Un año atrás en España Claire
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Claire

No podía dejar de sonreír, ni siquiera mientras cruzaban el campo en dirección al hangar para devolver el equipo.

—Ha sido divertido, ¿verdad? —le preguntó Matías.

—Sí. No creía que algo así pudiera gustarme. Gracias.

—¿Por qué?

—Por haberme ayudado a sentirme segura y a que me relaje.

Matías se detuvo en medio de la hierba, con una sonrisa tímida.

—¿De verdad? ¿Eso he hecho?

—Sí —contestó Claire—. Eras justo lo que necesitaba.

Después de cambiarse y de devolver el equipo, Claire se reunió con Matías fuera del hangar.

—Bueno —dijo él—, la última vez que pasamos una tarde juntos, te enseñé Madrid. Así que te toca a ti. ¿Qué hacemos ahora?

Claire se echó a reír, porque estaba parafraseando lo que ella le pidió después de que recorrieran los jardines del Palacio Real y los Jardines de Sabatini.

Sin embargo, la sonrisa se le borró enseguida, porque sabía lo que tenía que hacer.

—Matías… Tengo que decirte una cosa.

—Suéltalo. ¿He dejado el mono verde en el cesto de los morados?

¿O he puesto mi equipo en el cubículo que no era?

—Hizo ademán de dirigirse hacia la oficina de la empresa de paracaidismo, pero se detuvo en seco—.

Un momento. ¿Por qué me preocupa eso? No soy…

A ver, no soy la clase de persona que se fija en que hay un cesto específico para cada color.

Claire se enrolló la correa del bolso en un dedo.

—Ya… De eso es de lo que quiero hablarte.

Él levantó las manos, como si lo hubieran cazado in fraganti .

—Te advertí cuando viniste a mi estudio que puedo ser desordenado.

Ella esbozó una sonrisilla.

—Lo sé. O, mejor dicho, ya lo sabía de antes.

Matías ladeó la cabeza, confundido.

—En el avión, me preguntaste si sería raro decir que tenías la sensación de que nos conocíamos de otra vida. Bueno, la cuestión es que…, en cierto modo, sí que nos conocemos.

—¿Cómo?

—Quizá sea mejor que te sientes para oír esto. —Señaló un banco que había a poca distancia, frente al aparcamiento vacío del aeródromo.

Así que se acercaron y Claire le contó, con la mayor delicadeza posible, lo del accidente.

Le contó que habían estado juntos durante los once meses y una semana anteriores.

Y le habló de sus lesiones y de que se les estaba acabando el tiempo.

Que la abuela Gloria la había convencido de que se lo contara porque él tenía que volver a su cuerpo.

Cuando terminó, Matías se quedó sentado, con la cabeza entre las manos. No dijo nada durante un buen rato.

Al final, soltó el aire.

—Eso… cuesta creerlo.

A Claire se le llenaron los ojos de lágrimas.

Si no conseguía convencerlo de que regresara a su cuerpo, moriría.

O bien en ese momento, porque su alma rompería la conexión con su cuerpo y ya no estaría atada a este mundo, o bien pronto, porque el cuerpo de Matías estaba llegando al límite de su capacidad para aferrarse a la vida.

—Pero… —siguió él, y Claire contuvo la respiración—, aunque cueste creerlo, lo siento.

Cuando te besé en mi estudio, ya conocía tu boca.

Conocía los contornos de tu cuerpo contra el mío.

De alguna manera, recordaba (sin haberlo experimentado todavía) ese gemidito que se te escaparía cuando te rozase la garganta con los labios.

Claire soltó ese mismo gemido sin querer.

—Ese —susurró Matías—. Sí, ese.

Se quedaron en silencio durante unos minutos.

Al cabo de un rato, él le preguntó:

—Entonces, ¿no debería estar aquí contigo ahora mismo?

Ella se mordió el labio y negó con la cabeza.

—No. Así no.

Matías se enterró las manos en el pelo. Pero, luego, las apartó para tomarle la cara con ternura.

—Tengo miedo, Claire. ¿Y si intento volver y no funciona? O ¿y si funciona, pero mi cuerpo está demasiado dañado como para recuperarse?

—No —replicó ella—. Eso no puede pasar. No va a pasar.

—Pero podría. —Matías le secó la lágrima que descendía por una mejilla—. Así que, antes de irme, solo quiero una cosa.

—¿Qué? —preguntó ella, con una voz apenas audible.

—Hacerte el amor, Claire. Por si es la última vez.

Claire encontró un Airbnb cerca y, como en España en verano las nueve no es una hora tardía, el dueño, que estaba a punto de sentarse a cenar, aprobó el alquiler de inmediato.

Matías y ella se subieron a un taxi para recorrer el corto trayecto hasta el alojamiento, y le dio igual que el conductor creyera que estaba borracha o delirando porque hablara sola en el asiento trasero.

El hombre los dejó en una preciosa casa de estuco rodeada de árboles, con una fuente en la entrada, senderos de piedra que conducían a la puerta principal y una verja de hierro forjado en el lateral.

—Por aquí —le dijo Claire a Matías al tiempo que le indicaba el segundo camino—.

Nuestro alojamiento está en la parte de atrás; hay una cerradura digital en la puerta.

—Lo tomó de la mano y lo condujo más allá de la casa, atravesando el patio y el jardín iluminado con guirnaldas de luces, mientras el corazón le latía con fuerza en el pecho.

Matías no la soltó mientras ella introducía el código en el teclado, tras lo cual abrió la pesada puerta de madera y entraron—.

Es precioso —dijo. La habitación era acogedora, con las paredes pintadas de alegres colores azul cielo y amarillo.

Había dos sillones de cuero y mantas con estampados españoles, y una pequeña cocina con galletas, un cuenco con frutos rojos, café, té y miel.

Un altavoz reproducía una delicada música de piano y, en un rincón, había una cama con estructura de madera sobre la que descansaba un edredón de plumas que parecía una nube.

—Mira esto —dijo Matías, que tiró de su mano para llevarla hasta un montón de lienzos en blanco y de pinceles emplazados sobre una mesita auxiliar—.

Hay una nota del dueño: «Bienvenidos a La Casita de la Inspiración.

Por favor, usad los materiales de dibujo y pintura como queráis si aparece la inspiración». ¿Sabías que iba a estar esto aquí?

Claire negó con la cabeza. No había muchos alquileres disponibles en la zona con tan poca antelación. Había elegido ese solo porque era un lugar independiente y privado, en vez de una habitación dentro de la casa de alguien.

—Supongo que es el destino.

—Es posible —replicó Matías, pero ya no miraba los pinceles. Solo la miraba a ella.

Y, a diferencia de otras ocasiones, en las que se habría asustado al ver que la miraba con tanta atención, no le ocultó nada y dejó que todas sus emociones se manifestasen. Su amor. Su miedo. Pero en ese momento, sobre todo, su deseo.

La cálida luz de los apliques de la cocina que Matías tenía detrás lo iluminaba como si estuviera resplandeciendo, las ondas negras de su pelo con las puntas como si estuvieran en llamas.

Era como uno de sus propios cuadros, representado con detalles exuberantes y precisos, salvo por un pequeño capricho.

Matías de León, trascendiendo siempre la realidad.

Dio dos pasos hacia él, de modo que quedaron a pocos centímetros de distancia.

Él se quedó completamente inmóvil.

—Bésame, Matías —le pidió en español.

Él se inclinó y la besó en el cuello, una liviana caricia sobre la sensible piel de su garganta que le arrancó un jadeo.

Aunque no estaba del todo allí, casi lo estaba, y como sus terminaciones nerviosas tenían que esforzarse más para sentirlo, su sensibilidad se disparó hasta límites insospechados.

Cada mirada era como la luz de las estrellas.

Cada respiración, precursora de un huracán.

Y cada caricia se asemejaba a unas ardientes hojas de otoño que se le deslizaban por la piel.

Se le escapó un gemidito y él le pegó el pulgar a los labios, con suavidad, hasta separárselos. Ella le lamió la punta del dedo y se lo chupó, una sola vez. Matías jadeó.

— Dios mío —dijo él con voz ronca—. Las cosas que te haría si pudiera…

Esto también lo entendió.

— Puedes —replicó Claire .

La llevó a la cama. Mientras ella se tumbaba, él dijo:

—Espera. —Y volvió junto al material de pintura a por los pinceles, o eso le pareció a él.

No parecía darse cuenta de que no los tenía en la mano de verdad; quizá se había apoderado de sus almas.

De la misma manera, fue a la cocina a por la miel, los frutos rojos y unos platos.

Volvió a la cama y soltó su botín invisible junto a Claire.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella.

—Voy a pintarte —le contestó.

—Ah… —No tuvo que preguntar nada más. Porque él ya lo había hecho antes, en Nueva York.

Había creado sus propios colores a partir de fresas y moras.

La había pintado como si fuera una obra maestra.

Luego había besado cada centímetro de su obra—.

No quiero mancharme la ropa —le dijo, agarrándose el bajo de la camiseta para subírsela despacio.

Primero, se dejó al descubierto el abdomen, luego el delicado ribete de encaje del sujetador.

Cuando se quitó la camiseta por la cabeza, Matías ya no se movía y casi había dejado de respirar, solo para mirarla.

—Quizá también deberías tener cuidado con los vaqueros —sugirió él con un hilo de voz—. Las manchas de los frutos rojos son dificilísimas de quitar.

Claire se puso de rodillas sobre el colchón y se desabrochó el botón superior de los vaqueros.

Luego el siguiente. Despacio. Y el siguiente.

A Matías se le aceleró la respiración cuando se los bajó por las caderas y se los quitó por completo para quedarse solo con las bragas que había comprado en España, las que tenían un lacito de raso en la parte delantera.

—Te toca —dijo Claire.