Un asesinato muy espumoso
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Prólogo
PRÓLOGO
E ntre los matorrales de la elevada duna que se erigía junto a la playa, unas manos enguantadas agarraban un fusil de cerrojo. A través de la mira telescópica del Remington, se veían los rostros situados sobre la amplia terraza de cedro de la mansión.
Allí se congregaba la típica concurrencia de los Hamptons: esposas de la Ivy League convertidas en decoradoras de interiores, industriales convertidos en adúlteros empedernidos, herederas insulsas convertidas en famosillas con ínfulas.
Había abogados de sangre fría, recién llegados con ganas de agradar, ejecutivos con delirio de grandeza, cantantes pop sin oído para la música…
, todos ellos con bebidas heladas en la mano y ropa de diseño informal, diamantes del tamaño de planetas y relojes tan caros como un coche de gama media.
Las mujeres: demasiado vestidas o demasiado desnudas, con risas forzadas o inexistentes, atentas a la indumentaria de las demás y a la elección ornamental de la anfitriona.
Los hombres: demasiado aburridos o demasiado entusiastas, concentrados en establecer contactos, por negocios o por placer, siempre con el mismo mantra: «Cierra el trato, cierra el trato».
Y, ay, los famosos. También estaban allí, mucho menos retocados que en sus fotos de TV Guide y Entertainment Weekly. Los comentarios sobre su aspecto físico esperaban hasta después de la fiesta o los susurraban a sus espaldas.
Por fin, localizó el objetivo: la naturaleza achaparrada del hombre era inconfundible y su camisa de manga corta sin remeter, una bandera rosa de proporciones descomunales.
Podría haber apretado el gatillo en ese mismo instante.
La recámara estaba cargada con tres cartuchos, tres proyectiles de siete milímetros preparados para surcar sesenta centímetros de acero y unos cuarenta metros de aire nocturno. Pero habría sido demasiado obvio.
El momento tenía que ser el idóneo.
Los invitados iban y venían, se reunían y se dispersaban como las mareas.
La música recorría los terrenos de la mansión, por encima de la piscina y el césped recortado, playa abajo hasta la orilla.
Dentro de los guantes de látex, le empezaron a sudar las manos.
Bajo los pies, las olas de espuma sonaban agitadas, como si el mar se acercara poco a poco.
Por fin, el objetivo pasó desde la terraza abarrotada al gran salón, iluminado como un burdel.
Todas las persianas estaban levantadas, todas las contraventanas abiertas y todas las bombillas encendidas, de manera que los invitados apreciaban con facilidad el esplendor de la mansión…
y el rifle seguía los movimientos de su objetivo por el vestíbulo, hacia el ala sur, escaleras arriba hasta el dormitorio principal.
Los petardazos sonaban desde hacía un buen rato, un estallido luminoso por aquí, una explosión aguda por allá, como cualquier noche de Cuatro de Julio, pequeñas detonaciones procedentes de lugares sin determinar.
Pero esos sonidos no eran nada. Los fuegos artificiales más memorables estaban aún por empezar.
Más abajo, en la playa, el espectáculo patriótico comenzó por fin.
Una sucesión de candelas romanas se elevó entre estampidos, restallidos y una banda sonora animada.
Los cohetes se alejaron a toda velocidad sobre el agua con un reventón de luz roja que se derramó como un reguero de sangre contra un cielo negro como la muerte.
La mayoría de los invitados miraban hacia arriba mientras el espectáculo pirotécnico iluminaba sus rostros inexpresivos.
La atención de quien ahora empuñaba el fusil, en cambio, permanecía mucho más abajo.
Durante unos minutos, el objetivo desapareció de su vista, pero volvió a emerger en la planta de arriba de la mansión.
Se había trasladado a la ventana del baño.
Un disparo repicó, y luego otro. Ambos erraron. Se produjo un tercero que recorrió el cañón del Remington y atravesó la ventana gruesa y el cráneo del hombre.
En la fiesta de más abajo, los invitados aún miraban el cielo, embobados. No habían reparado en la descarga del fusil. Entre los fuegos artificiales, solo había sido una explosión más.