Capítulo cinco #4
Pero yo aún no estaba satisfecha. Marjorie Bright estaba merodeando por la finca de David y fumaba con nerviosismo, se notaba que no iba de camino a su casa después de un paseo por la playa.
Algo le pasaba, seguro, algo malo. Y, aunque no sabía cuánto tiempo llevaba allí, intuía que quería hacerle daño a David.
—¿Y qué hay de las aletas? —discutí—. ¿Cómo explica la aparición de esas huellas a escasos veinte metros de los casquillos de bala la misma noche del asesinato?
—Señora, esta es una zona vacacional —dijo O’Rourke—. Las marcas de unas aletas en la arena no es que sean unas huellas dactilares ensangrentadas en la culata de un rifle.
—Pero me baño en esa playa a diario y nunca había visto unas huellas como esas.
O’Rourke se cruzó de brazos.
—Y entonces, ¿cómo se lo explica?
—Es posible que Marjorie o cualquier otro enemigo de David contratara a alguien para que disparara. El asesino tenía un jefe.
—Anda, entonces habría dos asesinos —dijo O’Rourke—. El que disparó y el que pagó. —Miró a David—. ¿Qué le parece la teoría de la señora Cosí, señor Mintzer?
David, con cara de sorpresa, dejó de mirarme a mí para mirar al sargento.
—Madre mía, creo que es absurda. Ridícula —contestó.
Era mi turno de poner cara de sorpresa.
—¡David! Yo…
—No, Clare —me interrumpió, y se dirigió a mí—.
Lo siento, pero tengo que decirlo para evitar malentendidos.
—Hizo una pausa. Cuando volvió a hablar, su tono era comedido y eligió con cuidado las palabras—.
Nadie intenta matarme. Descarto por completo la idea de que yo fuera el objetivo.
Nadie me ha amenazado, no tengo enemigos mortales y no estoy implicado en ninguna actividad ilegal que pueda motivar la actuación de un asesino a sueldo profesional.
—David miró entonces a los policías—. Haré todo lo que esté en mi mano para colaborar en la investigación.
Mis empleados y yo estamos a su disposición para que nos interroguen si lo consideran ustedes oportuno.
—Necesitaré tomarles declaración a todos —dijo Melchior.
—También les facilitaré la lista de invitados de la fiesta de ayer.
—Bien —contestó O’Rourke—. Nos será muy útil.
—Lo único que les pediría es que no molestasen a mis invitados a menos que lo consideren absolutamente necesario. Dicho esto, quiero que hagan todo lo que esté en su mano para detener al responsable o los responsables de este horrible crimen.
—Entiendo, señor Mintzer —asintió O’Rourke—. Le prometo que actuaremos con toda la discreción.
—Gracias —dijo David—. Permítanme ahora que los acompañe arriba para darles mi versión de lo sucedido anoche.
Mientras hablaban, David acompañó, según supuse, a O’Rourke y a Melchior al cuarto de baño donde Treat había recibido el disparo. Desde los ventanales de la cocina vi que los agentes uniformados seguían inspeccionando las dunas. Al volverme, Madame estaba enfrente de mí.
—David lo ha negado todo con demasiada obstinación —comentó en voz baja.
—Y ha protestado mucho —añadí mientras me frotaba las sienes.
—¿Todavía crees que era el objetivo del asesino?
—Ahora más que antes.
David apareció media hora después. Me preparé para otro arrebato de indignación teñida de superioridad moral. Sin embargo, me agarró del brazo y me llevó hasta la mesa de la cocina.
—Oye, Clare. Siento haberme comportado así delante de las autoridades, pero tienes que entender cuál es mi posición.
Tal vez me hubiera humillado, pero no era estúpida.
—Te preocupa más el qué dirán que el hecho de que hayan intentado matarte, ¿es eso?
David suspiró.
—Por favor, Clare. Nadie ha intentado matarme.
Pero incluso en el caso de que alguien quisiera verme muerto, yo jamás lo admitiría en público.
Tengo muchos negocios, sociedades repartidas por todo el mundo.
Te aseguro que detesto la comparación, pero me pasa como a Martha Stewart: yo soy mis empresas.
Sin mí, no funcionan. No puedo permitirme que nadie, ni mis socios, ni mis colaboradores, ni mis inversores, ni mis clientes, piensen que estoy implicado en algún asunto tan turbio como para que intenten asesinarme.
Están en juego millones de dólares y el medio de vida de miles de empleados. Tengo responsabilidades.
Por poco intervengo, pero me decanté por morderme el labio y asentir.
—Entiendo.
David se dejó caer en una silla frente a la mesa.
—En cualquier caso, está claro que hay algunos fallos en el sistema de seguridad de mi casa…
—¿No te lo dije el día en que vine?
—Sí que me lo dijiste. En eso tenías razón, Clare.
—Es hora de que instales una buena alarma —le dije—, iluminación exterior…
—Llamaré en cuanto la policía se marche.
—Y no solo alarmas y detectores de movimiento, ¿eh?
—insistí—. Guardas de seguridad de verdad las veinticuatro horas del día.
No hace falta que contrates a exagentes del Mossad como Spielberg, pero, por Dios, aunque sea unos Pinkerton, al menos hasta que se resuelva el asesinato de Treat y atrapen al asesino.
David sonrió.
—Muy bien, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que te quites de la cabeza eso de que yo era el objetivo.
Al cabo de un momento, asentí.
—De acuerdo. Olvidado.
—Bien. —David se levantó—. Vuelvo con esos detectives antes de que terminen de estropear mi baño de mármol italiano importado.