Un año atrás en España Claire
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Claire

No estaba segura de que fuera la forma correcta de preguntar cuánto tiempo faltaba para llegar al aeródromo de Ocaña, pero, al parecer, se había acercado bastante, porque el hombre contestó:

— Diez minutos, señora.

Eso lo entendió.

—Gracias.

El pequeño aeródromo que Matías había mencionado para practicar paracaidismo estaba al sur de Madrid.

Después de que su abuela se marchara, no había tenido suerte cuando intentó que apareciera tocándose la palma, así que iba de camino al lugar donde Matías le dijo que estaría a las nueve en punto, estuviera ella allí o no.

«No puedo creerme que vaya a tirarme voluntariamente en paracaídas», pensó.

Claro que, al mismo tiempo, era justo lo que debería hacer. No solo porque no había conseguido que Matías apareciera en el hotel, sino porque en su relación, él siempre era quien iba a buscarla. Le tocaba a ella ir a buscarlo.

Seguramente llevaba un tiempo siendo así, pero en el pasado no quiso comprometerse.

Quería mantener su vida tal cual estaba, con su desquiciado horario laboral y su férreo e intransigente control y, sobre todo, con la muralla que tenía a su alrededor para protegerse.

Toda la familia que había tenido había muerto.

Todos los hombres con quienes había salido en el pasado habían acabado encontrándole defectos y la habían dejado.

De modo que había acabado asumiendo en su subconsciente que todo eso quería decir que si no entregaba mucho de su persona a nadie más, no le dolería tanto cuando acabase.

Sin embargo, Matías nunca había querido nada de ella, solo que fuera natural.

Había hecho un enorme esfuerzo por encajar en su vida, memorizando tantas de sus reglas para mantener el orden como le había sido posible, aunque eran todo lo contrario a su personalidad, preparando comidas para los dos al tiempo que sorteaba las llamadas de sus clientes, no enfadándose cuando ella canceló su viaje a España en el último momento.

¿Y qué le había dado ella a cambio?

Orden. Fiabilidad. Un «hogar» como lo había descrito la abuela Gloria.

Fuera como fuese, no era suficiente. Matías la amaba, pero se merecía no solo una rutina estable, sino también su verdadera personalidad, su vulnerabilidad. El alma de Matías se sentía atraída por eso; era el motivo de que hubiera aparecido para ella en Madrid, cuando se permitió necesitarlo.

Y quizá en eso era en lo que se había equivocado la profesora Hong. El alma de Matías no necesitaba enamorarse de ella para conectar. Era ella quien tenía que abrirse lo bastante para ser su guía y llevarlo de vuelta.

Por irónico que pareciera, estar en Madrid y verse envuelta en esas circunstancias imposibles la había obligado a ralentizar el ritmo de su relación con Matías, a diferencia del impulsivo torbellino que los arrastró en Nueva York.

Como había tenido que pasar largos periodos de tiempo sin él en Madrid (y como la amenaza de perderlo la había obligado a ver con más claridad lo mucho que lo necesitaba), se había enamorado todavía más profundamente de él.

O, en cierto modo, se había enamorado de verdad de Matías por primera vez, en contraposición a los últimos once meses en los que había mantenido su muralla protectora intacta, sin rendirse nunca por completo al amor porque temía que él viera sus debilidades y la abandonara.

En cambio, el alma de Matías se había manifestado cuando ella estaba en su momento más vulnerable, cuando tenía menos control.

Y nada de lo que temía había pasado. Matías había visto a la persona dulce y asustada que se escondía debajo de su fachada de control y, al igual que su abuela, no la había juzgado.

Así que ella lo había dejado entrar por completo en su corazón.

Y era muy posible que eso lo estuviera ayudando a recordar quién era él.

Quién era ella. Quiénes eran juntos. Antes de su discusión en la habitación del hotel, él se había detenido, confundido por un momento, cuando sintió que la conocía.

Tal vez era porque su Matías, el de Nueva York, siempre la había entendido mejor de lo que ella creía.

No había tenido que esforzarse tanto por ocultarle sus puntos débiles y sus imperfecciones.

Él ya las había visto y la quería, con todos sus defectos.

Así que, durante la última semana, cada vez que se permitía necesitar el alma de Matías, lo había dejado acercarse un poco más, lo había dejado ver todo su ser. Y eso lo estaba ayudando a recordar.

Sin embargo, si la abuela Gloria tenía razón, también le estaba haciendo daño.

Cuanto más tiempo pasaban juntos Matías y ella (cuanto más se sentía atraída su alma hacia ella), peor se le ponían las cosas en el plano físico.

Se le revolvió el estómago. En vez de guiarlo de vuelta a su cuerpo, lo había estado alejando de él sin darse cuenta, porque entablar una relación con ella le parecía más atractivo que el cuerpo débil y destrozado que lo esperaba en el hospital.

Y cuanto más sólido se volvía su vínculo (cuanto más sustancial se volvía Matías cuando estaba con ella), más se debilitaban los lazos que lo ataban a su cuerpo.

Esperaba poder encontrarlo una vez más, convencerlo de que regresase.

— Ya hemos llegado —anunció el taxista al aparcar en el aeródromo de Ocaña.

— Muchas gracias.

Se bajó y se quedó allí plantada, un poco aturdida, mientras el taxista se alejaba. Había pensado que era un aeropuerto de verdad, pero era un aeródromo sin más. Había un pequeño edificio que parecía ser el principal y, luego, varios hangares. Nada más.

Tragó saliva con fuerza.

«Puedo hacerlo —pensó—. Si no por mí, pues por Matías».

Después de respirar hondo un par de veces, siguió los letreros que anunciaban Nubes Aladas. Ya estaba temblando, y eso que seguía en tierra.

— Hola —dijo al llegar al mostrador principal—. Quiero… ¿saltar de un avión?

Desde luego que le salió con entonación de pregunta, no como una afirmación.

El hombre que había al otro lado del mostrador sonrió.

—¿La primera vez? —le preguntó en inglés.

Claire asintió con la cabeza.

—Vale. No te preocupes. Es muy seguro y te cuidaremos muy bien. Tirarse al atardecer es una experiencia increíble. Te garantizo que te va a encantar.

Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, había estado frotando el pulgar derecho una y otra vez en el centro de la palma de la mano izquierda. Miró a su alrededor, con la esperanza de que Matías apareciera en cualquier momento para hacer eso con ella, pero no lo vio por ninguna parte.

Quizá porque había llegado temprano. El avión despegaba a las nueve, pero ella había querido llegar con tiempo de sobra para recibir la formación obligatoria que recibían los novatos.

O… quizá Matías no estaba allí porque se había enfadado demasiado.

Al fin y al cabo, era un De León y podía guardar rencor tan bien como cualquiera de su familia.

Cuando Mia Kova č habló mal de ella en la fiesta navideña del bufete de abogados del año anterior, los ojos de Matías pasaron de ser como rayos de sol a ser como relámpagos incandescentes en un segundo, y Mia decidió enseguida que debía marcharse temprano de la fiesta.

Sin embargo, Matías nunca había estado enfadado con ella durante mucho tiempo, e incluso cuando lo estaba, nunca la atacaba.

Apretó el pulgar contra la palma de la mano con más fuerza mientras el hombre del mostrador, Javier, le explicaba la información del paquete de paracaidismo.

Había un breve vídeo instructivo que debía ver y saltaría en tándem con uno de los miembros de la tripulación, tal y como había dicho Matías.

No tendría que preocuparse por abrir el paracaídas ella misma ni por dirigir el aterrizaje si no quería, porque estaría literalmente atada a un paracaidista experimentado.

Eso solo hizo que se sintiera un dos por ciento menos nerviosa.

Aun así, firmó el descargo de responsabilidad y pagó.

Javier la llevó a una salita en la que solo había un televisor en la pared y unas cuantas sillas plegables, dos de las cuales ya estaban ocupadas por una pareja británica de mediana edad tan emocionada que no paraba de dar saltitos en sus asientos.

—¿Vas a hacerlo sola? —le preguntó el hombre.

Claire volvió a mirar a su alrededor, sin perder la esperanza de encontrar a Matías, pero estaba completamente sola.

—Supongo que sí —contestó.

—¿Esperabas a alguien? —le preguntó la mujer.

—Se puede decir que sí. Es que, mmm, no sabía si iba a venir.

La mujer torció el gesto.

—Vaya, lo siento, cariño. Los hombres pueden ser muy insensibles a veces.

—Con la excepción de un servidor aquí presente —replicó su compañero. La mujer le dio un golpecito juguetón y Javier encendió la televisión, así que la conversación terminó.

Después del vídeo de seguridad con las instrucciones, Claire se puso el mono rojo que le había dado Javier y pensó: «No será tan malo».

Claro que, luego, salieron a la pista.

—¿Vamos a volar en eso?

De la misma manera que el aeródromo de Ocaña era tan pequeño que no estaba segura de que pudiera considerarse apto para que despegase algo de allí, el avión parecía un juguete gigante.

Era de color amarillo chillón, con hélices sobre las alas, una fila de asientos en el interior y una puerta abierta que no estaba segura de si alguna vez se cerraba.

«¡Ay, madre! Ese es el agujero por el que voy a saltar. ¡Desde el puto cielo!».

Se detuvo mientras el resto del grupo seguía hacia la pista.

Un segundo después, Javier regresó al trote con una mujer de pelo oscuro vestida con un mono amarillo.

—¿Claire? Te presento a Esmeralda. Ha hecho miles de saltos y va a ser tu compañera hoy.

—Vamos a pasárnoslos muy bien —dijo Esmeralda. Era una mujer compacta, y se colgó del brazo de Claire para conseguir que se acercara al avión.

Claire miró una vez más por encima del hombro, pero Matías no había aparecido.

A lo mejor seguía enfadado con ella. ¿O se había alejado de Madrid para que su alma apareciese? ¿Era demasiada la distancia de su cuerpo en el hospital?