoría que les había soltado a los detectives del condado de Suffolk un tanto a la ligera.
Un poco avergonzada, me di cuenta de que mi hipótesis tenía algunas inconsistencias tan grandes como el todoterreno amarillo chillón que ocupaba parte del arcén delante de mí.
Por un lado, ¿qué razón tenía la señora Bright para permanecer en el escenario del crimen y echar a perder su coartada?
A menos que perteneciera, según la explicación de Mike Quinn, a la categoría de personas que responden a un deseo patológico de ver los resultados del crimen que ellos mismos han pagado con su dinero.
Por otro lado, si había un asesino a sueldo implicado, ¿por qué encontré los casquillos de bala? Un verdadero profesional no habría dejado rastro. Tenía pinta de ser el descuido de un simple aficionado… ¿Significaba eso que quien disparó era, en efecto, alguien amateur ?
—¡Clare! ¡Clare, hola!
Me asomé por la ventanilla y vi a Edna Miller, que me saludaba desde su puesto junto a la carretera.
A su alrededor, unas cestas de mimbre exhibían los colores del verano: tomates rojos, mazorcas de hoja verde, coliflores blancas y hermosas, berenjenas moradas y kilos y kilos de esas fresas deliciosas de Long Island.
—¡Hola, Edna! —grité.
Durante la primera semana que pasé en el South Fork, había entablado amistad con Edna y con su marido, Bob, gracias a un paquete de un kilo de Kona, un café dulce y suave que crece en el suelo volcánico de Hawái, con unas notas de mantequilla muy particulares y un toque de canela y clavo.
(Muchos tostadores preparan diferentes mezclas de Kona, pero para mi gusto el de origen único ni tiene parangón).
Todos los veranos, desde hacía más de veinte años, los Miller montaban ese puesto de frutas y verduras fresquísimas, y antes era el padre de Bob quien lo regentaba. Formaban parte de los llamados bonackers , un grupo de familias locales que vivían ahí desde hacía varias generaciones.
(Hubo un tiempo en que bonacker era un término peyorativo, como «paleto» o «palurdo».
Su etimología se remonta a los pueblos nativos americanos, en concreto a la palabra accobonac , que a grandes rasgos era «el lugar donde se recogen los cacahuetes».
Así se llamaba el cercano puerto de Accobonac y, en consecuencia, los habitantes que vivían en torno a él.
Ahora la gente llevaba el nombre con orgullo; de hecho, los equipos deportivos del instituto de East Hampton lo habían adoptado como sobrenombre).
Los Miller tenían sus tierras en el lado menos popular de la autopista, el que está más alejado del mar, pero habían conseguido vender una pequeña parte de ellas a cambio de una gran fortuna. El resto del terreno aún lo conservaban y lo cultivaban como habían hecho durante cientos de años.
—¿Quieres algo? —gritó Edna mientras salía a la carretera. Llevaba sus habituales vaqueros desgastados, una camiseta ancha y un delantal atado a la cintura.
—No, voy al trabajo —contesté mientras el coche avanzaba un palmo—. ¿Qué tal el Cuatro de Julio?
—El nuestro fue bien, pero he oído que el vuestro no tanto. —Edna se había colocado junto a mi coche y avanzaba despacio por el arcén.
—Ah, ¿sí?
No puede ser , pensé. Es imposible que se refiera al asesinato. Todos los invitados se marcharon antes de que yo descubriera el cadáver. ¿Quién se lo habrá contado?
—La hermana de mi nuera está casada con Park Bennett —me explicó—, que vive justo al lado de John King, cuyo hijo trabaja en la policía local. Dice que estuvieron en la mansión donde tú vives ahora…, la casa de David Mintzer. Y que por lo visto mataron a un hombre…
—Sí, sí, estoy al tanto. Pero de momento no se sabe gran cosa. David está un poco susceptible con el asunto, así que, bueno, si pudieras no comentar nada…
Claro. Era inevitable.
—Ah, ¡por supuesto! —dijo Edna—. ¡Faltaría más!
Por detrás de mí, una rubia platino que hablaba por el móvil tocó el claxon de su Mercedes descapotable tan fuerte y durante tanto tiempo que pensé que me iba a dejar sorda. Al mirar hacia delante, vi que el todoterreno amarillo había avanzado la distancia total de cuatro coches.
—Uy —dije—. ¡Perdona, Edna, tengo que seguir!
—Claro, Clare. La gente está muy quisquillosa este fin de semana. Tendrías que haber estado aquí hace una hora. Dos abogados se han liado a puñetazos por el último melón.
—Bueno, ¡nos vemos! —grité mientras aceleraba.
—¡Hasta luego, Clare!
Edna saludó con la mano y volvió a su puesto.
Me quedé pensando en lo que acababa de contarme.
No en la pelea por el melón, eso era lo normal, teniendo en cuenta lo mal que se ponía todo durante la temporada estival, con gente por todas partes.
Los ricos de Manhattan iban allí a descansar, pero muchos de ellos también metían en la maleta, junto al cepillo de dientes, la certeza de merecerlo todo y la impaciencia de la gran ciudad.
—Aquí la gente es competitiva y ambiciosa —me advirtió David cuando llegué—. Son personas despiadadas en el trabajo. Por eso llegan hasta aquí. Y quienes se dedican a hacerles la puñeta a los demás de lunes a viernes no cambian de actitud los sábados y domingos.
El periódico local estaba lleno de peleas por plazas de aparcamiento y mesas de restaurante.
Justo la semana anterior habían presentado una denuncia por agresión después de varios puñetazos en una tienda de productos dietéticos.
(Solo se me ocurre que el altercado se produjera en el pasillo de los suplementos antiestrés).
El caso es que empecé a pensar en lo que Edna había oído sobre la muerte de Treat. Era obvio que las noticias volaban en un enclave tan pequeño. Y dudaba que los asesinatos en East Hampton se trataran igual que en la ciudad, precisamente porque eran muy poco frecuentes.
En ese pueblo se montaba un verdadero escándalo por el color de los toldos de la avenida principal y te multaban por poner un cartel en el jardín si decidías montar un puesto de trastos viejos.
Lo último que iban a tolerar era un asesinato sin resolver.
Si no encontraban y condenaban al culpable, los poderosos y obstinados habitantes de la zona pondrían en entredicho la competencia de las autoridades de un modo tan ruidoso como recalcitrante.
En un lugar como ese, la única posibilidad de que el asesino escapara era encasquetándole el crimen a otra persona…
Eso explicaría que hubiera dejado atrás los casquillos.
Por supuesto, podía tratarse de un descuido de aficionado o de una escenificación obra de un asesino astuto.
En este último caso, la persona que disparó tendría que colocar el arma en algún lugar donde la policía la encontrara…
Por ejemplo, en casa de alguien que pudiera tener un motivo para matar.
Así, los policías tendrían un culpable y el asesino se iría de rositas.
Seguí combinando distintas variantes de esta teoría cuando tomé la curva para entrar en el sombreado camino de acceso de El Cafetín.