Un año atrás en España Claire #2
94%

Claire #2

Pero si no estaba tan lejos de la ciudad…

Esmeralda y ella llegaron junto al avión. Si Matías no iba a aparecer, ¿de verdad tenía que seguir adelante con aquello?

«Sí, tengo que hacerlo», pensó. De la misma manera que había prometido que aprendería español con independencia de lo que le pasara a Matías, había decidido ir como prueba de que estaba dispuesta a hacer algo que la incomodaba por él. Y eso seguía siendo verdad, lo presenciara él o no.

Esmeralda le dio unas palmaditas en la espalda.

— ¿Lista, Claire? —No necesitó traductor.

Se aferró al marco de la puerta un segundo. Luego, dijo:

— Lista. — Acto seguido, se metió en el avión de juguete.

La puerta del avión sí que se cerraba. Era como una versión más pequeña y transparente de una puerta de garaje que se bajaba una vez que todos estaban a bordo.

La pareja británica se abrochó los cinturones en los asientos plegables a su izquierda, y Esmeralda y los demás instructores se abrocharon los cinturones al otro lado del estrecho pasillo.

Aunque todos los demás disfrutaban viendo el despegue a través de la puerta transparente, ella cerró los ojos con fuerza.

Poco después de despegar, uno de los instructores volvió a subir la puerta.

Claire abrió los ojos de par en par.

—¿Ya vamos a saltar?

—No, no —gritó Esmeralda—. Es solo para que entre un poco de aire. Si no, el ambiente se cargará demasiado mientras esperamos a alcanzar la altitud.

—¿Qué altura vamos a alcanzar?

Esmeralda levantó las cejas.

—Eso estaba en el vídeo que has visto. ¿No te acuerdas?

Claire negó con la cabeza. En ese momento, solo atinaba a aferrarse a su asiento. Desde luego que era incapaz de recordar una cifra concreta.

—Quince mil pies —gritó el británico por encima del rugido del viento—. ¡Una de las mayores altitudes que se ofrecen en toda Europa!

—Por eso elegimos esta compañía —explicó su compañera con un gesto de aprobación hacia Esmeralda y los demás instructores.

Claire volvió a cerrar los ojos con fuerza, con todos los músculos tensos y las palmas de las manos pegadas, como si estuviera rezando.

«Puedo hacerlo sola —pensó—, pero no quiero, Matías».

«Quiero hacerlo todo contigo».

«Quiero despertarme todas las mañanas y desayunar contigo. Quiero pasar todas las noches acurrucados en el sofá, hablando de cómo nos ha ido el día. Quiero tu opinión sobre mi carrera. Quiero mirarte durante quinientas horas mientras haces milagros pintando en tablas de madera».

«Quiero que seas capaz de hablarme de Vega sin temor a hacerme daño. Y quiero contarte historias de mi infancia y hablarte de Jim y de Sarah, aunque recordar que ya no están me haga llorar».

«Quiero darte todo mi ser, por entero, incluso las partes más tiernas y asustadas que mantengo ocultas bajo cota de malla y armadura».

«Harías cualquier cosa por mí, Matías, y quiero demostrarte que yo también lo haría por ti».

—Este parece un buen comienzo —dijo Matías, ataviado con un mono en el asiento que tenía al lado—. Vas a saltar de un avión.

Claire soltó un gritito. Esmeralda la miró, preocupada, pero ella esbozó una sonrisa forzada y le indicó con un gesto que estaba bien.

Luego se volvió hacia Matías. Parecía casi sólido, con los bordes apenas borrosos, los colores brillantes y esos preciosos ojos, del dorado fundido que ella adoraba.

Dejó que el pelo le tapase la cara para que no pareciera que estaba hablando sola.

El viento que azotaba el avión ocultaba el sonido de su voz.

—¡Matías, estás aquí!

—Dije que estaría, ¿no? Tanto si decidías venir como si no.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Él siempre cumplía sus promesas. Luis había dicho lo mismo de él, y era una de las cosas que más le gustaban de Matías.

—Siento mucho la discusión en mi habitación del hotel —dijo—. Solo intentabas ayudar y te rechacé sin miramientos.

—Yo también lo siento —replicó él—. Tu trabajo es importante para ti. No debería haberte sugerido que abandonaras sin más todo por lo que has trabajado. Yo habría reaccionado igual si alguien me hubiera dicho que dejara de pintar.

—Solo me estabas dando un consejo.

—Me gusta mucho que te entregues por completo a tu trabajo.

Claire suspiró.

—Y yo te quiero. —Las palabras brotaron con la facilidad que daba la costumbre.

Matías, en cambio, ladeó la cabeza.

«¡Mierda!». Se le había olvidado por un momento que ese Matías solo la conocía de unos cuantos encuentros.

Intentó parecer incómoda.

—¿Puedes fingir que no lo has escuchado? Es que creo que estoy nerviosísima por, ya sabes, lanzar mi cuerpo de un cilindro de metal volante a quince mil pies del suelo.

Sin embargo, en vez de echarse a reír, Matías frunció el ceño.

Acto seguido, se pasó una mano por el pelo alborotado.

—¿Sería raro si te dijera que tengo la sensación de que nos conocemos de otra vida?

Claire tuvo que contener un sollozo.

Extendió un brazo hacia él. Le temblaron los dedos, pero acortó ese último centímetro que los separaba y le tocó la mano.

Fue muy leve, apenas una caricia. Aun así, sintió las descargas en el minúsculo espacio entre ambos.

Matías se quedó inmóvil.

¿Lo sentía él también?

—¿Esto quiere decir que ya tengo permiso para tocarte? —le preguntó él.

Ella se echó a reír y a llorar a la vez.

—Sí. Lo tienes.

Al otro lado del pasillo, Esmeralda volvió a cerrar la puerta del avión. Uno de los otros instructores se volvió hacia ella y la pareja británica.

—Ya casi hemos alcanzado la altitud, así que vamos a cerrar temporalmente la puerta para llevar a cabo los últimos preparativos. Cada uno de nosotros pasará a comprobar vuestros arneses y luego estaremos listos para saltar.

Claire tomó una honda bocanada de aire.

—No te preocupes —dijo Matías—. Saldré del avión justo detrás de ti.

Esmeralda se acercó y revisó dos veces el equipo de Claire.

—Todo está bien. ¡En cuanto te pongas las gafas, estaremos listas para saltar!

Claire miró a Matías. Él le hizo un gesto de ánimo con la cabeza antes de colocarse las gafas sobre los ojos.

La tripulación volvió a abrir la puerta. El sol se estaba poniendo y el aire a su alrededor brillaba como si estuviera en llamas.

Sería una de las cosas más hermosas que Claire había visto en la vida de no estar aterrada por la idea de saltar al vacío con solo un trozo de tela para frenar su descenso.

—Bien, acércate a la puerta —dijo Esmeralda.

Claire avanzó despacio, pero se negó a mirar hacia abajo.

—¡Te encantará cuando estemos ahí fuera!

—Esmeralda agarró la parte superior del marco de la puerta y terminó de atarse a su espalda, y no al revés, como Claire había pensado en un principio.

Pero así sería mejor, ¿no? Aunque tendría un primer plano de cómo se acercaba el suelo hacia ellas, la posición significaba que Esmeralda se encargaría de tirar de la cuerda del paracaídas, de dirigirlo y de todo lo demás.

—A la de tres, ¿vale? —preguntó Esmeralda a voz en grito, con el viento a su alrededor.

—Lo tienes controlado —dijo Matías mientras trepaba por encima de ellas y se asomaba a través de la puerta, agarrado al exterior del avión.

«¿Al exterior del avión?». Claire puso los ojos como platos, pero él le hizo un guiño.

—Yo también lo tengo controlado.

— Uno —dijo Esmeralda, que empezó a balancearse detrás de ella justo en la puerta—. ¡Dos, tres!

Saltaron al cielo.

«¡Madre mía, madre mía, madre mía…!».

Matías saltó del avión un segundo después.

Sintió que se le subía el estómago a la garganta. Detestaba caer. Había vomitado incluso en las montañas rusas infantiles en la feria del condado. ¿Por qué se apuntaba la gente a hacer eso una y otra vez?

Una mano tomó la suya.

No era la de Esmeralda, así que miró a un lado.

Matías las había alcanzado y había entrelazado sus dedos, con su mano derecha enlazada con la izquierda de ella. Allí estaba, como cuando la besó en el estudio, aunque al mismo tiempo no estaba. Su mano era una cálida presión en la piel.

Lo miró con una sonrisa y, de repente, su miedo salió volando por las nubes.

Él le dio un apretón en la mano.

Que ella le devolvió.

Y, luego, miró fijamente al suelo, al cielo del atardecer que la rodeaba, abrió la boca y soltó un grito de alegría pura y desatada.

Matías aulló como un lobo exultante.

Y juntos bajaron trazando espirales en el cielo naranja y rosa, tomados de la mano todo el camino.