Un asesinato muy espumoso Capítulo tres #2
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Capítulo tres #2

Fui consciente de que aquello no había hecho más que empezar.

No era la primera vez que nos enfrentábamos. La única razón de que mi hija estuviera en esa casa era que yo me había propuesto actuar como una madre protectora.

Menos de un año antes, la había pillado consumiendo cocaína con sus amigos en el baño de una discoteca infame.

(Lo sé, lo sé. ¿Qué hacía yo en una discoteca infame?

Créeme, había una razón. Y cuando me topé con Joy, me insistió en que lo que ella hacía no era asunto mío, aunque yo no estuve de acuerdo).

Le pedí a su padre que hablara largo y tendido con ella.

Dios sabe que yo ya le había leído muchas veces la cartilla a mi hija en su época de instituto, pero ya era una mujer hecha y derecha que vivía con una compañera de piso de su edad.

Joy necesitaba conocer la verdad de buena tinta.

Matteo Allegro había estado enganchado a la droga durante nuestro matrimonio, y esa había sido precisamente una de las causas de que nuestra felicidad conyugal terminara, mucho antes incluso de que pusiéramos fin a nuestra unión de diez años.

(También fue la razón por la que empecé a sudar tinta, por seguir con la metáfora).

Matt sabía a la perfección lo que podía pasar cuando alguien creía controlar el consumo ocasional de droga: facultades mentales alteradas, despilfarro de dinero, pérdida de la confianza de tu entorno en ti, mentiras y daño a tus seres queridos.

En el caso de Matt, también había incluido el hábito de ponerme los cuernos, que en mi opinión era una adicción tan grave como la dependencia química y derivaba del mismo problema de «automedicación».

En cualquier caso, la «buena tinta» de Matt pareció dar resultado y Joy se centró en sus estudios culinarios durante el resto del año. Pero entonces, un buen día, justo antes de que empezara la primavera, apareció en el Village Blend con una revista local en la mano.

En ese momento, David Mintzer estaba sentado en la barra y leía el Wall Street Journal mientras tomaba un expreso doble. David ya me había pedido que trabajara con él, pero yo había rechazado su oferta.

—Trabajo para Madame —le había dicho con un encogimiento de hombros—. Me encanta dirigir el Blend y en el futuro seré copropietaria del negocio. No pretendo cambiar nada.

Pero cuando Joy irrumpió con sus «grandes planes para el verano», que incluían el alquiler ilegal de una propiedad en los Hamptons compartido con desconocidos, mi punto de vista cambió.

Joy había señalado cinco posibles alojamientos compartidos en la revista que traía en la mano.

Solo necesitaba que yo le prestara una «cantidad irrisoria» de dinero para pagar uno de ellos.

Yo sabía muy bien que las autoridades de los Hamptons habían establecido límites en el número de ocupantes de las casas de alquiler.

También sabía que cientos de empresarios se saltaban esas leyes de forma sistemática durante toda la temporada de verano y que metían a treinta o cuarenta personas en la misma casa.

De este modo, jóvenes de veinte a treinta y tantos años que carecían del nivel económico de las hermanas Hilton podían permitirse un veraneo en uno de esos pueblos costeros tan exclusivos.

Una década antes, lo de compartir casa no parecía mala idea. Por entonces yo tenía unos treinta años, y Joy rondaba los once.

Cuando mi hija se fue de campamento con las Girl Scouts, una amiga me convenció de que una semana loca conociendo hombres, bailando, bebiendo y tomando el sol era justo lo que necesitaba después de divorciarme de Matt.

Decidí probar y desembolsé mil quinientos dólares por una semana estiva en el extremo sur de la isla.

Por lo general, el sistema era el siguiente: alquilaban una casa de tres o cuatro millones de dólares por cien mil dólares la temporada.

Para cubrir ese coste, llenaban los dormitorios de colchones.

A cambio del precio que pagabas por tu parte de alquiler, te daban derecho a usar un colchón, papel higiénico, vasos de papel, la cocina, la piscina, el jacuzzi y los baños.

A primera vista, el plan parecía bueno. «Se trata de la democratización del lujo», me dije. Pero la realidad no era así. Para ser sincera, me pareció un horror. La casa era una fiesta las veinticuatro horas del día. Chupitos de gelatina, rayas de cocaína, orgías con gente desnuda en el jacuzzi .

A ver, que a mí me gusta pasarlo bien tanto como al que más, pero nunca he desfasado.

A mi exmarido esa idea le habría encantado, pero a mí no.

Hice lo que pude por integrarme en el ambiente de la casa.

Después, casi al final de la semana, uno de los hombres con los que había entablado amistad empezó a besarme en el jacuzzi de doce personas y, antes de que me diera tiempo a detenerlo, me quitó la parte de arriba del biquini.

Cuando un segundo chico, al cual no había visto en mi vida hasta esa noche, intentó unirse a la «fiesta», le sugerí al primero, mientras me recolocaba el biquini, que buscara un lugar más íntimo si quería algo más conmigo.

Me llevó al único lugar privado del enorme casoplón: un colchón situado en el interior de un vestidor.

Me dijo que ese era el sitio que había para la gente que necesitaba «pasar tiempo a solas».

Miré el colchón desnudo en el suelo, la bombilla pelada en el techo y, de manera espontánea, vomité.

Huelga decir que el «ambiente» no me gustó nada y, a la mañana siguiente, un día antes de lo previsto, recogí mis cosas y me marché.

No quería que Joy pasara por eso…, o por algo peor. Y, como es lógico, tampoco quería que se expusiera de nuevo al consumo de droga o al exceso de alcohol en una imitación de Desmadre a la americana .

Joy se puso furiosa. No compartía mi punto de vista respecto a las casas compartidas ilegales y le parecía que yo no tenía ni idea de nada y que era una antigua. Nos peleamos.

Para contentarla (sin tener que preocuparme demasiado), se me ocurrió una solución intermedia.

Le propuse un trato a David. Trabajaría para él media jornada durante el verano en su restaurante de East Hampton, donde prepararía una selección completa de cafés y un menú de postres para acompañarlos; también formaría al personal y, al mismo tiempo, seguiría supervisando el funcionamiento del Village Blend.

A cambio, él contrataría a Joy y permitiría que se quedara conmigo en su mansión.

David accedió encantado a mis condiciones, y todo había salido a pedir de boca…, hasta esa noche, claro.

Joy estaba de nuevo enfadada conmigo por no tener ni idea de nada, por ser una antigua y por meterme en su vida. En medio de tanto acaloramiento, el cadáver de Treat había pasado a un segundo plano, aunque tal vez fuera su descubrimiento, precisamente, lo que había avivado nuestro enfrentamiento.

—Ese número de teléfono era mío —gritó—. ¡No tenías derecho a destrozarlo!

La gente que estaba en la mesa nos miraba en un silencio sepulcral, pero yo no estaba dispuesta a recular.

—Joy, ¿no te das cuenta? Eres mi hija. Si veo que te estás poniendo delante de un camión en marcha, tengo que hacer todo lo que esté en mi mano para apartarte, aunque eso implique que me atropelle a mí.

Joy frunció el ceño, se cruzó de brazos y me miró en silencio. Yo también la miré. Por sorprendente que parezca, fue Graydon Faas quien rompió la tensión.

—¿Sabes, Joy? —dijo después de carraspear—. Creo que tu madre tiene algo de razón sobre lo del actor ese.

Joy entonces miró a Graydon. Él se encogió de hombros.

—Verás, Keith Judd le ha dado su teléfono a todas las chicas guapas de la fiesta. —Graydon se rascó la cabeza—. ¿Sabes? Tú vales mucho. Un tío como ese… no te valoraría.

—Oh —dijo Joy en voz baja. Muerta de vergüenza, se hundió en su asiento sin querer mirarme.

Yo también me senté. No había nada como tener compañeros de trabajo presentes en una pelea familiar. Suspiré y oí un rumor lejano que se acercaba por el mar. La tormenta. Como si no tuviéramos suficiente temporal aquí .

Y todavía faltaba la policía. Miré el reloj. Habían pasado casi veinte minutos desde mi llamada al 911; estaba acostumbrada a los tiempos de respuesta rapidísimos de la ciudad, que por lo general oscilan entre los tres y los ocho minutos.

Empecé a preocuparme. Seguro que había pruebas fuera, pero si empezaba a llover antes de que llegara la policía, ¿desaparecerían?