Capítulo cinco #3
—Encontrar el arma no tiene nada de sencillo, señora Cosí, créame. Pero una vez que aparece, la fiscalía suele contar con todo lo necesario para establecer la condena. ¿Me sigue?
—Sí, sargento. Le sigo. Me detuve. Acabábamos de llegar al punto exacto. Ya no había ningún precinto alrededor de los matorrales. La tormenta se lo había llevado todo, lo cual no me sorprendió.
—Encontré los casquillos justo aquí —le expliqué al sargento mientras señalaba el lugar.
Con un gesto, los hombres de O’Rourke se dispersaron, sin duda en busca de más pistas.
—No hay restos de huellas —apuntó el hombre mientras miraba a su alrededor.
—Las huellas de las que le he hablado no estaban aquí —lo corregí—, sino unos veinte metros más abajo. Pero estoy segura de que la tormenta y la marea las habrán borrado.
—Puede ser. Veamos qué encuentran los demás —contestó.
Diez minutos más tarde, el detective Melchior se acercó con sigilo. Era treinta centímetros más alto que O’Rourke y diez años más joven. Tan delgado que parecía consumido, Melchior tenía la barbilla prominente y partida, y la cabeza demasiado grande para un cuerpo tan esquelético.
—Qué línea de tiro tan buena tenemos desde aquí —observó el detective y señaló la ventana del baño de David, que se veía a la perfección a unos cuarenta metros de distancia.
O’Rourke entrecerró los ojos bajo el brillo del sol.
—¿Y dice que vio huellas, señora Cosí? ¿De zapatos grandes o pequeños? ¿O eran de pies descalzos?
—Bueno, en realidad… —contesté—. Creo que eran de pies palmeados.
—¿De pies palmeados? —repitió O’Rourke un poco por sorpresa. Asentí—. ¿A qué se refiere? ¿Como las huellas de un pato?
Al instante lamenté haberme explicado tan mal.
—Como las de unas aletas de buceo —lo corregí—. ¿Sabe usted cuáles son las aletas palmeadas esas que llevan los buzos?
O’Rourke intercambió con su compañero una mirada indescifrable.
—Se las puedo dibujar si quiere —me apresuré a sugerir—. Aquí, en la arena.
—Buena idea —dijo O’Rourke.
Me puse manos a la obra y, acuclillada, recreé en la arena las huellas que había encontrado.
Los agentes no tardaron en rodearme para ver mejor.
Concentrada y absorta, traté de recordar la imagen.
¿Tenían tres dedos o cuatro? ¿De qué tamaño eran exactamente?
¿Y a qué distancia estaban unas de otras?
Tracé varias marcas en la arena, las borré y volví a comenzar.
A mitad, levanté la vista y vi que los policías estaban aguantando la risa.
—Parece que hemos encontrado al culpable —bromeó el sargento O’Rourke y cruzó los grandes brazos sobre el fuerte pecho—. El monstruo de la Laguna Negra.
Todos se echaron a reír. Incluso el policía joven, que era tan educado y que me había traído el albornoz, no pudo reprimir la risa. Me levanté, aunque mi altura no fuera demasiada.
—No sé qué gracia tiene una pista que podría ser útil —solté.
—Ninguna, señora —dijo el detective Melchior, que se apresuró a intervenir para templar gaitas—.
¿Por qué no me acompaña a la casa? Tal vez pueda facilitarme una lista de todos los empleados que trabajaban con el señor Mazzelli y de las personas que hablaron con él anoche.
Quizá así estrechemos el cerco a la vieja usanza y averigüemos si alguien tenía algún conflicto con la víctima.
—Justo esa es la cuestión —dije con los brazos en jarra—. Treat Mazzelli no era el objetivo. Creo que el asesino pretendía matar a David Mintzer.
O’Rourke y Melchior volvieron a cruzar la mirada. Esta vez no me dio la impresión de que mi comentario les hiciera ninguna gracia.
—Señora, si sabe algo más, es importante que nos lo cuente —contestó O’Rourke.
—Estoy de acuerdo.
Al cabo de unos minutos, llegamos a la cocina.
David ya se había levantado y parecía totalmente restablecido.
Se notaba que había dormido bien. Tenía buen color, un bronceado intenso que contrastaba con la blancura de sus dientes y, como siempre, vestía de manera impecable: pantalones marfil a medida, camisa verde oliva claro y sandalias italianas de piel.
Con una sonrisa, le estrechó la mano al sargento O’Rourke.
—¿Café? Es una mezcla muy especial, realmente deliciosa. Por favor, sírvanse. —David señaló.
Por detrás de él, Alberta Gurt había preparado la mesa con una gran cafetera de Porche Estival, tazas y una cesta de cruasanes calientes junto a un cuenco rebosante de fresas. Madame también merodeaba por allí y vi que se asomaba por una esquina como quien no quiere pegar la oreja.
Sin más preámbulo, el sargento O’Rourke declaró:
—Señor Mintzer, la señora Cosi nos ha indicado que, en realidad, el asesino iba a por usted. Ella considera que el asesinato de Mazzelli ha sido fruto de un error de identidad. —O’Rourke desvió la mirada gris clara hacia mí—. ¿Le importaría desarrollar ese argumento, señora?
—Tiene todo el sentido —comencé a repetir lo que le había explicado una hora antes a Madame—.
David abandonó la fiesta antes de los fuegos artificiales y se marchó a su dormitorio porque tenía migraña.
Cualquiera habría pensado que era él quien entró al baño, no Treat.
Ambos eran, más o menos, de la misma estatura.
Los dos tenían el pelo corto y negro, y llevaban los mismos pantalones caqui y camisa de manga corta, sin remeter por dentro del pantalón, de un color rosa casi idéntico.
—Entonces, ¿está acusando a alguno de los invitados de la fiesta? ¿A alguno de los socios comerciales del señor Mintzer, quizá? —apuntó el detective Melchior.
—¡Dios santo! —exclamó David, con indignación.
—Un momento, señor Mintzer —dijo O’Rourke—. Queremos oír todo lo que la señora Cosi tenga que decir.
—Gracias —dije con alivio al ver que el pitorreo causado por las aletas se había convertido en respeto—. ¿Recuerdan las huellas que encontré entre las dunas?
O’Rourke frunció el ceño con descontento.
—¿Los pies palmeados del «monstruo»?
—Dios santo —repitió David.
—De alguien con aletas —me apresuré a corregir—. Creo que esas huellas eran del asesino.
Melchior se rascó la barbilla.
—Un momento, señora Cosi. Pensábamos que sabía algo más concreto, una amenaza o algo por el estilo.
—Bueno… Me encontré con Marjorie Bright en los alrededores de la casa después de que la fiesta acabara. Y amenazó a David.
—¿Cómo que lo amenazó? —preguntó Melchior—. ¿Qué dijo exactamente?
—Dijo: «Dígale a David que no voy a retirar la denuncia».
David resopló.
O’Rourke se volvió hacia él.
—¿No le parece raro, señor Mintzer?
—¿Una denuncia? ¿En este pueblo? ¡Par faaavar!
No sé si habrá en los Hamptons un pasatiempo más habitual que el de denunciar a tus vecinos.
Para la gente de aquí, la sala del juzgado es como la sala de un club social.
Verá, la señora Bright emprendió acciones legales contra mí por la altura de mis árboles, y tengo asumido que sus abogados y los míos se pasarán una temporadita coqueteando antes de que nuestros problemas se resuelvan.
—Pero, David, ¿qué hacía esa mujer en tu jardín? —pregunté—. ¿No te parece sospechoso?
—Cuando construí en este terreno, Marjorie Bright perdió el acceso directo a la playa —contestó David con un encogimiento de hombros—. A lo mejor solo venía de dar un paseo por la playa. No creo que sea para tanto.
—Si estaba en la playa anoche, tenemos que interrogarla —le dijo O’Rourke a su compañero.
Melchior asintió.
—Tomaré nota.