Capítulo uno #4
Cuando el último de los invitados se hubo marchado, ordené a Joy y a Graydon Faas que limpiaran a fondo la gran terraza.
Había tazas, vasos de cóctel y servilletas por todas partes.
Las tumbonas, los bancos antiguos y los demás muebles estaban desperdigados por la terraza y también por el césped.
Y con la tormenta que se acercaba, teníamos que trabajar rápido para guardar el costoso mobiliario en el interior de la casa antes de que rompiera a llover.
—Clare, ¿qué hago con estas fresas tan estupendas?
—me preguntó Madame mientras yo trasladaba la cafetera a la encimera de la cocina—.
No queda ni una pizca de caviar y las gambas se acabaron hace un buen rato, pero han sobrado unos diez kilos de fresas frescas.
Puedo envasarlas para el restaurante o meterlas en cuencos para que David las utilice en casa.
Incluso después de una larga velada, Madame tenía el mismo aspecto impecable de siempre.
Llevaba la media melena teñida de un elegante tono plateado y recogida en un cuidado moño.
Sobre la blusa fucsia sin mangas y los pantalones negros de verano, se había puesto un delantal blanco de chef para protegerse de las salpicaduras, aunque seguía casi impoluto.
—Será mejor que David decida qué hacer con ellas —contesté al tiempo que agarraba una de las fresas para comérmela—. Por cierto, ¿dónde está? No lo veo desde antes de los fuegos.
Joy nos oyó.
—A lo mejor sigue fuera con los últimos invitados.
—No, no. No se sentía demasiado bien —explicó Madame—.
Me dijo que le había entrado una fuerte migraña que parecía una reacción alérgica, aunque estaba seguro de no haber comido nada capaz de provocársela.
En cualquier caso, subió a tomar no sé qué medicina y a tumbarse un rato.
También me pidió que trasladara sus disculpas a los invitados que se marchasen antes de que él bajara. ¿Se habrá dormido?
Miré el reloj.
—Si ha tomado la medicación de la migraña, se habrá quedado frito.
—Será mejor que vayas a ver cómo está —sugirió Madame—. Igual necesita algo.
—Buena idea.
—Oye —me llamó—. Si ves al chico ese, a Treat, ¿le dices que venga a buscarme? Hace un rato fue a ver si había algún un baño libre, porque los de la primera planta han estado ocupados toda la noche, y creo que desde entonces se está escaqueando.
Al oírlo, puse cara de extrañeza. Escaquearse no era propio de Treat Mazzelli.
En El Cafetín era un buen camarero, serio y formal.
Sin embargo, era propenso al coqueteo y el ambiente de la fiesta podía haberle dado alas para dejarse llevar.
Supuse que lo encontraría en un rincón apartado con alguna empleada complaciente, aunque esperaba que solo le estuviera robando unos cuantos besos.
David se pondría furioso si se enteraba de que Treat estaba en una de las habitaciones de la mansión seduciendo a una compañera de trabajo.
—¡No te preocupes! —le grité a Madame—. Le pondré una soga al cuello y lo traeré a rastras.
Un trueno retumbó a lo lejos cuando salí de la gran cocina de lujo.
Con la fresa gigante aún en la mano, entré en el gran salón, una sala espaciosa llena de sofás de plumas, butacas mullidas y montones de espléndidas antigüedades.
La estancia estaba presidida por una enorme chimenea situada en uno de los extremos, mientras que el muro paralelo a la terraza y a la playa era transparente gracias a una hilera de altos ventanales pulladianos que en ese momento estaban cerrados por la inminente tormenta.
El dormitorio de David se situaba en el extremo sur de la amplia mansión. Me lo había mostrado el día en que llegué, durante el recorrido que me ofreció para enseñarme toda la propiedad.
Subí los escalones que separaban el gran salón de la biblioteca. Al final del pasillo de la segunda planta del ala, había una puerta doble de caoba que daba al dormitorio principal. La puerta estaba cerrada y me dispuse a llamar cuando oí correr el agua.
El sonido provenía de una puerta del pasillo perpendicular a la puerta doble. Según recordé, daba al baño privado de David, un espacio amplio, elegante y moderno dotado de jacuzzi , iluminación ambiental, calentador de toallas y televisión por satélite.
Por lo general, David accedía a ese baño desde su habitación. Aquella puerta que daba al pasillo solo servía para que Alberta Gurt, el ama de llaves, entrara a limpiar sin molestar. Por supuesto, como el agua corría, di por hecho que David estaría dentro, así que llamé con delicadeza a la puerta.
—¿David?
No hubo respuesta.
Llamé más fuerte y esperé mientras tomaba el último bocado de la enorme fresa y me chupaba los dedos.
—¡David! Soy Clare. ¿Necesitas algo?
Seguía sin haber respuesta.
Volví a llamar, esta vez lo más fuerte que pude.
—David, ¿estás bien? ¿David?
Giré el pomo y vi que la puerta no estaba cerrada con pestillo.
—¡David, voy a entrar!
Muy despacio, abrí solo un poco para que le diera tiempo a contestar. Miré dentro y vi un charco rojo sobre el mármol color marfil. Entonces abrí del todo… y grité.