Capítulo cinco
CAPÍTULO CINCO
D ebí de quedarme dormida en algún momento de la noche, porque cuando abrí los ojos el sol ya se colaba entre las cortinas.
Me levanté de la cama con el leve palpitar de un dolor de cabeza, sin duda causado por la estrechez y la falta de ventilación de mi cuarto, y abrí las dos grandes ventanas.
Una corriente de aire entró, sacudió los visillos de color azafrán y refrescó, con la energía de la sal marina, el aire viciado.
Fuera, la tormenta había pasado, el sol brillaba y el cielo, casi sin nubes, parecía el cuadro azul cerúleo de un pintor.
La lluvia había limpiado el aire y las olas, antes negras y frenéticas, se habían convertido en un mar tranquilo que acariciaba la orilla con suavidad.
De hecho, la mañana era tan encantadora que casi olvidé que habían disparado a un hombre en la otra punta de la casa. Casi.
Antes de que pasara otra noche, decidí convencer a Joy y a Madame para marcharnos de esa casa, aunque sabía que no iba a ser una tarea fácil.
Llevaba veinte años enfrentándome a uno de los miembros de la familia Allegro, un hombre cabezota como él solo, y sabía que dos generaciones de mujeres Allegro unidas eran capaces de infligirme una derrota contundente.
Resolví que sería mejor abordar a Joy y a Madame por separado. Después de aquel absurdo desencuentro con mi hija debido al número de teléfono de un actor, lo más sensato me pareció darle algo de tiempo para que se calmara.
La primera, por tanto, sería mi exsuegra, pero hablaría con ella después de mi baño matutino, con el que esperaba aliviar el dolor de cabeza y tomar fuerzas para la inevitable discusión.
Me cepillé el pelo y me puse el bañador rojo, una prenda práctica que parecía sacada de Los vigilantes de la playa .
Por supuesto, mi pecho no era ni de lejos tan monumental como el de Pamela Anderson, aunque sí lo bastante voluminoso como para sentirme cohibida con cualquier cosa que no tuviese aros.
Además, después del incidente del jacuzzi de hacía diez años en aquella horrible casa compartida, había eliminado para siempre los biquinis de mi armario.
Me envolví en uno de los gruesos albornoces que David proporcionaba a todos sus huéspedes (pertenecientes a una de sus colecciones de productos para spa ) y, con un par de chanclas de goma de aire indudablemente retro, me dispuse a salir.
A mitad de la escalera trasera, percibí un aroma tentador.
Con solo olerlo, supe que alguien había preparado Porche Estival, una mezcla de temporada que yo misma había inventado hacía un mes para presentar nuestro café Bugisu de las cataratas Sipi, el último hallazgo sorprendente de Matteo en el monte Elgon de Uganda.
Su aroma embriagador era demasiado atrayente como para pasar de largo, así que me dirigí hacia la cocina como un zombi de película de George A. Romero.
El monte Elgon es una de las cumbres más elevadas de África, un terreno escarpado y traicionero cubierto de bosque denso.
Según Matteo, las carreteras allí eran menos frecuentes que los caminos de tierra, que a menudo desaparecían durante las temporadas de lluvias con el desbordamiento de los cauces.
Sin embargo, los miembros de la tribu bagisu que vivían cerca de las cataratas Sipi se habían convertido en expertos cultivadores de café y contaban con un método infalible para transportar el grano pese a los problemas de accesibilidad.
No, no usaban todoterrenos. Usaban burros.
—Buenos días, querida —dijo Madame, con los ojos cargados de energía a pesar de la hora.
Esa mañana llevaba el pelo plateado suelto y peinado con elegancia al estilo paje. Su figura, recta y distinguida, estaba envuelta en un albornoz blanco idéntico al mío. Me ofreció una taza de Porche Estival recién hecho que acepté con un gesto de aprobación y un gruñido.
—Tómatelo —me aconsejó Madame—. Es la segunda cafetera que preparo. Después de unos cuantos de esos, te garantizo que se te levantará el ánimo.
Mi droga favorita para alterar el estado de ánimo , pensé mientras arrastraba los pies hasta la mesa de la cocina y me dejaba caer en la silla con un suspiro de cansancio. Aunque al menos es legal .
Con los ojos aún somnolientos, me pregunté por qué habría elegido Madame la mezcla de Porche Estival.
Yo había llevado veinte tipos de café distintos a la cocina de David, la misma selección que había incluido en el menú degustación y en el maridaje de postres de El Cafetín.
Sin embargo, cuando vi lo que Madame había colocado en el centro de la mesa, me ahorré la pregunta.
Dentro de un cuenco Waterford, como una deliciosa montaña de rubíes, se amontonaban las fresas de la noche anterior.
El ligero toque a fresa final del Cataratas de Sipi era insólito y sorprendente.
Teniendo en cuenta que el Sipi era el café estrella de la mezcla, el Porche Estival acompañaba a la perfección aquella fruta fresca de Long Island.
Bebí el café solo y dejé que los sabores me inundaran como las cálidas aguas de un jacuzzi .
Un catador de café entrena la lengua y la nariz para detectar los matices más sutiles de cada sabor.
Tras los aromas a jazmín y a té del Cataratas de Sipi, se percibían notas de carambola, pera y cereza roja.
Lo había tostado ligeramente para resaltar el sabor a fresa (un tueste más oscuro aportaba una especie de regusto a té negro).
El café resultaba dulce al paladar; además, había equilibrado la mezcla para que los defectos del Cataratas de Sipi no se apreciaran en el perfil de sabor.
El problema con ese café único ugandés era que, a diferencia de sus vecinos de África oriental, carecía de acidez.
En el mundo del café, la acidez no es algo negativo. En realidad, se refiere a una especie de brillo, de intensidad agradable en la boca. Si no aparece en el perfil de sabor, el café resulta insípido.
Los tres elementos de una buena mezcla son la acidez, el aroma y el cuerpo; por ello, había contrarrestado la baja acidez del Cataratas de Sipi mezclándolo con café Kenia AA y, para aumentar su cuerpo, había añadido un grano costarricense.
Pese a todo, el Cataratas de Sipi era la estrella del trío con sus deliciosas notas aromáticas.
Tomé otro sorbo y suspiré. A medida que se enfriaba, la intensidad rústica iba a más en lugar de disminuir. Alcancé una fresa, le di un bocado y bebí un poco más de café. El sabor a fresa del café se potenció mil veces y prácticamente explotó en mi boca.
Sin duda era un café alegre y edificante con el que levantarse, una mañana luminosa y campestre dentro de una taza, un café para alejar los malos sueños.
—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Madame con una sonrisa divertida al presenciar mi evidente regreso de entre los muertos.
—Voy a nadar en el mar —contesté mientras ella deslizaba un platillo de porcelana debajo de mi taza—. Después iré a ver cómo está David. Y luego, te ayudaré a hacer las maletas y te llevaré a la estación de tren.
—De eso nada, querida —dijo Madame.
—Pero…
—Ni peros ni peras. No me voy —declaró Madame, con un regio gesto de la mano.
—Pero… —Volví a intentarlo.
—Tómate eso, Clare. Será mejor que disfrutes del café que tu marido…
—Mi exmarido.
—Del café que Matteo ha descubierto, porque estás muy equivocada si crees que voy a volver a la ciudad para dejar que juegues a los detectives tú sola.
Abrí la boca para contestar, pero me interrumpió una sucesión de notas musicales electrónicas, un fragmento de Vivaldi. Madame se metió la mano en el voluminoso bolsillo del albornoz y sacó el teléfono móvil.
—¡Matteo! ¡Ya has llegado! —exclamó al contestar.
—Hablando del rey de Roma —murmuré, y le di otro sorbo al café.
—Ah, no. Todo va bien, fenomenal —trinó Madame, a tono con la musiquilla del móvil, antes de cambiar de tema—. ¿Cómo te ha ido en California, chiquitín?
El último viaje de Matteo no había sido a una plantación de café del tercer mundo, sino a una serie de mecas comerciales del primero.
David Mintzer se había convertido en uno de los principales patrocinadores de la expansión del Village Blend mediante una serie de kioscos en boutiques de lujo y grandes almacenes de todo el mundo.
En esta ocasión, Matt había viajado a la Costa Oeste para supervisar la instalación de los kioscos Village Blend en el condado de Marin, en Rodeo Drive y en Palm Springs.
Madame habló durante unos minutos con su hijo mientras yo me terminaba el primer café y me servía el segundo.
—Sí, está aquí —dijo por fin Madame y me pasó el teléfono.
—Hola, Matt —lo saludé con un bostezo.
En los últimos tiempos, nuestra relación había mejorado bastante.
Nos gustara o no, estábamos atados como socios comerciales del Blend y como padres en la crianza de Joy.
Ser padre o madre, como a menudo le decía a Matt, no era solo un trabajo a tiempo completo, sino que también era un compromiso para toda la vida.
Como ser juez del Tribunal Supremo, pero con mucha menos influencia.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Matt bajando la voz—. Mi madre parece tensa.
—Va todo bien, fenomenal —canturreé yo también, como había hecho Madame. Casi noté los ojos de Matt entrecerrarse con gesto suspicaz.
—Bueno, vosotras sabréis —espetó por fin—. Solo os llamaba para deciros que estoy en el aeropuerto de La Guardia esperando un taxi. Voy directo al Blend para asegurarme de que todo está en orden.
Estupendo , pensé. Así Tucker contará con alguien más en la cafetería .
—Después, subiré al dúplex y me iré directo al sobre, que necesito recuperar horas de sueño. Estoy agotado, tengo un jet lag del copón.
Era mucho pedir que se quedara a trabajar, claro.
Tucker Burton era mi subencargado, el actor y autor de teatro en quien confiaba cada vez que me ausentaba. Tucker no necesitaba la ayuda de Matt para mantener en marcha la cafetería, pero habría sido un detalle que Matt se hubiera ofrecido a echar una mano.