Capítulo tres #3
—¿Dónde estará la policía? —expresé mi preocupación en voz alta.
David sacudió la cabeza.
—El Cuatro de Julio es el día del año más conflictivo en los Hamptons, y los efectivos policiales de la zona no son demasiado numerosos.
Suzi le dio la razón.
—Seguramente habrá problemas gordos por todas partes.
—El tráfico será infernal —añadió David—. Habrá accidentes, gente que conduzca bajo los efectos del alcohol, borrachos y alborotadores, además de unas cuantas peticiones de ambulancias.
—Supongo que, en ese caso, no somos la prioridad —aventuré—. Es decir, cuando me preguntaron cómo estaba Treat, les dije que estaba…, bueno, que ya no estaba.
Colleen se echó a llorar de nuevo.
Me levanté.
—Quedaos todos aquí.
—¿Adónde vas? —preguntó David.
—Voy a ver cómo está Alberta.
Era verdad, aunque no al cien por cien.
Crucé un arco que daba a un pasillo largo que a su vez terminaba en un amplio garaje. En medio estaban la lavandería y las dependencias de los empleados.
Dejé atrás la primera puerta, la de la habitación que compartían la cocinera y el mayordomo.
Sabía que estaba vacía. Kenneth y Daphne Plummer llevaban veinte años casados y más de seis trabajando para David.
Daphne era la cocinera y Kenneth, el mayordomo.
Durante el largo fin de semana del Cuatro de Julio, Daphne había viajado a Indiana para asistir a la boda de su sobrina y Kenneth estaba en la ciudad, ocupándose de algo relacionado con el mantenimiento de la casa adosada de David en el Greenwich Village.
Al llegar frente a la segunda puerta, llamé con los nudillos.
—¿Alberta?
El ama de llaves de cincuenta y siete años era la única empicada a la que David pidió de manera expresa que trabajara el fin de semana.
Sin embargo, como ella declinó la invitación a la fiesta, David le había dado la noche libre, a sabiendas de que nosotros, junto con el personal del restaurante y Madame, nos ocuparíamos de recoger y limpiar después.
Volví a llamar. Esta vez estuve segura de oír voces al otro lado, pero no supe si se trataba de dos personas que hablaban o de la televisión. A continuación sonó un movimiento apresurado y se abrió la puerta.
Las dependencias de Alberta Gurt consistían en un dormitorio, un salón y un baño privado.
David me lo comentó el primer día que estuve en la mansión.
Aunque en ese momento la puerta no estaba del todo abierta, vi que el dormitorio estaba cerrado y que una única luz tenue iluminaba el salón. El televisor estaba apagado.
—Alberta —dije—. Siento molestarte, pero ha ocurrido algo esta noche durante la fiesta.
—¿Sí? —dijo, y parpadeó—. ¿Qué ha pasado?
Alberta tenía los ojos azul claro y el pelo corto castaño salpicado de canas arreglado de tal modo que le enmarcaba el atractivo rostro.
Tenía la complexión de una mujer de mediana edad, ni delgada ni corpulenta, y en ese momento llevaba un camisón morado oscuro, brillo de labios rosa y unos pendientes de perlas.
Me resultó raro verla así. Estaba acostumbrada a su impecable uniforme de ama de llaves de pantalón azul celeste y blusón a juego.
Pero era su noche libre, así que muy bien por ella.
—¿Has visto u oído algo que te haya resultado inusual? —pregunté.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a algún sonido parecido a disparos.
—¿Los fuegos artificiales? Los he oído, claro. ¿Cómo no voy a oírlos?
—¿No has salido a verlos?
—Ah, no. Estaba viendo mi programa favorito y disfrutando de mi noche libre. Visto uno de esos espectáculos pirotécnicos, vistos todos —dijo mientras sacudía la mano con gesto desdeñoso. Me di cuenta de que llevaba anillos bonitos en los dedos.
Se hizo el silencio. Me pareció raro que no me preguntara por lo del disparo.
—Muy bien, Alberta. Gracias. Siento haberte molestado.
—No pasa nada, Clare.
Parecía impaciente por cerrar la puerta. Sin embargo, me apresuré a preguntar:
—¿Cuál es tu programa favorito, por cierto?
—¡Ah! Bueno, ya sabes, ese nuevo reality que todo el mundo ve ahora, Estrella americana .
Levanté una ceja.
—¿En serio? —Alberta no era exactamente el público objetivo para un programa como ese, en el que un grupo de cantantes jóvenes desconocidos actúan un día por semana para que el público los vote hasta que solo queda el ganador, quien se supone que será la nueva estrella del pop estadounidense.
—Claro que sí —contestó enseguida—. Ya sabes que los programas de búsqueda de talentos no son nuevos. Crecí con Ed Sullivan. ¿Algo más, Clare?
—No —contesté—. Buenas…
No llegué a pronuncia la palabra «noches» porque Alberta cerró con un apresurado «¡Buenas noches!».
Mientras los truenos seguían acercándose, cada vez más estrepitosos, alcancé la puerta del fondo del pasillo. Giré el pomo, me adentré en la oscuridad y encendí la luz.
En el garaje para diez coches de David había varias linternas. Agarré una y me dirigí con resolución hacia la puerta lateral. Era tarde, estaba oscuro y probablemente sería peligroso, pero quería echar un vistazo a los alrededores de la casa.