Capítulo cuatro
CAPÍTULO CUATRO
E ncendí la linterna Maglite y empecé a recorrer el perímetro del edificio mientras movía el haz blanquecino de luz de un lado a otro.
A esas horas de la noche, el camino que se extendía al final del acceso a la mansión estaba completamente a oscuras.
No había farolas ni faros de coches que lo iluminaran al pasar.
Nada más llegar como huésped, le había preguntado a David por la privacidad y la seguridad del entorno.
A diferencia de la mayoría de los residentes de la zona, él había decidido no colocar vallas ni setos alrededor de la propiedad, ni verja en la entrada.
Me dijo que no quería sentirse encerrado.
Pero sospeché que en el fondo era un hombre del espectáculo a quien le encantaba que la gente mirara embobada su propiedad, por mucho que él afirmara que se ubicaba en un lugar tan remoto que los turistas curiosos no suponían un gran problema.
(Está claro que un francotirador intruso era harina de otro costal).
Las puertas de la mansión contaban con un sistema de alarma, pero las ventanas no.
Y no había iluminación exterior, una decisión que en ese momento lamenté en el alma.
La oscuridad resultaba espeluznante, pero seguí avanzando.
La inminente tormenta había traído una capa de nubes espesas y una bruma flotante que dotaba a la noche de una especie de cerrazón.
La temperatura también había caído unos seis o siete grados centígrados, desde los veinticinco que habíamos tenido durante el día, y empecé a tiritar un poco bajo la falda caqui y el polo de manga corta.
Para ser del todo sincera, una parte de mi temblor se debía a la intranquilidad.
No me malinterpretes, no estaba asustada.
De haberlo estado, me habría quedado dentro, porque, créeme, no soy una temeraria, no como mi exmarido adicto a la adrenalina, que obtenía sus dosis con la escalada, el salto de acantilados y la exploración de los antros de mala muerte menos fiables del tercer mundo.
(Además de ser mi ex, Matteo era un astuto corredor de café que recorría los cafetales mundiales en busca del mejor grano.
También era el comprador del café que servíamos en el Village Blend y, en consecuencia, mi socio comercial.
Como ya he mencionado, además de volverse drogadicto durante nuestro matrimonio, también había sido un infiel compulsivo a quien le costó menos dejar la cocaína que la sucesión de «conquistas femeninas irrelevantes», como él mismo las llamaba, a la que estaba habituado.
Se suponía que esa «irrelevancia» era razón suficiente para que lo perdonara. No lo perdoné).
En cualquier caso, Matt me había acusado en fechas recientes de estar obsesionada con la famosa detective de ficción Nancy Drew.
Dijo que esa fijación respondía a un impulso de realización de deseos que yo arrastraba desde mi juventud por culpa de las novelas de misterio que había leído durante mis años de formación.
Aseguró que esos eran mis chutes de adrenalina.
Y quizá Matt tuviera razón. O quizá no. De lo que estaba segura, en todo caso, era de que, acertada o errónea, la decisión de salir a echar un vistazo había sido mía y solo mía.
Por eso no les había comunicado mis intenciones a David, Madame, Joy y el resto del equipo.
A esas alturas de la vida, ya estaba harta de dejar que las dudas, los miedos y las preocupaciones de los demás decidieran por mí.
Y, de todos modos, había una razón muy lógica para estar allí…
Y era que la policía no estaba.
Los truenos retumbaron de nuevo y sentí que la humedad impregnaba el aire. El olor a sal marina era fortísimo en ese momento. Me dirigía hacia la parte trasera de la mansión, pero se me ocurrió que no me vendría mal escudriñar el terreno a medida que avanzaba.
No estaba segura de qué pretendía ver con el haz de la linterna, cualquier cosa que resultara sospechosa antes de que la lluvia o el viento lo arrastraran o lo borraran.
Quizá algo fuera de lugar…, como una prenda de vestir o un objeto personal.
(Supongo que un rifle de caza abandonado era mucho pedir).
Al llegar al final de la fachada delantera, giré la esquina del ala sur y contemplé la enorme cantidad de trabajo invertido en el impresionante terreno, desde la topiaria de plantas bien crecidas y las flores esplendorosas hasta los árboles de sombra gigantes.
Según David, ninguna de esas plantas estaba ahí antes; pocos años atrás, allí solo había matorrales, hierbas y rocas.
En origen, ese terreno formaba parte de una finca más grande que dividieron en dos al morir su propietario. David compró esa parcela con un objetivo en mente: que su nuevo Otium cum Dignitate se pareciera a la casa que Stanford White le había dejado en herencia a su bisnieto.
Al parecer, esa era una de las últimas tendencias en los Hamptons: servirse de distintas artimañas para que una mansión recién construida pareciera una vieja reliquia familiar.
David se había decantado por el estilo shingle , muy popular en los Hamptons durante los últimos años, que estuvo muy de moda a finales del siglo XIX en Nueva Inglaterra.
A decir verdad, después de haber estudiado muy por encima los estilos históricos, desde el beaux arts al Bauhaus, me costaba creer que los arquitectos no se pegaran cabezazos contra la pared a causa de la frustración.
En lugar de darles la oportunidad de crear algo totalmente nuevo, los nuevos ricos de los Hamptons los obligaban a recuperar la idea de cubrirlo todo con tablillas, por tercera vez en tres siglos, solo que ahora en versiones mucho más grandes, una especie de déjà vu arquitectónico aumentado.
La iniciativa de David era exagerada, pero no insólita.
Una vez adquirida la propiedad, instalaron una carpa infiable para que la cuadrilla de trabajadores continuara con las obras durante los meses de invierno.
Solo la amplia terraza de dos niveles había costado medio millón de dólares, porque el estudio de arquitectura había contratado a un restaurador que recorrió todo el país en busca de tablones de cedro que estuvieran desgastados de manera uniforme, como los de una casa de playa cara «de toda la vida».
Para propiciar el crecimiento del musgo, habían untado los cimientos de piedra con una mezcla de yogur y suero de leche.
Habían frotado las tejas con un barro superfino, dragado de una bahía del estado de Maryland, para otorgarles un toque antiguo.
Y en primavera, importaron plantas adultas para crear un jardín que pareciera llevar plantado décadas.
Alrededor del edificio crearon topiarias de color verde intenso y plantaron hortensias azules y parterres de tulipanes color naranja tostado y carmesí.
Mediante un tipo de horticultura ultrarrápida de implantación, el jardinero colocó gruesas capas de hiedra inglesa en las fachadas laterales, de manera que, antes incluso de que la rueda delantera del Jaguar de David rozara el camino de acceso, la mansión ya parecía llevar ahí varias décadas.
Sin embargo, el verdadero motivo de orgullo para David eran sus árboles: robles y sicomoros del norte del estado y sauces llorones del sur de Jersey, todos ellos centenarios.
Los habían arrancado de sus emplazamientos originales y los habían transportado en enormes camiones de plataforma (con los cepellones envueltos para su posterior replantación) con el objetivo de proporcionar sombra instantánea en la parte delantera y en los laterales de la casa.
Según David, dos de los árboles más grandes, hacia los que me dirigía en ese momento, tenían unas raíces tan grandes que hubo que retirar una de las cabinas de peaje del puente George Washington para permitir el paso de los camiones que los transportaban.
Al final, eso no fue más que un añadido al precio multimillonario de la propiedad.
Resultaba difícil de entender tanto exceso para alguien como yo, que había pasado años de estrecheces económicas criando a mi hija y pagándole los estudios.
Por otro lado, sabía que David solo era astuto.
En su mundillo empresarial, no se trataba tanto de ponerse a la altura de los Jones, sino de relacionarse con los Hilton, los Trump y los Bloomberg.
David quería impresionar a directores ejecutivos, famosos y personalidades de los medios de comunicación, codearse con ellos, con el fin de impulsar sus propios proyectos y líneas de productos.
Mientras avanzaba por el ala sur del edificio, el viento arreció de golpe y me deshizo la coleta.
Me puse la linterna entre las rodillas para volver a recogerme el pelo.
Sin embargo, al acabar, la linterna se me cayó al suelo.
El haz de luz trazó una curva rápida y oí el crujido de unas ramitas a pocos metros de mí.
Me agaché de inmediato para recoger la linterna y apuntar con ella en la dirección del ruido. La luz tenue iluminó unos náuticos con suelas de goma y un par de pantalones pirata negros.
—¿Ha acabado ya la fiesta?
Las palabras sonaron iracundas en la oscuridad.
Levanté el haz de luz y vi a una mujer de más o menos mi edad vestida con una exquisita camisola negra y un chaleco de cachemir.
Tenía el pelo lacio y rubio peinado con raya en medio y un moderno corte a capas.
La mujer fumaba un cigarrillo y me miraba con desprecio, como una avispa en busca de un lugar donde clavar el aguijón.
—¿Quién… quién es usted? —Por un momento, me puse tan nerviosa que no pude evitar que me temblara la voz—. ¿Qué hace usted aquí?
—Yo podría preguntar lo mismo.
Durante al menos treinta segundos, doña Avispa y yo nos miramos en silencio. Al final, fui yo quien dio el brazo a torcer.
—Soy una invitada de David. Me llamo Clare Cosí.
—Encantada, cómo no —dijo, pese a que su tono decía lo contrario—. Soy la vecina de David.