Capítulo uno
CAPÍTULO UNO
U nas horas antes de que yo misma encontrara el cadáver, se me vino a la cabeza uno de los concisos comentarios del detective Mike Quinn: «¿Sabes, Clare? Aunque es un principio físico poco conocido, una suma grande de dinero puede crear un universo completamente separado».
—Cuánta razón tenías, Mike —susurré mientras miraba a mi alrededor.
Estaba de pie en la terraza de dos plantas con vistas al mar de Otium cum Dignitate , Ocio con Dignidad, la mansión de diez millones de dólares de David Mintzer en East Hampton, donde su habitual fiesta del Cuatro de Julio se encontraba en pleno apogeo.
Unas velas flotantes se mecían en el jacuzzi como hadas acuáticas bailarinas.
Los maceteros antiguos de porcelana endulzaban el aire marino con orquídeas insólitas y jazmines nocturnos.
Los altavoces, ocultos entre los setos, acompañaban la música de las olas cercanas con las majestuosas composiciones de Gershwin y Copland.
Y las bandejas de plata iban y venían repletas de copas de champán obscenamente caro y fresas recién recogidas, del tamaño de limones, bañadas en el mejor chocolate belga.
East Hampton, por supuesto, era uno de los vecindarios más exclusivos de Estados Unidos.
Se encontraba entre Amagansett, Wainscott, Sagaponack, Bridgehampton, Southampton y otros cuantos lugares costeros con denominaciones pintorescas que, en conjunto, recibían el nombre de «los Hamptons».
Cada uno de ellos tenía sus playas, sus permisos y sus normas de restricción de aparcamiento (de un carácter tan elitista que algunos las considerarían fascistas).
Además, East Hampton era un buen ejemplo de la teoría de mi amigo detective.
Para los millonarios que veraneaban allí, desde magnates de los negocios hasta estrellas de cine, desde herederos de rancio abolengo hasta nuevos ricos pretenciosos, aquel sitio era un viaje atrás en el tiempo, donde las luces de neón estaban prohibidas, los pintorescos paisajes rurales estaban protegidos y las elegantes fincas quedaban ocultas tras altísimos setos que decían «Prohibido el paso».
(Aunque la clase alta de la zona los denominaba «setos cortavientos» por no admitir su aversión a las miradas de la gente del montón, algo que resultaría demasiado esnob).
Para mí, los Hamptons eran muchas cosas, pero sobre todo significaba estar a ciento sesenta kilómetros de las crudas amenazas y los golpes bajos de la ciudad de Nueva York.
El dinero había forjado otra dimensión para esas personas, una existencia de seguridad, belleza y gusto libre de delincuencia y vulgaridad.
Los pueblecitos se situaban en el extremo de la orilla sur de Long Island, el llamado South Fork, una pintoresca franja de tierra llena de charcas, marismas y colinas. Por el norte se extendían unas bahías de aguas azules, mientras que el sur estaba bañado por el océano Atlántico.
Había rutas de senderismo y alta cocina.
Puestos de productos agrícolas y un festival de cine.
Santuarios de aves y piscinas de obra. Reservas naturales y canchas de tenis.
Allí se encontraba el estudio original sin calefacción de Jackson Pollock, así como Quelle Barn, la casa de verano multimillonaria de Steven Spielberg en East Hampton, en teoría vigilada por miembros retirados del Mossad, el servicio secreto israelí.
Hasta la luz era especial en los Hamptons.
Los artistas afirmaban que se debía a la forma peculiar del paisaje, a la inclinación de los rayos del sol cuando rebotaban contra el agua.
Fuera lo que fuese, era algo que no encontraban en ningún otro lugar y una de las razones de que la zona se convirtiera en una colonia artística, de las más famosas de Estados Unidos, mucho antes de que las grandes celebridades de la Ciudad de las Estrellas comenzaran a disparar el precio de la vivienda en Los Ángeles.
Los colores (y no solo las personas) también eran más ricos en los Hamptons. Una mañana en la que madrugué para nadar, me vi frente a un mar tan idéntico al cielo que el paisaje parecía exento de horizonte, un azul que se extendía sin fin.
En ese momento, al otro lado de Long Island, carente de playas prístinas de arena blanca, la mayoría de los residentes neoyorquinos vivían apelotonados en apartamentos del tamaño de cajas de cerillas, en adosados ruinosos y en viviendas de protección oficial, todas abrasadas bajo ese calor urbano que derrite cada gramo de tu energía antes de absorberla por completo.
Las sirenas de emergencia y los gritos de los vecinos acababan por sistema con cualquier esperanza de tranquilidad duradera, y la basura de las aceras, con el sol del verano, impregnaba el aire de un tipo de fragancias que Calvin Klein jamás embotellaría.
Como los ánimos también se caldeaban, los atracos, los robos, las agresiones y los asesinatos se incrementaban de manera exponencial en toda la ciudad. Y Mike Quinn hacía muchas horas extra en la comisaría número seis del Departamento de Policía de Nueva York.
Pero allí, en East Hampton, el trabajo policial parecía limitarse a las borracheras públicas, a los accidentes de tráfico y a algún episodio ocasional de cleptomanía por parte de alguna actriz.
La brisa delicada tonificaba a los residentes con el vigor de la espuma del mar y las noches eran frescas, tranquilas y lo bastante oscuras como para ver las constelaciones.
Ese sitio era un mundo de fantasía, una mezcla de Trump y Thoreau con vistas al mar.
Y los neoyorquinos que no tenían raíces en su historia compraban su entrada con montones de dinero y reclamaban sus derechos millonarios.
De hecho, habían violado las leyes de la física, como decía mi amigo el detective Quinn, y habían creado un universo completamente aparte.
Dicho lo cual, ¿qué puñetas hacía allí yo, Clare Cosí, una trabajadora de clase media? En ese instante, preparar mezclas espumosas de café para los ilustres invitados de David Mintzer.
Lo sé, lo sé…, en Estados Unidos el término «barista» se asocia a actores en paro y estudiantes universitarias, sin pensar que los estadounidenses consumen la mitad de las existencias de café del mundo, unos cien mil millones de tazas al año, y que en un día normal el setenta por ciento de la población toma café.
Aquí, el título profesional de barista no está tan respetado como, por ejemplo, en Italia, un país con más de doscientas mil cafeterías.
Lo cierto es que yo empecé pronto en el mundillo.
Mi abuela paterna me enseñó. Me crie con ella en Pensilvania.
Yo vivía, prácticamente, en su pequeña tienda de comestibles y preparaba expresos para los clientes y amigos en la maltrecha cafetera italiana que trajo consigo a Estados Unidos desde Italia.
Cada café que servía me reportaba una palmadita en la cabeza y una moneda en la mano.
Mi padre, un hombre menudo, extravagante y siempre nervioso a quien le encantaba tomarse un cafelito matutino acompañado de un puro y un chupito de anís, dirigía una casa de apuestas ilegal en la trastienda del colmado de mi abuela.
Mi madre no llegó a comprobar mis habilidades para preparar café. Se marchó cuando yo tenía siete años y, aunque durante años pensé que se había ido porque yo no era lo bastante buena, al final comprendí que en realidad se había hartado de las correrías de mi padre.
Un día, un tipo proveniente del soleado Miami vino al pueblo a visitar a un amigo y mi madre se fugó con él sin dejar más que una nota garabateada con prisas donde expresaba con claridad sus intenciones. Quería borrar por completo su pasado, que, por desgracia, también me incluía.
Fue entonces cuando apareció mi abuela. Preparar expresos en la tienda de mi abuela era uno de los momentos de mi infancia que recordaba con más cariño.
Por eso, no es de extrañar que siempre asociara las cosas buenas con el aroma penetrante, cálido y reconfortante del café recién hecho: la esencia del hogar, de los abrazos de mi abu, del amor incondicional frente a un rechazo incomprensible.
Incluso después de mis estudios universitarios y de mi éxito como escritora culinaria, decidí que preparar el café perfecto una vez tras otra para alguien que podía estar cansado, abatido, sediento o triste no era una tarea baladí.
Pese a mi rol en aquella fiesta en East Hampton, mi profesión no era, en efecto, «barista de las estrellas».
Mi ocupación real era la de gerente a tiempo completo en el Village Blend, una cafetería emblemática y centenaria situada en el Greenwich Village de Manhattan, que era donde David Mintzer y yo nos habíamos hecho amigos.
A sus cuarenta y tantos años, David era uno de esos hombres a quienes se podía describir con una serie de adjetivos, pero siempre con la palabra «algo» delante: algo barrigón, con el pelo oscuro y algo escaso y los ojos algo saltones.
Sin embargo, tenía otras cosas que sí eran más que ligeras: una de ellas, su ingenio, rápido e irónico; la otra, su olfato para los negocios.
David era un genio absoluto en todo lo que se propusiera.
Había diseñado colecciones, tanto para hombre como para mujer, de ropa, maletas, zapatos, perfumes y productos del hogar con distribución internacional.
Dirigía tres revistas prestigiosas, dos cadenas de restaurantes y de vez en cuando aparecía en el programa de Oprah para informar a los telespectadores de las tendencias de la temporada.