Capítulo uno #2
Nos conocimos en una fiesta de la Semana de la Moda durante el otoño anterior.
David se había comprado una casa adosada en el Greenwich Village y se había convertido en un cliente habitual de mi cafetería.
Se quedó tan impresionado con nuestros exclusivos tuestes y mezclas, por no mencionar mis cócteles de café, que me hizo una oferta.
Si formaba y supervisaba a sus baristas en su nuevo restaurante de East Hampton, llamado El Cafetín, no solo me pagaría un buen sueldo, sino que también me cedería una habitación de invitados en su mansión de la playa durante todo el verano.
Al final me convenció y acepté que, entre junio y septiembre, repartiría mi tiempo entre El Cafetín y el Village Blend, y dejaría mi cafetería a cargo de algún subgerente cuando yo me ausentara.
Pero no me malinterpretes. David y yo no éramos amantes, ni mucho menos.
En ese momento teníamos una de esas relaciones indefinidas a medio camino entre lo personal y lo profesional.
Y, para ser sincera, aunque yo hubiera querido algo más, tampoco estaba segura de que eso fuera posible.
Unas veces coqueteaba conmigo como un hombre hetero, y otras me daba la impresión de que era, en fin, algo afeminado (de nuevo, ese «algo» delante).
A la postre, su sexualidad parecía, en el mejor de los casos, ambivalente.
La cosa es que, además de muy rico, David era muy tierno, al menos conmigo.
Al principio de la noche, por ejemplo, el chef de El Cafetín (Victor Vogel) y el gerente (Jacques Papas) llegaron a la mansión con comida preparada en el restaurante.
David puso mucho empeño en servirme en persona dos copas de su champán importado y una generosa ración de ensalada de langosta de ciento veinte dólares el kilo.
Durante el resto de la noche, seguí embelesada con el entorno costero y, por supuesto, con las burbujas francesas que no dejaban de fluir.
¿Qué quieres que te diga? En la ciudad, apenas podía permitirme una cola de langosta muy de vez en cuando.
Allí, en cambio, las rondas interminables de bandejas de plata —una de las cuales estaba en manos de Joy, mi hija— rebosaban de canapés de marisco y de hojaldres franceses en miniatura que parecían obras de arte moderno.
David había animado a todos los camareros para que comieran, bebiesen y se divirtieran tanto como los invitados, y yo, sin pensármelo dos veces, le había tomado la palabra.
Si bien era cierto que formaba parte del «servicio» y que ese asunto de los Hamptons no era tan distinto de la típica fiesta doméstica donde se pincha un barril de cerveza en el patio, no pude evitar sentirme impresionada.
Nunca había asistido a una fiesta del Cuatro de Julio en los Hamptons (un logro social neoyorquino tan reseñable que cualquiera habría pensado que venía acompañado de una condecoración militar) y, aunque en secreto, estaba entusiasmada.
No es de extrañar, por tanto, que la violencia y la degeneración fueran lo último que esperaba encontrar esa noche.
Y, sin duda, era lo último que tenía en la cabeza antes de encontrar el cadáver.
La hora de la muerte, según supe más tarde, fue más o menos la misma que cuando empezaron los fuegos artificiales, pero no hallé el cuerpo sin vida hasta mucho después de que el espectáculo terminara.
De modo que, a esas alturas de la noche, aún mantenía una relativa despreocupación.
Lo mismo podría decirse de mi hija de veintiún años, que se alojaba conmigo (debido a mi insistencia y por razones que desarrollaré después) en la casa de David durante las vacaciones de verano de la escuela de cocina del Soho donde estudiaba.
Joy estaba tan emocionada como yo por asistir a esa fiesta, aunque por motivos distintos de los míos.
—Mamá, ¡mamá! ¿Has visto a Keith Judd? —borboteó mientras se acercaba con una bandeja vacía.
Joy tenía mi pelo castaño, mis ojos verdes y mi cara en forma de corazón; de su padre había heredado la estatura.
No, no medía uno ochenta, pero sí diez centímetros más que yo, que no llegaba al metro sesenta.
También tenía el carácter de su padre, más efervescente que una botella de vino espumoso de Asti.
Esa noche vestía la misma indumentaria que el resto de los camareros de El Cafetín: un polo rosa salmón con el logo del restaurante bordado en hilo color moca a la derecha del pecho.
Los hombres llevaban pantalones caquis, y las mujeres, falda del mismo color.
En el restaurante también llevábamos delantales color moca.
Sin embargo, esa noche, al tratarse de una fiesta privada en su casa, David prefirió que no usáramos delantal.
—Mira, mamá, mira. ¿Lo ves ahí al lado de la piscina? Antes me ha guiñado el ojo. De verdad, me lo ha guiñado. A mí.
—Ajá —contesté mientras añadía el arábica recién molido en el cacillo. Prensé el grano molido, eliminé el exceso de café que sobrepasaba el borde, acoplé el portafiltro a la cafetera y pulsé el botón para iniciar el proceso de extracción.
—¿Y eso qué tiene de bueno? —le pregunté a Joy.
Muchos famosos (actores, estrellas del pop, escritores y personajes de la televisión) vivían en el Village o muy cerca del barrio y yo les había servido muchos cafés con leche.
Pero antes de mi llegada al negocio, la venerada propietaria de la cafetería, que además era mi exsuegra, Madame Dreyfus Allegro Dubois, había atendido con asiduidad a algunos de los miembros más famosos de la generación beat , desde Jack Kerouac, Lenny Bruce y Willem de Kooning hasta James Dean.
En consecuencia, yo estaba más acostumbrada al «avistamiento de famosos» que mi hija.
—Venga ya, mamá. No me vas a decir que no sabes quién es Keith Judd.
—Claro que sé quién es, cielo. El actor ese de películas trepidantes de espías, ¿no? Este año lo nominaron al Óscar por su papel en un drama judicial. El buenorro del momento.
—No digas «buenorro», mamá. Pareces una antigua.
Con un gruñido, terminé de preparar los dos expresos, vertí el líquido negro en una batidora, añadí hielo picado, leche, sirope de chocolate y un chorrito de sirope de vainilla y lo mezclé todo a máxima velocidad.
Serví los «cafelados de chocolate», como los llamábamos en el Village Blend, en dos tazas de cristal, los coroné con nata chocolateada y virutas de chocolate y le hice una señal a Graydon Faas para que se acercara al puesto de café que habíamos montado al aire libre.
Al igual que mi hija, Graydon era uno de los empleados de El Cafetín que trabajaban esa noche en la fiesta.
Era un fanático del surf, alto y callado, y tenía unos veintitantos años y el pelo castaño rapado con mechas rubias.
Con una mirada rápida y nerviosa a Joy, recogió las bebidas espumosas y se las llevó a los clientes que las habían pedido.
—Vale —le dije a mi hija—. Retiro lo de buenorro. Pero ¿se puede saber por qué me tiene que gustar que un tío de mi edad, de cuarenta años como mínimo, le guiñe el ojo a mi hija de veintiuno?
Puso los ojos en blanco.
—Porque es un actor famoso.
—Cariño, la mitad de la gente de la fiesta ha aparecido en la portada de la revista Trend y la otra mitad ha salido en el Wall Street Journal . ¿No estudiaste a Chaucer en el instituto? La integridad estructural de La casa de la fama era, cuando menos, dudosa.
—Me da igual. Está tremendo.
—¿Quién está tremendo? —dijo Treat Mazzelli, que acababa de acercarse a Joy y le estaba echando un musculoso brazo por encima—. ¿Otra vez hablando de mí?
También camarero en El Cafetín, Treat tenía unos veinticinco años, unos ojos marrones fulgurantes, el pelo azabache y la constitución robusta y musculosa de un levantador de pesas.
También era un chico sin complejos a quien le encantaba usar su sentido del humor coqueto con las hembras más jóvenes de su especie.
—Hijo, menudo ego —bromeó Joy—. No hablaba de ti, sino de Keith Judd. Antes me ha guiñado el ojo.
Gruñí con repugnancia y sacudí la cabeza. Treat reparó en mi reacción.
—Tranquila, madre Clare —dijo, con tono burlón—. He sido testigo del «incidente Keith Judd».
Levanté una ceja.
—¿Ha sido un incidente? —pregunté.
Joy le sonrió.
—¿Qué has visto?
Treat se encogió de hombros.
—Joy estaba mirando fijamente a Judd con mucha insistencia. ¿Podríamos decir con cero disimulo? Era obvio que el tipo le estaba tomando el pelo cuando le ha guiñado el ojo. Parece que está acostumbrado a las fanes como ella.
—Yo no soy una fan. —Joy fingió indignación, pero vi que esbozaba una sonrisilla coqueta mientras le clavaba la mirada a Treat—. Bueno, vale, seguramente sí que lo estaba mirando. Pero al menos no se me ha caído la bandeja. Tengo un meritazo.
—Venga, preciosa, vamos. —Treat se echó a reír—: Claro que tienes un meritazo.
Como ambos eran de la misma estatura, Treat le pasó el brazo por el cuello para hacerle una llave de lucha libre y frotarle la cabeza. Pero Joy era demasiado rápida para él. Con un chillido, se zafó de su brazo.
—Ni. Se. Te. Ocurra. ¡No me toques el pelo!
Treat puso cara de fastidio.
—¿Qué pasa, princesita? ¿Se te va a estropear la coleta?
—Llevo una coleta muy bien hecha —apuntó Joy—. No quiero que me despeines.
—Mira, nena. No sabes lo que es la vida hasta que Treat te despeina un poco. ¿Qué me dices? ¿Quedamos después de la fiesta? —Extendió el brazo para tirarle del pelo.
Joy apartó la coleta, pero percibí que le divertía el juego, que le divertía mucho.
De manera que carraspeé… con fuerza.
—Será mejor que pongáis en circulación las bandejas o Madame os largará un puntapié con sus zapatos Gucci.
—A sus órdenes, aguafiestas. —Tras un saludo dirigido a mí y un guiño exagerado a Joy, Treat se marchó a la cocina, donde mi exsuegra de origen francés hacía las veces de «reina culinaria suprema», como Treat la había llamado un rato antes.