Claire #2
Él sonrió, casi con timidez durante un segundo, con ese toque juvenil que a ella le encantaba y que normalmente se ocultaba detrás del hombre.
Pero, en ese momento, se quitó la camiseta con un solo movimiento, y le tocó a ella quedarse sin respiración mientras contemplaba su ancho torso, los musculosos brazos que la habían llevado en brazos por su apartamento tantas veces y el vello dorado que descendía desde su ombligo y que hacía juego con sus ojos, no con su pelo.
Pero aunque no fuera así como se vería en el futuro (aunque tuviera el cuerpo débil y cubierto de cicatrices por el accidente y las operaciones), ella seguiría queriéndolo, seguiría deseándolo.
Besaría cada una de esas cicatrices porque serían un recordatorio de que Matías había sobrevivido.
Lo miró mientras preparaba su pintura, machacando fresas imaginarias en un plato y las moras en otro. No podía ver los colores, pero podía olerlos de alguna manera, percibía un ligero aroma afrutado que perfumaba el ambiente.
Se quitaron el resto de la ropa al mismo tiempo hasta que no quedó nada entre ellos salvo el calor del verano y el deseo.
—Túmbate —le dijo él.
Claire estaba acostumbrada a llevar la iniciativa, pero con Matías no le importaba recibir órdenes.
Él se sentó en el borde de la cama a su lado y mojó un pincel en uno de los platos. Las cerdas le rozaron el cuello, donde él la había besado antes, y Claire suspiró, envuelta en el aroma de las fresas, y cerró los ojos para concentrarse y sentir ese roce casi imperceptible.
La siguiente pincelada, más larga, le acarició a un lado del cuello, le cruzó una clavícula y bajó hasta rodearle el contorno de un pecho. Oyó que Matías tragaba saliva mientras hacía una pausa para mantener el control antes de usar otro pincel.
Usando la mora, le pintó una curva simétrica en el otro lado del cuerpo. Acto seguido, con ambos pinceles al mismo tiempo, descendió desde justo debajo de cada pecho para acariciarle la suavidad del abdomen y las curvas de las caderas, trazando espirales como el cuerpo de un violonchelo.
Claire arqueó la espalda, presa del anhelo.
—Todavía no —dijo él con la misma suavidad con la que aplicaba la pintura.
Le quitó la tapa al tarro de miel, y su olor dulzón flotó en el aire.
Cuando volvió a tocarla con el pincel, fue en la cara interna de un tobillo.
Y aunque no era real, sentía la miel cálida y espesa mientras el pincel le subía por el lateral de la pantorrilla.
Y más arriba, dejando atrás la rodilla. Más arriba, por la pálida piel de la parte de un muslo, que rara vez veía el sol, pero que en ese momento estaba febril, ardiendo, mientras la miel le acariciaba el pliegue donde la pierna se unía a su centro.
Procedió a pintarle la otra pierna con miel, torturándola, y cuando terminó, Claire le suplicó.
—Por favor.
—Por favor ¿qué?
—Por favor, tócame. Por todas partes. Hazme tuya.
Matías se inclinó sobre su cuello una vez más y la besó, con más pasión, mientras recorría el rastro de fresas por su garganta, su clavícula, mientras derramaba el calor de su boca en un pecho.
Hizo lo mismo en el lado izquierdo sin dejar de susurrar su nombre, y acabó con su ardiente lengua en el pezón.
De fondo, la música de piano aceleró el ritmo, abandonada la languidez. A Claire también se le aceleró la respiración, acompasándose al tempo.
Matías veneró las curvas de su abdomen y de sus caderas con la boca. Se arqueó hacia él de nuevo cuando completó con los labios la segunda curva del violonchelo.
—Casi —susurró Matías.
Sin embargo, en vez de besarle los tobillos, se los rodeó con las manos, con los pulgares tocando la miel.
Acto seguido, empezó a subir, centímetro a centímetro, muy despacio, un masaje por la cara interna de sus piernas que parecía tener vida propia, como el zumbido de la electricidad contra la piel. Tobillos. Pantorrillas. Muslos.
Subiendo cada vez más y más, muy despacio…
Hasta que los pulgares se tocaron.
— Dios mío —jadeó Claire.
Matías le separó los labios y la penetró.
—Oh, Claire…
Daba igual que solo fuera un alma. Claire recordaba a su Matías, y esa versión no se alejaba demasiado de la que conoció en la Galería Rose, del Matías que le había llevado una cena a su bufete antes de hacerle el amor en la biblioteca en penumbra.
Ese alma (que solo estaba a un año del presente) era el mismo Matías que después la despertaría con besos tiernos y caricias entre las sábanas.
El que también se la tiraría contra la pared en su estudio de Greenwick Village.
Y en el suelo salpicado de pintura. Y, en una ocasión, en el ascensor con la parada de emergencia activada.
Así que en ese momento, con los ojos todavía cerrados, Claire fusionó sus recuerdos del pasado con el hombre del presente y sintió el pelo de Matías en las manos, sus cuerpos pegados el uno al otro, sus caderas saliendo al encuentro de las de él.
Sentía la pegajosidad de la miel y de la fruta sobre sus cuerpos, aunque no estaba allí.
Los latidos del corazón de Matías dentro de su pecho, contra el suyo.
Se les tensaron los músculos a los dos.
Con la respiración sincronizada, superficial y rápida.
Claire le mordió el hombro cuando la tormenta que los azotaba por dentro se desató todavía más.
Y luego la tempestad se descontroló, explotando en una preciosa miríada de colores y de fragmentos de ambos, de luz cegadora y de truenos tan ensordecedores que vaciaron el mundo de sonido.
Ella era Claire y, al mismo tiempo, no lo era, porque nada tan mundano como una persona podría existir en ese momento. Incluso el tiempo pareció detenerse.
Después, cuando acabaron, se quedó flotando durante un rato en la somnolienta felicidad.
Sin embargo, el corazón acabó por volver a un ritmo casi normal y abrió los ojos despacio.
—¿Matías?
Estaba sola en la cama. En la habitación.
Se incorporó de un salto.
—¿Matías?
Se había ido de verdad.
«¡Madre mía!».
¿Había regresado a su otra mitad, a la que estaba en coma? ¿Sería eso?
¿O ya era demasiado tarde?
Se levantó en busca del teléfono y pulsó la pantalla con fuerza, aunque le costó varios intentos conseguir llamar a un taxi. Mientras esperaba a que llegase, probó a llamar al hospital, pero se negaron a darle información. Ningún miembro de la familia De León contestó el teléfono.
En cuanto el taxi apareció, se metió a toda prisa, incluso antes de que el taxista pudiera parar del todo.
—Madrid —dijo con el corazón en la garganta—. Hospital Universitario La Paz. ¡Rápido, por favor!