Un asesinato muy espumoso Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

—¿Cómo está mi preciosa Joy? —preguntó Matt con una sonrisa patente en la voz, como siempre que hablaba de su pequeña.

Miré el reloj digital del microondas: las siete y dos minutos de la mañana.

—Pues imagino que seguirá dormida.

—No la despiertes. Intentaré veros a las dos antes de marcharme a Centroamérica. Dale un beso de mi parte a Joy y dile que nos veremos pronto. Ah, dile también que le he comprado un regalo. Vaya, acaba de llegar el taxi. Tengo que colgar.

Se cortó. Le pasé a Madame su teléfono y agarré la taza caliente con ambas manos.

—¿Crees que Matteo sospecha algo? —preguntó Madame.

—¿Si sospecha? ¿Qué tiene que sospechar?

—Que empieza el juego.

—Madame, por favor, esto no es un juego. No voy a participar en esta investigación más allá de lo que descubrí anoche. Dejaré que la policía se haga cargo. Y deja ya de imitar a Arthur Conan Doyle. Creo que pasas demasiado tiempo con el doctor McTavish.

(Madame llevaba un tiempo saliendo con un eminente oncólogo del hospital St. Vincent, un galán escocés que no tenía nada que envidiarle a Sean Connery).

—Clare, te aseguro que Gary y yo no leemos novelas de Sherlock Holmes cuando estamos juntos —resopló—. Y no me cambies de tema.

Suspiré.

—Oye, puede que intente husmear un poco, pero será solo para asegurarme de que David instala un sistema de seguridad como Dios manda.

—Claro, claro —dijo Madame en un tono que sonaba más a un «a mí no me engañas».

—Además —continué—, tú ya tuviste una oportunidad de jugar a los detectives. No olvides que me ayudaste a absolver a Tucker de la acusación de asesinato.

—¡Bah! —respondió Madame—. Estaba tan preocupada por nuestro querido Tucker que apenas disfruté de la experiencia. Pero esta vez es diferente. Siento muchísimo lo de ese pobre chico, pero apenas conocía al señor Treat Mazarrati…

—Mazzelli. Treat Mazzelli.

—¿Lo ves? Ni siquiera sé pronunciar su apellido. Sin una implicación personal en el crimen, tengo la libertad de ser objetiva en la investigación. Solo necesito ponerme la gorra cervadora imaginaria y…

—Lo que pasa… —interrumpí—. Lo que pasa es que no creo que Treat Mazzelli fuera el verdadero objetivo. Creo que el asesino iba detrás de David.

Madame se detuvo a sopesar mis palabras.

—¿Se equivocó de persona?

Asentí.

—Le dispararon en el baño privado de David.

—Pero si se llevan veinte años… ¿Cómo los confundió?

—¿De verdad crees que desde lejos se apreciaba tanto la diferencia?

Madame se dio un golpecito en la barbilla.

—Sí…, sí, entiendo lo que dices. Los dos tienen más o menos la misma altura, el mismo color de pelo…

—Y la ropa.

Madame sacudió la cabeza.

—Eso sí que no. Aunque ambos llevaran pantalones caqui, la camisa de David era una Ralph Lauren de lino. ¿Cómo vas a comparar esa calidad con la del polo de El Cafetín que llevaba Treat?

—El diseño es incomparable, no lo dudo, pero ambas prendas eran de manga corta, igual de holgadas y ninguno de los dos llevaba el bajo remetido por el pantalón. Y el color era parecidísimo.

—Sí, querida, claro, tienes razón. Todo esto se te da muy bien…

—Gracias.

—Razón de más para que sigas investigando y dejes que te ayude —replicó Madame con determinación.

—Madame…

—Así aprendería de ti. Además, si el verdadero objetivo era David, lo menos que puedo hacer es ayudar a nuestro anfitrión en un momento de necesidad. ¡No soy de las que abandonan el barco cuando el capitán más me necesita!

—Tú ganas. —Le di un sorbo a la taza de porcelana y la dejé sobre el platillo a juego—. Quédate si quieres. Pero dentro de una hora o así hablaré con…

—¿Joy?

—¿Cómo? ¿Ahora me lees la mente o qué?

—Joy ya se ha ido —me advirtió Madame—. Salió tempranísimo para aprovechar el viento del amanecer.

—¿Cómo dices?

—Se ha ido a hacer kitesurf con el camarero de anoche. Graydon, creo que se llama.

—¿Graydon Faas? —Madame asintió—. ¿Joy se ha ido con Graydon? —Me costaba asimilar ese giro inesperado de los acontecimientos.

Madame volvió a asentir.

—Como sabes, nuestras habitaciones están conectadas.

He oído que se levantaba temprano y que hablaba con él por teléfono.

Le he preparado el café antes de que el chico pitara delante de la casa.

No sé dónde vamos a ir a parar… ¿Ahora los chicos se limitan a tocar el claxon para recoger a la chica con la que tienen una cita?

—Una cita, ¿eh? ¿Y qué has dicho que van a hacer? ¿Kitesurf? ¿Sabemos qué es eso exactamente?

—En realidad, Clare, sabemos qué no es —me informó Madame sin alterarse—.

No es surf normal. Ni windsurf . Y tampoco es volar cometas, aunque kite sea cometa en inglés.

Es una fusión de los tres deportes. Consiste en deslizarse por las olas gracias a una cometa impulsada por el viento. —Madame suspiró—. Suena maravilloso.

Sacudí la cabeza.

—¿Cómo te enteras de esas cosas?

—Ah, manteniendo la boca cerrada y las orejas abiertas. Se aprende mucho dentro de la clase ociosa, querida; sobre todo se aprende de ocio. Y, si te soy sincera, muchos de los que la integran no sirven para otra cosa.

Me levanté y apuré la taza.

—Pues ya que hablamos de ocio, me voy a nadar. Ahora sí que lo necesito.

Fuera, el viento había secado la lluvia de la noche anterior casi por completo, pero el ambiente seguía húmedo y salobre. Crucé el césped a chancletazos hasta alcanzar los guijarros y luego la playa, donde me descalcé para permitir que la arena húmeda y blanca se me colara entre los dedos.

La luz del sol centelleaba sobre las aguas verde azuladas. Llegué hasta la orilla, solté las chanclas de goma y la toalla que llevaba colgada del cuello, me quité el albornoz y me adentré en el mar.

El agua helada me provocó una fuerte impresión al principio, pero enseguida me acostumbré a su temperatura. Nadé un poco para estirar las extremidades. Luego, floté bocarriba para dejar que las olas del Atlántico me aliviaran el leve pero aún palpitante dolor de cabeza.

El frescor de las olas y la calidez del sol hicieron su magia y me imaginé que, amarrada a una cometa, me deslizaba sobre el oleaje, tan ligera como una corriente marina.

Me pregunté qué estaría haciendo Mike Quinn en ese momento e intenté imaginarme al detective, tan larguirucho y ancho de hombros, subido en una tabla de surf, con el torso desnudo y el pelo de color rubio arena peinado hacia atrás, con la piel pálida ahora bronceada, con el gesto siempre cansado, exhausto, ahora rejuvenecido por la brisa del mar.

Apenas se formó esa imagen agradable en mi cabeza, un anuncio atronador resonó por encima de las olas.

—Le habla la policía del condado de Suffolk —anunció la voz amplificada—. Salga del agua, necesitamos hablar con usted.

Me pegó tal susto que de repente dejé de flotar.

Mientras me hundía, abrí la boca como un pez y tragué agua al tiempo que trataba de darme la vuelta.

Sacudiendo los brazos, emergí de nuevo, jadeante.

A lo lejos divisé a tres policías que caminaban por la playa privada de David.

Un cuarto hombre —el más corpulento— llevaba traje y chaqueta y permanecía de pie con un megáfono en la mano.

—¡Ya voy! —grité.

Sin estar muy segura de que el hombre me hubiera oído, nadé hacia la orilla, consciente de que mi albornoz, mi toalla y mis chanclas estaban, como mínimo, a veinte metros del grupo de policías.

Al cabo de un momento, salí del agua. Mientras caminaba por la arena, una corriente de aire frío me puso la piel de gallina.

Reprimí un escalofrío y me acerqué al más corpulento.

—¿Es usted la señora Cosi? —preguntó, ya sin ayuda del megáfono.

Asentí.

—Clare Cosí.

—Soy el sargento Roy O’Rourke, estoy investigando el asesinato de anoche. ¿Fue usted quien encontró los casquillos de bala? Eso me ha dicho la señora mayor que nos ha recibido en la casa.

Su voz resultaba sorprendentemente aguda, casi chillona para un hombre tan grandullón. El sargento O’Rourke me miró con unos ojos grises apagados que hacían juego con su escaso pelo. También tenía la tez grisácea, resistente al bronceado pese al sol y el mar.

—Sí, fui yo quien los encontró —tartamudeé, convencida de que se me estaban poniendo los labios morados.

—Aquí tiene, señora.

Un policía joven, poco mayor que mi hija, me traía el albornoz.

Lo acepté con un gesto de agradecimiento y me lo puse sobre el cuerpo empapado.

O’Rourke, impasible, esperó. Por detrás de él, otro hombre cruzó la playa.

Este tampoco llevaba uniforme, sino un traje gris y una corbata de rayas azules casi idénticos a los de O’Rourke.

—Este es mi compañero, el detective Melchior. Va a interrogar a los testigos y a establecer la cronología mientras yo examino las pruebas físicas.

—La policía local ya se llevó los casquillos anoche… —Comencé a decir.

—Lo sé, señora Cosi —me interrumpió O’Rourke—. Me gustaría ver el lugar exacto donde los encontró.

—Por supuesto.

Recorrimos la extensión plana de arena hasta llegar a la duna, donde le hablé al sargento de las huellas que más tarde, cuando volví acompañada de la policía bajo la tormenta, no fui capaz de localizar.

—No se preocupe. Si hay huellas, las encontraremos.

Estoy segura de que Roy O’Rourke pretendía parecer competente y tranquilizador, pero a mí me dio la impresión de que estaba cansado, hasta el gorro de la rutina. Me pregunté de dónde le vendría ese aire tan hastiado. Entonces, me acordé de Quinn y saqué mis propias conclusiones.

—¿Por casualidad ha estado usted en el Departamento de Policía de Nueva York, sargento?

El hombre asintió ligeramente con la cabeza.

—Veinte años —contestó—. Trabajé en Homicidios, en el sur de Brooklyn, en Washington Heights y en el Bronx. Sobre todo violencia relacionada con bandas y droga.

—Esas zonas son complicadas.

—He resuelto unos cuantos asesinatos, señora, por si tiene alguna duda.

—Solo me preguntaba… ¿Los casos de aquí son distintos de los de la ciudad?

—Cada caso es un mundo, pero el trabajo es el mismo. Si encuentras el arma, al final das con el asesino.

Puse cara de incredulidad.

—¿Así de sencillo?

O’Rourke suspiró.