Capítulo cuatro #3
De acuerdo, me dije, sienta bien dar con este tipo de hallazgos, hacerme la detective y que me salga bien la jugada.
Pero eso no significa que me alegre de la muerte de un chico.
Aparté de mi cabeza las palabras de Matt, así como mi subidón pasajero, e intenté calmarme para decidir qué hacer a continuación.
Si dejaba allí los casquillos, la tormenta cercana y la marea creciente podrían arrastrarlos. En cambio, si los tocaba, era posible que alterase alguna prueba crucial.
Eché otro vistazo a la mansión y no había rastro alguno de la policía, por lo que me decanté por una solución intermedia.
Busqué en el bolsillo de mi falda caqui y saqué un bálsamo labial y unas servilletas de cóctel sin usar.
Me guardé el bálsamo y utilicé las servilletas para recoger con cuidado uno de los casquillos, pero dejé los otros dos donde estaban.
Con el casquillo en una mano, usé la otra para mover la linterna a mi alrededor con movimientos cada vez más amplios.
Si el asesino había estado en esa duna, era de esperar que hubiera otras pistas.
Busqué pisadas, pero, si las hubo, el asesino las había borrado.
Me acerqué un poco más al agua y caminé en paralelo a la orilla.
A unos veinte metros había algo sobre la arena húmeda, algo que no eran huellas de pies, sino de aletas.
Unas aletas de buzo que se dirigían hacia el mar.
Iluminé el agua, pero no vi nada, solo olas negras. En ese momento eran altas y rompían en la orilla con la espuma de animales rabiosos. Hubo un relámpago y noté que me caían varias gotas en la cabeza. Con el siguiente trueno, me estremecí y cejé en mi empeño.
Eché a correr por la arena seca, por el césped, por la terraza de madera. Al cruzar la puerta acristalada de la mansión, rompió a llover y oí unas voces provenientes del vestíbulo delantero. Por fin había llegado la policía.
Había dos patrullas, cuatro agentes uniformados de la policía local. Todos eran amables y educados, pero estaba claro que su jornada había sido larga y parecían exhaustos.
El mayor de todos, un sargento, explicó los motivos de su tardanza: al otro lado del pueblo había ocurrido un aparatoso accidente de tráfico con varios heridos graves.
También habían tenido problemas para controlar a la multitud durante toda la noche y se habían desarrollado diversas peleas de borrachos y altercados que habían acabado con detenciones.
En consecuencia, todas las patrullas estaban ocupadas cuando recibieron mi llamada.
Tal y como David y Suzi predijeron, la locura del Cuatro de Julio había llevado al límite a los escasos efectivos policiales de la localidad.
—Los detectives del condado de Suffolk y el equipo forense se harán cargo de la investigación por la mañana —explicó el sargento Waters, un policía calvo de unos cuarenta años con la cara redonda y afable—. Nosotros nos ocuparemos de lo básico esta noche.
Cogió el casquillo que yo acababa de encontrar y lo guardó en una bolsa. Mientras su compañero nos tomaba declaración a David, a Madame, al personal de El Cafetín y a mí, el sargento Waters se marchó al baño para supervisar a los dos policías más jóvenes.
Tomaron fotos de Treat, colocaron cinta adhesiva alrededor del cadáver y, cuando llegó la ambulancia, ayudaron a los sanitarios a sacar el cuerpo. Por último, cerraron la puerta del baño, la precintaron con cinta policial y nos pidieron que no entráramos.
Cuando llevé al sargento y a los dos policías jóvenes a la parte trasera de la casa para mostrarles la duna donde había encontrado el casquillo, la tormenta ya azotaba con fuerza.
Los agentes llevaban ropa impermeable y yo intentaba sostener un paraguas endeble, una estampa bastante ridícula frente a aquel diluvio y aquel viento huracanado.
Les indiqué dónde se encontraban los otros dos casquillos y los oficiales los guardaron antes de barrer la duna con las linternas, tal y como había hecho yo antes.
—Por aquí no he encontrado nada más —grité por encima del estruendo de las olas—. Pero más allá hay huellas de aletas.
Señalé hacia la orilla e iluminé la arena para mostrarles las marcas que llegaban hasta el mar, pero entre la oscuridad, la lluvia y la marea cada vez más alta, no logré encontrarlas.
Con paciencia, el sargento me observó durante varios minutos mientras yo sacudía la linterna, hasta que dio por zanjado el asunto:
—¡Señora, le agradeceríamos que volviera al interior de la casa! —gritó—. Es probable que las huellas que vio ya se hayan borrado.
Mientras los agentes trataban de acordonar la duna bajo la lluvia, yo volví a la mansión con el aspecto de una rata ahogada. Madame me secó con una toalla en la cocina.
—¿Dónde están todos? —pregunté.
—Los empleados prestaron declaración y se marcharon. Joy se fue a su habitación y David está en el dormitorio principal, metiendo algunas cosas en una bolsa de deporte, para venirse con nosotras al ala de invitados.
—¡Ni por asomo pienso dormir al lado de ese baño! —nos dijo David al bajar—. ¡Al menos, hasta que limpien la sangre!
A decir verdad, me alegraba tener un hombre cerca, aunque este no fuera precisamente Braveheart.