Un asesinato muy espumoso Capítulo uno #3
8%

Capítulo uno #3

Un rasgo de Madame era que, llevara un Oscar de la Renta vintage o un delantal manchado de salsa bearnesa, siempre lucía un porte regio inigualable.

Y para tener casi ochenta años, derrochaba más optimismo del que yo conseguiría reunir jamás.

Me alegraba que hubiera venido a visitarnos a mí y a su nieta, y más todavía que se hubiera ofrecido a dirigir la cocina de la mansión esa noche para que los camareros y camareras llevaran las bandejas como es debido y mantuvieran un flujo de comida constante.

Joy observó a Treat mientras este entraba en la mansión.

—Venga ya, mamá. Deja que impresione a Keith Judd. Prepara algo superespecial para que se lo lleve.

—No.

—Andaaaaa. —Joy se llevó la mano a la mejilla—. ¿Qué tal uno de tus expresos de ocho capas de chocolate y almendra?

El expreso de ocho capas requería un complicado equilibrio físico: había que combinar los siropes más pesados con los líquidos más ligeros para crear una bebida con un aspecto bonito.

Era mi versión del pousse-café , ese cóctel por capas de distintos licores con diversos colores y densidades, típico de Nueva Orleans.

La traducción del francés sería «empujador de café» y, según dicen, un verdadero pousse-café es lo que define a un barman veterano.

Por eso decidí crear uno empleando café de verdad.

Pero lo último que me apetecía era Invertir mi talento en colaborar con mi hija para impresionar a un actor mujeriego.

—Esa es una bebida caliente —contesté—. Esta noche solo preparo bebidas frías.

—Venga… —suplicó Joy—. Le va a encantar que sea caliente. Está empezando a refrescar.

Mi hija tenía los ojos tan grandes como lunas de esmeralda. Como una niña pequeña, sabía lo que quería y cuándo lo quería. ¿Qué hice entonces? Lo que haría cualquier madre norteamericana que se precie. Suspiré, sacudí la cabeza y cedí.

—De acuerdo —accedí—. Pero ¿no sería mejor un frappé tropical de café? —Gracias al ron y al coco, ese cóctel se había convertido en el favorito de la noche.

—No, no es lo bastante especial.

—¿Y un batido de café helado con Amaretto? —El Kahlúa y el Amaretto le daban un punto estupendo.

—No. Por favor, prepara el de ocho capas, ¡le va a encantar! Porfa, mamá…

—Vale, pero necesitaré un rato de concentración. Tendrás que ocuparte tú de preparar las bebidas para los invitados hasta que termine.

—¡Hecho!

Linos quince minutos después de que Joy le llevara mi atractiva versión del pousse-café al atractivísimo actor, empezaron los fuegos artificiales.

Siempre me encantaron los espectáculos del Cuatro de Julio.

Cuando mi ex y yo estábamos felizmente casados —durante unos cuantos años en los que Joy era todavía muy pequeña y las cosas todavía no se habían ido del todo al traste—, montábamos a Joy en su carrito y nos íbamos a Franklin Delano Roosevelt Drive, en Manhattan.

El Ayuntamiento cerraba la autopista para que los residentes se apostaran a lo largo del East River, desde Harlem hasta South Street Seaport, para contemplar los fuegos artificiales más espectaculares del país.

Lanzaban cohetes desde unas barcazas que flotaban en el río mientras los vendedores ambulantes de helados, perritos calientes y brochetas ofrecían su comida deliciosa y las radios portátiles transmitían música sincronizada.

Recuerdo que Joy aplaudía encantada en su sillita mientras Matt me rodeaba con sus fuertes brazos y me pedía que me apoyara en él. Ojalá nos hubiéramos quedado así, ojalá nunca nos hubiéramos marchado de Franklin Delano Roosevelt Drive y los fuegos artificiales hubieran durado para siempre.

Sin embargo, el espectáculo de esa noche era privado y lo organizaba David, que era un debutante en East Hampton.

Esa era su tercera fiesta anual del Cuatro de Julio.

Dos hermanos procedentes del barrio chino de Manhattan, que hacía tiempo habían conseguido los permisos legales necesarios para ofrecer espectáculos pirotécnicos privados en las fiestas de los Hamptons, habían instalado los cohetes en la playa, orientados de forma que cayeran sobre el mar.

En ese momento, los colores proliferaban en el cielo nocturno y pintaban su lienzo estrellado con luces trémulas que se deslizaban como diamantes húmedos hasta las olas negras.

Todos nos detuvimos para contemplar el espectáculo y, tras el último estallido de energía, la fiesta continuó un poco más hasta que los invitados, al igual que las luces parpadeantes de los cohetes gastados, se perdieran en la noche.

La rapidísima evacuación de los asistentes no supuso ninguna sorpresa.

Las nubes se acercaban rápido desde el mar y el destello de un relámpago lejano acompañado de truenos fue el equivalente al saludo final de los actores en un espectáculo de Broadway.

Entre sonrisas, gestos con la mano y deseos de buenas noches, la multitud, simpática y feliz, entró en la mansión y salió por la puerta principal como un tren de cercanías humano.