Un asesinato muy espumoso Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

A efectos identificativos, su frase no era demasiado esclarecedora.

Lo que más valoraban los residentes de East Hampton era la privacidad.

Eran muy reservados y, desde mi llegada, hacía seis semanas, ningún «vecino» había entrado nunca en la propiedad de David.

Sin embargo, la mujer me resultaba familiar y, por no dejar a David en mal lugar, decidí no ofenderla sin necesidad.

—Perdone, pero… ¿qué vecina? —pregunté con aire inocente.

—La del otro lado de la calle —dijo con un suspiro de «qué tía más pesada».

Fue entonces cuando caí en la cuenta. Se trataba de Marjorie Bright, la nieta de Elmer Bright, el fundador de Detergentes Bright.

La heredera había estado en El Cafetín varias veces.

David me había explicado quién era y se había sorprendido al verla en su restaurante, ya que no se llevaban «especialmente bien».

Cuando le pregunté a David qué quería decir con eso, me contestó:

—Bueno, diría que, aunque aún no hayamos alcanzado el nivel de Hitler y Churchill, ahora mismo somos como Reagan y Gorbachov.

Según David, Marjorie siempre había disfrutado de unas amplias vistas al mar desde su finca, que era grande y antigua.

Durante casi dos décadas, todos los proyectos de decoración y de entretenimiento habían girado en torno a la espectacular panorámica de la segunda planta.

Había construido incluso una galería para apreciarla.

Pero David Mintzer lo había destrozado todo al plantar delante los robles gigantes y los sauces llorones centenarios.

Ella le pidió que quitara los árboles. Él se negó.

Ella se quejó a la junta local de demarcación, cuyos miembros, en su mayoría, eran clientes habituales (y satisfechos) de El Cafetín. La junta apoyó a David.

Ella le ofreció dinero. Él lo rechazó.

Estaba claro que esa mujer estaba en guerra con mi amigo. Crucé los brazos y entrecerré los ojos, desechando cualquier intención de ser amable, mientras le preguntaba con frialdad:

—¿Qué hace aquí, señora Bright?

Su sonrisa de superioridad desapareció. Ahora que su actitud altiva había dejado de intimidarme, parecía menos segura de sí misma. Con una teatral calada al cigarrillo, pareció querer ganar tiempo para pensar. Por fin, soltó un largo y blanco penacho de humo que el viento desintegró al instante.

—Dígale a David que no voy a retirar la denuncia —respondió por fin.

Antes de que me diera tiempo a preguntar algo más, giró sobre los náuticos y se marchó en dirección a su casa. Su silueta vestida de negro desapareció en la cada vez más espesa oscuridad.

En ese momento tenía el pulso a mil por hora.

La presencia de Marjorie Bright resultaba tan espeluznante como sospechosa.

Me recordó a algo que el detective Quinn me había explicado: hay asesinos que disfrutan al ver los resultados de sus acciones, algo parecido a lo que sienten los pirómanos cuando se quedan para ser testigos de las sirenas, de la agitación, de la destrucción del fuego.

Empecé a darle vueltas a la idea. ¿Era eso lo que había hecho Marjorie? ¿Era ella quien había disparado? ¿O estaba vigilando a un cómplice? Obviamente, ella y David no eran amigos. Pero ¿sería la obstrucción de unas vistas al mar un motivo suficiente para dispararle a sangre fría a un vecino?

Antes de salir del garaje, estaba casi convencida de que el asesino se habría esfumado o habría desaparecido entre los asistentes a la fiesta en el momento en que Treat cayó muerto. Pero ya no estaba tan segura de eso. Y esa incertidumbre me sacaba de quicio.

Aun así, había salido con un claro objetivo en mente que aún no había cumplido, y detestaba la idea de que el miedo me lo impidiera. Así que apreté los dientes y seguí adelante.

Rodeé la terraza de cedro de la parte trasera de la casa y caminé por el césped hacia el mar.

Más o menos a mitad de camino, me di la vuelta y levanté la vista hacia la extensa mansión.

No me costó encontrar la ventana del dormitorio principal de David, a juego con los ventanales palladianos de la planta de abajo.

Junto a ella, divisé la ventana cuadrada de su baño.

Me coloqué justo enfrente del baño donde ahora yacía el cuerpo sin vida de Treat.

A continuación, me alejé de la casa de nuevo, mientras llevaba a cabo un barrido del césped con la linterna.

Donde acababa la hierba, un estrecho sendero de guijarros blancos marcaba el final del cuidadísimo jardín y el principio de la playa.

Pasé por encima de los guijarros y me adentré en la arena.

Al volver a mirar la mansión para revisar dónde me hallaba, reparé en que me había desviado de la línea de visión. Me moví unos dos metros y, de nuevo alineada con la ventana del baño de la segunda planta, volví a mirar hacia el agua… y, justo enfrente, vi una serie de dunas.

Subí la más cercana hasta alcanzar unos matorrales en la parte más alta.

Qué escondrijo tan bueno…, para alguien que quisiera espiar la casa de la playa de David.

Con las luces encendidas, todas las habitaciones de la casa quedaban a la vista. Desde allí se divisaba a la gente reunida en torno a la mesa de la cocina en la primera planta, así como las lámparas Tiffany del dormitorio de David en la segunda.

Comprendí que esa duna podía ser el lugar exacto desde donde habían disparado a Treat. Sin mover los pies, iluminé, palmo a palmo, los matorrales, la arena y las rocas grises dispersas.

A mis espaldas, el mar se había embravecido y las olas rompían con una fuerza perturbadora. Un trueno repentino y ensordecedor me detuvo el corazón. Di un respingo de sorpresa y la luz de la linterna iluminó la arena a un par de palmos de mí. Fue entonces cuando percibí el brillo de algo metálico.

Hice un nuevo barrido y me acerqué. La pálida luz iluminó tres cilindros de color latón tirados en la arena. Como no quería tocarlos, me agaché todo lo cerca de ellos que pude e inspiré. El olor a pólvora era inconfundible.

Casquillos.

Sabía muy poco de armas, de munición y de calibres, pero me di cuenta de que esos proyectiles eran largos, al menos cinco centímetros. Era evidente que no provenían de una pistola pequeña, sino de algo parecido a un rifle de caza para disparar desde lejos.

También me di cuenta de que esa era la prueba con la que la policía podría atrapar al asesino. Me costó contener la emoción y, en consecuencia, recordé la acusación de Matt sobre mi adicción al riesgo.