Un asesinato muy espumoso Capítulo tres
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Capítulo tres

CAPÍTULO TRES

— L os muertos me dan mucho miedo. —A Graydon Faas le temblaron las manos al levantar la taza de café.

—Normal —dijo David, dándole una palmadita en el hombro—. A mí tampoco es que me encanten.

Yo acababa de preparar una cafetera para doce de nuestra mezcla especial de desayuno y estaba terminado de rellenar poco a poco las siete tazas.

(Nunca lleno las tazas de golpe, sino que vierto un chorrito en cada taza y doy varias vueltas hasta llenarlas del todo.

De ese modo, si la suspensión no es homogénea, a nadie le tocará el café más fuerte del fondo ni el más flojo de la parte alta).

Mientras David se ponía nata en el café, yo me tomaba el mío solo, sin apenas paladear su cálido sabor a nuez.

En ese momento, la adrenalina no era un problema, pero temía que mis niveles de energía subieran de golpe y luego se desplomaran, razón por la cual me había decantado por esa mezcla.

Tenía otras a mano, más complejas y de sabor más intenso, pero el tueste medio llevaba más cafeína que los tuestes italianos y franceses, más oscuros, y quería permanecer alerta durante las siguientes horas.

En ese momento, todos tomaban su café excepto Colleen, que seguía llorando y empapando un clínex detrás de otro.

Los rizos sueltos de la chica, de color castaño rojizo, habían comenzado a soltarse de la coleta, y su piel, por lo general colorada, estaba pálida como un sudario, por lo que sus pecas parecían trozos de canela en rama repartidas por la diminuta nariz.

Colleen, una irlandesa inmigrante que había acudido a Nueva York con un visado de estudiante, acababa de cumplir veinte años.

Había trabajado desde los ocho años en el pub restaurante de su familia en Dublín, y su experiencia como camarera se notaba en que su servicio era eficaz, serio e imperturbable.

Me senté en la mesa de la cocina, de dos metros de largo, justo enfrente de Colleen y Joy, y Madame se acomodó a mi lado.

A nuestro alrededor estaban David, Graydon y Suzi.

Durante unos instantes, nos quedamos en silencio, oyendo el llanto de Colleen en la enorme cocina de lujo, así como el sonido rítmico del lavavajillas situado junto al frigorífico Sub-Zero.

Joy añadió nata y azúcar a la taza caliente de Colleen y se la puso con suavidad en las manos temblorosas. Colleen tragó saliva con dificultad y comenzó a darle sorbitos al café.

Todos la observamos sin decir nada.

Era obvio que a Colleen le sucedía algo muy personal, pero nadie se atrevía a emitir una sola palabra. Lo normal habría sido respetar la privacidad de la chica, pero, si sabía algo que pudiera ayudar a la policía, yo también quería enterarme.

—Colleen —empecé a decir—, todos sentimos mucho lo de Treat, por supuesto, pero tú pareces destrozada. ¿Te gustaría compartir algo con nosotros?

—¡Aaaayyy! —gimió, y se echó a llorar otra vez.

Porras . Ahora, todos me miraban como si acabara de pegar a la pobre chica. Todos menos Suzi Tuttle.

—Por Dios, Colleen —soltó—. Él no se lo merece.

Suzi, la oriunda de Long Island, tenía veinticinco años, pero había trabajado en bares y restaurantes desde que iba al instituto.

Tenía tres pendientes en cada oreja y presumía de otros en el resto del cuerpo, o al menos eso decía.

Acentuaba a propósito la Imagen de fiestera con un pelo corto teñido de rubio platino y una raya en los ojos tan gruesa como la de Cleopatra.

Su actitud algo macarra funcionaba bien en el restaurante de East Hampton de David.

Los clientes de El Cafetín no se caracterizaban por ser pasivos y educados.

Eran ricos, selectos y lamosos, acostumbrados a satisfacer sus caprichos y peticiones con solo un chasquido de dedos.

En semejante ambiente, lo último que podías tener era la piel fina.

Sin embargo, en ese momento la dureza de Suzi me pareció lucra de lugar… hasta que Colleen se sonó la naricilla y, con un suave acento irlandés, anunció con mucha circunspección:

—Será mejor que lo sepáis. Treat y yo estábamos…, estábamos muy unidos.

—Treat se la tiraba —añadió Suzi de forma inexpresiva.

Colleen entornó los ojos.

—Éramos amantes.

Suzi sacudió la mano.

—Treat no amaba a nadie más que a sí mismo.

—¡So bruja, que tienes ojos de mapache! ¿Cómo eres capaz de decir eso con él muerto en la planta de arriba…? —Colleen empezó de nuevo a gimotear.

—Lo digo porque sé muy bien cómo se las gastaba —contestó Suzi con calma—. ¿A que te pidió que mantuvieras la relación en secreto para que no hubiera «rollos raros» en el restaurante?

Colleen dejó de llorar y puso cara de asombro.

—¿Cómo lo sabes? ¿Te contó que estábamos juntos?

—Chica, suma dos más dos. Treat me dijo lo mismo cuando se acostaba conmigo. Y me enteré de la razón: ¡antes había tenido un rollo con Prin!

Madame soltó la taza, se inclinó hacia mí y me susurró:

—Me da a mí que ese chaval se dedicaba a probar empleadas como si el restaurante de David fuera una caja de bombones.

Prin López era una chica hispana que parecía modelo, con el pelo castaño liso hasta la cadera y unos ojos cobrizos de largas pestañas.

Se había criado en un barrio conflictivo del Bronx, el distrito más pobre de Nueva York, pero había conseguido trabajar como camarera en un popular bistró del Upper West Side, donde la conocieron David y Jacques Papas (el gerente de El Cafetín).

Ambos se quedaron impresionados con su manera de trabajar y con su capacidad para hablar español con fluidez, algo que siempre resultaba útil en un sector donde se contrata sin cesar a empleados de México y América Latina.

Según Jacques, Prin había tenido que marcharse del South Fork por un asunto familiar urgente, de manera que no estaría disponible durante el fin de semana del Cuatro de Julio. Una lata, porque eran las fechas de más ajetreo.

Mientras tomaba nota mental para preguntarle a Prin por su relación con Treat cuando la chica volviera al trabajo, me di cuenta de que Joy, sentada frente a mí, se movía incómoda mientras se mordisqueaba el labio inferior.

En ese momento no iba a presionarla, pero temí que Treat Mazzelli hubiera empezado a acostarse también con ella.

Visto el coqueteo que ambos se habían traído a lo largo de la noche, era evidente que ya planeaba dejar a Colleen.

También era evidente que Treat había acumulado conquistas, pero no de cualquier tipo.

Los Hamptons siempre estaban plagados de mujeres solteras y disponibles.

Si Treat hubiera buscado un montón de chicas dispuestas a acostarse con él, solo habría necesitado conducir unos pocos kilómetros hasta la villa de Sagaponack.

Allí estaba Sagg Main, la playa para solteros más concurrida de los Hamptons, llena de cuerpos de gimnasio que buscaban el amor verdadero, o una simulación de este, durante el fin de semana.

Era obvio que Treat prefería seducir a una serie de jovencitas que se conocían entre ellas con la intención de que las demás no se enteraran.

Era el patrón de alguien a quien le gusta correr riesgos y puede que incluso se sintiera realizado en situaciones que, en cualquier momento, podían explotarle en la cara.

Si ese era el caso, me pregunté: ¿Habrá otras facetas de su vida igual de arriesgadas, tanto como para que alguien quisiera verlo muerto? ¿Será que, a fin de cuentas, quienquiera que le disparase no se equivocó de objetivo?

Graydon interrumpió mis pensamientos con un repentino suspiro de intranquilidad. Pasándose una mano fuerte por el pelo rapado con mechas rubias, declaró con cierta timidez:

—Chicos, yo apenas conocía a Treat. A ver, siento mucho lo que le ha ocurrido, pero no se me ocurre cómo ayudar y, en serio, estoy… estoy hecho polvo. Me gustaría irme a casa y meterme en el sobre si no os importa.

Suzi volvió a sacudir la mano en señal de desprecio.

—Tú lo que quieres es irte a coger olas en cuanto amanezca.

—¿Y? —Graydon se cruzó de brazos—. Ya he dicho que siento mucho lo de este chico, pero ¿de verdad piensas que su situación actual es como para preocuparse por él?

Suzi apartó la vista.

Colleen se echó a llorar una vez más.

—Ya está, ya está —dijo Madame, y desde el otro lado de la mesa le agarró la mano a Colleen—.

Tal vez la señorita Tuttle no te lo haya expresado del mejor modo, pero creo que ya has derramado demasiadas lágrimas por ese chico de ahí arriba.

Te lo dice una mujer que ha vivido mucho, querida.

Los hombres son como los autobuses: si uno te deja tirada de repente, siempre llega otro detrás y te invita a montarte.

Durante unos instantes, todos nos quedamos mirando a Madame un tanto perplejos por sus elocuentes palabras. Ella se limitó a parpadear, no sé si ajena al doble sentido involuntario de su frase o consternada por la falta de frivolidad de nuestra reacción.

—¿Qué? —soltó por fin—. ¿Qué he dicho?

Joy rodeó a Colleen con el brazo.

—Mi abuela tiene razón. De hecho, a ver si esto te anima: tengo el número de teléfono de Keith Judd y estoy segura de que podríamos salir de fiesta con él…

—¿Cómo? —La interrumpí, alarmada—. Joy, estás de broma, ¿verdad? Ese actor no te ha dado su número de teléfono.

Joy asintió entusiasmada.

—Sí que me lo ha dado. Mira.

Del bolsillo de la falda caqui se sacó una servilleta de cóctel.

—Déjame ver.

Ella me la pasó por encima de la mesa mientras me explicaba:

—Me lo dio después de que le llevara el pousse-café que tú preparaste.

Examiné la servilleta. El hábil actor de Hollywood de cuarenta años había garabateado su nombre en ella y, debajo, un número de móvil. Me levanté, rompí la servilleta en dos, le devolví el autógrafo a mi hija de veintiún años y coloqué en el triturador de basura el trozo con el número de teléfono.

—¡Mamá! —chilló—. ¿Qué haces?

Con la determinación de una madre que tiene una misión, accioné el triturador.

—Lo siento, cariño.

Joy se levantó de un salto y le dio un puñetazo a la mesa.

—¡No me puedo creer que hayas hecho eso!

—Pues créetelo.

—¡No tienes derecho!