Un asesinato muy espumoso Capítulo dos
13%

Capítulo dos

CAPÍTULO DOS

—¡ M amá! ¿Has gritado tú? ¿Estás bien?

Joy fue la primera en aparecer por el pasillo, seguida de Madame, que llegó algo más despacio que su nieta, pero igual de angustiada.

—Clare, ¿qué pasa?

—David… —susurré, con una sensación de embotamiento. Aunque su rostro apuntaba en dirección contraria a la puerta, supe que tenía un disparo en la cabeza. Estaba inmóvil como una roca y tenía la piel de los brazos de un gris azulado céreo y las uñas incoloras.

—Joy, ¿qué pasa? —Graydon Faas fue el siguiente en llegar por el pasillo; su figura larguirucha se acercó con rápidas zancadas.

A continuación acudieron otros dos miembros del personal: Suzi Tuttle, natural de Long Island, y Colleen O’Brien, una joven inmigrante irlandesa.

El grupo se agolpó a mi alrededor. Señalé y todos se volvieron para ver a David Mintzer, que yacía bocabajo sobre el suelo de mármol italiano de importación, rodeado por un charco rojo que manchaba la piedra color marfil.

—Ay, Dios —murmuró Madame.

—Virgen santa —susurró Colleen.

—No —dijo Graydon con voz áspera—. No puede ser.

Mientras todos mirábamos con silenciosa estupefacción, una voz masculina resonó a nuestras espaldas:

—¿Lo he soñado o acabo de oír a Clare gritar?

Nos dimos la vuelta y vimos que David Mintzer estaba justo detrás de nosotros.

Entonces gritamos todos.

David acababa de salir de su habitación, que estaba completamente a oscuras, con los ojos somnolientos y entrecerrados. Solo era una pizca más alto que yo y, de manera espontánea, lo abracé por el cuello.

—Ay, Dios mío, David —grité—. ¡Estás vivo!

—¿Clare? —David parpadeó, desconcertado, y me clavó sus ojos marrones y saltones—. ¿Qué puñetas…? —Se quedó callado al reparar, por fin, en la puerta abierta y en la sangrienta tragedia que había tenido lugar en su baño de diseño—. ¡Cielo santo! ¿Quién es ese?

Todos seguíamos mirando con asombro desde el umbral. Aparté suavemente a los demás y, con cuidado de no tocar la sangre, entré en el baño y me acuclillé junto al cadáver para palparle la piel gris azulada y cerosa. Despacio, le giré la cabeza para que pudiéramos verle la cara.

Joy emitió un gemido ahogado, Graydon gritó y Colleen chilló.

Para entonces, ya intuía de quién se trataba por simple eliminación y, al ver los rasgos del joven, mis temores se confirmaron. El cadáver que yacía en el suelo era Treat Mazzelli.

Y, a esas alturas, también sabía por qué me había equivocado al identificar el cadáver.

Tanto David como Treat tenían el pelo corto y negro, medían menos de uno setenta y llevaban una camisa de manga corta.

Claro que la camisa de lino Ralph Lauren de David era trescientos dólares más cara que el polo de Id Cafetín que llevaba Treat, pero los colores rosa salmón eran casi idénticos, al igual que los pantalones caquis.

Como ambas camisas eran holgadas y ninguno de los dos la llevaba remetida por dentro del pantalón, a primera vista no se apreciaba la diferencia entre la silueta de Treat, que era la de un musculoso levantador de pesas de veintitantos años, y la de David, más propia de un glotón de mediana edad.

De lejos, los dos tenían los mismos brazos velludos y una complexión fuerte.

Mientras los demás, agolpados junto a la puerta, reaccionaban con expresiones de consternación, mi mente se puso a mil por hora.

Tiempo atrás, yo misma había resuelto el asesinato de una empleada del Blend, un caso asignado a un detective del Departamento de Policía de Nueva York alto y atractivamente desaliñado.

Después de aquello, Mike Quinn se convirtió en un cliente habitual de mi cafetería.

Mientras le preparaba de manera rutinaria su café con leche grande, él compartía conmigo los detalles de sus casos de homicidio (además de los pormenores de su tortuoso matrimonio, que seguía al borde del divorcio).

Yo distaba mucho de ser una profesional de la investigación detectivesca y cometí muchos errores en los sucesivos intentos. Pero ya había aprendido unas cuantas cosas de Michael Ryan Francis Quinn. De hecho, en ese momento casi lo oí decir…

Piensa con objetividad, Clare, no con emoción. Empieza por mirar a tu alrededor. ¿Qué ves?

Eché un vistazo al suelo del baño, cerca de las manos azuladas de Treat, pero no vi ningún arma.

Entonces me fijé en el cráneo. No tenía manchas negras ni quemaduras alrededor de la herida y tampoco había restos visibles de pólvora.

Eso significaba que a Treat no lo habían disparado de cerca.

Y, por supuesto, tampoco se había disparado a sí mismo.

Me di la vuelta y examiné la gran ventana del baño.

—Aquí está —susurré.

En el cristal, a la altura donde habría quedado la cabeza de Treat cuando estaba de pie, había un único agujero de bala.

Mis conocimientos de balística eran prácticamente nulos, pero parecía obvio que el cristal habría aminorado la velocidad del proyectil.

Miré de nuevo el cráneo en busca del agujero de salida, pero no lo encontré, con lo que deduje que el médico forense tendría que sacar la bala del interior del cerebro durante la autopsia.

Con suavidad, levanté uno de los brazos de Treat.

No estaba rígido, cosa que no me sorprendió.

Lo había visto con vida menos de dos horas antes y el rigor mortis tarda más en aparecer.

La piel aún parecía caliente. Las zonas del cuerpo más cercanas al suelo estaban amoratadas, pero, cuando las tocaba, se ponían blancas.

—Clare, ¿qué haces? —preguntó David. Estaba a punto de entrar al baño.

—¡No entres! —Le advertí—. No entres al baño. Estamos ante el escenario de un crimen.

Me levanté y, con cuidado, salí del baño y cerré la puerta.

Treat había sido un joven atento, afable y con un magnífico sentido del humor.

Un buen trabajador, siempre puntual, apacible hasta el asombro, incluso en la acalorada cocina del restaurante El Cafetín.

De hecho, era una de las pocas personas que conseguían hacer reír a Victor Vogel, el intensísimo chef, y todos se lo agradecíamos.

¿Quién demonios querría dispararle en la cabeza a un chico Inn agradable? , me pregunté.

Nadie , contesté en silencio.

Quien le disparó tenía que haber cometido el mismo error que yo: confundir a Treat con David.

Agolpados a mi alrededor, en el pasillo, seguían los camaleros de El Cafetín. Habían trabajado codo con codo con Treat durante más de seis semanas y reparé en sus reacciones.

Colleen O’Brien sollozaba con desconsuelo.

Joy, con los ojos llorosos, trataba de consolarla.

Graydon Faas parecía destrozado desde que vio el cadáver y seguía con la boca abierta y sin habla.

La única que no pareció inmutarse fue Suzi Tuttle, que se limitó a quedarse con los brazos cruzados y con gesto de fastidio en el atractivo rostro.

Tomé nota de la reacción de Suzi (o de su falta de reacción) untes de abrirme paso entre el grupo hacia el dormitorio de David. La amplia estancia estaba totalmente a oscuras, pero la luz que entraba desde el pasillo me permitió rodear un diván y llegar hasta su enorme cama.

—Clare, ¿adónde vas? —preguntó David. Me siguió por el interior del dormitorio mientras los demás aguardaban fuera.

—Voy a llamar a emergencias.

Mientras levantaba el teléfono inalámbrico de su base, situada en la mesilla de noche de caoba tallada, y marcaba el 911, David encendió varias lámparas Tiffany. Cuando el operador contestó, le expliqué la situación y le facilité mi nombre, la dirección de la casa de David y su número de teléfono.

—¿Has oído algo mientras estabas aquí, David? —le pregunté después de colgar—. ¿Algún ruido?

—Nada.

—¿Cuánto tiempo has estado en el dormitorio?

Miró su reloj de pulsera.

—Unas dos horas, creo. Subí a echarme justo antes de los fuegos artificiales. He debido de quedarme dormido. Dios… Todavía no me lo creo… ¿Qué crees que le ha pasado a Treat? ¿Ha sido un accidente?

¿Un accidente? Sí, claro. Uno de tus invitados estaba limpiando un arma en el jardín de tu casa y se le disparó, con la mala fortuna de que fue a parar a la ventana de tu baño, justo en el momento en que estaba dentro un hombre de tu misma estatura que iba vestido igual que tú.

Por supuesto, no dije nada de eso. A excepción de la trágica fatalidad de Ted Ammon, el homicidio era algo desconocido por aquellos lares. (Ammon era un respetable financiero al que mataron a golpes en su mansión de East Hampton. El asesino resultó ser el electricista y amante de su exmujer).

Si bien es cierto que los vecinos aún se referían a la calle de Ammon como «la calle del asesinato», llevaban años sin homicidios en la zona.

Lo último que los residentes de East Hampton esperaban era que entre sus impenetrables setos se colara un verdadero asesino.

Por eso supe que a David le costaría aceptar que hubiera ocurrido algo así en su propia casa.

—No estoy segura de qué ha pasado —le dije con tacto—. Pero haz memoria, David. Cuéntame exactamente por qué te fuiste de la fiesta.

Se encogió de hombros.

—Noté que me estaba entrando migraña. La alergia me provoca fuertes dolores de cabeza y sé cómo tratarlos: me meto en un cuarto completamente a oscuras y tomo la medicación.

Me tomé dos pastillas y me vine directo al dormitorio.

No me molesté en encender ninguna luz, solo puse el aire acondicionado y me tumbé.

Oí los fuegos artificiales, pero no fui capaz de verlos.

Me quedé dormido y lo siguiente que recuerdo es que te oí gritar.

—Clare, ¿qué pasa? —gritó Madame desde el umbral—. ¿Has llamado a la policía?

—Sí —contesté.

Oí que Colleen no dejaba de sollozar y vi que los demás seguían cerca de la puerta del baño, como los testigos de un accidente de tráfico que no están seguros de poder abandonar el lugar.

Miré a David. Como al fin y al cabo estábamos en su casa y no quería parecer una marimandona, le planteé la orden como una pregunta:

—¿Qué os parece si nos vamos abajo, a la cocina? Os prepararé un poco de café mientras esperamos juntos a la policía.

—Vale… Está bien… Claro… —murmuraron todos, y avanzaron por el pasillo hacia las escaleras.

—¡Esperad! —dijo David mientras yo también me alejaba con rapidez—. ¡No me dejéis aquí solo!